El siglo XX ha sido el escenario de las más despiadadas demostraciones de destrucción perpetradas por el hombre contra el propio hombre. Como correlato a ese horror inefable, sólo el testimonio recopilado de la memoria escrita ha sabido arrojar belleza en forma de verdad contra esa oscuridad insondable. Desde el texto fundacional escrito por el superviviente Solzhenitsyn en tres monumentales volúmenes, Archipiélago Gulag (1973); hasta el título divulgativo Memoria del comunismo (2018) de Jiménez Losantos que abrió los ojos a la realidad del comunismo a muchos españoles previamente desinformados en la escuela y, por supuesto, a través de los medios de comunicación; pasando por textos fundamentales como El pasado de una ilusión de Furet (1995), la Autobiografía de Arthur Koestler (1952) o por Tiempos Modernos de Paul Johnson (1983); hasta llegar a obras mucho menos importantes historiográficamente pero también interesantes para el lector español como lo es el tercer tomo de Los enemigos del comercio de Escohotado (2018). Sin embargo, ningún libro en ningún idioma es comparable en rigor, en ambición y en profundidad al Libro negro del comunismo (1997), que acaba de ser reeditado por la editorial Arzalia.

Desde su primera edición en Francia, el citado libro caminó envuelto en la densa niebla de una inevitable polémica provocada, principalmente, por todos los intelectuales izquierdistas partidarios del marxismo que no podían evitar sentirse agredidos por la mera existencia de su contenido. El Libro negro del comunismo es un trabajo conjunto de varios historiadores que quiere profundizar en el horror hasta los límites últimos de la cordura; sin abandonar por un instante el rigor histórico para hablar de los crímenes, del terror y de la represión ya mencionados en el subtítulo del propio volumen. El resumen es que Katyn, Kolimá y las “tierras de sangre” de las que habla Timothy Snyder merecen ser recordadas en la memoria colectiva de los hombres como lo es Auschwitz; de hecho, los campos de concentración nazis fueron creados a imitación de los que los soviéticos llevaban perfeccionando desde 1919.

Sobre el Libro negro del comunismo, un pensador lúcido, claro y directo como lo fue Jean-François Revel dejó escrito lo siguiente: “El comunismo ha sido el mayor fracaso de un sistema político en la historia de la humanidad. En el marxismo no ha habido ni un régimen democrático o pluralista. Todo ha sido totalitarismo, Partido único y persecución política”. Acerca de las razones por las que el Libro Negro del comunismo desató unas polémicas viscerales que no había desatado El pasado de una ilusión tan solo dos años antes, añade con su capacidad de penetración característica: “Se atrajo el furor duradero de las élites de la izquierda pensante y periodística. ¿De dónde venía que una de las caras de un único y mismo balance se contemplase sin entusiasmo, pero con calma, mientras que la otra se rechazaba sin examen, entre convulsiones furibundas? Me parece que una explicación plausible es que el ser humano puede reconocer haber sucumbido a las seducciones de una ilusión, pero casi nunca haber sido cómplice de un crimen”. El comunismo es una ideología que incorpora de manera natural la alienación y que esconde el crimen que inevitablemente lleva aparejado detrás de la cobarde noción de ilusión.

Todavía hoy sobreviven los mismos intelectuales izquierdistas, con distinto collar, que defienden el comunismo. Nombres como el de Santiago Armesilla o Pedro Insúa, “buenistas” ambos para más señas, aún tratan de restablecer el legado de Marx alegando que “su teoría nunca se aplicó bien” o cualquier cosa parecida. Esa discusión es muy fructífera para el estéril ámbito de la teoría política o para la verborrea académica propia de ciertos círculos sectarios; no así para la historia: el Libro Negro del Comunismo es irrefutable porque habla de lo fáctico, de lo demostrable, de aquello que ha ocurrido y que, a pesar del silenciamiento constante, nos ha llegado con la resplandeciente luz de la verdad. La definición del comunismo trazada por Courtois y tantos otros no pretende ser política o teórica, sino que está compuesta a través de un rastro histórico de sangre, muertos y arrebatadora crueldad.

La bibliografía sobre los crímenes del comunismo está llena de vidas y abarca tanto que, para el investigador, llena toda una vida. Muchos de los que años después del desengaño se erigieron como sus grandes críticos creyeron ciegamente en el aberrante sueño: quisieron traer “un hombre nuevo” y se dejaron llevar por una pulsión utópica que borró a más 100 millones de seres humanos —sin tener en cuenta todos los descendientes que no existieron y que jamás lo harán—, proyectando —religiosamente— como hombres y sustituyendo —socialmente— como civilización el vacío dejado por el cristianismo en Occidente en el seno de la Modernidad. El lector del Libro Negro del Comunismo encontrará distintas geografías confluyendo; diferentes vehículos del horror y del dolor recopilados; variadas masacres engendradas por el hombre y contra el propio hombre, puesto que todo eso está en las páginas del libro: Rusia, la gran hambruna, el Terror Rojo, el sistema de gulags, el intento de Revolución Mundial, España en la Guerra Civil, la NKVD, el comunismo en Europa, en Asia, en América Latina, en África. Las suyas son cifras actualizadas con toda la precisión posible, aunque las reales jamás se podrán conocer cómo reconocen, no sin cierta impotencia, los propios autores.

Tras la Segunda Guerra Mundial se creó el falso relato de la “extrema derecha” como génesis del fascismo y del nacional-socialismo. Fue una genial estrategia de propaganda de los intelectuales izquierdistas —que todavía hoy gozan de prestigio académico y hasta de un cierto hálito de rigor científico— como Sartre que habían rendido cobarde pleitesía a los nazis durante la ocupación y que querían desmarcar el comunismo de ese “socialismo” incluido, no lo olvidemos, en el nombre de la ideología hitleriana o en el pasado biográfico comunista del propio Mussolini; admiradores, ambos, por cierto, de Lenin. Y esa es la gran tesis, generadora de buena parte de la polémica que rodea al libro, de Courtois: que, contra la versión interesada de Kruschev, el terror rojo revolucionario comenzó con Lenin y no con Stalin; que el crimen, el terror y la represión son rasgos inherentes a todas las manifestaciones reales del poder comunista en la historia. La cantidad de datos históricos que el historiador francés hace valer, acompañado por tantos otros colegas y especialistas, para defender su concienzudo argumento es apabullante.

Las dos ediciones anteriores del Libro Negro del Comunismo en español cayeron pronto en ese cementerio de libros descatalogados en el que se pierden tantas obras importantes. Los que investigamos el tema dudábamos entre arruinarnos a cambio de comprarlo o sencillamente acudir cabizbajos a la biblioteca cada vez que necesitáramos consultarlo. Ahora, gracias a la editorial Arzalia, podemos adquirir a un precio razonable las más de mil páginas de monumento escrito que conforman el libro. Olvido. Dolor. Muerte. Crueldad. Pero también testimonio. Memoria. Palabras. Vida. Amor. Un fragmento de historia erigido contra el mal y escrito desde la dignidad de las víctimas y contra la pulsión destructiva del hombre para con su propio hermano: todo eso es El libro negro del comunismo. Siguiendo lo que dijera Horacio Vázquez-Rial años atrás, una obra imprescindible en la biblioteca de todo aquel que quiera conocer la historia de nuestro pasado reciente y de un futuro más que probable.