Decir todo lo posible con la menor cantidad de palabras. Esculpir las ideas en negro sobre blanco como si fueran trajes a medida hechos por un sastre de renombre. Fluir de párrafo en párrafo con la ligereza del mejor prosista y la hondura —esa que te lleva a releer constantemente— del mayor filósofo. Todo ello consigue Ignacio Gómez de Liaño en Filosofía y Ficción, publicado por EDA libros y cuyos ejemplares firmará en la Feria del Libro de Madrid este domingo día 12 de septiembre.

Nuestro mayor pensador vivo nos ha regalado una teoría y una praxis de la ficción. Una metateoría, por mejor decir, en la que el escritor reflexiona en torno a su obra y en torno al oficio de la imaginación y la memoria: dos de los temas fundamentales de sus novelas. Y una vuelta a todos los grandes motivos sobre los que lleva meditando y estudiando desde hace décadas para compilar y remarcar algunas de sus conclusiones fundamentales. El libro arranca con una pregunta esencial: “¿Es la República de Platón una obra de ficción o de filosofía?”. La respuesta académica y consabida es evidente, pero Gómez de Liaño nos propone pensar más allá de militancias y etiquetas, y dará más adelante la clave para poder responder a la pregunta, poniendo sobre el tapete las exigencias que le realiza a todo novelista: “Sentimiento de la vida, eso es lo que le pedimos al novelista que nos comunique, y porque es eso lo que le pedimos le autorizamos a que nos proporciones también conocimiento de las cosas: un conocimiento que no renuncie al sentimiento dramático que nos suscitan las cosas”. ¿Acaso no hay nada de eso en los diálogos de Platón?

Si el gran Elias Canetti escribió una inmensa cantidad de Apuntes —buena parte de ellos ya publicados y traducidos al español; otros muchos inéditos y aún tardarán décadas en poder ser leídos por indicación del fallecido autor—, mientras redactaba su obra cumbre, Masa y poder, Gómez de Liaño lleva décadas haciendo lo propio; y conforme escribía El idioma de la imaginación, El círculo de la sabiduría o Iluminaciones filosóficas, redactaba también Arcadia, Musapol o Extravíos. Así ocurre también con los apuntes filosóficos —escritos en la década de los 80 en su mayoría— y en los relatos incluidos en Filosofía y Ficción que han sido rescatados de viejas ediciones en papel hoy inencontrables. A los distintos relatos incluidos en Filosofía y Ficción les acompañan las reflexiones filosóficas sobre todo lo divino y lo humano que merece ser dilucidad: “Villa Carelia”, “El dedo gordo de Alma-Tadema”, “El Retiro”, “El profesor de Geografía”, “Paradoxa”, “Los detalles y la fatalidad” y “El último minuto”. En La obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica, ese genio llamado Walter Benjamin escribía lo siguiente: “La Humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo en sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”. Sobre ello reflexiona también Gómez de Liaño en distintos aforismos de su libro que me he tomado la licencia de aunar para esta reseña:

Vivimos en una época que ha tecnificado el espacio físico, pero ha dejado el de la mente como una selva. Utilizamos el espacio y las imágenes mentales como podrían hacerlo los salvajes del Paleolítico, a diferencia de lo que ocurre con los conceptos y las palabras. En los últimos dos mil quinientos años se han producido en ese campo grandes cambios en pos de una progresiva tecnificación racional. ¿A qué hay que esperar para que se produzca un proceso semejante en el campo de lo imaginativo-afectivo? En los últimos milenios se ha ido empobreciendo la capacidad memorativa, imaginativa e intelectiva del hombre, pues, a diferencia de lo que ocurría hace miles de años, actualmente el hombre no necesita ser tan memorioso, imaginativo e inteligente como necesitaba serlo en aquellos tiempos para sobrevivir. En el día de hoy las condiciones de vida solo exigen a la gente que desarrollen de forma moderada y limitada su inteligencia, su imaginación y su memoria. En las imágenes siempre hay un fondo fruitivo-afectivo que desborda las pura racionalidad y que, por ello, produce un rechazo en quienes solo se ponen delante del espejo si se les va a reflejar conforme a sus deseos. El rechazo de lo afectivo que hay en la persona lleva al puritano a rechazar las imágenes que hacen referencia a estados afectivos, con el resultado de generarse un juego de relaciones despersonalizadas, en el que la vida de cada cual es intercambiable con la de cualquier otro. La utilización económica y política de las imágenes da lugar a su devaluación como instrumentos de conocimiento y arte. La nueva religión es la economía, y su liturgia, la publicidad. La religión tradicional fue imponiendo a lo largo de los siglos el repertorio de imágenes y lugares que era más congruente con su ideario y con el mantenimiento de ese ideario. En el día de hoy esas funciones las ejercen las agencias de publicidad y los poderes que de ellas se sirven para estimular los deseos que más le convienen para llevar adelante su negocio. Si además de pensar de forma lógica, el individuo se hace dueño de su imaginación y su afectividad, entonces está en condiciones de insensibilizarse ante las imágenes que se le administran para manipular su conducta. A los dirigentes económicos y políticos no les interesa que la gente cobre conciencia de las formas como se condiciona la voluntad, pues ese conocimiento erosiona la capacidad de manipular la conducta a que aspiran”.

Más adelante escribe Ignacio Gómez de Liaño: “Cada vez hay menos espacios que propicien los encuentros auténticos. Pero cuando no hay encuentros entre las personas es que las personas están convirtiéndose en máquinas. Cuando se antepone a todo otro valor el económico, está en puertas la instauración de un régimen totalitario en el que todo queda sometido a la economía. El optimismo ultra-racionalista se acomoda a la mentalidad de la burguesía, cuyo afán de cultura es una forma de lavar y dorar su pecado mercantil original. Gran equivocación es que creer lo que potencia la economía vale también para potenciar a la persona. La economía solo entiende algunas formas de excelencia. Sobre todo, las más primarias. Hemos regresado a la cultura más primitiva de la humanidad, cuando la integración dentro de la tribu era mucho más importante que el cultivo de uno mismo. La economía tiende a la homogeneización con el subterfugio de la libertad, la cultura a la diversificación a despecho de la excelencia. La una es circular, la otra radial. Economía y cultura han de entenderse y compensarse mutuamente. Los movimientos de liberación, ¡qué ironía!, las más de las veces solo han servido para la esclavización. Los movimientos de liberación nacional, si el país no es una colonia y no está ocupado militarmente, solo sirven para tener sometida a la gente reduciendo y rebajando el horizonte de su conciencia. Cuando se llama pueblo a las personas, es que se quiere hacer de ellas los borregos de un rebaño. La tradicional alianza de la Iglesia católica y los nacionalismos vasco y catalán viene a ser el apacienta mis ovejas convertido en apacienta mis borregos. La razón ilustrada socavó al fe, y en el solar no han tardado en crecer las malas hierbas de la superstición. Si no se reconoce la existencia del misterio, la humanidad se queda sin futuro. La pérdida de la fe en un Ser Trascendente prepara el camino a los que hacen del Poder político objeto prioritario de fe”.

Dice el Maestro en Filosofía y Ficción: “Los límites de lo narrativo y lo filosófico son borrosos, y sus fronteras permeables”. Así ocurre también con la lectura cuando la enajenación febril que puede provocar nos golpea en exceso: Don Quijote o Madame Bovary lo prueban bien. Y la escritura también puede ser una enfermedad, por supuesto, como demuestra la grafomanía incansable de Ignacio Gómez de Liaño que, por suerte para sus lectores, siempre tiene mucho por decirnos, de la mejor forma. El filósofo y el literato comparten el mismo desempeño social de estar encargados de sacarnos del mundo para poder repensarlo mejor. Por fin se han reconciliado los poetas con Platón.