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Al volver a Madrid, y cuando ya tuvo en su poder el musgo de La Adrada (los cuñados le trajeron 4 sacos repletos del musgo de los pinos de Gredos y clasificados como él les había ordenado: un saco con el musgo de los pinos que habían crecido en zonas arenosas y frescas; otro con musgo criado en tierras calizas;  otro con los nacidos en tierras con yesos y otro con los criados en tierras de origen silícico) se pusieron a trabajar con verdadero frenesí, o sea de día y de noche.

 

Empezaron con el musgo obtenido de los árboles cultivados en tierras arenosas y a fuego lento fueron hirviendo trozos de aquel musgo hasta conseguir una infusión de color verdoso.

 

Y lo mismo fueron haciendo con las muestras  del resto de los “pinus silvestris”.

 

Después y en jornadas sucesivas fueron mezclando la infusión obtenida con las infusiones ya preparadas de salvado, hinojo y regaliz.

 

Y en ese momento se dieron cuenta que les faltaba algo esencial, los conejillos de Indias, ¿con quién experimentar y estudiar resultados? Así qué, y recordando que su abuelo había usado para sus experimentos a la gata “Lara”, se pusieron a buscar gatos abandonados por todo el barrio e incluso puso un anuncio en el “ABC”.

 

Pero, mientas tanto tomó otra decisión, y sin pensarlo se fue a ver a su profesor de Química Orgánica, Don Manuel Lora Tamayo, que tanto le había aconsejado durante la carrera.

 

  • Don Manuel –le dijo en cuanto se sentó ante él en su despacho. ¿Recuerda que me dijo hace ya casi dos años que cuando tuviese un tema interesante me pusiese a escribir la Tesis para el Doctorado?
  • Pues claro que sí, Juan Sarramayor, ya estaba pensando que te habías olvidado de mí. ¿Qué, has encontrado  tu tema?
  • Pues sí, profesor...

 

Y entonces durante más de media hora le explicó al profesor los trabajos que estaba haciendo en su pequeño laboratorio sobre la posibilidad de encontrar un antídoto para contrarrestar los efectos nocivos de la nicotina en el ser humano. Lora Tamayo se entusiasmó con el tema y especialmente con la mezcla del salvado, hinojo, regaliz y el musgo del “pinus silvestris”.

 

  • Muy interesante, amigo mío, muy interesant.. Y muy lógico. ¿Has pasado ya a la fase de experimentación?
  • En eso estoy Don Manuel, aunque sin medios quiero experimentar en gatos, porque así inició mi abuelo su primer experimento. Pero, como ya le he dicho mi pobre abuelo murió cuando todavía no había descubierto el cuarto jinete, el musgo del “pinus silvestris” y el ácido clabulemínico[1].
  • Bien, me gustaría leer alguna de tus notas.
  • Don Manuel, como me lo imaginaba aquí le he traído algunas de mis notas.
  • Y ¿has pensado ya en un posible título?
  • No, todavía no, aunque no tendrá más remedio que ir en consonancia con el objetivo final. Podría llamarse “Estudio sobre la posibilidad de  contrarrestar los efectos de la nicotina y el tabaco en el ser humano”. Pero, Don Manuel si he venido a verle es porque quiero que usted sea el director de mi Tesis. Sé que me faltan conocimientos y bibliografía sobre los contenidos bioquímicos de algunas plantas medicinales.
  • Vale, Juan, eso está hecho. A propósito, y lo he pensado mientras exponías en síntesis tus trabajos, ¿sabes que hay una chica Licenciada en Medicina que está realizando su Tesis Doctoral sobre los efectos nocivos del tabaco en el cerebro humano? Se la estamos dirigiendo el Catedrático Hernando y yo. Me gustaría que os conocierais y compartieseis conocimientos y experiencias. Ella está ahora, con una beca del Ministerio, en el “Hospital St Marey” de Londres, pero creo que volverá pronto.
  • ¡Ah muy bien! Me parece interesante.
  • Bueno, pues te avisaré cuando llegue a Madrid.
  • Gracias, profesor.
  • Muchacho, amigo mío, si llegas a buen puerto por el camino que llevas revolucionarás la Farmacología y la Medicina. ¡Joder, y perdona que me exprese así, si consigues lo que te propones habrías salvado a miles de millones de personas que mueren cada año victimas del tabaquismo!

 

Pero, la entrevista con el Profesor Lora Tamayo no sólo significó para él motivo de satisfacción por los trabajos que venía realizando en torno al “antídoto” contra el tabaco, sino también una fuente de ideas que se le agolpaban en la cabeza. Porque mientras caminaba desde la Universidad a su casa, no había más de 500 m, pensó que ya había llegado la hora de montar un laboratorio de verdad y hasta encontró un nombre al “preparado” que había iniciado su abuelo y que él pretendía llevar hasta el final.

 

  • Creo –se dijo a sí mismo– que uniendo las primeras letras o sílabas de los cuatro componentes base podría quedar un nombre llamativo. La “S” de salvado, la “I” pero con la “H” de hinojo, la “R” y la “E” de regaliz, y la “M” y la “U” de musgo... Sí, “S-HI-RE-MU” puede dar un nombre bonito: Shiremu. No está mal, pero le falta algo que suene más a medicamento. Podría ser añadiéndole el sufijo friol, entonces quedaría “Shiremufriol”... pues no está mal, no está mal, me gusta.

 

Al llegar a su casa, y llevando ya en la cabeza la idea de buscar un local para montar un laboratorio en condiciones, se dio cuenta que el local que había justo debajo de su piso, y que daba a la Gran Vía, se alquilaba, y sin dudarlo entró a informarse.

 

 Resultado de aquella primerísima gestión fue el viaje que justo al día siguiente  realizó a La Adrada. Porque el local, unos 400 m2 que abarcaba también un patio interior no sólo se alquilaba sino que también había opción a compra.

 

En principio los propietarios pedían por la venta 1.500.000 pts., lo cual le pareció una montaña, porque la peseta de aquel año 1945 era puro oro. A pesar de ello se fue a ver a su madre.

 

  • Mamá –dijo a su progenitora tras los besos y saludos de rigor– necesito que me ayudes. Estuve hace unos días con el profesor Lora Tamayo para pedirle que me dirija la Tesis Doctoral y me animó tanto a seguir trabajando y experimentando en el “preparado” que inició mi abuelo que he pensado montar un laboratorio más decente del que tenemos... y no sólo para trabajar en mi proyecto, sino que podría empezar a producir otros productos farmacéuticos para recuperar la inversión.
  • O sea, hijo mío, que necesitas dinero.
  • Sí mamá, creo que merece la pena. Ya vi ayer, y creo que es una oportunidad buena, el local que está justo debajo de mi casa y que da a la calle, podría ser el lugar perfecto, porque así tendría juntos la familia y el trabajo.
  • ¡Ay, hijo mío, Juan! ... Sabía que llegaría esta hora y hoy te voy a revelar un secreto que tu padre y yo te tuvimos siempre oculto. Verás, desde que tu padre abrió la farmacia antes de la Guerra, y yo después lo mantuve, abrimos una cuenta a tu nombre en el Banco Español de Crédito (Banesto) y durante estos años allí se fueron ingresando todos los beneficios de la farmacia... y todo eso está a tu nombre y sólo faltaba que tú lo necesitases algún día. Por lo que veo ese día ha llegado. Así que no tienes que pedirme nada, todo lo que hay en el Banco es tuyo. Pero, te voy a revelar dos secretos más, porque has de saber que tu abuelo Tomás hizo lo propio con la Farmacia de Madrid que hoy regentas y es de tu propiedad. Tu abuelo fue ingresando en una cuenta a tu nombre todos los beneficios y esos también son tuyos. Hijo, y si no tuvieras suficiente, quiero que sepas que todo lo que yo tengo, y es mucho, más de lo que tú piensas, porque mis padres me dejaron una verdadera fortuna, será tuyo, en cuanto yo me muera, y así lo tengo decidido en mi testamento.
  • Mamá, me dejas de piedra.
  • Claro, hijo mío, ya sé que tú nunca te has preocupad de esas cosas, pero creo que ya es hora, como padre de familia que eres, de que pongas los pies en la tierra y sepas que en la vida además de libros, ideas y laboratorios hay otros menesteres.
  • ¿Y?
  • No preguntes más y haz lo que yo te diga. Mañana mismo te vas a la Central de Banesto y te informas de todo lo relacionado con las cuentas que ahora mismo te doy.

 

Y Doña Leonor, con porte majestuoso pero andares quejosos, se dirigió a su cuarto y cuando volvió le entregó toda la documentación de las cuentas del Banco.

 

¡Y esa fue la gran sorpresa de Don Juan! Saber que era rico en una España que se debatía entre el hambre y la miseria.

 

***

 

Y como puede suponerse Don Juan ya no tuvo problemas para realizar sus deseos, y no sólo compró el local de San Bernardo-Gran Vía, sino que se puso manos a la obra y contrató a las personas idóneas y a las empresas especializadas para que le montaran “su” laboratorio. Eso sí, siguiendo sus instrucciones, pues quiso que el local y su vivienda, estuviesen unidas por una escalera interior, lo que le permitiría atender a la familia y el trabajo sin salir de casa.

 

Pero una vez que la mente de Don Juan se rebajó a ras de suelo se dio cuenta de las posibilidades enormes que había en España de hacer negocios a pesar de la  pobreza... y queriendo o sin querer se escribió su propio cuento de la lechera. Si el mundo es así, así hay que aceptarlo.

 

Y en consecuencia, y al comprobar que la Farmacia era un buen negocio, decidió hacerse con todas las farmacias que la ley permitiese, todo, siempre sin apartarse un átomo de la legalidad. Aunque también pasó por su mente el poder negociar con el Ministerio del Ejército la posibilidad de servirles todo el material farmacéutico necesario para los cuarteles de España.

 

Así que rápidamente  creó una Sociedad que diese amparo legal a sus nuevas actividades y registró y solicitó todos los permisos necesarios para registrar a su nombre unos “laboratorios” propios.

 

  • ¡Ah! –se dijo un día cuando andaba en estas lides-. Sí, les llamaré “Laboratorios SARRAMAYOR”, en recuerdo de mi abuelo y de mi padre.

 

Aunque, inmerso en aquella actividad de incipiente empresario, otro día decidió algo increíble para aquella España. Hacer un viaje a Alemania para conocer personalmente los Laboratorios  Bayer, los que ya eran famosos en todo el mundo por la aspirina.  Quería conocer a fondo el funcionamiento de un laboratorio moderno.

 

Y a Alemania se fue y no solo, porque con él se llevó a la joven Guadalupe que dio saltos de alegría cuando lo supo, ni ella se creía que podía irse al “extranjero” con su amor.

 

Por cierto, que uno de aquellos días, mientras preparaban el viaje, sucedió algo gracioso y que definía la personalidad de las dos mujeres de Don Juan. A la hora de la comida cuando llegó a su casa el farmacéutico se encontró con el siguiente cuadro: María Antonia, su mujer verdadera, no sólo estaba vestida con su bata larga y de colorines sino que se había dejado los rulos, y Guadalupe se estaba probando unos modelitos que acababa de comprar en “Sederías Carretas”, (años más tarde “Galerías Preciados”).

 

  • Antonia, sabes que no me gustan los rulos ¿por qué no has ido a la peluquería?
  • Juan, sabes que yo siempre me he peinado en casa y que no me gustan las peluquerías. Eso está para las chicas jóvenes y yo ya soy una vieja. ¿Tú no ves que contenta está “Lupe” con sus modelitos y sus tirabuzones?
  • Bueno, haz lo que quieras y péinate como quieras, pero ya sabes que a mí no me gustan los rulos.

 

***

 

 

También sucedió algo antes de emprender el viaje a Alemania. Una tarde sonó el teléfono y al otro lado se escuchó una voz de mujer que preguntaba.

 

  • ¿Don Juan Sarramayor?
  • Sí, soy yo ¿quién llama?
  • Le llamo de parte del profesor Lora Tamayo y yo soy María Fernanda Linares.
  • ¡Ah, encantado de saludarte!, ya me habló de ti el profesor Lora.
  • Sí, bueno, como sabes estaba en Londres y hace unos días he regresado a Madrid, me gustaría que hablásemos.
  • A mí también. ¿Cuándo te viene bien a ti?
  • Por mí cuando tú quieras.
  • ¿Te viene bien mañana? Es que el sábado me voy a Alemania.
  • ¿Dónde nos podemos ver?
  • Tú estudiaste en San Bernardo, ¿verdad?
  • Sí, allí hice la carrera y allí voy todos los días, le ayudo al profesor Hernando.
  • Pues, entonces recordarás la cafetería “Noviciado”.
  • Sí, la conozco.
  • Bueno, pues si te parece bien mañana te espero allí a las 8 de la tarde.
  • Pues allí estaré, y encantada de conocerte.
  • Yo también, hasta mañana, pues.

 

¡Ay!, pero a Guadalupe que había escuchado la conversación no le gustó tanto que su amor se citase con otra mujer y tan impulsiva como era hasta le dio un pellizco en el brazo a su hombre.

 

  • ¿Qué, ya me vas a poner los cuernos?
  • No digas tonterías “Lupe”, es la compañera de la que me habló el profesor Lora Tamayo, que ha regresado de Londres y quiere que hablemos de su Tesis y de la mía.
  • Sí, sí, pero es una mujer y a mí no me gusta que andes con otras mujeres, y seguro que es hasta guapa.
  • Pues no lo sé, “Lupe”, no lo sé, ni me importa. ¡Y déjate ya de celos tontos! Yo te quiero a ti y punto.
  • Está bien, pero ahora deja ya tus experimentos y vámonos a la cama. Estoy loca porque me hagas lo de anoche.

 

[1] ¿Tal vez clavulánico?