Bajo el sugestivo y enigmático título de “Veinte Pintores Filocarlistas y un Apéndice”, Javier Urcelay acaba de publicar un nuevo libro sobre las relaciones del Carlismo y la pintura, editado por el Museo Carlista de Madrid, del que el autor es responsable.

¿Por qué un nuevo trabajo relacionado con el Carlismo?

El Carlismo tuvo un papel muy destacado en la España de los siglos XIX y primera mitad del XX. Su impacto se dejó notar no solo en la política, sino también en otros ámbitos, como la vida social, la literatura, la beneficencia, la música o las artes plásticas. Toda esta aportación ha sido desdeñada porque la historia la escriben los vencedores, y es necesario rescatarla. El Carlismo, en cualquiera de sus vertientes, es un filón para cualquier investigador de nuestro pasado.

¿Por qué esta vez ha decidido centrarse en los pintores llamados filocarlistas?

La creación del Museo Carlista de Madrid me ha hecho ser cada día más consciente de la cantidad de pintura existente relacionada con el Carlismo, y de lo poco conocida que es para los estudiosos de la historia del arte e incluso para los propios carlistas. Ello dio lugar hace apenas un año a la publicación de mi libro sobre “La Dinastía Carlista en la Pintura”. Ahora le sigue este “Veinte Pintores Filocarlistas y un apéndice”, que se centra en la biografía y la obra artística de veinte pintores que militaron en el Carlismo o tuvieron al menos conexión vital con él. En el futuro, si Dios quiere y me da ánimos, me gustaría completar la trilogía con un tercer volumen, que podría llamarse algo así como” Los carlistas y las Guerras Carlistas en la Pintura”. Creo que con ello habría contribuido a llenar uno de esos vacíos en los estudios sobre el Carlismo a los que me refería anteriormente.

¿Qué entendemos por filocarlismo y qué engloba exactamente en este caso?

El término “filocarlista” lo usaron los liberales para justificar las purgas en Palacio al final del reinado de Fernando VII. Se referían con él a los simpatizantes del Infante Don Carlos, de los que recelaban por sus posiciones opuestas a las reformas que pretendían introducir. Como esas purgas incluían a todos tipo de servidores de Palacio, incluidos muchos cuyos oficios no tenían nada de políticos, les definieron como filocarlistas -es decir, con simple filia o simpatía hacia la causa que representaba el Infante- y no directamente como carlistas, lo que hubiera supuesto imputarles una militancia política activa. El profesor Antonio Manuel Moral Roncal recogió el término en su magnífico estudio al que tituló “¡El enemigo en Palacio!”, y me pareció muy adecuado para referirme a unos pintores cercanos al Carlismo, en algunos casos por militancia activa, pero en otros por simple simpatía o conexión emocional.

Sin ser propiamente carlistas, sus nombres han sido silenciados por la cultura oficial. Por lo tanto, el libro es un aldabonazo en la batalla cultural. ¿Cuál ha sido el criterio de selección de esos autores?

La lista de pintores de los siglos XIX y XX que simpatizaron con el Carlismo es mucho más larga de lo que la gente conoce, pero tampoco vamos a decir que incluya centenares de nombres. Los veinte incluidos en el libro han sido seleccionados por el doble criterio de su calidad artística y de una vinculación con el Carlismo documentable y clara, aunque en muchos casos no se hubiera puesto de manifiesto por parte de otros autores que se ocuparon de su figura u obra artística.

¿Se pueden clasificar por escuelas o estilos o cada uno es en cierta manera independiente?

El libro incluye pintores de los dos últimos siglos, y entre ellos se encuentran desde artistas neoclásicos, como puede ser Aparicio, hasta otros cercanos en ocasiones al expresionismo, como Zuloaga o Maeztu. En general, no obstante, se trata en general de pintores de estilo clásico y más o menos académico, que en ningún caso se inscriben dentro de las llamadas vanguardias y mucho menos en las tendencias que marcan la actual decadencia del arte. Es lógico que artistas que sintonizaban con una actitud tradicional de la vida, rehuyeran una concepción revolucionaria del arte que se aparta del realismo figurativo para echarse en brazos de los monstruos de la razón.

¿Dentro de todos ellos, qué cuadros o pintores destacaría especialmente?

Todos los pintores seleccionados tienen, en mi opinión, méritos más que suficientes como para figurar en la historia de nuestro arte, aunque sólo a una minoría se les incluye en los manuales de historia de la pintura española. A ello se añade en muchos casos una biografía apasionante, que con frecuencia tuvo que hacer frente a infortunios o incluso persecución por sus ideas. En otros casos, por el contrario, conocieron el éxito y la popularidad, que persistió o se esfumó para dar paso a un posterior olvido. Tras sumergirte en su vida y su tiempo, acaban todos ellos convirtiéndose casi en amigos o miembros de tu familia, y a todos, por un motivo u otro, se les siente cercanos. En Josep Berga o Mariá Vayreda veo la Cataluña cristiana y profundamente tradicional, ahora que parece que no existieran allí más que quemacalles y derribatronos.

En Antonio Mª Lecuona al prototipo de “carlistón” contra viento y marea, aunque le costara que le quemaran el estudio. En León Abadías el tradicionalista cumplido, que deja su catedra de dibujo para alistarse voluntario en la Tercera Guerra y escribe luego folletos de apostolado cristiano en Córdoba. En Zuloaga y Maeztu el itinerario de dos hombres a los que la dura experiencia de los años de la República, con su secuela de sectarismo y desmadres, hace pasar del izquierdismo juvenil a redescubrir la tradición. En Enrique Estevan o Carlos Vázquez Úbeda, a dos soberbios artistas cuya obra merece ser redescubierta. En Carlos Saénz de Tejada al que posiblemente es el mejor ilustrador español de la primera mitad del siglo XX. Y en el modesto Gregorio Hombrados Oñativia a un trabajador infatigable enamorado de su tierra guipuzcoana como posiblemente no haya existido otro.

Con todo, si tuviera que quedarme con un solo nombre, creo que me quedaría con el único que, paradójicamente, no tuvo especial relación con el Carlismo, y que por eso figura en el libro en el Apéndice: Fernando Álvarez de Sotomayor. No sólo es probablemente el mejor pintor gallego de la historia, sino que fue un hombre de gran categoría personal e ideas rotundas y españolísimas. Sus Memorias son un documento histórico de primer nivel, y la muerte de su hijo mayor en el frente, luchando con el Ejército Nacional, un episodio de su vida ante el que resulta imposible no conmoverse. Su retrato de un requeté es posiblemente la mejor obra carlista jamás pintada.

¿Qué repercusión espera que tenga el libro?

La actual edición consta de una tirada de solo 100 ejemplares numerados, lo que limita su disponibilidad a ese grupo de personas especialmente interesadas por el patrimonio histórico del Carlismo. También será un libro apreciado por los bibliófilos, porque cuando se agote la edición será un libro difícil de encontrar, y cuya vigencia se mantendrá durante mucho tiempo. Se trata de un libro único en su género, pues no existe ningún otro que haya abordado el tema.

Unido a mi anterior libro sobre “La Dinastía Carlista en la Pintura”, y al proyecto futuro de ese tercer volumen del que hablaba anteriormente, creo que el conocimiento de la influencia del Carlismo en las artes plásticas habrá dado un importante salto cualitativo.

Junto a ello, me gustaría que el libro contribuyera a la batalla que es hoy indispensable librar con los que han implantado su tiranía en el mundo de la cultura, incluido el de las artes plásticas, y son responsable del arte decadente actual, profundamente deshumanizado y deshumanizador. El papel de los críticos y los medios de comunicación es, en este sentido, determinante, y es necesario despertar las conciencias para que empiece a llamarse a cada cosa por su nombre.

He dedicado a este asunto el primer capítulo del libro, titulado “Olvido y manipulación. La batalla de la Cultura”. En él se expresan muchas de las motivaciones que me han llevado a realizar este trabajo. Mi deseo sería que sirva como una llamada a una tarea en la que todos estamos invitados a tomar parte.