Recientemente, el 19 de mayo, la “artista” Marina Abramovic fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2021. Una noticia que, a pesar del esfuerzo de un puñado de dementes, ha pasado sin pena ni gloria en los medios y totalmente inadvertida para el vulgo, distanciado hace tiempo de unas “artes” que no comprende ni se dejan entender. Es más, si no puede decirse que el gran público conociese a la susodicha Marina por lo más remoto antes del premio, tampoco parece que la haya querido descubrir después. Acaso, la curiosidad malsana de algunos sólo haya servido para nutrir aún más las filas de los escépticos o desengañados en este campo.

Sabemos que la intelectualidad ociosa que guisa estos saraos lo hace para sí misma, y que esa minoría que confunde el dinero con la inteligencia desprecia a la chusma “obtusa” e “insensible” complaciéndose en la vieja y onanista fórmula: “no está hecha la miel para la boca del asno”. Campos separados, por tanto, que no entran en conflicto por su distancia y recíproca indiferencia.

Por supuesto, no diremos que la ignorancia sea deseable en ningún terreno, aunque si hubiera alguno en que se haya demostrado saludable, este sería sin duda el caso.

Respecto al eco de la noticia en los medios, desprestigiados sin solución por méritos propios, lo cierto es que no han insistido mucho. Y salvo la excepción de los cuatro botarates exquisitos de siempre, parece que en estos tiempos que corren –con una deuda pública del 125% y un 17% de paro– está feo recrearse en el dispendioso homenaje a un exponente tan nítido del declinar de Occidente. Ya se sabe que hay cosas –como el pescado podrido– que es mejor no airear.

Mucho me temo, igualmente, que los elitistas foros universitarios donde se divulgan, aplauden y alaban este tipo de patochadas y fantoches, tampoco son representativos; a no ser de la propia degeneración del ámbito académico. Perdónenme los niñatos sibaritas inmersos en la autoscopia.

No nos detendremos hoy en el selecto grupo de galeristas y “entendidos” que desde hace tiempo determinan qué es arte sino, en este caso, en los responsables de dilapidar dinero público con decisiones que, además, contribuyen al desprestigio de la institución que representan. En este caso, el jurado que otorga el premio: Miguel Zugaza Miranda (presidente); José María Cano de Andrés (músico), María de Corral López-Dóriga (crítico de arte), Dionisio González Romero (profesor universitario), Blanca Gutiérrez Ortiz (bailarina), Sergio Gutiérrez Sánchez (guionista), Lucas Macías Navarro (músico), Ricardo Martí Fluxá (diplomático), Fernando Masaveu Herrero (empresario), Hans Meinke Paege (empresario), Helena Pimenta Hernández (autora teatral), José María Pou Serra (actor), Sandra Rotondo Urcola (empresaria), Benedetta Tagliabue (arquitecto), Patricia Urquiola Hidalgo (arquitecto), Tadanori Yamaguchi (escultor), Aarón Zapico Braña (músico) y Catalina Luca de Tena y García-Conde, marquesa del Valle de Tena (secretaria). Y, por supuesto, no puede olvidarse a quien tuvo la brillante idea de proponer a la galardonada, Dña. María Sheila Cremaschi, directora del Hay Festival of Literature and Arts de Segovia y Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2020.

¿Y por qué perder el tiempo en citar a toda esta tropa? –Se preguntará el lector.

Pues porque no estamos hablando sólo de un mero reconocimiento honorífico, sino de los 50.000 euros del dinero –aunque sea parcialmente– de nuestros impuestos con que se dota.

No está de más recordar aquí una entrevista de la galardonada sobre sí misma en la que reflexionaba a propósito de la performance titulada Ritmo 0 (1974); consistente en abandonarse a merced de los visitantes en una sala con una serie de objetos, algunos peligrosos. Decía Marina Abramovic que hasta entonces, a los ojos del público, “el artista de performance era completamente ridículo, un enfermo, un exhibicionista, un masoquista, sólo quería llamar la atención” –difícil añadir algo, ciertamente–… Pero que con ella cambió tal consideración. ¡Inmenso poder el suyo! Rememorando ante la cámara la mencionada performance, concluía que después de ofrecerse como marioneta de la concurrencia durante horas, tras finalizar el circo, “y volver a ser ella misma” –y no el pelele sin voluntad en que por decisión propia se había convertido–, la gente la rehuía. ¿Pero se puede ser más merluza? ¿Pretendía acaso –como el falso doctor–,  hacernos creer en la escisión de su “yo” durante la performance? Soberbia farsante… O autosugestión superlativa que toma por idiota a la audiencia a costa de no salir ella misma muy bien parada.

Ahora bien, las gansadas de Abramovic se cuentan por docenas. Véase si no otra gloriosa idea que perpetró junto a su colega de correrías Uwe Laysiepen, Ulay, en 1988. Un pretendido viaje espiritual –“The Great Wall Walk”, en el que ambos caminaron por la Gran Muralla china comenzando cada uno por el extremo opuesto y encontrándose en el centro para darse un último y “emotivo” abrazo. Todo un rasgo de ingenio y lucidez inmortalizado en vídeo. ¡Bárbaro!, ¡genial!, ¡único! Tan intelectual que incurre en lo que Renée Dunan reivindicaría en 1920 –referido al dadaísmo– como “hipopsiquia”, es decir, puro ilogismo sentimental… estrictamente antiintelectual.

Y claro, todos estos méritos y alguno más granjearon a Marina el gran “privilegio” de una retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 2010.

En resumen: se pretendía premiar a una mujer con una larga trayectoria en el terreno de las artes, pero aparte, efectivamente, de ser longeva –75 años tiene la interfecta–, tampoco tiene otro mérito, reduciéndose éste, si nos referimos a su obra, a una serie de “hitos” muy publicitados en el pleistoceno hippie; tan pasados como su autora.

No sé por qué me viene a la cabeza aquella aldea gala que albergaba a un incomprendido bardo llamado Asurancetúrix y un pescadero, Ordenalfabetix, al que Esautomátix acusaba de vender pescado podrido. Simpáticos personajes de ficción.