Una de las mejores historias que nos ha dejado el cine de las primeras décadas del siglo XXI es la de Midnight in Paris (2011). Lo que Woody Allen filmaba en aquella película era un deleite para “viejóvenes” y “carcas”: la gran fantasía, en definitiva, de todo nostálgico: poder regresar al pasado para vivir en un tiempo distinto al presente. En otras palabras: hacía realidad el deseo romántico por antonomasia de hallar refugio en una Edad Dorada anhelada por uno, olvidada por todos y finalmente perdida. Por ponerle una pega a la extraordinaria película de Allen, podríamos echar en falta dos elementos weird para que ese punto de partida pudiera resultar más atractivo aún: un asesinato y grandes dosis de terror. Por suerte, la última película de Edgar Wright se propone, precisamente, rellenar ese vacío. Estamos hablando de Última noche en el Soho (2021), por supuesto.

Última noche en el Soho llega a los cines avalada con el entusiasmo mayoritario de la crítica, con un estreno (fuera de concurso) en el Festival de Cine de Venecia y con el Premio del público al mejor largometraje en la XXXII Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián. La película nos cuenta la historia de una joven de provincias (Thomasin McKenzie) que se traslada a Londres para convertirse en diseñadora de moda. Con un pasado traumático que incluye los trastornos mentales de su madre, que murió años atrás al suicidarse, la vida de esta joven está llena de carencias afectivas, inestabilidad emocional y rasgos asociales que la música y la estética de los 60 han sabido llenar con creces a través de vinilos y ropa de segunda mano. Ella es algo así como una Carrie que añora vivir en tiempos de Charles Manson. Tras abandonar la residencia donde la joven se hospeda, después de constatar con dolor que no encaja allí, se traslada a una vieja casa donde alquila un piso. Pronto experimentará por las noches la sensación de poder viajar al pasado transformada en una bellísima aspirante a cantante (Anya Taylor-Joy), que a su vez se verá arrastrada a la prostitución y, finalmente, a la muerte, por una serie de malas decisiones y, sobre todo, por la oscura y violenta presencia de un hombre demoniaco. Pasado y presente, entonces, confluyen en una orgía de terror y asesinatos sin resolver.

La primera hora de Última noche en el Soho es lo mejor que ha filmado Edgar Wright hasta la fecha. Está escrito con brillantez, todos los elementos funcionan con la precisión de un reloj que acaba de ser montado, tiene un ritmo perfecto que no ceja ni avasalla, y te hace esperar un final de película apoteósico… Que finalmente no llega. El problema es que a partir de ese momento nada de lo prometido se materializa como debería. Las situaciones se vuelven repetitivas. El ritmo se encuentra en desequilibrio con el contenido y no conduce a ninguna parte. Lo que debería asustar produce indiferencia y lo que tendría que poner los pelos de punta solo provoca escepticismo. Todos los personajes secundarios se demuestran una y otra vez de cartón piedra. El giro de guión final de la película —algo que ya estaba en Arma Fatal (2007), del mismo director—, resulta previsible y estúpido. Y, lo que es peor, hace su aparición algo en verdad terrible: el “Me Too” y su aberrante demonización de los hombres: al parecer, la prostitución mutuamente consentida justifica el asesinato, o al menos así se deduce de los acontecimientos que se muestran en la pantalla y de su tratamiento ético.

Es cierto que los bailes de Anya Taylor-Joy tienen poco que envidiar a los de Margot Robbie en Érase una vez en Hollywood (2019), que la música está muy bien introducida en la película, que la originalidad desborda por todas partes, que la actuación de Thomasin McKenzie es imponente y que el film en ningún momento se desmorona del todo aunque, como ya se ha dicho, sí que se deshilacha después de una primera gran hora de película. El problema es que uno espera más del director de Baby Driver (2017), Bienvenidos al fin del mundo (2013) o de Scott Pilgrim contra el mundo (2010); al menos por la fama que le precede y que muchos de sus fans se encargan de divulgar a los cuatro vientos. Y desde luego lo último que uno espera es un maniqueísmo ridículo de la condición masculina —todos los hombres son malos (salvo uno, que carece de dignidad) y todas las mujeres son buenas (salvo dos, que finalmente resultan moralmente absueltas) en la película—, al punto de justificar el asesinato y pretender que el espectador se reconcilie, de forma bastante mojigata, con la asesina.

Quizás el problema sea de quien esto escribe: la crítica cinematográfica depende en gran medida de la mirada subjetiva e impresionista del crítico que la ejerce. Confieso que nunca me ha gustado demasiado la estética de Edgar Wright. Hay que reconocerle un buen ritmo, un excelente gusto musical y un sentido del humor eficaz pero es un director con demasiadas carencias para todo el bombo con el que vienen acompañados sus trabajos. Aunque el guión de Última noche en el Soho es original, falla en la ejecución. Ni tiene una interpretación compleja, como la que Bruno Bettelheim encontró y analizó en Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1976); ni demuestra un hondo conocimiento de la naturaleza humana como el que exponían los grandes cuentistas de terror del XIX; y ni siquiera funciona como cuento de hadas simple, directo y bien narrado: le sobran minutos y le falta consistencia justo cuando la narración más la necesita.

Al inicio de su extraordinario cuento Berenice (1835), Edgar Allan Poe escribía: “La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido”. Sin duda alguna la gran desgracia del arte de nuestro tiempo es eso que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto”. Porque lo que más miedo da de Última noche en el Soho es la sombra del “Me Too” (y sus fantasmas).