Al principio iba a dejar sin comentario esta última portada de mi colección de siete.

¿Por qué? Pues porque todo lo que se pueda decir sobre esta novela de Rafael García Serrano será, siempre, poco. Demasiado poco.

Es una novela extensa (así, a ojo, el triple de lo habitual en el maestro); una novela llena de personajes que se entremezclan con maestría, que reflejan todos los tipos, todos los motivos, todas las posibilidades que pueden llevar a encontrarse a gentes inicialmente distintas, casi incompatibles.

Y es una novela divertidísima en el relato de un futuro que entonces era posible y ahora es casi presente.

Porque esa es otra de las maravillas de esta gran novela: que nos cuenta cómo pasó lo que ahora más o menos está pasando, lo que va a pasar si Dios -y la buena gente, con lo que tenga a mano- no lo impide. En este sentido es una novela, si; pero también un libro de la Historia que fue y, para quien sepa ver -si no lo impedimos mientras aún sea tiempo-, de la Historia que será.

Pero lo mejor de todo, es que muestra el camino. Que nos dice qué podemos hacer, cómo podemos hacerlo. Que nos enseña, incluso -según habrá visto, o verá, quien lea- un método criptográfico perfecto, por alejado de los iletrados que nos vigilan. No lo desvelaré -a Rafael hay que leerlo, no vale que te lo cuenten-, pero de libros va la cosa.

Me resulta muy difícil escribir sobre esta novela. No encuentro palabras, no sé cómo transmitir mi admiración. Con ocasión de publicar en mi blog una extensa entrada sobre el maestro Rafael, mi camarada Arturo Robsy, que ahora está en los luceros, comentó que le extrañaba que dijera tan poco sobre V Centenario. Tenía razón Arturo, como siempre; pero es que no soy capaz de resumir, ni siquiera de seleccionar pasajes que demuestren lo que esta novela me remueve por dentro.

Y esto es así pese a que V Centenario es, probablemente, la menos falangista de las novelas de Rafael García Serrano. No es que el maestro hubiera abandonado la idea, ni mucho menos; es que los tiempos -los de entonces, cuando la escribió; los de ahora, los de mañana- no están para pejigueras. Los tiempos estaban -están- para recoger todo lo útil, todo lo elevado que vaya quedando, todo lo decente. Toda la ira, toda la decepción, todo el dolor; pero también toda la alegría, toda la esperanza, todo el amor a España por muy difuso que sea, sin reglas, sin meter en vereda, en cintura y en filas, sin comprensión consciente, puro instinto, y con todo ello hacer algo nuevo, superior a la dispersión, a la riña por lo accesorio.

Esa es la lección fundamental de V Centenario. La que deberíamos aprender lo antes posible, si queremos que ese algo superior a cada uno de nosotros y a  todos nosotros juntos que es España, tenga un futuro.

V_CENTENARIO