Continuamos hoy con el "Diario de una Bandera", la obra que escribió Franco siendo comandante y en la que narra la primera historia de la legión. En estos capítulos se comprueba varias cosas entre ellas que Franco sabe escribir y que Franco en el campo de batalla es el jefe perfecto.  Pasen y lean.

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XVI - Operaciones sobre Drius 

Los primeros días del año 1922 siguen de descanso en el campamento de Segangan, pero en ellos se dice que muy pronto ha de seguir el avance a Dríus.

A las once de la mañana del día 7 llega la orden de pernoctar en Monte Arruit.

El camino a seguir es el del Jemis de Beni-bu Ifrur, y la hora de partida, las dos. Con anterioridad han salido los carros con la impedimenta, pero al llegar al Zoco del Jemis, los encontramos detenidos al lado de la posición; la pista acaba allí; el camino no permite el paso de los carros y lo avanzado del día no les deja volver.

Es preciso que lleguen, y la sección de zapadores les abrirá camino.

Se adelantan los legionarios armados de picos y palas; en poco tiempo quedan salvados los pasos difíciles, y a las siete de la noche entran en el campamento de Monte Arruit los carros con la sección de zapadores.

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EN LA MAÑANA del siguiente día, y después de una misa de campaña, salimos para Batel, y en el camino no dejamos de pensar en los días de julio y en la retirada del ejército por el ardiente llano.

En el campamento de Batel concurren las columnas de Berenguer y Cabanellas; la aglomeración de tropas es grande y los animales tienen que esperar turno para abrevar; el agua es muy escasa en este lugar y se hace preciso traerla en aljibes desde la retaguardia.

Junto al pozo número 2 se agrupan los caballos esperando la codiciada agua, mientras un oficial del Batallón de África me va refiriendo la defensa que de aquel pequeño fortín han hecho un cabo y tres soldados de su cuerpo y un cabo y dos soldados de ingenieros. El pozo de Batel es el que surte de agua a todo el llano y su agua es solicitada por los indígenas.

Al pasar por Batel la columna en retirada, la guarnición del pozo recibió del General Navarro orden de repliegue, que no cumplieron, por no haberla recibido de sus jefes naturales, y más tarde tuvieron que resistir los ataques enemigos.

Los moros creyeron en un principio empresa fácil rendir a este pequeño número de soldados, que en el llano son los dueños del agua. Desesperados de su empeño, entran en trato con los defensores, y a cambio del agua los soldados reciben gallinas, huevos y víveres. Diariamente hay una tregua en que cambian sus productos.

En sus conversaciones con los moros se enteran de que tienen en el aduar un oficial herido y un soldado prisionero, y se niegan a darles agua si no les hacen entrega de ambos; pero pasan los días, los cartuchos escasean, y una noche, enterrando los fusiles, abandonan el pozo en dirección al Muluya.

En el camino aún tienen que probar su recio temple; sorprendidos por dos moros, luchan con ellos, consiguiendo desarmarles y darles muerte; y con los dos fusiles llegan tranquilos a la zona francesa.

¡Cuánto heroísmo encierra la conducta de estos sencillos cabos y soldados! 

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EN LA TARDE de este día, el General Berenguer nos reúne y nos explica el objetivo de la operación, misión de la columna y parte que cada uno ha de tomar en el combate. El terreno es ideal para combatir; un llano extenso y lomas suaves, en que sólo la cuenca del Kert y el Gan pueden servir de refugio a los tiradores enemigos.

Varias son las columnas que han de tomar parte en la operación, y el frente de combate es muy extenso.

La columna Fernández, por la derecha, ocupará la Hariga; la del General Cabanellas, compuesta en gran parte de caballería, Dar Azugag y Casa Quemada; mientras la nuestra se dirigirá a Dar Busada y Amesdán. El terreno es tan fácil que nos las prometemos muy felices.

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De madrugada se concentra la vanguardia, y antes de amanecer rompemos la marcha en dirección al Gan; en él habíamos de encontrar restos de las tristes escenas del pasado julio, y sin ser hostilizados, nos concentramos pasado él río Seco.

Un escuadrón de caballería, en exploración, avanza sobre Dar Busada; suenan unos tiros y vemos a los jinetes galopar hacia la posición; avivamos el paso; al llegar a ella, unos pacos, desde las lomas de enfrente, nos hostilizan, y una compañía de la Legión marcha a ocupar los derruidos muros de la avanzadilla.

De las lomas cercanas siguen disparando, aunque débilmente, pero una maniobra del escuadrón de caballería los pone en huida; ocupamos posiciones y el día transcurre tranquilo para la Legión, habiéndose recogido armones de artillería y proyectiles de campaña y montaña abandonados.

A media tarde; un movimiento de tropas que van y vienen se distingue con los gemelos en dirección a Dar Azugag; unos escuadrones de regulares avanzan al galope hacia aquel lado; algo raro pasa. A los pocos momentos recibimos la orden de que una Bandera vaya en aquella dirección; parece que el enemigo está farruco.

Cuando llegamos a Amesdan, nos ordenan relevar a las tropas desplegadas. Los regulares han empezado el repliegue y el enemigo, que entonces se presenta, no corresponde a la alarma.

A nuestro lado pasan los regulares. Preguntamos a un moro lo sucedido, y sólo nos sabe decir.

Caballería de rifeño estar como diablo, nosotros tirar, tirar y no jaserles nada.

La retirada la hacemos sin ser hostilizados, y en las inmediaciones de Dar Busada vivaquea la columna.

En la madrugada del siguiente día se reanuda el avance en dirección a Dríus. Nuestra columna, por la parte del monte, a la izquierda de la carretera, irá ocupando las alturas de Uestia y Haman, en las que se encuentran las ruinas de las antiguas posiciones, y si la columna de la derecha encontrase resistencia, podremos seguir a Dríus.

Los camiones blindados nos preceden por la carretera y alejan de la barrancada del Kert a los tiradores enemigos. Hostilizados débilmente, ocupamos Uestia y Haman. Cuando nos preparamos a seguir a Dríus, donde llevan ya un rato los camiones blindados, vemos entrar en la posición la caballería del general Cabanellas. El enemigo en su huida había abandonado varios cañones.

Nuestro campamento queda establecido a un kilómetro de Dríus, junto a unas casas moras, y a él nos encaminamos.

La operación ha sido muy brillante; en ella se comprobó, una vez más, la escasa resistencia que el enemigo opone al segundo día de combate; esto ha sido aprovechado por nuestro General para llegar con toda facilidad a Dríus, pese a los alarmistas, que creían ver la empresa dura y preñada de peligros.

Frente a la posición se extiende un enorme llano. Cuanto más se avanza, menos se explica lo pasado. Cómo no se habrá detenido en Dríus la triste retirada?

Recorred estos campos; conversad con los soldados y clases que participaron del desastre e interrogad a los indígenas; sólo entonces encontraréis la clave de esa retirada que empezó en Annual y acabó en las matanzas de Zeluán y Monte Arruit.

XVII - En Drius

Durante los primeros días de la ocupación, la vida en Dríus es tranquila; nuestras descubiertas avanzan sin ser hostilizadas, los poblados próximos de la Abbada parecen estar en actitud pacífica, y sólo los cadáveres y huesos, de que el llano está salpicado, nos hablan de la crueldad que se ensañó en los nuestros.

Conforme nos internamos, los pequeños montes de costillas, cráneos machacados, quemados y sin posible identificación, jalonan el camino, algunas ropas, con el número 59, indican que pertenecieron a soldados del Regimiento de Melilla En espuertas recogemos los restos de aquellos soldados, algunos de los cuales encerrarán heroísmos sublimes para siempre ignorados.

En estos días se presentan los jefes de los Poblados situados en la pequeña elevación del llano en dirección a Tafersit. El Coronel de Policía, con los escuadrones indígenas, va a conferenciar con los moros. Una columna compuesta de legionarios y artillería se pone en movimiento y se aproxima al lugar de la conferencia, como reserva de los escuadrones. Cuando llegamos a mitad del camino, una orden urgente nos hace avanzar sobre Abbada.

El Jefe de Policía, en medio de numeroso corro de moros, conferencia con los indígenas, que aparentan sumisión. Los silos de las casas están llenos de grano, pero sus ganados se encuentran alejados en dirección al monte. En los patios de los aduares se encuentran mil huellas de crueldad. Un patio llama nuestra atención; junto a una pared están los restos de unos cadáveres, y sobre ellos, en el blanqueado muro, los impactos de los disparos salpicados de sangre.

Una ola de indignación pasa por nosotros. Que hagan alto los legionarios y que no entren en el poblado. ¡No vean tanta infamia y estropeen la política!

La conferencia termina pronto, los grupos que se veían en dirección de Tafersit, y que motivaron nuestro avance, parecen acercarse. Recibimos la orden de repliegue y nos volvemos con el sentimiento de no poder hacer justicia a nuestros hermanos cruelmente asesinados.

A los pocos días, los moros de estos poblados habían desaparecido, una vez trasladado el grano.

Días después salimos las Banderas, constituyendo una pequeña columna con elementos de artillería, sanidad, ingenieros e intendencia, a ocupar la avanzadilla de Dar Azugag, que había quedado sin fortificar el día de la toma de esa posición.

Avanzamos hasta la orilla del Kert sin ser hostilizados; en tres horas queda fortificada la posición y nos retiramos al campamento.

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EL RESTO DEL MES pasa tranquilo en el campamento de Dríus, sólo en la noche del día 28 numerosas descargas 'enemigas nos llevan al parapeto. Las balas silban por encima de los sacos terreros, y rápidamente las unidades ocupan sus puestos de alarma.

Los fogonazos de los disparos enemigos se suceden a corta distancia; al campamento le tiran por todos sus frentes, y rápido se escucha el martilleo de nuestras ametralladoras.

Una sombra blanca anda por el parapeto del tambor; una pequeña chispa se mueve en el aire y un estampido como un cañonazo se siente en el barranco; es el Teniente de la Sección de granaderos que ha salido desnudo al saber que el enemigo estaba próximo. Unas cuantas granadas más son arrojadas y los moros se alejan.

A la pequeña plazoleta del campamento llega una camilla con un soldado muerto. Trae la cabeza atravesada. De la puerta de la posición conducen a otro soldado herido y de uno de los puestos de servicio avisan que hay un muerto. El fuego enemigo sigue intenso y se siente el sonido antipático de la "arbaia".

El campamento ya no tira y de nuestros tambores salen gritos e insultos para el enemigo; se les pide que vengan; que ataquen de nuevo, y en burlas y bromas en árabe se cambian denuestos. El enemigo, muy alejado, nos contesta en castizo castellano mil finezas.

De pronto rasgan el espacio las notas vibrantes de un clarín de guerra se hace un silencio profundo en todo el campo, y unos aires de Granada siguen dulces y sentidos. La corneta parece interpretar el momento, y al morir sus notas lentas y vibrantes, los vivas a la Legión se oyen en los puestos del servicio avanzado.

La corneta ha impuesto el silencio con un sentido canto, y el campamento duerme soñando con el recuerdo que evocó la música.

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CON EL MES DE MARZO parece haber llegado otra época de movimiento. A un paseo militar al boquete de Tamasusi, sucede el día 7 la ocupación de la Chauía, a tres kilómetros del campamento, y el día 8 la ocupación en el llano, a la derecha, de una posición que toma el nombre de Sepsa. Este día se mantiene fuerte tiroteo con el enemigo.

Mientras las tropas se encuentran fuera del campamento, un ataque por el cauce del Kert ocasiona sensibles bajas al Batallón de Álava, de servicio en la aguada.

El día 14 sale la Legión en vanguardia de la columna Berenguer a colocar una posición en la meseta de Arkab, dominando el poblado de Itihuen.

Con escasa resistencia se ocupan las posiciones y se establecen los legionarios a vanguardia de las mismas; pero los arbolitos y matorrales de que está cubierta la extensa meseta facilitan al enemigo el acercarse sin ser visto, y en algunos puntos del frente el fuego es más intenso, encontrando gloriosa muerte el Alférez Ojeda, de la segunda compañía. Así tenía que morir este joven Alférez, siempre alegre y decidido para el combate.

La retirada se hace más tarde con facilidad, al abrigo de las posiciones establecidas.

En el campamento se habla de que seguirán las operaciones sobre Beni Said, cuyos moros han prometido someterse cuando nuestras tropas lleguen a la posición de Tuguntz 

 

XVIII - Ambar y Tuguntz

Se establece, el día 17, en Itihuen el campamento provisional de la columna. En este día llegan los carros de asalto de infantería, que han de tomar parte en la acción. Los oficiales cenan en nuestro campamento; el Teniente Coronel ofrece todos los elementos de la Legión a sus compañeros de la Escuela de Tiro, y después de un apretón de manos, deseándoles un buen éxito, se retiran todos en busca del descanso.

Al amanecer del día 18 sale la Legión, precedida de los carros, en vanguardia de la columna; los moros hostilizan débilmente, y los carros de asalto avanzan por la barrancada anterior al aduar de Ambar. Siguen los legionarios a ocupar los aduares, y después de breve detención, descienden los carros por el profundo barranco que separa Ambar de la Loma Alta, conocida más tarde con el triste nombre de la "loma de los ataques". Las guerrillas de la Legión ascienden las cortadas laderas y toman posiciones pasado el barranco.

El barranco ha sido largo y penoso; el enemigo hostiliza vivamente, y la columna aún viene retrasada. Se ha de seguir, ¿Dónde está Tuguntz? ¿el avance? El combate se sostiene duro y los Beni-Said y Beni-Ulisek se extreman en el ataque.

La columna, al borde de la meseta inmediata a los aduares de Ambar, sostiene fuego en su flanco izquierdo con el enemigo. Después de un gran rato llega la orden de dar por terminado el primer salto hacia Tuguntz y que se fortifiquen las casas de Ambar.

Los tanques, que se adelantaron unos ochocientos metros delante de nuestras guerrillas, desaparecen durante un rato de su vista; cuando reaparecen, los moros les rodean arrojándoles piedras; furiosos, tratan de luchar con el nuevo elemento de combate; buscan el ángulo muerto de sus ametralladoras, pero inútilmente, muchos caen acribillados por sus fuegos.

Un carro regresa a las guerrillas la ametralladora se encuentra interrumpida, No es extraño, el día anterior fueron desempacadas y colocadas en los carros, y el personal, que debiera estar muy práctico en su conocimiento, no parece estarlo. El apuntador llega levemente herido; un moro metió por la mirilla una gumia, hiriéndole ligeramente.

Los moros, escarmentados de su primer ataque contra los tanques, esperan ocultos en las barrancadas el momento del repliegue.

Las guerrillas siguen durante el día en fuego con el enemigo, y terminada la fortificación de las posiciones, el grueso de la columna se repliega a Itihuen, mientras la vanguardia ha de retirarse sobre la posición de Ambar. El Teniente Compaired, de la 13 compañía, ha sido herido.

Los carros de asalto, que hace unos momentos se encontraban a la altura de las guerrillas, se han de replegar a retaguardia de las mismas, evitando que el enemigo se eche encima, mientras las tropas cruzan las profundas barrancadas.

Empezado el repliegue, el enemigo, muy numeroso, ataca por todas partes y el combate se entabla duro; en estos momentos, cuando las últimas unidades de legionarios han cruzado el barranco, ven a las guarniciones abandonar los tanques y correr cuesta abajo por la loma. Los legionarios recogen al Capitán de los tanques y un soldado herido y entran en la posición. El enemigo ataca duramente y se encuentra en algunos puntos cerca de las alambradas; los defensores les hacen nutridas descargas, que les causan muchas bajas.

En estos momento, al bravo Comandante Fontanes, que manda la Segunda Bandera durante toda la campaña, le traen herido con un balazo en el vientre; a su lado viene su ayudante, el Teniente Lizcano, también herido, mientras a lo lejos los moros se agrupan rodeando los tanques. Las sombras de la noche impiden ver a distancia y las posiciones rechazan el ataque.

El Padre Antonio Vidal, escolapio, agregado voluntario en la Legión, muere gloriosamente.

La noche es triste en Ambar, el Comandante Fontanes está muy grave, y todos saben lo que significa una herida de vientre con el hospital tan lejos. El Doctor Pagés, es toda la preocupación del herido; él podría salvarle. En la Legión se siente admiración por este notable cirujano, que ha librado a tantos legionarios de una segura muerte. Por esto piensa en Pagés el bravo Comandante de la Segunda Bandera.

En la madrugada del 20 muere en la posición el heroico Comandante. La Legión está de luto, ha perdido uno de sus mejores Jefes y los soldados están tristes; sus ojos no lloran porque en sus cuencas ya no quedan lágrimas, ¡han visto caer ya tantos oficiales y camaradas!....

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LA OPERACIÓN de Ambar y la pérdida de los carros de asalto suscitan en la opinión diversos comentarios; los tanques han fracasado, se oye decir, los tanques no sirven para Marruecos, no son apropiados para este terreno Suposiciones todas hechas sin más conocimiento que los relatos poco verídicos que se hicieron de su actuación.

Los Carros de asalto y tanques son de gran aplicación en esta guerra, veremos si el tiempo me da la razón.

Prescindiendo de las características de los carros de asalto de infantería, aquí empleados, superados por otros carros de asalto en servicio de los ejércitos extranjeros, las causas de su poca eficacia en los primeros combates, y de su pérdida, han sido muy diversas.

El armamento del carro de asalto consiste en una sencilla ametralladora; es necesario mejorarlo y dotarlo de una doble ametralladora, como llevan en otros ejércitos, medio único de asegurar la continuidad de su acción Y evitar que la menor interrupción deje sin armamento al carro.

La ametralladora Hochkiss, no obstante sus excelentes condiciones balísticas, necesita una cartuchera seleccionada que disminuya las interrupciones, tan frecuentes en nuestras unidades de ametralladoras, por las municiones tan diversas que se emplean.

El personal de estos carros ha de ser competentísimo y su instrucción perfecta, además de estar escogido entre personal entrenado en la campaña.

Los tanques, en esta clase de guerra, han de operar prestándose mutuo apoyo, y en los períodos de instrucción han de practicar sus ejercicioS en combinación con aquellas tropas con las que han de sostener enlace en el combate.

La falta de gasolina, causa a que se atribuyó la pérdida de los tanques, es, como se ve, tan pequeña e indica al mismo tiempo tal falta de preparación en el personal, que no por ello han de sentenciarse esas unidades al fracaso.

Los enemigos de los tanques son: la artillería, los fusiles y las ametralladoras contratanques; si nuestro enemigo no dispone de estos medios de acción, evidentemente su empleo no ha de tener contratiempo y causará a los harqueños hondo quebranto, evitando al mismo tiempo las bajas propias.

No quiero decir con esto que el carro de asalto vaya a solucionar la campaña, pero sí que ha de ser un poderoso elemento para nuestra acción militar, y su empleo en mayor número encajará dentro de las aspiraciones de la Nación de reducir los efectivos que en África combaten. La construcción de un tanque ligero, con más de un tirador, especial para Marruecos, aumentaría la eficacia y radio de acción de esta arma.

Las unidades de tanques tienen un valor que hoy parece desconocerse, y no hay que olvidar que lo más caro en esta guerra no es el material, sino los hombres.

 

EL AVANCE SOBRE Tuguntz continúa. El día 29 sale la columna a las órdenes del General Berenguer y se concentra al abrigo de las posiciones de Ambar y Velázquez, permaneciendo las baterías ligeras y del Grupo de Instrucción en el borde de la meseta de Arkab.

Con la Legión por la derecha y los Regulares por la izquierda, avanza la vanguardia en dirección de "la loma de los tanques" y va coronando las sucesivas alturas hasta llegar a las que se han de conocer en lo sucesivo con los nombres de Tuguntz y Cala. El enemigo, en estos momentos, tirotea con alguna intensidad, pero el combate se desarrolla fácil, y descendiendo de esas posiciones ocupamos las alturas siguientes, anteriores al río Bas. A nuestra derecha avanzan tropas de Policía, y por este lado, y a retaguardia, se ve a lo lejos la caballería de la columna Cabanellas.

El terreno hacia el Bas es malísimo; las lomas están surcadas de profundas grietas, que, muriendo en el cajón del río, constituyen magníficos caminos cubiertos, y la altura de estas lomas oculta el valle del Bas a las baterías de montaña establecidas en la posición, que sólo de muy lejos pueden batir los caminos que bajan de Dar Quebdani.

Por la izquierda avanza un escuadrón de Regulares. En el collado aparece de pronto numeroso enemigo. Le deja avanzar, y cuando está a media ladera, rompe sobre él sus mortíferos fuegos. Muchos jinetes caen, otros mueren con sus caballos y varios de éstos, sin jinete, galopan asustados entre el nutrido fuego, mientras los restos del escuadrón se retiran al galope por los costados de la loma.

La infantería de Regulares avanza a apoyarles, y el combate se entabla duro en todo el frente; las grietas del terreno son empleadas como trincheras, y los moros llegan sin ser vistos hasta pocos metros de las guerrillas.

En esta situación transcurre el día. A lo lejos, por los caminos de Beni Ulixek y Dar Quebdani, se ve venir numerosos grupos de moros que se pierden en las profundas barrancadas del Bas. Algunos entre ellos llegan a caballo; éstos son los que frecuentemente se adelantan en la retirada Y ocupan al galope las lomas por nosotros abandonadas. Es una de las herencias del desastre. La abundancia de caballos les permite emplearlos como infantería montada; en las retiradas pueden caer rápidamente sobre los escalones de retaguardia, y en el avance defienden las lomas hasta el último momento.

Todos estos grupos que acuden al combate llegan a él al mediodía, que es cuando generalmente se empeña la acción. En estos momentos, toda la vigilancia es poca, y los barrancos, a los flancos y retaguardia, deben ser observados con pequeños destacamentos; muchas veces la práctico en esta clase de guerra nos dice por adelantado dónde ha de aparecer el enemigo.

La presencia de unos grupos a pocos pasos de los policías de nuestra derecha motiva una vacilación en este lado, al que tenemos que acudir haciendo reaccionar la línea. El fuego sigue muy intenso, y en estos momentos duros de la acción, el Alférez Llaneza, de la 13, recibe muerte gloriosa.

Los cañones enemigos colocan sus proyectiles entre nuestros sostenes sin causarnos bajas, mientras en la izquierda, una compañía del Batallón de Galicia avanza en auxilio de los Regulares. Con los gemelos vemos aproximarse al lugar donde el fuego es más empeñado un enorme guerrillón; los moros de Regulares, retrasados en la loma y parapetados, nos indican lo que va a pasar, Quién pudiera  detenerlos!  El  enemigo  espera  que  se  adelanten,  y  cuando  están  al  descubierto  rompen  el fuego y caen sin combatir una porción de soldados. Muchos se tumban y disparan, pero, ¿a dónde?, ¡si uno de los problemas de esta guerra es aprender a ver al enemigo! La gente se porta bravamente, pero como dicen los moros: TODAVÍA NO SABER MANERA.

La retirada es difícil; los harqueños están tan próximos, que en pocos metros pueden coronar las lomas y nosotros tenemos que descender de ellas y subir a las anteriores.

Al empezar la retirada, los nuestros se detienen, vuelven unos momentos y después de hacer unas descargas descienden por la pendiente, mientras las ametralladoras y unidades colocadas a retaguardia ponen sobre la cumbre su fuego de barraje. La retirada sigue luego ordenada al abrigo de las posiciones.

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XIX - Chemorra, Dar Quebdani, Tahuima. En el Peñón 

El mes de abril es feliz en operaciones, y con escasas bajas se alcanzan los distintos Objetivos.

Sigue el avance sobre Beni Said. Esta vez nuestro papel es distraer la atención enemiga, batiendo con nuestra artillería las concentraciones en el valle del Bas, mientras la columna Cabanellas ocupa Chemorra y otras posiciones.

Salimos antes del amanecer, y a las siete de la mañana se ocupan las alturas a la derecha de Tuguntz, sin ser hostilizados. El enemigo se presenta a lo lejos en actitud de espera; los cañones de nuestra columna y el Grupo de Instrucción baten las concentraciones y aduares enemigos; en el fondo del valle las fuerzas de Cabanellas empeñan combate y fortifican las posiciones.

La retirada se hace normal, y regresamos sin novedad al punto de partida.

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PARA EL DÍA 8 se prepara la toma de Dar Quebdani; la columna Cabanellas lo abordará de frente y nosotros avanzaremos a establecer contacto con ella y cortar el paso del enemigo en la cuenca del Bas.

La operación resulta preciosa. Las columnas avanzan en direcciones perpendiculares. Llegamos al Bas, y desde Ambar Oriental al río extendemos nuestra línea, cortando el paso al enemigo. Nuestra situación es muy favorable, y las ametralladoras Y fusilería mantienen a raya a los harqueños, causándoles bastantes bajas; Y en la retirada, aunque los moros pretenden acercarse, no consiguen más que causarnos tres heridos.

 

CUANDO REGRESAMOS de Dar Quebdani, el General nos da la noticia de que el Peñón de Vélez de la Gomera es constantemente atacado, y ordena el envío urgente de 50 legionarios voluntarios con dos oficiales a reforzar la guarnición.

En las compañías, todos los soldados se presentan voluntarios para la empresa, y se disputan el honor de ser nombrados, y, por fin, son designados un cabo Y ocho legionarios entre los mejores tiradores de cada compañía.

Entre los oficiales se repite la misma escena, y es nombrado el Teniente Esparza jefe de la expedición.

En el Bustamante, y en la oscuridad de la noche, se acercan a la costa; a un kilómetro del Peñón transbordan a una gasolinera Y protegidos por el cazatorpedero se aproximan al Peñón.

Una línea de pequeñas luces se ve hacia la playa. Los disparos de la artillería y fusilería enemiga avisan que el enemigo ha advertido la maniobra, y siguiendo una luz roja llega la gasolinera al abrigo del cortado.

Una escala de cuerda se ofrece para el desembarco, y con dificultad suben por ella muchos de los soldados, mientras otros ascienden metidos en el serón de subir la carga. Los legionarios pasan desde este día a ocupar el sector peligroso.

Los puestos de servicio son seis, en unas pequeñas cuevas a la orilla del mar, y a cuarenta metros, en la costa, se encuentran los tiradores enemigos.

La situación del Peñón no es mala; no obstante los bombardeos de la artillería enemiga, los legionarios se encuentran encantados, y con sus fusiles y ametralladoras han organizado un contrapaqueo que no deja parar a los indígenas a la vista de la posición.

Los trabajos de fortificación se activan, y algunas noches bajan los legionarios por una cuerda de nudos al pie del cortado, y por medio de otra cuerda han subido más de mil tablones en la playa abandonados y refuerzan con ellos las obras de sacos.

Durante las noches se cruzan mil insultos con los cabileños, que han aprendido los nombres de las clases y oficiales, hasta el extremo de que la misma noche que los legionarios llegaban preguntaban los moros, ¿si llegar los del Tersio?

A los pocos días de llegar los legionarios, se siente decaimiento en el campo moro. Entre los que a diario vocean a la Plaza se encuentra Hamido, el hijo del dueño de un comercio del peñón, el marrajo moro que también habitaba con los españoles y que algunas noches corea y aun canta la jota de Navarra, aprendida en sus muchos años de convivencia con los cristianos.

Estos moros abandonaron, en víspera del ataque, el Peñón y se pasaron al enemigo creyendo en las promesas de Abd-el-Krim y en la toma de la Plaza por los indígenas, y hoy están ya arrepentidos; perdieron las mercancías de sus tiendas; y sus fardos de té, tabaco y azúcar, abandonados en el muelle, son de noche recogidos por los legionarios.

La situación del Peñón es buena; sólo de cuando en cuando los moros cañonean o disparan sus fusiles, pero esto no priva a los soldados de bañarse y dedicarse a la pesca durante el día para ir matando el enorme aburrimiento del Peñón en calma.

Las malas condiciones en que se hace el convoy, la falta de desembarco y el tener que efectuar de noche la maniobra de descarga, hace que los convoyes se lleven de tarde en tarde y que la guarnición pase algunas privaciones. La carne no existe y los ranchos tienen que reducirse al condimento de alubias, garbanzos, arroz con tocino y, en algunas épocas, un poco de chorizo. Los legionarios han encontrado compensación y durante el día se dedican a cazar gatos, que adobados y puestos al sereno se les convierten en riquísimos conejos, y así han ido dando cuenta de los cincuenta o sesenta gatos que habitaban en el Peñón; sólo uno era respetado, el del Comandante militar, pero un día que el convoy tardaba, cuentan los legionarios que el gato se suicidó; nadie lo había matado.

La situación en el Peñón sigue siendo tranquila y la guarnición de legionarios reducida a treinta hombres.

Días después de salir los legionarios para el Peñón, se recibió de S. M. el Rey (q. D. g.) el siguiente telegrama: "el Rey al Teniente Coronel Millán Astray, Jefe Tercio. -Felicito al Tercio por la hermosa defensa del blocao Miskrela y por el espíritu que demuestra al ser todos voluntarios para ir al Peñón de las Banderas de Melilla, y tú como creador de esa fuerza recibe las gracias de tu Rey y un fuerte abrazo.-Alfonso, Rey".

LAS INCURSIONES de algunos merodeadores enemigos en el camino de Batel motiva la colocación de un blocao que, vigilando los pasos de la montaña entre Haman y Uestia, aleje el peligro de la carretera; para conseguirlo, sale la Legión con una batería a proteger los trabajos de fortificación, ocupando por sorpresa el rocoso y alto pico frente a las posiciones antes dichas.

Quince legionarios decididos, con sus oficiales, hacen la penosa ascensión y a los pocos momentos sus disparos alejan al enemigo, que intenta molestar los trabajos.

Conforme avanza el día, de la harca de Tamasusi se acercan por el monte algunos grupos de harqueños, pero los legionarios, en su nido de águilas, se entretienen en cazar a todo el que se aventura en los collados.

Al mediodía, construido el blocao en piedra, descienden los legionarios y al poco tiempo los moros aparecen en las estribaciones del crestón; el fuego se intensifica un poco en la retirada y tenemos tres heridos.

Este puesto fue durante varios días objeto de las preferencias del enemigo, que no pudiendo pasar hacia la carretera, lo hostilizaba diariamente, llegando una noche a atacarlo con artillería, sin lograr hacerles bajas.

LAS CONFIDENCIAS acusan estos días el aumento de efectivo de la harca de Tamasusi, y una mañana los proyectiles de un cañón de montaña caen delante de la posición de Dríus. Se observa el campo y no es posible ver el humo de los disparos. Es admirable el arte con que se ocultan de la vista estos fantásticos pacos de cañón.

Estos días se proyecta la ocupación de Tamasusi, y al amanecer del día 14 avanzamos, en vanguardia de la columna, en dirección al collado.

El paqueo empieza y, débilmente hostilizadas, dos compañías emprenden la subida al monte. El enemigo se pronuncia en huida por la otra vertiente y, al coronar la loma, le perseguimos con nuestro fuego por el llano. No es este el moro duro y valiente de días anteriores; son los judíos de M'Talza, que huyen al primer encuentro.

Por la derecha, en dirección a Midar y montes del fondo, se ve venir numeroso enemigo que se oculta en los barrancos; entre ellos abundan los jinetes y todos parecen dirigirse hacia la loma rocosa que ha de ocupar la caballería.

Nuestras baterías de montaña, batiendo la loma, protegen el avance de Policía y caballería de Regulares, y los carros de asalto, por el llano, cooperan a la acción.

A los pocos minutos, los regulares llegan y el enemigo se dispersa hacia la montaña; nuestras baterías les alcanzan con el fuego; se ven caer los jinetes; muchos muertos quedan diseminados por el llano; desaparece del escenario del combate aquella gran concentración guerrera, y al pie de Tamasusi se recupera el cañón enemigo.

Las bajas de la columna son escasísimas y el repliegue se efectúa sin apenas ser hostilizados. 

TRES DÍAS DESPUÉS se ocupa la Chaif; los camiones blindados y carros de asalto avanzan por el llano y orillas del Kert, manteniendo a raya al enemigo. Las baterías dispersan las concentraciones enemigas, que intentan acercarse desde Midar.