El presente trabajo está realizado por Alberto Acereda, autor de numerosos libros y artículos de investigación en el campo de la literatura hispánica, con un especial énfasis en el Modernismo. Su sabiduría ha sido más que aprovechada ejerciendo como catedrático en varias universidades norteamericanas; en la actualidad es director ejecutivo en la empresa líder mundial en medición e investigación educativas.

Periodista y diplomático natural de Nicaragua, Rubén Darío no sólo destaca por sus aportes a la poesía, sino que como tenaz viajero explotó algunas de las cuestiones claves de la cultura y el devenir de España, tierra en la que estuvo varios años y codeándose con personajes influyentes. El Modernismo literario tuvo su origen en Hispanoamérica, impulsado en especial por él. Al plasmar en un gran número de páginas sus impresiones individuales, muchas personas podemos tener en cuenta esos trabajos; estudiosos al respecto consideran que resultan de enorme interés. Por otro lado, la visión de Rubén Darío hacia Cataluña nos ayuda a establecer una conexión en sus múltiples vínculos con movimientos heterodoxos.

El señor Acereda ha confeccionado un libro de constitución delgada pero con una evolución directa de los contenidos. Concentrados e hilados con maña, no se limita a hacer del nicaragüense un mono tema, aunque insista sobre todo en su estancia de las dos grandes ciudades de la Península: “Darío fue parte de la vida de aquella Restauración Española y en Madrid y Barcelona encontró el espacio para publicar sus obras y desarrollar buena parte de su proyecto modernista. Darío entendió bien todo esto y sin reparos expuso abiertamente su rechazo a las tiranías y equiparó de modo general el anarquismo con el socialismo y el comunismo presentándolos como formas cainitas nocivas para la humanidad. Atacó el krausismo y desenmascaró el socialismo político como ideología falsamente plagada de utopías” (Págs. 13 y 14). Pese a estas afirmaciones, don Alberto no rehúsa de matizar que hubo más lazos de los que pertenecen al eje Madrid-Barcelona en lo que corresponde al Modernismo, aunque se focalice en vías como el trasiego cultural que se dio en los centros peninsulares de ambas ciudades (página 28), además de considerar que un estudio completo del Modernismo catalán “ha de pasar necesariamente por una visión integral del más amplio movimiento modernista en su veta dialógica e hispánica” (Página 48).

Calificado su proyecto como un fenómeno más complejo de lo que se había pensado hasta ahora –especialmente si se compara con otros autores-, Darío “apostó cuando pudo por el libre mercado que remunerase el trabajo, premiase al individuo (en este caso al artista y escritor) por su propio mérito y se encaminase a la creación de la riqueza” (Pág. 14). El libro Rubén Darío, la Masonería y Cataluña se divide en dos partes compuestas a su vez por tres y cuatro capítulos respectivamente, dejando para el final un apartado bibliográfico el cual reproduce fielmente las obras citadas a lo largo de las páginas. Si el lector espera una conclusión, la encontrará breve y sellada a partir de la página 90 hasta el final de dicho libro (página 91), con una extensión de dos párrafos y estilo sencillo.

El primer capítulo funcionaría como preludio haciendo referencia a la persona en sí, definiendo a Rubén Darío como un “testigo de su tiempo”, mote muy preciso para alguien viajado que no sólo pudo hablar con propiedad desde su creación y experiencias a nivel nacional, sino que también amplió horizontes hacia su propia tierra e incluso Buenos Aires: “Las valoraciones de Darío sobre la Barcelona modernista favorecen el conocimiento de lo que fue en sus inicios el Modernismo catalán (…) [que Rubén] fue dejando a sus lectores argentinos” (Página 27). Es más, y entrando en el Romanticismo como si de una extensión se tratase, muchos de los modernistas tuvieron una perspectiva basada en la actuación del ideario liberal que rechazaba cualquier limitación a la libertad individual creadora, según palabras del autor.

Don Alberto apoya su tesis de que el Modernismo no se limitó a un alcance nativista, rescatando documentos de época que, a modo de crónica “trazó Darío como voz objetiva de la problemática del catalanismo” (Página 27). De hecho, párrafos atrás anuncia la presentación de algunas ideas de la delimitación del Modernismo catalán: “Debe hacerse hincapié en el hecho de que no fueron pocos los antimodernistas que vieron en el Modernismo una suerte de europeización de la literatura y cultura española a través de la vía catalana” (Pág. 18).

Como se ha mencionado anteriormente, el señor Acereda hace acopio de declaraciones ajenas para consensuar su trabajo, siempre en la línea de lo estrictamente académico e investigativo y, con la naturalidad que le caracteriza, posiciona un segundo tema en los pilares iniciales del libro: “Sería pertinente preguntarse también hasta qué medida estuvo la masonería catalana implicada en esos intentos de emancipación política con respecto a España (…) la masonería siempre tuvo en España tres focos importantes: Cataluña, Madrid y Canarias. No se olvide que en Cataluña, donde tuvo su sede la Gran Logia de España, la masonería estuvo y está todavía hoy muy relacionada con varios sectores de la izquierda política y su hermanamiento con catalanismo secesionista y con algunas de sus figuras políticas más destacadas” (Págs. 21 y 22). Posteriormente, plantea otra duda, sin abandonar un formato respetuoso y pulcro: “Cabe preguntarse” (página 23) “hasta qué medida la crítica afín al marxismo y al secesionismo catalán han realizado una lectura del Modernismo que ha tomado la parte por el todo nivelando así a todos los artistas catalanes como afiliados a la causa independentista. Algunos críticos como Eduard Valentí Fiol han llegado incluso a negar la relación entre la corriente modernista española como la catalana”.

Aspectos como estos que nos plantea don Alberto nos remarca que la crítica literaria del fin de siglo español (e hispanoamericano) no habría conseguido aún especificar o aclarar las razones por las que continuamos sin conectar de manera clara y decisiva el llamado Modernismo catalán con los conceptos del Modernismo español (e hispanoamericano) en “su vertiente transatlántica”. Al fin y al cabo, desde las perspectivas planteadas, sería necesaria una redefinición del término pero, y siguiendo la línea del autor, sin ser “valorado e interpretado a través de unas premisas ideológicas e históricas sustentadas por la crítica en estrechos intereses políticos” (Página. 26), además de recordarnos que “en esto, como en tantos otros movimientos, hubo de todo y cada artista debe ser estudiado en su propio universo creativo, con sus aciertos y contradicciones”.

La política, sin ser digno de extrañeza y como ya se ha podido distinguir, también tuvo un papel influyente como aquí se declara: “Los ataques contra las posibles intenciones desintegradoras de Cataluña respecto a España confirman el ambiente que ya existía en aquel momento y partieron muchas veces, sin embargo, de los mismos catalanes, e indirectamente conllevaron también críticas contra la nueva estética modernista que, a menudo se identificó con una idea extranjerizante y, en algunos casos incluso ligada a la voluntad separatista en lo político” (Pág. 31). A partir de este punto se citan las dispares publicaciones, con nombre y apellidos, sobre el Modernismo, dudas y la situación en general.

Entrando ya en la segunda parte del libro, la polémica que caracteriza a lo que conlleva el separatismo catalán está más que servida. Sin embargo, el poeta en ningún momento habría mancillado el nombre de Barcelona ni intentado atacar nunca con saña a sus ciudadanos autóctonos y alrededores: “Darío quedó, por tanto, gratamente impresionado por Barcelona como lugar donde él juzga que había triunfado la idea de una visión del mundo bajo el prisma de la vida moderna y el proyecto liberal que él veía como futuro para el mundo hispánico (…) Es así como la Barcelona finisecular representó para Darío un gran hallazgo, no sólo por los poetas con los que allí entabla relación, sino también por la expansión de otras modalidades del arte modernista” (Págs. 41 y 46). Sí que remarca sus impresiones en lo que respecta a una comparativa entre ésta y Madrid: “Frente al Madrid de 1899, la capital catalana es para Darío ejemplo de trabajo y modelo de arte para España, de ahí que el nicaragüense vea negativamente el ‘repudio de lo catalán, sin duda por las lecciones de arte y trabajo que Barcelona da’ (…) Los textos de Darío también sirven para contrastar cómo en Madrid el Modernismo tardó más en llegar en sus inicios por el peso de una mentalidad interior…” (Págs. 44 y 57).

Por otro lado, aún por su amor a Barcelona, las discrepancias de Rubén [con el separatismo catalán] eran más que considerables: “Darío no quiso nunca romper con la tradición española, sino construir sobre ella y aprovechar los materiales anteriores que pudieran servirle…” (Pág. 46).

Continuando con el libro, y en específico el apartado Política y espiritualidad, don Alberto agrega un recordatorio comparativo; que en lo que respecta a la filiación masónica y el catalanismo no hay que obviar que en sucesos como la revolución de 1868 y la instauración de la Primera República Española, muchos de sus líderes políticos fueron masones catalanes (Pág. 68). El señor Acereda se mantiene fiel a la línea pactada y también nos acerca a la figura de Rubén, liberal conservador, quien se distanció sabiamente en lo político, del carlismo español y el republicanismo antimonárquico mientras elogiaba a Castelar y a Cánovas del Castillo. También se opuso al anarquismo. En la vida religiosa y militar, el poeta plantea “la falta de liderazgo político y el cauce que España estaba tomando ante el crecimiento de ideologías contrarias al avance de la libertad” (Pág. 50).

Paralelamente a esto, el coqueteo de Darío para con la masonería era evidente, pues dicha institución llegó a convertirse incluso en una moda, aunque el poeta “no asistió habitualmente a tenidas ni mantuvo relación directa con aquellas prácticas” (Pág. 83). Teniendo en cuenta la trayectoria de Darío narrada en este libro, el espíritu revolucionario y concienciado del poeta no dejó mal sabor de boca, y el final del último capítulo así lo estipula: “Buscar en Darío un aliado del secesionismo supone tergiversar la visión del mundo y del arte que tuvo el nicaragüense” (Pág. 91).

El cúmulo de datos y la cohesión entre ambos, tejiendo una corriente ordenada a la par que colmada de variedad, hacen de esta reseña un reto y a la vez una invitación a todo lector para que descubra por sí mismo todas las facetas históricas que envolvieron a la Península y al propio Rubén como profesional y como persona.

Alberto Acereda: Rubén Darío, la Masonería y Cataluña. Letras Inquietas (Diciembre de 2019)