El 25 de julio de 1797, al mando de una potente escuadra, el idolatrado lord Nelson sufrió su más estrepitosa derrota, en Santa Cruz de Tenerife, vencido por el general Gutiérrez, otro héroe olvidado de nuestra historia. En el desembarco, el de Burnham Thorpe fue herido de gravedad en el brazo derecho (por el fuego de un cañón legendario, El Tigre), que le tuvo que ser amputado. Aquella derrota británica, una vez más, fue ocultada por la prensa, los historiadores y el Almirantazgo de la Pérfida Albión, cuando no falseada, escondiendo las verdaderas intenciones de conquista del Archipiélago español. Ya es hora de rendir homenaje a los héroes de la Gesta del 25 de Julio de 1797. Jesús Villanueva Jiménez, nos habla de la nueva edición de El fuego de bronce, en donde narra magistralmente esta hazaña, publicada por SND.

¿Por qué un libro sobre la heroica defensa de Santa Cruz Tenerife ante el ataque inglés?

Porque fue (y es, la historia no muere) un acontecimiento histórico de primer orden mundial, prácticamente desconocido fuera de Canarias. En Santa Cruz no se venció a cualquiera, Nelson es el más idolatrado marino del mundo anglosajón. En El fuego de bronce (que no es ensayo sino novela histórica) narro todo lo relacionado con el antes, durante y posteriores consecuencias de una victoria heroica, épica, del pueblo de Santa Cruz de Tenerife, al mando del general Antonio Gutiérrez de Otero (otro héroe olvidado), sobre una potente escuadra británica comandada por el entonces contralmirante Horatio Nelson, nada menos. En el intento de desembarco de la madrugada del 25 de julio de 1797, Nelson perdió su brazo derecho, casi le cuesta la vida, y sufrió su única derrota, estrepitosa, por cierto. Y esto lo han querido ocultar los británicos. España tiene que conocer esta Gesta. Consideré la novela histórica una buena manera de dar difundir esta victoria española en suelo tinerfeño.

Una gesta que no es lo suficientemente conocida ni siquiera en las islas...

En efecto. Los británicos la ocultaron, fieles a su costumbre. Pero lo lamentable es que los historiadores españoles (con algunas excepciones) han comprado la supremacía de la Armada británica sobre la española a partir de siglo XVIII, y no se han ocupado (por lo que parece) de investigar y luego dar a conocer las hazañas españolas, nuestras grandes victorias sobre los británicos, especialmente. Tenemos el ejemplo de la olvidada defensa de Cartagena de Indias en 1741, la derrota inconmensurable que infringió Blas de Lezo al británico Vernon y su enorme armada, que rescató del olvido un historiador colombiano amante de España, como buen colombiano: Pablo Victoria en su El día que España derrotó a Inglaterra (Edaf 2005). De hecho, de no ser por la Tertulia Amigos del 25 de Julio (fundada en 1997, con motivo de los 200 años del acontecimiento), a la que tengo el honor de pertenecer, por la infinidad de ensayos, artículos publicados y conferencias pronunciadas por sus miembros sobre la Gesta, ésta se hubiese perdido en el olvido más ingrato.

Ciertamente es bueno dar a conocer la gesta de Antonio Gutiérrez de Otero, con poco más de 300 hombres sin formación venció a 3.500 de la poderosa flota británica, dueña del Atlántico.

Por aquel entonces, la Armada española había vencido a la británica en la inmensa mayoría de los enfrentamientos, en los últimos tres siglos. Pero, como decía antes, ellos vendieron otra cosa, y los intelectuales españoles, como hicieron deplorablemente, por ejemplo, con la nefasta falsa Leyenda Negra, así lo asumieron. Lo cierto es que la gran ventaja de Nelson consistía en que el grueso de la Armada española se hallaba bloqueada en Cádiz, luego del combate de San Vicente, el 14 de febrero de 1797, lo que imposibilitaba que las Canarias, de ser atacadas, pudieran contar con el auxilio de nuestra flota. Como ejército regular, el general Gutiérrez sólo disponía de los 247 hombres del Batallón de Infantería de Canarias (cruciales en la victoria) y unos 60 artilleros; la mayor parte de la defensa la componían 1.500 campesinos de las Milicias provinciales, hombres poco instruidos y armados en su mayoría con aperos y garrotes.

Quiero aprovechar esta entrevista para agradecer a SND Editores y a mi editor, Álvaro Romero, la iniciativa de publicar esta nueva edición de El fuego de bronce, que contribuirá a seguir difundiendo la Gesta.

Al legendario almirante inglés Horatio Nelson le costó muy caro el intento de desembarco en Tenerife, su única derrota y perdió un brazo...

Así fue. Ni Nelson ni su jefe, el almirante John Jervis, consideraron una posible derrota al abordar la “empresa”. Daban por hecha (especialmente Nelson) la victoria sobre aquella plaza española defendida por un puñado de isleños, que saldría corriendo ante el primer envite inglés, como se puede leer en las cartas (que reproduzco en la novela) que se cruzaron Nelson y Jervis, mientras se preparaba la operación de desembarco en Santa Cruz, para tomar Tenerife a continuación y posteriormente hacer lo mismo con todas las islas. Circunstancia que siempre han negado los británicos, asegurando que sólo fue aquella una operación de tanteo, evidentemente para quitar hierro a tan demoledora derrota sufrida. Lo que se puede leer en las cartas hace irrefutable la intención de tomar el tan estratégico Archipiélago español en el Atlántico, que hubiese constituido para la Armada británica una base logística extraordinaria. Además, de ser una operación de tanteo, ¿para qué nueve buques de guerra y 3.500 hombres entre marinería e infantes de marina?

¿Qué hecho destacaría de toda la batalla?

El gran y decisivo combate tuvo lugar la madrugada del 25 de julio, pero ya desde el 22 se dieron enfrentamientos y corrió la sangre. Destacaría la experiencia y sabiduría del viejo soldado español, que era el teniente general don Antonio Gutiérrez de Otero (68 años), que se anticipó a los movimientos enemigos; frente a la arrogancia, precipitación y codicia de gloria de Nelson (37 años), que le llevó a tomar una decisión osada en grado sumo (se podrá leer en la novela). Y a esto sumo el abrazo entre Ejército y pueblo ante el invasor: soldados y artilleros junto a la milicia, campesinos, criados, artesanos; las autoridades civiles, que no dudaron en asumir responsabilidades en el plan de defensa; los religiosos que se unieron a las rondas, para ofrecer auxilio espiritual llegado el caso; la valiente campesina del pueblito de San Andrés que dio la voz de alarma en el primer intento de desembarco; las aguadoras y su heroica acción la mañana del 22. Qué bien lo escribió apenas unos años después Bernardo López García, en su Oda al Dos de Mayo: «…y no llegó a percibir,/ ebrio de orgullo y poder,/ que no puede esclavo ser,/ pueblo que sabe morir».

Una novela histórica muy bien documentada...

Como debe ser. En El fuego de bronce hallará el lector datos, fechas (la cronología), personajes, todo lo que debe saber para comprender la gran importancia histórica de la Gesta del 25 de Julio de 1797. En el capítulo de agradecimientos, menciono, como justamente debía hacer, a todos aquellos investigadores, compañeros de tertulia en su mayor parte, en cuyos ensayos encontré todo lo necesario para armar como Dios manda una novela histórica que se precie. Además, recordemos que es narrativa, incorporé historias y personajes de ficción que nos llevarán a las tabernas, a las plazas, calles y hogares, así como mostrarán costumbres y oficios de aquel Tenerife de finales del XVIII. A la historia real, le acompañará otra de intriga, amor y desamor. Conoceremos los nombres de quienes se batieron con ardor con el pérfido invasor. Por cierto, incluye esta edición fotografías de documentos tan importantes como la capitulación y la primera carta que Nelson firma con su temblorosa mano izquierda, puesto que acababan de amputarle el brazo derecho, gravemente herido en el desembarco.

¿Por qué merece la pena leerla y que enseñanzas podemos sacar?

Además de por lo que he respondido anteriormente, porque aquellos compatriotas, antepasados nuestros, se lo merecen. Merecen nuestro recuerdo, nuestra gratitud y reconocimiento. Porque Canarias lleva en sus venas la historia del Atlántico que es la historia de nuestra navegación, la de la Nueva España, la de la Hispanidad, y esta Gesta alcanzada por los españoles chicharreros, tinerfeños, canarios, merece ser conocida y reconocida por los españoles de todos los rincones de nuestra patria.

En cuanto a la enseñanza que creo pudiese encontrar en la novela el lector, no será difícil apreciar la determinación de aquellos españoles (y los de su tiempo) en la defensa de sus principios, su tierra, su religión católica (que se tenía muy en cuenta), su familia, su patria, en suma. Hoy, nuestro pueblo está anestesiado. Nos invaden cada día, de una manera u otra, nos engañan, manipulan, y sonreímos mirando al lobo, esperando una muerte dulce.