Un ciclo se cierra y uno nuevo renace. La Eternidad se hace presente una y otra vez ante la indiferencia, la premura y el egoísmo de los hombres, pasando casi inadvertida. Pero ahí está. Hoy la vaguedad, la inmediatez del placer efímero de baratija pasajera se impone frente a lo perenne y trascendente que, a pesar de todo lo que parece, sigue estando allí para quien lo necesite y lo desee. Fue, es y será así mientras el último hombre pise esta tierra, seguramente, como una rueda cósmica que gira sin fin.

Debajo de ese humo que ahoga, ciega y confunde el pensamiento, están los rescoldos de la Tradición Eterna. Allí permanecen, aunque intenten acabar con él sin resultado. Aunque muchas veces no lo parezca, la Luz en más fuerte que la Oscuridad. Nos lo han dicho desde el origen del tiempo y la memoria, nuestros padres y nuestros ancestros, primero oralmente y luego dejando el testimonio escrito que aún perdura pese a la nube digital solo alimentada por simple electricidad.

El libro, como objeto material débil y degradable con el paso del tiempo, pero instrumento y vehículo fuerte del pensamiento, aprendizaje e incluso de entretenimiento, aún se encuentra entre nosotros y merece ser preservado, teniendo en cuenta la calidad a la cantidad. En la actualidad, tal vez más que nunca, se publican y venden libros en ferias, librerías o mediante comercio electrónico. Sin embargo cada vez se lee menos, y lo que se lee, en mayor medida no merece la pena. También los escritores han superado en número a los lectores, pero esto no indica que haya más sabios sino todo lo contrario. Paradojas del mundo moderno.

Los libros y sus autores deben sufrir lamentablemente un cribaje ineludible, ya que nuestro tiempo vital sobre la tierra es limitado. Ellos permanecerán por décadas, cientos e incluso miles de años, nosotros no. Como personas y lectores, cada uno tiene su origen, sus raíces y su historia que determinan su identidad y lo pone en pie ante el mundo literario y real que le toca vivir. De ahí también las preferencias que son totalmente subjetivas.

Siendo consciente de todo ello, me propuse al final de este fatídico 2020, elegir unos pocos textos con los cuales afrontar el año que tenemos por delante, y me propuse construir una minúscula Biblioteca de Alejandría para el 2021. Con la urgencia del caso y sin pensarlo demasiado, comenzaré a discriminar a discreción. Toda selección es odiosa y muchas veces injusta pero necesaria. En ella se encuentra el inmortal Poema de Gilgamesh, nacido entre acadios y sumerios; el gran Hesíodo y su Teogonía, con el relato del origen cósmico y divino que aún hoy consigue hacernos preguntar sobre quiénes somos y de dónde venimos; Ilíada y Odisea de Homero, que son nuestro modelo de la épica y del héroe infatigable ante la adversidad más terrible; Virgilio con su Eneida, que regaló a Roma el mito ancestral y divino del origen que definió su eterna identidad;  la Historia de los reyes de Bretaña de  Godofredo de Monmouth que dio a luz al legendario Rey Arturo, el rey que fue y siempre será, símbolo arquetípico de la Europa mágica y misteriosa que no deja de buscar ni pierde la esperanza; Las Eddas del islandés Snorri Sturluson con sus relatos de mitología nórdica y sus fieros guerreros; el Cantar de mío Cid, la gesta del legendario caballero fiel a sus principios y raíces; La Divina Comedia de Dante Alighieri -padre de Italia, hija de la romanidad y la cristiandad-, autor místico y piadoso que nos acompaña aún hoy en nuestro camino iniciático y espiritual personal; Miguel de Cervantes y el Quijote de la Mancha, ideal del espíritu hispánico esparcido en el mundo entero; Shakespeare y la tragedia de Hamlet

Agrego también a la lista a Tolstoi, Guerra y Paz; Gabrielle d’Annunzio, El Placer; H.P. Lovecraft, La sombra sobre Innsmouth; J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos; Ray Bradbury, El Hombre ilustrado; Richard Matheson, Soy leyenda; Jack Kerouac, En el camino; y finalmente no podría faltar el Maestro Jorge Luis Borges con El Aleph, ya que en esa minúscula esfera perdida en un sótano de Buenos Aires se podría contener absolutamente todo el Universo y la Eternidad, y por ello no haría falta nada más.

Como frente a una catástrofe inminente, he tratado de salvar lo que pude. Muchas otras obras, tanto o más indispensables han quedado fuera. La selección, como anticipé, ha sido arbitraria, tal vez en algún caso inmerecida e incluso errónea. Nadie es perfecto. Temo que en poco tiempo más, como los marginados de la biblioteca viviente de Fahrenheit 451, cada uno debería memorizar una obra para que el conocimiento no se pierda a pesar de las llamas virtuales o reales por venir. Por supuesto, el texto sagrado de La Biblia se encuentra también a salvo.

Creo que, si en el 2021 al menos conseguimos leerlos, releerlos, asimilarlos, transmitirlos y conservarlos para las futuras generaciones, la tarea estará hecha y así no podrán nunca acabar ni con las obras esenciales ni con nosotros, aunque ya no estemos físicamente en este mundo.