Incluso entre los que con más ahínco denuncian la naturaleza totalitaria, los excesos y la vigencia del comunismo en la actualidad, e insisten en eso que se ha dado en llamar batalla cultural, rara vez se menciona el papel de las artes plásticas en la imposición de una agenda globalitaria de carácter comunista. Ya sea porque en el fondo no se conceda importancia a las artes, o bien porque realmente se hubiera dado por perdida la batalla  –asumiendo la homogeneidad ideológica del mundo del teatro, del cine, la pintura, la música y la literatura–, resulta llamativa la ausencia de una crítica de fondo en este terreno.

Quizá por ignorancia, tal vez por saturación y cansancio, o directamente por sumisión voluntaria, en ningún medio de comunicación –ni grande, mediano, ni pequeño–  apenas sí queda espacio para un j’accuse frente a la intolerancia y descarada función propagandística y censora de las artes al servicio de la ideología más criminal de la Historia de la Humanidad. Si acaso, se afean las manifestaciones de sectarismo más descaradas, burdas y violentas: los ladridos de “los de la ceja”; los rebuznos de Valtòntyc o los gruñidos de P. Hasél. Admitiendo que a alguno de los citados se les pueda llamar artistas, concesión ya de por sí tan generosa como absurda.

Pero la crítica pocas veces va más allá de algunos casos puntuales, los más flagrantes, escandalosos o estrambóticos, dejando de lado, habitualmente, un análisis profundo del hilo conductor que los guía: el odio ideológico. Odio a las personas que piensan diferente; odio al pensamiento mismo, a la libertad, a la gramática, a la propiedad ajena,  a la belleza, a la familia, odio al trabajo, a la Historia común, a la lectura, a las tradiciones, a la nación, odio a Dios…

Por supuesto, tanto los militantes convencidos como los oportunistas pedisecuos y sin escrúpulos se dicen defensores de las causas más nobles. Pero eso es como si los cantos rodados se pusieran a hacer ver lo “humanitarios” que son. Pura fachada, vanidad e impostura, sintetizadas en un lema: “a la subvención por la subversión”; afortunado hallazgo de Rainer Rochlitz, desarrollado en su libro Subversion et subvention. Art contemporain et argumentation esthétique (Gallimard, París, 1994).

Es curioso que apenas se señale, a pesar de ser tan obvio, que el camino seguido por las artes en los últimos setenta años ha sido repetir una y otra vez las manidas fórmulas  de las vanguardias. ¿Dónde está, pues, la originalidad? ¿Dónde ese rasgo distintivo, esa novedad, presunto marbete de los elegidos frente al arte precedente, caduco, obsoleto y decadente? ¿O es que tales etiquetas negativas sólo se pueden seguir adjudicando restrictivamente al arte decimonónico?

Acaso en estos tiempos sea inútil la reivindicación del valor espiritual del arte, del contenido, del armónico equilibrio del fondo y la forma, de la proporción y la belleza, pero ¿cómo resignarse sin más a lo que hoy se ha dado en llamar arte? ¿Por qué callar ante la infantilización, degradación y proselitismo barato de las escuelas de arte, galeristas, directores de museos y de los propios artistas? Todos muertos de miedo  para no ser excluidos y maltratados por la trituradora de la corrección política.

Mencionemos tan sólo algunos episodios recientes de “alineamiento” por parte de las más conocidas salas de exposiciones, para ilustrar su postración lacayuna a la tiranía de lo correcto, su coordinación y el descarado papel adoptado por todos ellos en el campo de la propaganda doctrinaria.

Por supuesto, el Museo Reina Sofía, como ya es costumbre, sigue dedicando numerosas muestras al activismo político izquierdista y revolucionario. Incluso durante la pandemia: Resistencias lúdico-políticas en el Madrid de los 90 (del 07-06-2019 al 07-02-2020), o la retrospectiva del comunista Jörg Immendorff (del 30-10-2019 al 15-06-2020). Pero esto, ciertamente, ni siquiera es noticia en un museo que jamás ha sido otra cosa sino máquina de adoctrinamiento desde su mismo origen.

En la feria anual de arte contemporáneo más importante de España se siguen promocionando las manifestaciones artísticas “comprometidas”, siempre, claro está, que el compromiso sea con el socialismo o la revolución. ARCO 2018 sirvió de altavoz para el separatismo violento y golpista con la obra Presos políticos en la España contemporánea, y, en idéntico sentido, en 2019 la máxima atracción de la feria fue un ninot gigante del rey Felipe VI que se vendía por 200.000 euros con la condición de que su dueño lo quemase. Así mismo, en ARCO 2020 el comunista chileno Fernando Prats expuso dos banderas de Chile pintarrajeadas con eslóganes políticos, y es posible que me equivoque, pero, aunque aquí pasase desapercibido, supongo que el ultraje a la enseña nacional no agradaría a la inmensa mayoría de sus compatriotas.

Por su parte, en la misma muestra de 2020, el finlandés Riiko Sakkinen pretendió hacer mofa del general Francisco Franco y del rey Felipe VI. Nada original, ya que en 2012 mostró similar “ironía” el mismo artista del ninot con su representación de Franco en un frigorífico.

Mientras, se siguen repitiendo y propalando los manidos lugares comunes en torno a unas obras vacías, repetitivas y, faltas de un sentido descifrable, herméticamente “conceptuales”. A la par que vanílocuos y oscuros ergotistas disfrazan su inmensa oquedad desde los púlpitos académicos, ocultando las vergüenzas del falso ídolo con vacua jerga y necia hojarasca. Como “explicaba” en 2020 la directora de ARCO, Maribel López, lo que hace de un objeto una obra de arte es que “es parte de un proceso… Lo importante es de dónde viene y hacia dónde va”. ¡Olé sus santas narices!

Pero hasta el Museo del Prado ha reordenado recientemente sus salas, y cambiado los nombres de los cuadros de forma políticamente correcta, a favor de una “nueva mirada” que supere “modelos decimonónicos obsoletos”. En palabras de su director Miguel Falomir: “Vamos a estar muy atentos a fenómenos artísticos que deben tener presencia en el Prado” (El País, 20-01-2021). Exactamente la misma argumentación “comprometida” esgrimida por la responsable de JustMad 2020, Semíramis González, para explicar el criterio de selección de los artistas que exponen en sus salas: “que hablen de los tiempos que estamos viviendo […] nos preocupa mucho el medio ambiente, la igualdad de género…” (Entrevistada por A. G. Villarán). Siempre en línea actualizada con la moda y términos establecidos por la agenda de lo correcto en cada momento, como bien manifestó el director de ARCO 2019, Carlos Urroz, en su presentación inaugural: “ARCO es una feria de calidad, diversa tanto en contenidos como en formato, inclusiva, sostenible y sexy”. ¡Qué sería de nosotros sin una constante perversión del lenguaje y la subsiguiente generación de consignas, machaconamente incrustadas en nuestros oídos y cerebro por el “poder blando” de las artes!

Por descontado, que cada cual se gaste el dinero en lo que quiera, o lo tire, o lo queme si le place, pero no se nos vendan como obras de arte las emanaciones insustanciales o las ocurrencias pretenciosas de eternos menores de edad. No se insulte la inteligencia de nadie presentando como dignos de elogio a niñatos imberbes por reproducir vanos clichés, o a “experimentados” fabricantes de garabatos en virtud de su larga trayectoria como embaucadores. Y, sobre todo, no se siga dañando las mentes de los inocentes con patrañas. Menos farsas y dediquémonos todos a aprender y ser mejores.