AQUÍ TE LO PUEDES DESCARGAR PARA IMPRIMIR:

raza_4_entrega_-_segunda_parte

TRISTE ha sido el verano del 98 en el pazo de los Andrade. Las visitas de la familia y de los amigos, con la repetición incesante de los comentarios sobre la tragedia, han contribuido a aumentar la impresión que pesa sobre los pequeñuelos. La alegría que encuentran los chicos fuera de la casa desaparece al entrar en el viejo caserón, donde la figura triste de la castellana pone un freno a sus inocentes expansiones. Los recuerdos del padre, cuidadosamente colocados, ayudan a mantener más viva su memoria.

El jardín es el único lugar de la casa en donde se levantan gritos de alegría. Hoy es un seto de boj el que hace de trinchera; detrás de él, parapetado, Pedro lo defiende del alborozado ataque de sus hermanos. José e Isabelita le gritan al tiempo que le baten.

95631_toledo2017panoramaint60nueva

JOSÉ. -¡Insurrecto! ¡Masón!

ISABELITA. -¡Mambís/ ¡Mambís! La llamada de atención de la madre desde el terrado pone fin a la inocente escaramuza.

ISABEL. -¡José! ¡Isabelita! No llamar eso a vuestro hermano.

JOSÉ. -Es en broma, mamá. Él hace de enemigo.

ISABEL. -¡Ni aun así, José! ¡Que es demasiado el odio y la gloria que esos nombres evocan!

Muere el verano y los estudios de los muchachos van a imponer un cambio en la vida de los Churruca; el mar ya no les ata al viejo caserón. Un frío viento norteño desnuda los árboles añosos del jardín cuando Isabel abandona, con sus hijos, el viejo solar, Antes de tomar el tren que ha de conducirla a la corte, recorre el camino del puerto, al que están unidas tan intensas emociones.

A sus lados marchan los chicos con grandes brazadas de crisantemos, que se destacan sobre el negro color de los ropajes.  Azotados por el viento descienden en grupo la resbaladiza rampa, y, al llegar a su extremo, sobre el mar que rompe, los arrojan en homenaje al padre. La vida en Madrid exige de Isabel importantes sacrificios; el quebranto económico que siempre representan las carreras de los hijos le ha impuesto una severa ordenación de sus bienes, de la que ha salido triunfante, permitiéndole que su vida se desenvuelva con una cierta holgura.

En uno de los barrios modernos de la capital, en una calle amplia y alegre, entre muebles isabelinos y viejos damascos, discurre la vida de Isabel. Los años no han logrado arrebatarla aquella belleza y distinción que fue antaño la más preciada joya del viejo pazo de los Andrade; sólo las hebras de plata que se descubren entre sus cabellos castaños nos acusan el transcurso del tiempo.

La fecha del aniversario del esposo atrae a su casa a sus viejos camaradas. Este año la presencia del Almirante Pardo, el mejor de los amigos de Pedro, produce en Isabel viva emoción.

2018092318100419982

ISABEL. -¡Qué alegría tenerle por aquí!

PARDO. -Sí; llegué ayer del Norte y no he querido faltar en esta fecha, para todos tan dolorosa.

ISABEL. -Doce años, y como si fuese ayer.

PARDO. -Así es para unos pocos; para el país parece que ha pasado un siglo.

ISABEL. -¡La conciencia, tal vez!...

PARDO. -Y los chicos, ¿qué tal?

ISABEL. -Aquí pasaron su infancia. Pedro en la Universidad, terminando su carrera.

PARDO. -Cómo..., ¿quebró la tradición?

ISABEL. -Así es; ha defraudado nuestras ilusiones. ¡Sus ilusiones! No tenía interés; un día sus profesores me lo anunciaron: no será jamás un buen marino... No había otra solución.

PARDO. -Es verdad. ¡Diablo de muchachos! 

ISABEL. -Yo bien lo apercibía; pero era tanta la ilusión de su padre, que consideré un deber el intentarlo.

PARDO. -No pudo usted hacer más.

ISABEL (Con amargura.). -Y tuve que resignarme a verlo ingresar en el Centro donde, según su padre, venía fomentándose la decadencia de España.

PARDO. -Terrible realidad... ¿Y está contenta de él?

ISABEL. -De sus estudios, sí, nada puedo pedirle. Otra cosa es su vida; siempre halla una disculpa para no estar en casa. Hoy me había prometido acompañarme, recibir a los amigos de su padre, y está acabando la tarde sin que haya aparecido.

PARDO. -¿Entonces José?...

ISABEL. -No; Jaimito es el que va a seguir la vieja tradición de la familia; José, en la Academia de Toledo, realiza sus sueños de eguir la carrera de las Armas.

PARDO. -¿Le continúa el entusiasmo de sus primeros años por lo espiritual y lo heroico?

ISABEL. -Sí; es todo un Churruca. Él llenaba de alegría y de espíritu nuestra casa. La entrada de Pedro en la estancia desvía la conversación.

fotonoticia_20130818125053_420

ISABEL (Recriminándole.). -Pero, Pedro, ¡por Dios! En un día como éste. Nuestro buen amigo, el Almirante Pardo, ha querido esperar para verte.

PEDRO (Besando a su madre.). -Perdona, mamá; y usted, mi General. Un compromiso. No podía faltar. Mi profesor daba esta tarde una conferencia en el Ateneo y me pidió asistiese.

ISABEL. -¿Tan importante era que no has podido justificar la ausencia en un día tan señalado?

PEDRO (Premioso.). -No me atreví; iban los otros compañeros.

PARDO. -El Ateneo, ¡buenas cosas se cuecen en ese lugar! ¿Quién fue la víctima?

PEDRO (Con tono de suficiencia.). -Nadie. Se trataba de una conferencia importante sobre nuestra acción en Marruecos; un estudio objetivo.

PARDO. -¿Qué sabe esa gente de eso?

PEDRO (Contrariado.). -Toda obra de Gobierno puede sujetarse a análisis. Y muchos piensan como él: que una nación que abandona un Imperio no tiene derecho a lanzar a sus hijos a una quijotesca aventura para conquistar arenas y peñascales. (Con énfasis.) Las madres españolas tienen derecho a que se emplee mejor la sangre de sus hijos.

PARDO. -¡Vamos! ¡Que la víctima fue España!

PEDRO. -No lo entendió así el auditorio. Le aplaudieron mucho.

ISABEL (Molesta.). -¡Pedro!

PARDO. -Lo mismo aplaudían cuando Cuba, y una de las víctimas fue tu padre. No sé qué me sorprende más, si la infamia de los profesores que os conducen a esos antros o la pequeñez y conformidad de la juventud en aceptarlos. ¿Has considerado alguna vez qué sería de España si nuestros antepasados hubieran pensado así? Si el nombre de España suena hoy todavía en el mundo, a ellos se lo debemos. ¿Qué juzgarían tus amigos de nuestras empresas ultramarinas cuando 100 pobremente equipados, separados por millares de millas de la Patria, se enfrentaron unos puñados de hombres con la dura tarea de conquistar un mundo? ¡Cuántas veces sucumbieron las expediciones completas, por las heridas o por el hambre, y siempre se presentaron otros que empezaron de nuevo! Enfermedades, sacrificios, errores, sí, todo se superaba; pero no había detrás una España que los difamara. ¿Comprendes por qué a su lado me parecéis enanos? (Levantándose.) Te digo, Pedro, que me voy con la amargura de haberte oído.

Francisco_Franco-Toledo-Fundacion_Francisco_Franco-Jose_Antonio_Primo_de_Rivera-Ley_de_memoria_historica-Memoria_Historica-Fuensalida_-Toledo-Marrupe-Llanos_del_Caudillo-Reportajes_336228428_96186330_1024x576

ISABEL. -Su afecto, amigo Pardo, sabrá disculparlo.

PARDO. -No le culpo a él, amiga mía: bien desgraciado es su triste sino. (Con energía y calor.) A ellos, sí; en nombre de la Patria, los maldigo.

ISABEL. -¡Por Dios..., Almirante!

PARDO (Ya más blandamente.). -Sí, sí, ¡los maldigo!

La vida de Isabel se ha ido haciendo más tranquila; a la preocupación por la carrera de los chicos sucede una era de paz. Pedro, terminado brillantemente su doctorado, ha abierto en Madrid bufete y parece trabajar con éxito, y José, que ha seguido con entusiasmo sus estudios, va a recibir su Real Despacho de Oficial. Este motivo reúne en el Alcázar de Toledo a los familiares de los nuevos Oficiales.

Es la fiesta más brillante del curso; la ciudad entera participa en los festejos. En el soberbio patio, presididos por la gallarda estatua del César Carlos, se alinean, inmóviles, las filas aceradas de los Cadetes. Las galerías, colgadas de tapices y viejos terciopelos, se adornan con la presencia de centenares de muchachas. Terminada la Santa Misa, se eleva de las galerías un alegre murmullo que corta el agudo sonido de un cornetín. La música y las bandas atruenan el espacio con el himno nacional, y la Bandera de la Academia, que recibió el juramento de generaciones de Oficiales, avanza airosa hasta las gradas de Carlos V.

Allí, el Abanderado saliente entrega al entrante la gloriosa enseña, honor dispensado al número uno de la promoción. Suena de nuevo el cornetín y se inicia el desfile de los nuevos Oficiales para recibir sus nombramientos. Las familias siguen con atención el paso de sus deudos, y el acto termina con el himno de la Academia, cantado por todos los Cadetes.

Al romperse la formación se produce una alegre algarabía; corren los Cadetes de un lado a otro al encuentro de las familias; forman otros estrecho callejón junto a las escaleras por donde se vacían las galerías, y, reunidas las familias con sus Cadetes, desfilan hacia la población. José se une a los suyos; en su alegría abraza, y casi estruja, a su madre, con sus hercúleos brazos. De repente huye la alegría de su rostro; mira interrogante hacia el grupo:

JOSÉ. -¿Y Pedro?

ISABEL. -No pudo venir; tenía algo importante en la Audiencia. Ya lo conoces.

JOSÉ.-Sí; él no comprende estas cosas. Con José se ha acercado a la familia Luis, el más íntimo de sus compañeros, que, mientras saluda a Isabelita, escucha las últimas palabras de su amigo.

ISABELITA. -¿No ha venido nadie de tu casa?, Luis.

LUIS. -¿De mi casa? Sólo me queda mi tío, que, como tu hermano Pedro, no comprende estas cosas.

ISABELITA. -Perdona. No sabía; lo pregunté maquinalmente.

LUIS. -Es hombre poco comprensivo. Se opuso mucho a mi carrera. Cree que la única misión del hombre es multiplicar; a duras penas consintió mi deseo.

ISABEL. -Sin embargo, estará deseando abrazarte y tú encontrarte a su lado.

LUIS. -No sé. Alguna vez lo deseé; pero hoy creo que lo siento. Dejar esto, esparcirnos por España. ¡Puede ser tan distinto todo!

JOSÉ (Interviniendo.). -Sí, así es. ¡Si supierais con qué ansia esperaba yo este día, ser Oficial, tener una personalidad, dejar de ser un número, disponer de mi tiempo, de mis libros...; y, sin embargo, lo siento también; esto era tan duro, pero tan bello! Este Toledo, inagotable en sus tesoros, en sus evocaciones... (Se encuentra al lado de una estatua de la portada.) Aquí tuvo lugar mi primera novatada y mi primera lección. Yo no había reparado en lo que le debíamos al buen Rey Recaredo; para mí era un rey godo más; pero un cadete antiguo se encargó de presentarme. A él debemos nuestra fe católica, me dijo. Él reconcilió a España con la Iglesia, al abjurar en este lugar la herejía arriana el año 586. Por él no nos vemos sumidos en la herejía. "Para que se le quede grabado lo va a escribir cien veces", me ordenó; y cien veces lo escribí. Así lo recuerdo.

image0372

LA MADRE. -Sí; mucha gloria encierran estas piedras.

JOSÉ. -Es cierto; pero no sólo nos hablan de episodios guerreros y de acontecimientos religiosos, sino también de alegría y de dolores femeninos.

LA MADRE. -¿De dolores femeninos?

JOSÉ. -Sí, de las inquietudes de Doña Berenguela, mujer de Alfonso VI, cuando desde un torreón del viejo Alcázar ve acercarse los ejércitos árabes que sorprenden a la ciudad desguarnecida. Contados caballeros guardan a la dama, mas a la caballerosidad española responde el gesto de la hueste agarena, que saluda y pasa perdonando la cautividad a la dama indefensa.

ISABEL. -¡Qué bellas historias, dignas del romance! JOSÉ.-En Toledo todo es evocador. Bajo ese bello patio, que hoy preside la efigie de Carlos V, se encuentra la lóbrega mazmorra en que se extinguió la vida de Doña Blanca de Borbón, esposa de Pedro I de Castilla, mientras por las regias estancias paseaba el rey sus amores impuros con Doña María de Padilla. Otra mujer de temple castellano se incorporó en este Alcázar a la Historia: Doña María Pacheco, que, bajo el signo de las Comunidades, dirigió la defensa de la ciudad contra las tropas reales. Al fin, conoció el dolor de la derrota y las aguas del Tajo le ofrecieron protección para su huída.

LUIS. -Como usted verá, señora, su hijo vivió más las piedras que los libros.

JOSÉ. -Al revés que tú, Luis, que por los libros dejaste de leer las piedras. No sabes lo que has perdido. ¿Qué son unas pocas más matemáticas en una vida?... ¡Nada! En cambio, ¡qué lecciones no encierran las piedras!...

LUIS (Algo picado.). -No por ello he olvidado la Historia; tú sabes qué atención le dediqué.

JOSÉ. -Sí, primero en clase, maestro en la repetición de los relatos fríos y sin alma de algún autor adocenado; los episodios de la Historia sin fuego y sin calor...; párrafos y palabras que se lleva el viento. ¿A que no recuerdas quién fue el primer Alcaide de este Alcázar donde has vivido tres años?

LUIS. -Sí, Alfonso VI.

JOSÉ.- No. Ese fue el conquistador de Toledo, el que mandó construirlo. El primer Gobernador fue Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. Oye, Isabel, a ti que te gustan estas cosas: Yo 107 quise un día grabarlo allí en aquella piedra; pero salió el Capitán de servicio y me echó. A poco me arresta. ¡No supo comprenderme! (Dice con sorna.) ¿Y estas torres? Obra son de Alfonso el Sabio, y nosotros las vimos con la frivolidad de la ignorancia. Bajan hacia la ciudad, Luis junto a Isabel; inmediatos, y detrás, la madre con José y Jaimito. Se detiene el grupo ante el Hospital de Santa Cruz.

JOSÉ. -Aquí tenéis la bellísima fachada de Santa Cruz, que, según dicen, Napoleón quiso llevarse, pero que, como se marchó con tanta prisa, nos dejó.

ISABEL. -Sí que es bella...

JOSÉ. -Y aquí al lado está la Posada de la Sangre, albergue de Cervantes cuando escribió su Ilustre Fregona. También la Fregona me costó un arresto.

LA MADRE. -Algo harías.

JOSÉ. -Sí; dedicar a Cervantes mi consignación de una semana. Indignado de las lecturas de mis compañeros, quise darles a conocer una obra que desconocían, y compré 108 seis ejemplares, que dediqué a mis compañeros en homenaje al gran Cervantes; pero cayó en manos de un profesor y pagué mi tributo de admiración con un arresto; hoy me creo con derecho a llamarme amigo de Cervantes. ¿Tú has leído a Cervantes?, Jaime.

JAIME. -No, no me dejan.

JOSÉ. -Bien, pues con mi primera paga te compraré sus obras.

LUIS. -¿Ven ustedes cuánta locura? Podría haber obtenido los primeros puestos por su capacidad y su gran simpatía con los profesores, y todo lo sacrificó a estas cosas.

JOSÉ. -Y tan feliz... No cambio yo estas inquietudes mías por los primeros puestos. Estas cosas que parecen insignificantes tienen para mí su valor, han ido formando mi carácter; sin ellas, no me encontraría, sería un número más...

LUIS. -Lo peor es que has hecho prosélitos con tus quimeras.

JOSÉ. -Sí, muchos; pero tengo la seguridad de que, cuando pasen los años, me lo agradecerán. Si algún día la suerte me depara enseñar a una juventud esto será lo que yo he de inculcarles. Ayudarles a formar su carácter. ¿Qué saben hoy de nosotros nuestros profesores? Apuesto a que si tuvieran que emplearnos en un duro empeño se equivocarían, que su yerma apreciación a través de las matemáticas sería un verdadero fracaso.

LA MADRE. -No sé, hijo mío; tus palabras me suenan a locura y, sin embargo, ¡me recuerdan tanto las de tu padre! (Se detienen ahora ante el gran balcón del Miradero.)

LUIS. -Mira, Isabel, ya estamos en el Miradero, el pequeño paseo de invierno, donde discurrían nuestras tardes domingueras viendo pasar a las muchachas toledanas. Aquí matábamos un rato el aburrimiento de la ciudad.

JOSÉ. -Poco aprecio hacíais de tan interesante lugar: hay quien recorre Europa por visitarlo. Aquí se asentaba el Palacio donde nació Alfonso el Sabio.

ISABEL. -¿Y aquel castillo tan bello sobre el monte?

LUIS. -Es el de San Servando, nuestro campo habitual de maniobras.

JOSÉ. -Sí, hoy campo de simulacros de guerra; ayer lugar de episodios gloriosos; basílica visigoda en tiempo de San Ildefonso; mezquita bajo los árabes, restaurada por Alfonso VI en recuerdo de sus soldados muertos en la conquista de la ciudad. Destruida en las incursiones árabes. Más tarde castillo de Templarios. Allí, entre aquel arbolado, junto al río, está el Palacio de Galiana, del Rey moro Galofre, que lleva aquel nombre en recuerdo de su bella hija Galiana, que dicen fue esposa de Carlomagno. Y ahí, a los pies, la vega por la que desfilaron los legionarios romanos, las mesnadas del Cid y los más ligeros corceles de los árabes. Aquí chocaron las civilizaciones y los pueblos. (Con calor.) Yo adivino los prados de la vega cubiertos por los ágiles caballos almorávides, y, bajo nubes de polvo, perderse en la llanura ante el empuje arrollador de Alfonso el Batallador al mando de las huestes aragonesas.

LA MADRE. -No podía yo suponer que estos campos encerrasen tanto. (Regresan hacia Zocodover.)

JOSÉ. -Tantísimo, que empezaríamos a recordar y no terminaríamos. Este es el centro de la Historia de España. De los grandes santos, de los maravillosos pintores, de los literatos y sabios insignes y de los más nobles y esforzados caballeros. En el orden comercial también Toledo fue famoso en el mundo; traficantes de todos los pueblos poblaron este zoco. Aquí quedan las reliquias de una artesanía que pasó; los espaderos toledanos, descendientes, sin duda, de los que destacaron en el temple de las espadas que hicieron famosas los brazos invencibles del Gran Capitán, de Antonio de Leiva, de García de Paredes, de Mondragón y de Cortés.

unnamed

JAIME. -¿Tu espada es de Toledo? (Dirigiéndose a José.)

JOSÉ. -Sí; pero la prosa de estos tiempos la convirtió en un brillante adorno.  (Se adentran por una callejuela estrecha y se detienen ante un modesto escaparate.)

LUIS (Hablando con Isabel.). -Aquí tienes la Virgen de los Alfileritos, que tanta curiosidad despertaba en ti. Aquí las chicas que quieren casarse echan un alfiler para lograrlo.

JOSÉ. -La Virgen casamentera toledana.

LA MADRE.- ¡Cuánta ilusión amontonada en un escaparate!

ISABEL. -¡Qué tontas somos las mujeres!

LUIS.- O qué fe tienen en la Virgen.

ISABEL. -Es verdad. ¡Pobres chicas toledanas, sentenciadas a veros pasar como las golondrinas! ¡Y todos los años vienen otras nuevas!

LUIS. -Algunas, Isabel, permanecen en Toledo y hacen aquí sus nidos.

ISABEL. -Pero no me negarás que en esos amores cadetiles domina la frivolidad.

LUIS. -Frivolidad que muchas veces es sólo apariencia, tonta hipocresía. (Pasan ante la antigua sinagoga de Santa María la Blanca.)

LA MADRE. -Es la célebre sinagoga, ¿no, José? JOSÉ.-Sí, otro sitio evocador.

ISABEL. -¿Qué puede evocar una iglesia de judíos?

JOSÉ. -¿De judíos?... ¡quién sabe! Sinagogas, mezquitas e iglesias pasaron de unas a otras manos. Judíos, moros y cristianos aquí estuvieron y al contacto con España se purificaron.

LA MADRE. -¿Los moros y judíos?, ¡hijo!

JOSÉ. -Así es. Hace un momento os recordaba el gesto caballeroso de los moros ante Doña Berenguela. En el solar de alguno de estos templos, se alzó antes la sinagoga que acogió a Santiago. Registra la historia de la Iglesia que cuando los fariseos decidieron la muerte de Jesús escribieron a las sinagogas más importantes pidiendo su asentimiento; los judíos españoles no sólo lo negaron, sino que protestaron, y, muerto Jesús, enviaron, los de Toledo, embajadores para que viniese Santiago a predicar el Evangelio.

LA MADRE. -¿Quién ha forjado tan bonita historia?

JOSÉ. -Libros de sapientísimos varones la recogen de la historia de Destro; dicen que en Toledo se guardaban los viejos documentos que así lo acreditaban, perdidos luego en los tiempos turbulentos de nuestra historia.

LA MADRE. -No sé si será así; pero es muy bella.

JAIME.- ¡Qué hermoso es ser español! Por eso nos dice el Padre Esteban que España es la Nación más amada de Dios.

LA MADRE. -Así es; en los días difíciles, nunca le falta la ayuda divina.

JOSÉ. -Y la de su indiscutible Patrón. Podrá el extranjero difamarnos, pero no puede robarnos esta gloria. (Dirigiéndose a la madre.) ¿Entramos en la Catedral?

LA MADRE. -Otro día, José; es tarde y tenemos que regresar. JOSÉ. -Por aquí saldremos en seguida a la plaza. Apóyate en mí (Dice a la madre ofreciéndola el brazo.), que el piso es malo. (Mientras la madre va apoyada en el brazo de su hijo, se han quedado Isabel y Luis algo detrás.)

ISABEL. -Sí que es bello Toledo, ¿verdad?, Luis.

LUIS. -En estos momentos también me lo parece.

ISABEL. -Milagro, sin duda, de nuestro maravilloso cicerone.

LUIS. -No sé; el tiempo se fue volando... Daría algo por volver a empezar. (Ella baja la cabeza.) De hoy en adelante no será como antes... Las pequeñas vacaciones en Madrid, nuestras excursiones, las comidas en tu casa... ¡Cuánta ilusión perdida!

ISABEL. -No comprendo. Somos los mismos...

LUIS. -Eso sí; pero temeré abusar de vuestra bondad, perder la confianza con que me recibíais. Antes tenía una justificación: José, los estudios; mañana tomaremos distintos vuelos y, como ves, sus alas son más poderosas que las mías.

ISABEL. -Siempre te recibiremos con alegría: José, mamá, todos.

LUIS (Tímidamente.). -¿Tú también?... ISABEL (Bajando la cabeza.). -Sí; yo también.