Álvaro Peñas es un apasionado de la historia y viajero empedernido, es un buen conocedor de los países del Este, donde viaja con frecuencia, y de su situación política, gracias a sus amistades con periodistas y políticos de los partidos patrióticos de muchos de esos países. El Correo de España le dio la alternativa en los medios, donde escribe con regularidad, siendo uno de los especialistas en los países del Este. Actualmente colabora también en El Toro TV y Radio Ya, así como en prestigiosos medios internacionales, consiguiendo sobresalientes entrevistas y artículos, que les animamos a seguir. Pueden hacerlo a través de su canal de Telegram: @AlvaroP_info. En esta ocasión le entrevistamos sobre su traducción de Enterrados vivos (SND) de Roman Leljak, lo peor del horror de Tito.

¿Por qué un libro sobre los peores crímenes de Tito?

Cuando comencé a leer sobre este tema me sorprendió lo poco que se conocía sobre todos estos crímenes y la imagen positiva, incluso benevolente, de Tito. El dictador yugoslavo, responsable del asesinato de miles de italianos en las foibe entre 1943 y 1947, fue condecorado por Italia, que tardó 60 años en reconocer y homenajear a sus víctimas. Las matanzas cometidas contra croatas, eslovenos, bosnios y serbios fueron enormes, entre 80.000 y 100.000 asesinados, pero fueron ocultadas durante los 45 años que duró el régimen comunista. Son demasiados años de mentiras y cuando leí el libro de Roman Leljak me pareció una historia que había que dar a conocer.

Además, resulta increíble que estos crímenes permanecieran tantos años ocultos.

Desgraciadamente no lo es. Tenemos el ejemplo de Katyn, la matanza de 22.000 polacos ordenada por Stalin, que no fue reconocida hasta la caída de la Unión Soviética en 1989, y muchos crímenes parecidos han permanecido enterrados durante décadas. Las matanzas cometidas por Tito fueron ignoradas por motivos políticos, porque el dictador yugoslavo había combatido contra el fascismo y porque posteriormente se enfrentó a Stalin, convirtiéndose en un potencial aliado de Occidente. En Yugoslavia hablar de lo que había sucedido significaba la cárcel y muchos de los escenarios de las matanzas fueron convertidos en vertederos y cubiertos de basura. Por supuesto, cualquier denuncia de estos crímenes era catalogado como propaganda occidental o fascista. La verdad es secundaria ante ciertos intereses.

Pese al descubrimiento de Leljak en 1989 y su libro, aún tardaría 20 años más en abrirse Huda Jama.

Hace poco entrevisté al primer ministro esloveno, Janez Jansa, y le pregunté si la sociedad eslovena se había reconciliado con su pasado, su respuesta fue que no, que esa era aún una tarea pendiente. En la entrevista añadí una foto del primer ministro en Kocevski Rog, rindiendo homenaje a las 1.500 personas que fueron asesinadas allí por los partisanos. Sin embargo, en ese mismo lugar una de las atracciones turísticas es un centro de mando partisano con 26 barracones de madera que estuvo activo hasta 1944 y en el que los partisanos y los comunistas son los libertadores de la nación. Cuando visite el museo de historia de Maribor, la segunda ciudad de Eslovenia y en cuyos alrededores se produjeron varias matanzas, no había ninguna mención a estos hechos y había muchas fotos de partisanos sonrientes. Esa ha sido la historia oficial durante muchos años y es muy difícil cambiar ese relato, aún más cuando los que defienden a los verdugos no quieren ni oír hablar de reconciliación. A esto hay que añadir la guerra que se produjo en los Balcanes con la desintegración de Yugoslavia y el uso partidista de la historia, sobre todo por parte de los herederos del régimen comunista, reconvertidos en socialistas y liberales.

Todo eso explica porque costó tanto abrir Huda Jama. No obstante, hay que decir que Croacia y Eslovenia han hecho un gran esfuerzo por encontrar y honrar a las víctimas de estos crímenes, aunque siguen apareciendo cadáveres, como la fosa con doscientos cincuenta italianos asesinados encontrada el pasado agosto, de los que cien eran menores de edad. En Serbia o en Bosnia-Herzegovina no se ha hecho nada parecido a lo que sí han hecho croatas o eslovenos, e incluyo en el libro una entrevista con el historiador bosnio Omer Hamzic, que ha sido el único en investigar estos crímenes y sus efectos en Bosnia-Herzegovina tomando como muestra una pequeña localidad. Lo cierto es que a día de hoy los homenajes a las victimas siguen siendo motivo de enfrentamiento. Una misa en Sarajevo celebrada el año pasado provocó la ruptura entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa en Bosnia.

¿Por qué cree que la opinión pública mundial no ha hablado lo que debiera de estas atrocidades?

De nuevo por motivos políticos. En Italia la izquierda reconoció su error por su apoyo al régimen comunista de Tito, pero en muy poco tiempo empezaron a alzarse voces negando, minimizando o justificando los crímenes, argumentando que los homenajes a las víctimas no eran más que un ataque de la derecha a la lucha antifascista. En las antiguas repúblicas exyugoslavas se repitió el mismo debate político al que se sumó el enfrentamiento nacionalista. Además, a buena parte de la opinión pública le cuesta hablar de los crímenes cometidos por el comunismo y en el mundo occidental se mantiene esa imagen romántica y revolucionaria simbolizada, por ejemplo, en el Che Guevara. La imagen general de Tito es la de su éxito para levantar un modelo socialista plurinacional e independiente de la Unión Soviética. Con motivo del 40 aniversario de su muerte, el año pasado, El País hablaba de la Titonostalgia y de los grandes éxitos del socialismo yugoslavo, estos horrendos crímenes son pecata minuta para los medios occidentales.

Por ello, háblenos de la importancia de darlo a conocer.

En este, como en otros casos, son demasiados años ocultando la verdad y a las victimas por motivos políticos o porque no es políticamente correcto señalar a sus asesinos. Desgraciadamente sigue habiendo víctimas de segunda, e incluso de tercera categoría. Lo seguimos viendo hoy en día, por eso es importante dar a conocer estos hechos y otros similares, para honrar a esas víctimas y colocarlas en el lugar que se merecen, y denunciar a sus verdugos y a los que los justifican.

¿Qué nos puede decir de los testigos que quedan vivos?

Aunque parezca increíble, los pocos testigos que aún quedan vivos siguen teniendo miedo a hablar de lo que presenciaron y son en muchos casos sus descendientes los que dan a conocer su historia. Presenciar hechos tan espantosos y tener que permanecer callado durante tantos años deja una huella, y años después de la desaparición de Yugoslavia muchos temían aún el regreso del régimen comunista. Luego están los relatos de los pocos que lograron sobrevivir a las matanzas y rehacer su vida en el exilio. Personas rotas de por vida y cuyos testimonios también aparecen en el libro.

¿Cómo se explica tanto odio y maldad para llegar a enterrar vivos?

Para los verdugos las víctimas no eran personas, no eran seres humanos, eran la escoria que tenía que morir para poder construir una sociedad mejor y más justa. Desgraciadamente hay muchos ejemplos similares en los que los asesinados pierden su condición humana por pertenecer a una raza, pueblo o clase social determinada. En “Yo escogí la esclavitud”, Valentín González “el Campesino” cuenta como un comunista ruso arrepentido le confiesa haber cometido toda clase de crímenes pensando en que lo hacía para conseguir un mundo más justo e igualitario. Este es sin duda el modo con el que muchos verdugos justificaron sus actos, aunque, como menciona Leljak, algunos se refugiaron en el alcoholismo e incluso se suicidaron. Uno de los relatos del libro es el de un partisano que lleva a un grupo de prisioneros a Huda Jama. Harto de esperar en el camión entra en la mina y presencia como disparan por la espalda a los últimos prisioneros. Según este partisano, el que apretó el gatillo disfrutaba matando.

Aquí se desarrolla tanto una guerra entre diferentes nacionalidades como una guerra civil. De hecho, se dan muchos elementos que recuerdan a nuestra propia Guerra Civil, como la persecución contra la Iglesia Católica, la purga de todos los demás grupos de resistencia a manos de los comunistas, e incluso actos tan despreciables como las denuncias de unos vecinos contra otros por envidias o agravios personales. Los principales generales partisanos estuvieron en las Brigadas Internacionales, y lo mismo se dice de Tito, aunque él lo negó en sus biografías oficiales. Leljak le acusa de haber estado en España, pero no como combatiente, sino como un agente del NKVD soviético para perseguir a izquierdistas “disidentes” con la política de Stalin.

Se habla mucho de los 100 millones de muertos del comunismo, pero ¿podrían ser muchos más?

Las cifras son enormes porque los asesinatos, las deportaciones y las hambrunas fueron la moneda común de los regímenes comunistas y lo siguen siendo. Tenemos casos como el de la represión de los uigures en China que están sucediendo en la actualidad o como la hambruna en Kazajistán, muy similar al Holodomor ucraniano, que ni siquiera se considera un genocidio. Desgraciadamente la cuenta no está cerrada.

¿Por qué merece la pena leer el libro?

Es una historia dura, desde luego, pero es algo que debemos conocer. El único modo de aprender de la historia y entender por qué suceden las cosas es conocer todo lo que ha ocurrido en el pasado. Las visiones sesgadas de la historia, que cada vez están presentes en más países, en la que unos muertos valen mucho más que otros o donde se justifican determinados crímenes en función del autor, son una autentica aberración. Los crímenes que se relatan en este libro no tienen ninguna justificación posible, son metódicos, crueles e inhumanos. Están perfectamente planificados y no son el resultado de la actuación incontrolada de algunos exaltados. Se asesina a soldados, a civiles, a mujeres, incluso a niños. Se ejecuta a los dueños de empresas para nacionalizarlas, incluso a personas que han apoyado a los partisanos debido a su clase social. Se aplicó lo que decía Lenin, limpiar la tierra de insectos nocivos, asesinar a todos aquellos que pudieran oponerse al régimen comunista. Ahora que de nuevo vemos como se intenta blanquear el comunismo, bien por motivos ideológicos, por parte de la mayor parte de la izquierda, o por motivos nacionales, como es el caso de Rusia, es muy necesario conocer y recordar todas estas historias. No debemos olvidar que la utopía comunista se construyó sobre el gulag y la fosa común.