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Dice un refrán que “no hay mal que por bien no venga” y en este caso así fue. Porque si la muerte de Doña Leonor fue para Don Juan un verdadero mazazo no menos fuerte fue la alegría que se llevó cuando supo la fortuna que recibía de sus padres. Algo increíble para aquellos terribles años de la posguerra. España se debatía todavía entre la miseria, el hambre y la reconstrucción de las regiones devastadas.

 

  Así, y sin entrar en muchos detalles, leído el testamento se encontró con que era propietario de una finca de 1000 hectáreas en el Valle del Tietar , otra de 1.000 hectáreas en el Valle del Tajo, entre el Jarama y Aranjuez,  diez millones de pesetas en Bonos del Estado, la Casa Grande y tres locales más en La Adrada, un chalet en la playa del Saler de Valencia , dos millones de pesetas en el Hispano Americano puestos a plazo fijo y otros dos en el Banesto y la Farmacia de La Adrada. Y si a esto se une lo que su abuelo le había dejado al morir, la farmacia y el gran piso de la calle San Bernardo esquina Gran Vía y cinco pisos más en otras calles de Madrid, se llega a un final rotundo: Don Juan, a sus 29 años, era inmensamente rico. Por ello, cuando tuvo información detallada de todo sólo pudo decir:

 

  • ¡Es increíble!, jamás pude pensar que mis padres tuviesen la fortuna que me han dejado.

 

Y ello dio alas a la imaginación del investigador, pues por su cabeza comenzaron a pasar proyectos  y más proyectos.

 

El primero de ellos, la red de Farmacias que ya había ideado con su compañero de carrera  Felipe Torres, a quien llamó y concertó una entrevista. También pensó en lo que estaba en su cabeza desde que inició los experimentos del “Shiremufriol”  y la nicotina. Había soñado con poner en marcha una plantación de tabaco y ahora podría ser realidad en la finca de Aranjuez.

 

  • Felipe –le dijo a su amigo en cuanto se sentaron en la cafetería “Gran Vía”- te he llamado para proponerte un negocio. Por cierto, ¿cómo te va con tu farmacia?
  • Muy bien, Juan. El barrio está creciendo y cada día hay más gente.
  • Sí, y lo que crecerá... En las provincias no hay trabajo y muchos se vienen a la capital, como antes se iban a las Américas.
  • ¿Y cuál es ese negocio?
  • Verás, también a mí me va bien con las dos mías, ya sabes que heredé la de mis padres de La Adrada y ésta de Madrid que me dejó mi abuelo. En el pueblo contraté a un muchacho de allí que había terminado la carrera y es el que la regenta. Bueno, pues como me he dado cuenta que las farmacias son rentables he pensado que sería buena inversión hacerse con otras.
  • Joder Juan, claro que sí, pero hace falta dinero.
  • Ahí voy, como sabes mi madre murió hace poco y me ha dejado unas tierras en el pueblo y un pequeño capital en el Banco... Y como yo no sé nada de campo ni de bancos quiero invertir ese dinero en Farmacias.
  • ¿Y qué pinto yo ahí?
  • Muy sencillo Felipe, ya sabes que estoy enfrascado en la investigación que es lo que de verdad me gusta, y ahora mismo estoy cerca de descubrir algo muy importante, un antídoto contra el tabaco. No quiero distraerme, y ahí apareces tú, si tú estás dispuesto lo podemos hacer juntos, aunque serías tú el responsable de todo. Hace unos meses, y ya pensando en esto, creé una Sociedad... Estoy dispuesto a cederte parte de la Sociedad para que tú también te beneficies.
  • Oye, pues no es mala idea. A mí comienza a aburrirme la Farmacia. Pero, ¿cómo están las Leyes a este respecto? ¿Puede un solo propietario o una Sociedad tener más de una farmacia?
  • Eso sería lo primero que tendríamos que averiguar y gestionar. Yo creo que sí, al menos como yo lo he pensado. Tú sabes muy bien que cada Farmacia tiene que tener al frente un farmacéutico. La propiedad del local es otra cosa. Si nosotros ponemos el local y el permiso de apertura, contratamos a un Titulado y lo ponemos al frente no creo que haya problema.
  • Estoy de acuerdo... ¿Por dónde empezamos? –dijo Felipe ya muy interesado por el tema.
  • Tú has dicho antes que Madrid está creciendo y es verdad, están surgiendo hasta nuevos barrios, ese debe ser nuestro primer objetivo, abrir farmacias en cada uno de esos barrios de la periferia, ya sabes que cuanta más pobreza más farmacias se necesitan.
  • Sí señor, veo que tu capacidad creadora no se detiene en un simple proyecto. Ya eras así en la Facultad, siempre queriendo abarcarlo todo.
  • Felipe, España está cambiando y mucho más que va a cambiar y para mejor. España necesita paz y Franco se la está dando. Por tanto, y a pesar de los ataques internacionales que está sufriendo el Régimen, el futuro es prometedor.
  • Bien Juan, me gusta el tema. Así que pongo manos a la obra y te tendré informado de mis pasos.
  • Felipe, dos cosas más: Una, que si para dedicarle tiempo a la labor necesitas un sueldo te lo pones y dos, que estudies bien las necesidades económicas para hacernos al menos con veinte farmacias, por supuesto que si las cosas nos va bien podremos ampliar a otras capitales.
  • ¿Con qué límite económico?
  • De eso tú no te preocupes ahora, con lo del Banco podemos arrancar y si fuese preciso más venderé las tierras que me han dejado mis padres en La Adrada, prefiero una farmacia a cien encinas.
  • Oye, ¿y cómo te va la familia?
  • ¡Joder, no me hables, que llevo seis años casado y ya vamos por el cuarto hijo!
  • Sí, ya te lo decía yo en la Facultad, que tú eras un buen “follaor”... Ja, ja, ja.

 

Y los dos amigos siguieron tomando cañas y recordando viejos tiempos.

 

***

 

  • ¿Sabes lo de “Lupe”? –le preguntó una noche al llegar a casa su mujer.
  • ¿Qué le pasa ahora a “Lupe”?
  • Que está preñada.
  • No me digas, María Antonia. Eso no puede ser.
  • Pues lo es. ¿Pasó algo en Alemania?
  • ¿En Alemania? Que yo sepa nada.
  • ¿Estuvo siempre contigo?
  • .. déjame que recuerde, no, no estuvo siempre conmigo. Cuando yo me iba a los Laboratorios ella se quedaba con Helga, la hija de Don Pablo, y algunos días se fue con ella hasta Colonia, por si no lo sabes Colonia es la capital del Estado.
  • Eso lo explica todo, creo que allí te puso los cuernos.
  • Pero, ¿te ha dicho ella algo?
  • Sí, me ha dicho que algunos días cuando iba con esa Helga se reunían y tomaban cervezas con muchachos alemanes.
  • ¿Y te ha dicho ella que tuvo alguna relación de... bueno, ya sabes... con alguno?
  • No, se ha cerrado en banda y dice que ella no le tiene que dar explicaciones a nadie, que si va a tener un hijo será suyo y punto, y de ahí no la sacas.
  • ¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos con ella?
  • ¿Y qué vamos a hacer? Tendremos que soportar su embarazo e incluso ayudarla, porque la “niña” tiene nauseas y vómitos a cada instante. Claro que vas a tener dos mujeres “preñás” en tu casa.
  • Bueno, si así lo ha querido Dios que así sea.

 

Pero, Don Juan notó en los ojos de María Antonia que no se había tragado lo del muchacho alemán. Pero, no dijo nada y apagó la luz.