Una de las mayores bestias negras del credo convencional es el teólogo Joachim de Fiore. Influencia determinante sobre la obra de Dante Alighieri, el visionario De Fiore postuló en la Edad Media que después de la Edad del Padre y de la Edad del Hijo arribaría la Edad del Espíritu. Sobre qué características presentaría esa Edad del Espíritu no se especificó demasiado, salvo que sería la religión de una época irreligiosa (de Kali Yuga, diríamos). Esa de la que Europa está necesitada hoy más que nunca para volver a la unidad perdida.

Un tiempo posterior a los cultos del desierto, a las religiones del Libro, a la prosternación del hombre ante la Ley que en realidad supondría la vuelta al estadio originario anterior: libre, místico y pagano. Tras la culpa y la represión del “último hombre” crucificado, arribaría el “Superhombre” situado más allá de toda doctrina moral. Una vez vaciados los altares, vuelve a llenarse el Olimpo. Deidades nórdicas, mitos o arquetipos indoeuropeos y un concepto grecolatino de lo sacro que trae consigo de vuelta la metafísica a Occidente. Son algunos de los materiales que servirían de soporte para una reconstrucción de la espiritualidad europea.

Después de la disolución llega siempre la reconstrucción: una revolución que regresa al conocimiento perenne que alberga un ciclo anterior. Un nuevo culto a la Physis griega o al dios panteísta de Spinoza que los antiguos identificaban con un concepto de Naturaleza muy superior al manejado por la ciencia positivista. El Caos donde antes había Orden: lo femenino completando a lo masculino tras siglos de dominación, de imposición y de ocultamiento. Donde, una vez cancelada la preeminencia del mundo suprasensible sobre el reino de lo sensorial, desaparece toda moralina ascética para ser sustituida, a cambio, por la desinhibición sensual y voluptuosa de los instintos. Nuestros cuerpos, antes desechados como meras prisiones de lo inmaterial, se convierten en templos esotéricos de la Voluntad que nos mueve.

Nietzsche fue su profeta: “Es la música que hay en nuestra conciencia, el baile que hay en nuestro espíritu, lo que no quiere armonizar con ninguna letanía puritana, con ningún sermón moral”. Derrocada la Ley y clausurado el Libro, se impone la inercia experiencial de la Vida. La materia deja de ser una realidad contingente opuesta a la del espíritu para que microcosmos y macrocosmos puedan confluir en nuestros cuerpos. No sólo Nietzsche lo desveló, muchos otros han sido albaceas del mismo mensaje después: Heidegger, Cirlot, Jung, Hadot, Paglia, Trías, Graves, Mujica, Neumann, Prieto… Se trata de una nueva concepción de lo sagrado: en realidad, la más antigua; y, por ende, cercana al origen. Mucho más próxima al hinduismo que al mahometanismo; al Tantra que a la Torá; a la verdad que a la fantasía.

Un amor al Destino que es trágico y dionisíaco al mismo tiempo; atávico y moderno; apolíneo y carnavalesco de una sola vez. Heroico intento por “cabalgar el tigre”, al decir de Evola, inaugurando caminos nuevos, realizados machadianamente al andar, descubriendo el itinerario escondido tras el último velo de Isis que compone el verdadero “sendero siniestro de la mano izquierda”. Aquel que descubre el rostro de Nefertiti, el de Venus y el de la Diosa Blanca que el cristianismo quiso revestir de falsos ropajes virginales. Donde, al decir de Crowley, “Cada hombre y cada mujer es una estrella”. Ya no habrá más religiones masificadas: el individuo debe pasar de la genuflexión pasiva y de la letanía gregaria a la acción unipersonal henchida de vocación trascendente.

Una vez se ha negado lo divino, al menos en su concepción convencional, sólo queda elevar lo humano sin abandonar a cambio la realidad. Cuando al fin se está más allá del Bien y del Mal no hay vuelta posible. Sólo resta, pues, el retorno de las brujas en refutación del platonismo hegemónico. Sin “Alta Magia” que nos religue y nos trascienda, únicamente cabe una destrucción de la dualidad fundante de Occidente mediante la operación alquímica de conciliación de opuestos. Cancelada la secuenciación heredada según la cual el Cosmos vino después del Caos, imponiendo con ello el Orden, todo se desmorona: se trata del eterno retorno de lo idéntico que tiene lugar en el interior de cada hombre, constantemente, día tras día hasta que lo vivo es sacrificado en el rito implacable de la muerte, para que la rueda de la Creación pueda seguir girando impasible. Saturno siempre se encuentra devorando a sus hijos. En la voraz marcha del Uno, del Todo autogenerado, se halla también la armonía de aquello que está simétricamente proporcionado.

Y, con ello, la fundición entre alma y cuerpo; entre espíritu y materia; entre instinto y decisión, resulta inevitable. Lo inferior elevado al rango de lo superior, después de su negación anterior: eso es el satanismo, tan criticado por el ortodoxo Guénon, en su sentido más literal. Escrito está por Angelus Silesius: “La rosa es sin porqué. Florece porque florece”. Y por el Maestro Eckhart: “La eternidad es ahora o no es en absoluto”. La filosofía aparejada a ese descubrimiento fue calificada por Nietzsche como Voluntad de Poder. La Auténtica Voluntad renombrada por Crowley. Ese “llegar a ser el que se es”, mediante la sublimación del Ser, después de “demoler a martillazos” todo aquello espurio y que simplemente resulta “devenir”; esto es, despojo inauténtico de lo que en esencia somos. Máscaras de lo obscuro. Sin embargo, el temor a la amarga verdad no debe paralizarnos: “Valerosos, despreocupados, irónicos, violentos, así nos quiere la naturaleza”. El cinismo, como dijera ese sarcástico escritor llamado Ambrose Bierce, es ese defecto ocular que padece quien no confunde su deseo o el deber-ser con la realidad.

La genialidad filosófica de Thomas Ligotti, heredero de Camus y Cioran, reside en la capacidad de reconocer en H.P. Lovecraft al gran pensador del “horror cósmico”. Creador de una mitología gnóstica capaz de sintetizar las luces de la razón y los monstruos contenidos en ellas; Lovecraft fue, como sintetiza bien Ligotti, mucho más allá de lo que ningún existencialismo de posguerra posterior pudo llegar jamás. A la manera de los lienzos de Goya, de Ensor o de Van Gogh. Si “la conciencia es la pesadilla de la naturaleza” porque “ningún nuevo horror puede ser más terrible que la tortura diaria de lo cotidiano”, no debemos encaminarnos a meditar sobre el suicidio, como proponía el célebre intelectual argelino, sino que debemos encontrar la manera de llegar hasta nuestro Destino para vivir con él y desde él. Con honestidad, pulcritud y coraje.

El absoluto mora dentro de nosotros: su verdad interior espejea con el mundo exterior en cuanto que éste constituye espacio para la representación y la manifestación. Lo escribió Cormac McCarthy: “Dios no existe y nosotros somos sus profetas”. En el marco del universo sinsentido desvelado por Nietzsche, Walt Whitman supo hallar el auténtico significado de la existencia: “Que existe la vida y la identidad, que prosigue el poderoso drama, y que tú puedes contribuir con un verso”. Erigirnos en poetas de una verdad desasosegante es la heroica tarea que a los hombres de esta Edad del Espíritu nos ha sido concedida. Y el rastro efímero que dejamos en nuestro breve y brutal paso por el mundo constituye un glorioso intento por lograrlo. Una senda que puede llegar a ser digna y bella pero que en cualquier caso estará condenada al desbarrancadero.