La pobreza es el Infierno de la religión capitalista. Y los pobres, esos infelices fracasados, son sus pecadores irredentos.

Para los devotos del comercio, permanecer desposeído es estar condenado a la perdición. Sin el combate constante que encarna la tentadora serpiente que simboliza la ascética renuncia a la acumulación, la extenuante vida del yuppie, entregada a un constante movimiento, carecería de sentido. La lógica de la transgresión que de manera perenne exige un modelo nuevo pero efímero a modo de salvación, esto es, de disfrute de un producto novedoso, no podría existir careciendo de un contrario totalmente opuesto al que demonizar. En eso más que en otra cosa el capitalismo se parece al cristianismo: es la necesidad de evangelizar preconizando un modelo de comportamiento que se pretende universal.

El nihilismo es un concepto antropológico cristiano que posteriormente, desde la Reforma luterana hasta nuestros días, ha devenido utópico.

Ningún escritor ha entendido eso como Chuck Palahniuk. Por esa razón El club de la lucha es, como su hermana literaria American Psycho, una obra maestra acerca de las perspectivas vitales que ofrece esta fase tardía de la Modernidad: “Somos los hijos malditos de la Historia: desarraigados y sin objetivos. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra Gran Depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine, o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos. No somos nuestro trabajo. No somos nuestra cuenta corriente. No somos el coche que tenemos. No somos el contenido de nuestra cartera. No somos nuestros pantalones. Somos la mierda cantante y danzante del mundo”.

Nadie está exento de esa esquizofrenia que nos divide en consumidores y productores; en empleados y empleadores; en empresarios de nosotros mismos y del prójimo. Porque sin tributar el acto de la compra o de la producción no nos es dada la gracia de una identidad. Ni de la tan cacareada realización personal. No existe posibilidad de ser sin poseer en el mundo capitalista. “La civilización, escribe Palahniuk, se mide por su consumo”. Y nuestros objetos deben ser sustituidos por otros nuevos, más modernos, de manera constante, sin posibilidad de mirar hacia el pasado. El principio fundamental de la fe milenarista es que el pasado sólo existe para mejor explicar el presente. Que a su vez es una anticipación del futuro revelado.

El turismo es la quintaesencia de la antropología moderna. Su máxima ejemplificación cotidiana. Lo que antaño representaba el viaje en su sentido más literal, aunque también como metáfora épica de la vida, se ha visto reducido a una versión degradada para alimentar selfies de Instagram. Frente al conocimiento que los viajeros tales como Lord Byron extraían del grand tour, ese glorioso camino decimonónico a la busca de la belleza, los actuales turistas se regodean en el ocio degradante y en toda su pirotecnia tecnológica asociada. En el mundo del turista todo es construcción y artificio mientras que en el mundo del viajero la pregunta por el origen y la meta de lo natural es constante. El paso de un estado a otro muestra la imagen perfecta de lo que es nuestro tiempo.

Sin una comunidad en pie, de las sociedades ya solamente restan esos átomos dispersos compuestos por millares de individuos atravesados por la citada dicotomía productor/consumidor. Lugares emblemáticos tales como el aeropuerto, el supermercado o el tren han sido elevados a epicentros paradigmáticos de un mundo deslocalizado. La turistificación del mundo nos ha condenado a todos a la deslocalización, la extraterritorialidad y el desarraigo. Sin patria tradicional ni hogar para el ser, estamos condenados a la obsolescencia programada como máxima vital que arrastra consigo objetos, personas, afectos y, como se ha señalado antes, experiencias. Son turistas todos aquellos que han sido arrojados a una existencia posmoderna.

Si Palahniuk es el cronista de las experiencias extremas, Haruki Murakami es el gran escritor de los espacios neutros. No en vano la novela que le lanzó a la fama internacional, Norwegian Wood (traducida al español como Tokio Blues), comienza con una canción de Los Beatles sonando en un aeropuerto. En su obra, la descripción de un puente de Tokio es perfectamente intercambiable con la de un puente de cualquier otra gran ciudad del mundo. Igual que el turista japonés viaja con idéntica frivolidad a la del turista alemán; esa misma homogeneidad se ha extendido a los espacios urbanos de todo el globo, en las últimas décadas. Lo que muchos críticos literarios han querido ver como una pérdida en la capacidad descriptiva es en realidad la demostración de una agudeza singular en la capacidad de observación. El escritor más que nadie debería ver el mundo como es y no cómo se quiere concebir.

La tristeza inconsútil revestida de estúpido optimismo emprendedor, la soledad constante teñida de jovialidad infantil y la fatiga exterior incapaz de alumbrar el silencio o la profundidad son algunas de las consecuencias directas extraídas del aislamiento tecnológico. También son los temas y motivos que vertebran a los personajes de Murakami porque también lo hacen con el sujeto contemporáneo. Si los personajes de Palanihuk diseñan sus propias experiencias extremas, a la manera de las drogas sintéticas en constante desarrollo y adaptadas al gusto de cada consumidor; los de Murakami afirman con sus decisiones que el amor es el único acontecimiento que puede romper con la monotonía de una vida despojada de sorpresas. En ambos casos, se trata de la épica de un mundo reducido a la capacidad limitada aunque inabarcable de cada subjetividad concreta. Donde la ciudadanía no sobrepasa la relación de dos turistas que se rozan casualmente al pasar nadando por la piscina del hotel.

Tanto los personajes de Palahniuk como los de Murakami son lo que aquí estamos denominando como “turistas”; sólo que ellos sí aspiran a trascender su propia condición. Quieren ser peregrinos. Y en ese sentido ambos escritores resultan, a su manera, poseedores de una honda espiritualidad. En sus respectivas novelas todos persiguen experiencias extremas para poder sentir aún la vida en un mundo donde todo, de lo mundano a lo impronunciable, se puede comprar con facilidad envasado al vacío. Parten del dolor y buscan el amor, casi siempre de manera errática. En Murakami está que toda la complejidad y la contradicción de la vida se puede encontrar contenida en la aparente simpleza de una canción pop. Y en Palahniuk hay algo similar a una tímida esperanza en que cuando todo el Sistema colisione un nuevo comienzo sea posible. Partiendo de un Adán y de una Eva ulteriores a la catástrofe.

Precisamente por su buena aceptación entre un amplio sector del público lector, Palahniuk y Murakami han sido demonizados por igual. Desde estéticas en muchos sentidos radicalmente opuestas, ambos han sabido ponerle palabras al espectáculo constante de nuestra degradación. Y no podían quedar indemnes ante los ojos de la academia. De Platón en adelante, los grandes dualistas de todo tiempo y circunstancia siempre han ambicionado alcanzar el poder para poder expulsar a los poetas, esos visionarios portadores de nuestras imágenes internas, de la ciudad. De esa forma podrán moldear las sociedades a imagen de su ambición sin mayores interferencias. Y en eso estamos todavía, como muestran por igual los lectores adictos al best-seller de turno y aquellos retrógrados encastillados en las obsoletas estéticas de un pasado conservado en formol.

En un contexto donde la evasión y el dopaje son las respuestas generalizadas ante cualquier manifestación individual o colectiva de dolor, Palahniuk y Murakami nos invitan con su obra a abrazar aquello que lejos de debilitarnos, nos hace más fuertes. Transitando por una espiritualidad enmarcada en la así llamada Vía de la Mano Izquierda donde el abandono de las religiones tradicionales, sin traicionar a cambio su trasfondo sapiencial, permite aquello que Blake denominaba como “el matrimonio entre el Cielo y el Infierno”. Un estadio moral cuya complejidad mística en el cuestionamiento por el Absoluto y por la Verdad sobrepasa con mucho las posibilidades dialécticas de la jerga filosófica o las cerriles categorías de la simple burocracia teológica.

Poeta es aquel que pinta las imágenes del espíritu con palabras. El lenguaje es un virus que lo contamina todo, decía Burroughs; se trata del “virus de la palabra” al que se refería Ligotti, retomando a los simbolistas franceses y a los románticos anglo-germanos, como puente tendido entre el hombre y la naturaleza en tiempos de incipiente tecnificación. Hoy ya consumados y en constante expansión, en detrimento de lo humano. Frente al turista que vive embriagado en un flujo constante de imágenes artificiales compuestas para erigir un Simulacro donde debería aparecer la Realidad, el poeta pinta con palabras el significado oculto que entrañan esas imágenes intemporales. Se trata de lo que llevamos dentro de nosotros y desconocemos: ese terreno ignoto aunque inherente a la condición humana al que llamamos Misterio. Aquel que explora el Arte a través de las imágenes perennes que constituyen el imaginario social colectivo y que cada artista enriquece con la sublimación estética de sus memorias personales.

De Henry Thoreau a Ted Kaczynski, pasando por Martin Heidegger y Günther Anders, los hombres seguimos buscando una cabaña material, en realidad apenas un reflejo contingente de la cabaña más profunda formada de imágenes interiores, en la que poder refugiarnos en esta era utópica que desde hace ya mucho tiempo constituye toda una Distopía industrial favorecida por las grandes multinacionales y otros poderes secretos.  A pesar del dolor circundante derivado del insoslayable signo de los tiempos, o precisamente partiendo de él, debemos comenzar a construir esa casa donde poder albergar a nuestro Espíritu a través de la Palabra. Mirando más allá de nuestra condición posmoderna de turistas así como de la dominación impuesta por el capitalismo es como podremos comenzar a construir un futuro distinto.