Hace ya unos años, cuando la televisión aún no era la zahúrda miserable y hedionda en que los más entontecidos se zambullen hoy, José Luis Garci dirigía “Qué grande es el cine”, un fabuloso programa donde, tras la emisión de alguna película clásica, el espectador podía disfrutar de los sabrosísimos comentarios de un grupo de sabios cinéfilos entre los que habitualmente se encontraba un Juan Manuel de Prada flacucho y juvenil, libre aún de esas pretericiones y denuestos que más tarde tendría que arrostrar. Fue en aquel programa —amén de por algún artículo con que el novelista se asomaba en ABC— cuando supe de la cinefilia y de los enormes conocimientos que sobre el tema el autor almacenaba dentro de sí, en un cuerpo que en aquellos años aún no tenía la rotunda majestad de hogaño; pues en aquellos debates que se emitían tras la película Juan Manuel desgranaba suculentos y nutricios comentarios con los que yo, sin duda un espectador mucho más inadvertido que él, descubría aspectos hasta ese instante ensombrecidos por mi ignorancia. Así que, cuando de nuevo revisitaba yo aquellas cintas clásicas lo hacía con afanes renovados, con el entusiasmo inédito y coruscante de ese niño al que de pronto, ¡ya por fin!, se le abren las puertas del desván que hasta entonces le había sido vetado. Y en ese “abrir de puertas” iba topándome yo con películas arcanas o lejanísimas, de una belleza para siempre inquebrantable, aun cuando su celuloide hubiera sido deturpado por el polvo del olvido o el desprecio de los progres. Y en ese abrir de puertas, digo, también iba yo robusteciendo mi amor por el cine clásico, siguiendo en no pocas ocasiones el camino que Juan Manuel asendereaba de cuando en vez en ABC, en unas columnas cinéfilas que yo, por ver si algo se me pegaba, me echaba al coleto con glotona voracidad.

Durante mucho tiempo eché de menos aquel programa —aún lo hago, en realidad—, pero estos días he podido remembrarlo gracias a la lectura de “Los tesoros de la cripta”, que nuestro fabuloso autor viene de publicar en una muy bella tirada de Ediciones Renacimiento, donde, con esa prosa que parece inagotable cornucopia de bellísimos pasajes y expresiones suculentas, nos descubre las valiosísimas reliquias que aún se conservan, empolvadas y como cubiertas por el moho, en la cripta más lóbrega de las cinematecas.

En “Los tesoros de la cripta”, Juan Manuel nos acerca las recensiones de casi un ciento de películas que hasta ahora permanecían en ese lugar, imaginario o no, que él denomina la cripta más olvidad de la catedral de la cinefilia, “en la que hasta los sacristanes del culto cinéfilo habían olvidado prender una vela, donde se guardaban las reliquias más valiosas o siquiera las más desconcertantes, inesperadas y sublimes, a veces mezcladas con escombros y exvotos de escasísimo valor”, con lo que vuelve a demostrarnos, una vez más, su sempiterna querencia por cuantos han sufrido los vejámenes de ese rodillo infame e infamante que viene a ser la postmodernidad; su querencia por aquellos que han sido arrojados a ese lodazal que los exitosos riegan con las escurrajas del desprecio; su querencia por aquellos que abrazan siempre la vocación, aunque la profesión les dé mordiscos y zarpazos. Y en esa inusual querencia suya por lo descabalgado del Sistema, por las criaturas que han sido arrojadas a los lodazales de las periferias o por aquellas obras y artistas que han sido acalladas en favor de modas infectas y artistejos obsequiosos con la corrección política, Juan Manuel logra el “rescate de perlas rebozadas en barro y estiércol” y les da un lustre hasta entonces inédito, que las hace brillar como nunca antes lo habían hecho. Como esos gusanos que ocultan su pretendida fealdad en el interior de una crisálida, estas películas habían permanecido como inertes, silenciosas y silenciadas. Pero en ese ocultamiento que es a la vez abandono y gestación se han ido nutriendo con una suerte de solera que, como al vino, las ennoblece y les da una pátina de inmarcesible belleza. Y cuando ya por fin Juan Manuel las rescata termina por darles un aliento que las vivifica y las saca del olvido. Comienzan entonces, esas películas, a agitarse dentro de su pupa, abren una grieta y salen al exterior para mostrarse en toda su belleza, con las alas desplegadas por completo. Y es que, cuando Juan Manuel escribe sobre alguna de esas películas, éstas parecen despertar y desperezarse, pues una luz matinal se ha colado por entre las rendijas de las persianas y les acaricia suavemente el rostro, que hasta entonces había estado emboscado bajo las sábanas ajadas del olvido o la preterición.

En cierto modo, con este “Los tesoros de la cripta” he confirmado lo que ya había entrevisto en las primeras obras de Juan Manuel de Prada: que la suya es un alma como vieja o aquejada de nostalgia; una de esas almas que conservan la belleza de la madera ajada o de los bronces con pátina anciana, pues lo moderno les da repelús; una de esas almas que clavan su visión pesimista, aunque esperanzada, en los rescoldos ya moribundos de la tradición y les arrean un soplido de cuando en vez, por ver si recobran cierta viveza y nos dan lumbre de nuevo. Pero el mundo hodierno, por desgracia, huye de la tradición y se entrega a una huida hacia delante, como pollo sin cabeza ni cimientos en los que basarse, así que esas almas viejas terminan por quedarse casi solas, despanzurradas en sus butacones, a la espera de que alguien quiera escuchar sus enseñanzas y sus historias. Y su enorme sabiduría termina como amustiada, languideciendo bajo la farfolla de un mundo que desdeña lo pasado…

Si usted, estimado lector, prefiere la belleza vera al oropel, no dude en acercarse a esa cripta tenebrosa, húmeda y lóbrega que Juan Manuel ha abierto de par en par, para que la luz matinal de su magnífica prosa alumbre sus más recónditos vericuetos; ya verá cómo esas películas de celuloide deturpado comienzan a agitarse y se muestran en todo su esplendor, bellamente vivificadas por los nutricios comentarios de Juan Manuel.

Por Gervasio López