El título estaba cantado desde que se me ocurrió hacer un comentario sobre este libro, y lo había escrito ya Rafael García Serrano en el prólogo:

Quien quiera, que pase a la historia de aquel tiempo virgen y fabuloso en que los hombres buscaban la fuente encantada de la eterna juventud, de aquel tiempo en que las cataratas del Niágara, pura belleza, no producían equis millones de kilovatios al día. El tiempo español: cuando los dioses nacían en Extremadura.

Porque eso, ni más ni menos, es Cuando los dioses nacían en Extremadura: un viaje al tiempo fabuloso en que España descubría un nuevo Mundo; ponía en los mapas tierras ignotas; asimilaba culturas y las entregaba al futuro; abría a la Historia pueblos que de otra forma estaban condenados a la endogamia y la decadencia; llevaba la Cruz, la lengua, la universidad, que harían de las nuevas tierras, los nuevos españoles, la raza solar que cantó el nicaragüense Rubén Darío.

Y nos muestra las noblezas -muchas- y las miserias -pocas- de aquél fabuloso Hernando Cortés, personificación -como su rey Carlos- del príncipe renacentista, con su caballerosidad medieval pero también con su guasa estudiantil, y con su puntita de diplomático cortado por el patrón de Maquiavelo. Un Cortés que le echa riñones, pero también leyes; que se mete en lo más duro de los combates, pero también maniobra en las sombras, dando a cada cual -capitanes, soldados, jefes de tribus mortalmente enemistados con Méjico- lo necesario para amalgamar el más hermoso sueño de la España que comenzaba a ser.

Cuando los dioses nacían en Extremadura es una novela, si; pero es tan fiel a la Historia como puede serlo el que se vale de las palabras de quien lo contó desde allí, de primera mano; de quien estuvo allí, dando mandobles y exponiéndose a que le sacaran el corazón tajándole el pecho con un cuchillo de obsidiana. También de quien, con los protagonistas aún vivos, quiso escribirlo, y las citas de los que así hicieron son constantes aunque Rafael García Serrano las integra magistralmente en la narración, y pareciera que Bernal Díaz del Castillo -el primero que escribió la Historia de Méjico, casi sobre el tambor- simplemente desgranara sus recuerdos ante los camaradas en ese castellano que ya se estaba convirtiendo en español.

La Historia fue como fue, y por mucho que los necios, los canallas y los malnacidos intenten cambiarla no hay quien la mueva. Pero un relato como el de Rafael García Serrano, que parece que también estuvo allí, mano a mano con Bernal, con Alvarado, con Alonso de Ávila, con Olid, con Portocarrero, con Ordás... es imposible que alguien lo supere.

Porque el maestro Rafael dio con el tiempo y el ritmo exactos: el tiempo español.

CUANDO_LOS_DIOSES_NACIAN_EN_EXTREMADURA