YA no saben ni por dónde andar. Todo es un esperpéntico desbarajuste. El gobierno da palos de ciego, a pesar de la (aparente) seguridad con que don Leopoldo insiste e insiste en que aquí las cosas van cada vez mejor y debemos tener un moderado optimismo. Su discurso en el banquete que le dieron en ABC, para entregarle un curioso (e indudablemente inoportuno) premio, fue de una perfección formal admirable. Parecía puro racionalismo; sucedía, sin embargo, que le fallaban las dos premisas y, por tanto, la conclusión era falsa. Con lo cual, el pretendido silogismo se convertía en puro sofisma. Sin embargo, le aplaudieron mucho y le jalearon después lo indecible. La capacidad de adulación en este país (antes llamado España) es tan grande como la falta de decoro.

 

Banquete homenaje a José Calvo Sotelo, tras ser elegido diputado por Orense

El siguiente discurso se lo dirigió el señor Calvo-Sotelo a los empresarios y ahí ya fue menor el éxito formal. A quienes padecen sobre sus espaldas los desastres de una economía en trance agónico, no se les puede ir con frases hermosas ni con promesas montadas en el aire. Estuvo hábil el presidente (porque lo es; aunque no tenga ninguna brillantez); pero en esta ocasión se movía en terrenos absolutamente pragmáticos, donde la retórica, por lúcida que sea, nunca puede desmentir a la estadística. Las perspectivas económicas siguen oscuras y nadie ha olvidado que, en 1977, el señor García-Diez, entonces ministro del ramo y hoy, vicepresidente para lo mismo, aseguró con inaudita tranquilidad que la reactivación se iniciaría a mediados del 78, para consolidarse en el 79. Toma profecía, macho.

 

El desbarajuste gubernamental, su creciente nerviosismo, ha alcanzado su cénit con la escandalosa desbandada de diputados ucedistas hacia otros campos menos corrompidos o, quizás, más acogedores. Da pena leer las explicaciones del orondo señor Cavero, a quien, por lo demás, parece talmente que esos disgustos le hagan engordar. Cuando es el señor Gámir quien quiere justificar el éxodo de los ex-militantes centristas, sus aclaraciones producen una mezcla de risa y de pena. Se ha llegado, en algunos políticos en candelero, a niveles de indigencia mental del todo increíbles. Con semejantes cerebros en el poder, todavía resulta milagroso que no se haya ido todo a la porra.

 

Esta temporada vuelve a insistirse en la anticipación de las elecciones y hasta en una posible disolución del Parlamento. No deja de tener gracia que se apunte, como solución perfectamente constitucional, la misma que, por vías ilegales, eso sí, propugnaban los revoltosos del 23-F. Entonces, lo que está claro es que hay urgente necesidad de remozar la imagen de esta democracia. La gente de la calle, el personal de a pie, el pueblo honrado y cabal, ya no se la toma en serio. Son muchos desencantos, muchas desilusiones, muchos tropezones los que llevamos dados a lo largo de seis años cuajados de fracasos.

 

¿Y qué decir de la actitud del mundo occidental respecto de la tan jaleada España democrática? Ni en los peores tiempos del aislamiento y el cerco internacional, habíamos estado más desasistidos, habíamos sufrido semejantes desdenes. Por encima de las declaraciones de boquilla, de los brindis en los banquetes oficiales y de las carantoñas protocolarias, aparece la penosa realidad de un desprecio absoluto hacia España por parte de los grandes países. ¿Dónde está la nueva imagen que dicen que venden en el extranjero el señor Pérez­Llorca y don Leopoldo? ¿A qué vienen tantas idas y venidas, tantos viajes relámpago a Bruselas y a París y a Londres? Las vejaciones son constantes; el Mercado Común se aleja cada día un poco más del horizonte político y el mundo entero se ríe de este gobierno sin orgullo ni categoría.

 

El desbarajuste es completo, por dentro y por fuera. Hay Ministerios singularmente afectados por la ineficacia, el despiste y la incongruencia. Otros ni siquiera existen en la práctica. El oficio de gobernar ha cedido enteramente su importancia, en favor del menester partidista. Lo que inquieta al Gabinete no son los problemas acuciantes del país, sino las perspectivas de las elecciones generales, sean para el 83, sean para este mismo año. Dígase lo mismo de los partidos de la oposición; porque los socialistas y los del señor Fraga viven obsesionados, tan sólo, por los votos que puedan conseguir. ¿Y España, qué?

 

Pues España se deshace en esas autonosuyas (disculpen la autocita) que campan cada vez más por sus respetos, en otro singular desbarajuste que, para mayor ignominia, conlleva un pavoroso gasto público. Se empeñan en colocarnos por narices un sistema que nadie quiere; por encima de la voluntad misma de los españoles, sin embargo, se afianza la monstruosidad de las 19 nacionalidades, 19, aborto infernal de un embarazo provocado por la inconsciencia de don Adolfo Suárez. Mientras, el responsable de la viciada paternidad viaja por el mundo, dando lecciones de Derecho Político a unos auditorios inocentes, capaces de tomárselo en serio.

 

Todo lamentable, todo.

 

(Heraldo Español Nº 86, 10 al 16 de febrero de 1982)

 

VIZCAÍNO CASAS