Javier R. Portella, escritor y editor, es director del periódico digital ElManifiesto.com. Como escritor ha publicado diversas novelas y ensayos, destacando entre estos últimos títulos como Los esclavos felices de la libertad El abismo democrático, ambos traducidos al francés.

El deber de lo bello... Abogar por la belleza, sí, abogar por la belleza, sí, muy bien, claro está, faltaría más. Pero ¿por qué apelar a lo bello como si fuera un deber? ¿Acaso no somos libres los hombres de hoy? ¿Acaso no debemos desprendernos de constreñimientos e imposiciones?

Los hombres libres de hoy... ¡Ay, pobres de nosotros! Esos hombres son los esclavos felices de la libertad, como los llamaba en un libro así titulado. Son ellos los que, imponiendo el reino de lo feo y anodino, hacen necesario —imprescindible— apelar al deber de lo bello. Algo que debería ir de suyo, como insinúas con razón. Algo que en realidad había ido de suyo desde que el hombre es hombre y el mundo, mundo. Pero esto se acabó.

Con otras palabras: no, no hay libertad —no debería haberla, quiero decir— para aniquilar la belleza. De igual modo que no hay libertad para matar la vida del cuerpo, tampoco la hay —tampoco debería haberla— para aniquilar la vida del espíritu.

Fernando Sánchez Dragó, hablando de su libro dice que es «una extraordinaria novela, hermosísima y espléndidamente escrita, que pone el dedo en las llagas de nuestro tiempo». ¿Se está refiriendo, pues, a esta aniquilación de la belleza?

Se refiere a ello, por supuesto, pero también a más cosas. Nuestras llagas no se limitan tan sólo a esa cosa fea, amazacotada, vulgar, que lo impregna todo, desde nuestras vestimentas agujereadas hasta nuestras ciudades insulsas, pasando por los engendros del denominado «arte contemporáneo». Nuestras llagas se extienden también a…

Pero permite que me interrumpa para aclarar algo. Este libro es una novela. En ella bullen, es cierto, un montón de ideas. Como lo hacen en cualquier novela, aunque en algunas bullan más y en otras menos. Pero las ideas no constituyen nunca lo esencial, lo que más importa en una novela. Tampoco en la mía. Lo que ahí cuenta —lo que se cuenta…, juguemos con las palabras— es un mundo, una atmósfera, unas emociones, una vida, o varias. La vida misma, en suma. Ahora bien, la vida no está trenzada tan sólo de sentimientos y emociones, sino que está también trenzada de pensamientos e ideas. Ideas que, por supuesto, hay que exponer, dejar fluir; pero como al desgaire, sin dejarles ocupar nunca la delantera, sin desarrollarlas como se desarrollan, por ejemplo, en un ensayo.

Y esto, ¿cómo se logra?

Se logra a través de lo más prodigioso que hay en ese asunto del escribir. Se logra a través del «estilo»: lo fundamental, lo decisivo. Algo mucho más importante que la acción, la trama, la caracterización de los personajes, etcétera. Todo, en últimas, se juega en la forma como se cuentan las cosas, en ese «cómo» que es infinitamente más importante que el «qué». El gran Céline lo recalca en un librito titulado precisamente El estilo contra las ideas. Después de dos mil quinientos años de literatura —explica—, ya todo está más que contado. Si es bueno y válido —¡y por supuesto que lo es!— seguir leyendo nuevas creaciones, es por el estilo; por ese estilo gracias al cual y sólo a través de él se expresan sentimientos y emociones, estas «razones del corazón que la razón ignora», que decía Pascal.

Es eso lo que hace, por ejemplo, que existan novelas que, sin relatar nada o muy poco, son propiamente excelsas. Un caso muy reciente, y que menciono por haberme cabido el honor de editarla, es el de Bajamares, una enorme novela de ese gran autor, todavía no lo bastante conocido, pero que pronto, estoy convencido, lo será, que se llama Antonio Tocornal.

¿Y en qué consiste el estilo de Portella?

Ah, si lo supiera... Sé algunas cosas, por supuesto. Sé, por ejemplo, que recurro mucho al humor, a veces con ironía, otras con sarcasmos y mordacidad (son tan divertidos, en el fondo, los esperpentos de nuestro tiempo, todos esos delirios, entre otras cosas, del pensamiento (¿?) LGTBQI+…). Sé también que adoro las metáforas y un lenguaje que sea lo más poético posible. Sé que combino diálogos y narración de una determinada manera. Sé que a veces me lanzo a largos y barrocos periodos donde las subordinadas se encadenan unas con otras trenzando un ritmo vertiginoso. Sé también que otras veces, en cambio, recurro al más depurado, corto, casi telegráfico lenguaje.

Sé todas esas cosas, desde luego, pero en últimas… no sé nada. Porque, vamos a ver, todos «esos trucos del oficio», ¿en qué consisten, en realidad? ¿Qué hay debajo de ellos? ¿Cómo se hacen, cómo surgen? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Quién lo decide? Yo mismo, parece. Pero una vez tomada la decisión, ¿qué hace que sea la buena? ¿Qué hace que surja —o no— el tono y el estilo adecuados: bueno y bello, bueno por ser bello? ¿Qué hace, en una palabra, que estalle —o no— la Belleza? ¿También lo decide el autor? ¿Es de él de quien depende? No, es de la Belleza. Es ella —ese estremecimiento vital, no esa cosa amansada y dulzona con la que tanto se la confunde— lo que aparece o se desvanece. Salvo que la Belleza jamás aparece sola. Necesita siempre ir acompañada de ese médium que es el autor: ese individuo que escribe un texto que también paga su impostergable tributo al deber de lo Bello.

Sin el escritor (o el pintor, o el escultor...) no surge Belleza alguna Pero sin ella tampoco surge el escritor, ese individuo que es a la vez creador y receptor. Un extraño personaje, en suma: alguien que escribe una obra y que es escrito por ella.

Entiendo entonces que lo fundamental, para ti, no es el entretenimiento, la amenidad, la diversión que emanan de una historia, una trama, una acción. De unos amores y desamores, como ocurre en su novela.

Oh, no. ¡Es todo lo contrario! Lo que me empuja a escribir es, en efecto, la Belleza entendida como el gran estremecimiento a través del cual se manifiesta la vida. Pero nada de ello está reñido con el placer que se desprende de las venturas y desventuras que conforman… la vida, precisamente. La vida de quienes, en el caso de El deber de lo bello, se abrasan en ardientes amores y se hielan en gélidos desamores desplegados en una trama llena de mil giros imprevisibles. Tan imprevisibles que, aunque no es a mí a quien corresponde valorarlo, puedo asegurarte que todos los lectores de esta novela —hasta un hipotético lector pro-LGTBQI+, si acaso se atreviera— la van a leer con el ánimo suspendido de quien no puede desprenderse de un libro hasta su última página.

Resumamos. Ambas cosas —Belleza y Acción— no sólo se compaginan, sino que se requieren muy íntima, muy profundamente; en mi caso al menos. Como te decía antes, este libro no es un ensayo. Pero tampoco es un poema. Y si en el poema el lenguaje lo es todo, aquí no. Aquí, como en toda novela, la belleza que brota del lenguaje sólo es tal si se engarza en las vivencias, acciones y pasiones que este mismo lenguaje narra.

Háblenos, pues, de estas acciones y pasiones, de estos amores y desamores a los que calificas también de lujuriosos y desbocados. Pero, dígame, ¿qué tiene que ver una historia amorosa, y de grueso calibre, con el deber de lo bello, que constituye el otro eje de la novela?

Lo tiene todo que ver. Como te decía antes, lo que busco es la Belleza. Esa Belleza que, no teniendo casi nada que ver con lo bonito, lo agradable o delicado, estalla en lo álgido, intenso, palpitante. En lo verdadero. En lo intensamente verdadero tanto del gozar como del penar (¿o acaso son bonitos y agradables los horrores que en forma de asesinatos, matanzas e iniquidades de toda clase envuelven la vida que se despliega en tantas y tantas novelas, incluida ésta?). Si la Belleza es ese gran pálpito, esa gran intensidad vital, ¿dónde encontrarla en su forma más álgida, sino en los júbilos y quebrantos del amor?

No se trata, por supuesto, del amor que une a padres, hijos y demás miembros de una familia. Tampoco del amor a la patria, o del que late en los lazos de la amistad. Se trata del que palpita entre el cuerpo y alma de un hombre y de una mujer. El amor que corre por las páginas de El deber de lo bello es esa embriaguez en la que crepita, decía Garcilaso, el amoroso fuego ardiendo en el que yo no nací sino para quereros; yo que por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir, y por vos muero.

Y ese amor, o es carnal o no es. O es lujurioso o es una filfa. O arde en las llamas del deseo, o es un engaño, una impostura. ¿Con qué intensidad y de qué forma arde el amor entre los tres protagonistas —dos hombres y una mujer— que viven, gozan y penan en los amores y desamores de esta historia? Para responder a tal pregunta debería desvelar demasiadas cosas de una trama que resulta —eso sí te lo puedo adelantar— sorprendente y palpitante. Más vale dejarle al lector el placer de descubrir por sí mismo en qué consisten tales historias.

Si de amores y desamores se trata, también se tratará, ¿no?, de celos e infidelidades.

Tampoco aquí te puedo contestar de manera clara y concreta. Sólo puedo decirte que el ogro de los celos —«¡Maldito Otelo!», exclama en un momento dado uno de los personajes— anda suelto por tales andurriales (son varios, por cierto, los andurriales por donde discurre la novela: Roma, Venecia, los Alpes...; y Madrid, sobre todo, que goza de una buena dosis de protagonismo). ¿Será derrotado el monstruo de los celos? ¿O acabará imponiendo su habitual y desoladora ley? Lo siento, pero no te lo puedo decir. Te diré tan sólo que, en un momento dado, uno de los protagonistas —un «facha libertino», como se define a sí mismo con humor— invoca a Nietzsche. Lo hace con estas palabras: «Mujeres y hombres a quienes los celos dominan y envuelven: no hagáis como el escorpión de Nietzsche. Recordad lo que éste dice: “Al igual que el escorpión, aquel a quien los celos envuelven en sus llamas acaba volviendo contra sí mismo el envenenado aguijón”».

¡Vaya! ¿Hasta hay citas de grandes autores en su novela? Ya nos ha dado una de Nietzsche y otra de Garcilaso. Eso sí que parece raro.

Y más que hay. De Quevedo, de Lope, de Machado, de Calderón, de Cervantes, de Gómez de la Serna… Hasta de Virgilio y de Homero. ¿Raro en medio de la trama de una novela? Probablemente. Inhabitual, seguro. Es una de esas rarezas, de esas transgresiones que me gusta cometer. Siempre y cuando —pero te aseguro que no es fácil— te salga bien. Aquí me la jugaba, y mucho, porque citar a semejantes monstruos en un contexto que no está hecho en absoluto para citas, imagínate cómo puede chirriar. Es algo que sólo cabe resolver mediante eso de lo que hablábamos antes: el estilo. Es decir, mediante una determinada forma de traer a colación las citas. Espero haberlo logrado.

¿Hay algún otro reto que se haya planteado en El deber de lo bello?

Sí, hay otro, y que reviste para mí la mayor importancia. Se trata del reto, por ponerle una etiqueta, de la literatura erótica. Siempre me he preguntado por qué en prosa (en poesía es distinto) abunda poco la literatura erótica. La literatura de alto vuelo, quiero decir, la que responde —siempre volvemos a lo mismo— a las exigencias del deber de lo bello. Por supuesto que existen obras en las que el erotismo vuela por altas cumbres. Por ejemplo, en Cortázar, en D. H. Lawrence, en Miller... Y si me pides nombres de escritores españoles o afincados en España, te puedo dar, por ejemplo, los del cubano Juan Abreu o del poeta y también prosista José María Álvarez. Pero pocas cosas más —cosas que me convenzan, quiero decir—, y que me disculpen aquellos que haya podido dejar en un lamentable olvido.

Mi reto, pues, consistía en probar que «sí se puede» (¡ay, la dichosa frasecita!). Sí se puede hacer literatura eróticamente explícita, lujuriosamente descarnada, sin caer en los páramos de lo vulgar o pornográfico (páramos que no me molestan en absoluto por cuestiones morales, sino por exigencias exclusivamente literarias). Sí se puede plasmar la gran pasión de la carne sin ese gusto a plástico que te deja lo pornográfico. Sí se puede hacer literatura que sepa a carne, que huela a semen, que se relama de placer y reviente de arrebato. Sí se puede, sin caer tampoco en otros páramos (peores, aunque limpios y blanditos): los páramos de lo sexualmente higiénico y divertido por los que vaga, risueño y bostezante, el Homo Festivus de nuestros días. ¡Por los dioses todos! ¿Una apacible diversión, un agradable entretenimiento, el desenfreno erótico? Sí, claro que también hay de eso (aunque «apacible» desde luego no) en la carne arrebatada del amor. Pero ¿nada más que eso, eso ante todo? ¿Eso es acaso lo que refulge cuando se desboca la carne y arrebata el alma de los amantes a los que el hijo de Venus asaetea?

Hay otro punto que a uno le intriga nada más ver el título de la novela. ¿Qué pintan esos «tiempos de Pandemia» en los que se desarrolla la acción? ¿Por qué la has situado ahí?

Qué bien. Qué bien que al lector le intrigue. Y para que pueda seguir intrigándole sólo te voy a contestar con algunas indicaciones sobre una Pandemia que, por lo demás, tampoco es la actual. Es la que se origina unos pocos años después de la que acabamos de padecer, lo cual permite imprimirle un cierto aire distópico al mundo en el que transcurren los amores y desamores, las vicisitudes y aventuras que viven mis personajes. Que vive mi gente, iba a decir: imagínate hasta qué punto uno toma en serio a esos entrañables seres a los que se suele calificar de ficticios. ¿De verdad lo son tanto como parece?

Volvamos a la Pandemia. Cuando hablo de un «mundo distópico» quiero decir: un mundo donde lo que hemos conocido a lo largo de esta maldita Pandemia es contemplado mediante una especie de lente de aumento que da mayor visibilidad a sus rasgos fundamentales. O a los que más me importa destacar.

Les invitamos a leer las primeras páginas
de El deber de lo bello.
Amores y desamores en tiempos de Pandemia
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del mismo autor:
El abismo democrático