Iniciamos hoy, con el primer capítulo, la publicación del "juego político-literario" que Julio Merino publicó en formato libro el año 2.012 titulado "El Príncipe republicano". Como rápidamente comprobará el lector la obra no es una novela histórica, ni siquiera una novela, es un "juego político literario" en el que se mezcla, mejor dicho, se juega, con la realidad y la ficción, y conviven personajes reales y otros fruto de la imaginación del autor. O  con palabras de Unamuno este libro es un sueño que describe una posibilidad de futuro, una hipótesis, un futurible. Hoy, y están en su derecho  -- según Merino-- hay quien está queriendo reescribir el pasado...con el mismo derecho yo quiero escribir el futuro. Con una diferencia clara: que el pasado pasó y se basa en hechos que no pueden cambiarse ni alterarse y el futuro no ha pasado todavía y todo puede pasar.
              Pero con la publicación por "entregas diarias" de "El Príncipe republicano" EL CORREO DE ESPAÑA resucita un género periodístico que durante siglos fue la estrella de los diarios españoles más serios: el "folletón"... pues no hay que olvidar que como tal aparecieron en su día obras como "La Rebelión de las masas" de Ortega, "La agonía del Cristianismo de Unamuno o la "Pepita Jiménez" de don Juan Valera.
              Esperamos que este ensayo sea del agrado de los lectores de hoy y que se "enganchen" a su lectura diaria. Adelante, pues. Lean...

 

 

La mañana del lunes 22 de noviembre amaneció en Madrid con un frío intenso y un cielo lleno de nubarrones. Los hombres y mujeres del tiempo anunciaban lluvias importantes e incluso nieve para la tarde-noche.

Sin embargo, los programas de las Radios y de las Televisiones (y las tertulias) se centraban en el 40 aniversario de la proclamación de Juan Carlos como Rey de España. Algunos tertulianos criticaban que se hubiese dado tan poca importancia institucional al acontecimiento: un simple acto en la Zarzuela para felicitar a los Reyes y la presencia limitada de los asistentes: Presidentes del Congreso de los Diputados y del Senado; Presidente del Tribunal Constitucional y del Supremo; Presidentes del Gobierno y Representantes de los gobiernos Autonómicos; líderes sindicales y Cardenal Arzobispo de Madrid. ¡Cuarenta años de Monarquía y Democracia -decían- se merecían más glamour político!.

Bueno, ya se sabe, el bla bla bla de todas las tertulias y los tertulianos que hablan de todo sin saber de nada.

Pero, sobre las 10 de la mañana (a las 10 menos 5 lanzó el primer avance El Mundo.es) cambió el panorama. De círculos “bien informados” se había sabido que el acto previsto en la Zarzuela se había suspendido y eso encendió todas las señales de alerta de los medios de comunicación.

¡Algo grave debe haber pasado!, -dijo rápidamente Pedro J. Ramírez- en la tertulia de la Cope. Señores, esto no me huele bien. Al Rey le ha pasado algo.

Y el resto de los tertulianos se lanzaron a recordar los últimos trastornos de salud del Monarca y las últimas dos operaciones que había sufrido en la clínica habitual de Barcelona. No dio tiempo para mucho más. Porque en seguida (10.30) se hizo público un escueto comunicado de la Zarzuela que decía:

“Por una indisposición transitoria de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos los actos previstos para hoy han sido suspendidos. No pasa nada”.

“Uy, uy, uy... esto si que suena raro -exclamó Oneto en su tertulia- si la Zarzuela dice que no pasa nada es que está pasando todo. Yo creo que el Rey se nos muere.

Y ancha es Castilla. Porque los periodistas, todos, pusieron en marcha la máquina de los rumores y Madrid y toda España entraron en la vorágine. Durante unas horas hubo rumores y opiniones para todos los gustos. Algunos decían saber de “buena tinta” que el Rey se había suicidado.

En una tertulia rosa se adelantó como exclusiva que todo había sido como consecuencia del anuncio de divorcio que habían comunicado a los Reyes Don Felipe y Doña Letizia esa mañana durante el desayuno.

Pero, todo fue a más cuando a las 12 en punto se supo que el Presidente del Congreso, el Popular Ángel Acebes, había convocado un Pleno Extraordinario de las Cortes Generales (Congreso y Senado) para las 5 de la tarde. Porque eso confirmaba que algo muy serio estaba pasando o iba a pasar. ¡Y aquello ya fue la locura periodística y política! Incluso los tertulianos abandonaron sus respectivas tertulias y se lanzaron como locos en busca de información veraz. Pero, era una misión imposible ya que todas las fuentes posibles se habían cerrado a cal y canto.

El Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, había desaparecido y los Ministros sabían menos que los periodistas.

La Zarzuela se cerró en banda y pedía calma y paciencia... hasta las 5 de la tarde. Y lo mismo los Presidentes del Congreso y el Senado. Los jefes de Prensa y los Departamentos de Comunicación de los Partidos ni se ponían al teléfono.

Los Presidentes autonómicos, algunos de los cuales estaban en Madrid por el acto previsto en la Zarzuela para el recordatorio de los 40 años de Reinado, no sabían qué hacer, si volverse o esperar a las 5 de la tarde. España entera vivía con máxima atención los acontecimientos. ¡Ni aquel 20 de Noviembre de 1975, el día de la muerte de Franco, había tanta expectación!.

Sobre las 3 de la tarde un medio se atrevió a mencionar la palabra que todos habían callado, por miedo o por desinformación. Fue el siempre atrevido y valiente “El Correo de España”, justo antes de las 2:55 h. lanzó esta información-comentario:

“Señores todos, El Correo de España está en disposición de adelantar lo que está pasando. Según nuestra mejor fuente el Rey Juan Carlos no está enfermo de gravedad, ni se ha suicidado, ni los Príncipes se van a divorciar... la noticia de hoy es y va a ser esta tarde, que el Rey ha abdicado y da por terminado su Reinado. Seguiremos informando”.

¡Y otra vez la máquina de los rumores se puso en marcha! Los tertulianos se estaban volviendo locos.

Alguno, celoso de los permanentes éxitos informativos de “El Correo de España”, quiso rebatir su credibilidad recordando que “ese medio ya filtró hace cuatro años la noticia de que el Rey había abdicado. Fue un fracaso estrepitoso”.

“Pues yo creo -replicó un Jiménez Losantos como superfeliz- que en este caso ECDE va a tener razón. Una enfermedad grave o un accidente no se comunican a la Nación a través de un Pleno Extraordinario de las Cortes Generales... una abdicación, sí”.

Naturalmente los informativos del mediodía se volcaron en el tema y todas las televisiones anunciaron que cambiaban la programación de la tarde para dar en directo el Pleno Extraordinario.

Bueno, todas no, porque Telecinco anunció que el “Sálvame” de Javier Vázquez .... daría la entrevista en exclusiva que habían conseguido con Isabel Pantoja en la cárcel de Alhaurin. (¡Un millón de euros! Para ellos, vale más que una abdicación).

A las 4 de la tarde, y a pesar de la lluvia que ya estaba cayendo sobre Madrid, los alrededores del Palacio de la Carrera de San Jerónimo fueron llenándose de un público expectante. Había mucha tensión en el ambiente. Tanta que los aplausos y los pitos sonaban casi al mismo tiempo cuando fueron llegando los diputados y las autoridades.

A las 5 en punto el Presidente pidió silencio y abrió la sesión con una voz ronca y un semblante muy serio. No faltaba ni un Diputado ni un Senador y las Tribunas para el público estaban ocupadas por Autoridades representativas de todas las Instituciones del Estado.

Había más de 300 periodistas acreditados y TVE se había comprometido a ceder la señal en directo a 40 cadenas nacionales y extranjeras.

“Señores Diputados, Señores Senadores, Autoridades institucionales aquí presentes -comenzó diciendo el Presidente de las Cortes- esta mañana, a las 10 en punto, la Casa Real me ha hecho llegar, en nombre de S. M. el Rey, dos sobres cerrados y lacrados, con el ruego de que se lean ante las Cortes Generales los documentos que vienen dentro.

Por tanto, y de acuerdo con la normativa vigente, ruego al señor Ministro de Justicia, que como Notario Mayor del Reino, se acerque a esta Tribuna y sea él quien abra los sobres reales”.

Y el Ministro, en este caso Ministra, la popular Ana Mato, se levantó del Banco Azul ocupado por el Gobierno, y subió a la Presidencia.

Abrió en primer lugar un sobre grande, sacó un pliego de papel papiro en el que había escrito un texto manuscrito con caracteres góticos y tras comprobar el sello Real y la firma del Rey se lo pasó al Presidente Acebes.

El cual, y con gran ceremonia, pasó a su lectura, en medio de un silencio total:

“Yo, Juan Carlos I de España, de acuerdo con la Constitución y la Ley de Sucesión, comunico a las Cortes Generales del Reino que he decidido, en el uso de mi libertad y con pleno conocimiento de causa,

ABDICAR la corona en mi muy querido hijo Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias. Al mismo tiempo le transmito todos los derechos hereditarios como jefe de la Casa Real.

Motivos personales y de salud, me obligan a ello. Juré hace hoy precisamente 40 años servir a España y a los españoles en cuerpo y alma y no sería fiel a aquel juramento si siguiera en la Jefatura del Estado mermado físicamente.

Además lo hago con la tranquilidad de saber que mi hijo está lo suficientemente preparado para ser un buen Rey.

Sólo pido a las Cortes Generales y al Gobierno que acepten esta abdicación y pongan en marcha con rapidez el mecanismo sucesorio, teniendo en cuenta que por prescripción médica tendré que ausentarme de España temporalmente a un clima más favorable para mi salud.

Y a los españoles les pido que den a mi hijo, el Príncipe de Asturias, todo el apoyo y todo el amor que me dieron a mí a lo largo de mi Reinado.

Sé que España ha cambiado mucho en estos 40 años y que hoy las sensibilidades políticas de las distintas Autonomías no son las mismas. Pero, también estoy seguro de que entre todos y con un nuevo Rey sabréis encontrar el camino más favorable para mantener la grandeza de esta España que siempre fue grande.

¡Viva España!

Yo, Juan Carlos, Rey.

Y el silencio profundo se rompió con un fuerte aplauso de todos los presentes en el salón histórico y gritos generalizados de ¡Viva el Rey! Y ¡Viva España!

Acallados los aplausos y los gritos el Presidente tocó la campanilla y pidió máximo silencio para proseguir el acto.

Entonces el Ministro de Justicia, como Notario Mayor del Reino, abrió el segundo sobre, comprobó su contenido y entregó al Presidente otro pergamino, igualmente escrito con caligrafía y letras góticas.

En este caso el Presidente le pidió a la Secretaria Primera de la mesa, la socialista Belén Landábaran, que procediese a la lectura del comunicado real, que decía:

“A los Españoles todos:

En este, mi último día como Rey de España, me dirijo a todos vosotros para agradeceros con un abrazo de amigo el apoyo y el cariño que todos me habéis prestado en los 40 años de mi Reinado.

Y cuando digo a todos me refiero a los castellanos de las dos Castillas, a los madrileños de Madrid, a los extremeños de Extremadura, a los gallegos de Galicia, a los cántabros de Cantabria, a los asturianos de Asturias, a los vascos de Euskadi, a los navarros de Navarra, a los aragoneses de Aragón, a los catalanes de Cataluña, a los valencianos de Valencia, a los murcianos de Murcia, a los andaluces de Andalucía, a los riojanos de Rioja, a los de Ceuta y Melilla, a los canarios de Canarias y a mis vecinos de Baleares... ¡a todos! A todos los españoles les envió hoy mi abrazo de agradecimiento.

Juré aquel ya lejano día del 22 de Noviembre de 1975 que me entregaría en cuerpo y alma al servicio de España y no creo que nadie me pueda criticar lo contrario.

Es cierto que en estos 40 años pasamos momentos difíciles como aquella desgraciada noche del 23 de febrero de 1981 (aquí se produce un imprevisto aplauso prolongado y general de todos los presentes que cortan la lectura de la secretaria; luego sigue la lectura). Es cierto que el Terrorismo de esos fanáticos de ETA nos sembró de cadáveres el camino de la libertad y la Democracia.

Es cierto que la terrible jornada del 11 de marzo del 2004 temblamos todos y todos lloramos la terrible tragedia de Atocha (otra vez aplausos generosos). Es cierto que en estos 40 años han cambiado las sensibilidades de las Autonomías y que Cataluña y Euskadi requieren un trato especial. Es cierto que la crisis económica que estamos viviendo en los últimos años nos está causando serios contratiempos.

Pero, amigos todos, en esta hora de mi despedida sólo os puedo decir algo en lo que creo firmemente: el pueblo español es tan grande que sabrá superarlo todo. España es tan grande que ni los peores demonios podrán con ella. Pero antes de mi último adiós quiero pediros como Rey y como padre, que apoyéis al Príncipe de Asturias como me apoyasteis a mí. Abdico la Corona y cedo todos los Derechos hereditarios a mi hijo Felipe por razones personales y de salud. Pero, os aseguro que España estará siempre presente en mi alma mientras viva.

¡Viva España!”

Y otra vez se produjo un aplauso general, con los gritos de rigor: ¡Viva el Rey! ¡Viva España!

El hemiciclo era un hervidero de emociones, y los periodistas estaban como locos.

Acabados los aplausos el Presidente tocó la campana y dijo:

Señores Diputados y Senadores, Señorías... Creo que llegado este momento y ante la necesidad de hablar que observo en las caras de todos me parece oportuno que nos tomemos un descanso de 10 minutos ¡solo 10 minutos! La Prensa espera ansiosa.

Y el Presidente tenía razón, porque los pasillos del viejo Palacio se transformaron rápidamente en improvisados estudios de Radio y Televisión. Entrevistas y declaraciones a go-gó sobre la abdicación del Rey y el proceso de Sucesión que vendría después del receso.

Las tertulias y los tertulianos echaban humo. Cesar Vidal dio un largo repaso a las abdicaciones Reales Españolas de todos los tiempos, aunque se centró en la de Alfonso XIII. Porque, según él, el texto que se presenta como su abdicación no fue tal, sino una Carta de despedida al pueblo español. La verdadera abdicación la hizo en Roma y sólo un mes antes de su muerte.

Pero, lo que centró el tema del texto hecho público en el Congreso fue la enfermedad del Rey. Para unos debía ser muy grave y acaso terminal, pues hasta ahora el Rey llevaba muy bien, y a pesar de las operaciones sufridas, sus 77 años.

Por su parte, “El Correo de España” sacó pecho y no sólo recordó que había sido la primera en dar la noticia de la abdicación, sino que aclaró lo que había sucedido años atrás cuando adelantó como rumor que el Rey iba a abdicar. “En aquella ocasión tuvimos que callarnos y aceptar las feroces críticas -decía- que nos hicieron todos los Medios por lo que consideraron una información frívola. Ahora, hoy, estamos en disposición de decir la verdad de entonces. Nuestra fuente no podía ser mejor, ya que era D. Sabino Fernández Campos, quien, aunque ya jubilado, seguía teniendo las mejores relaciones con la Zarzuela. Lo que pasó, según D. Sabino, es que cuando la Reina vio el texto de abdicación firmado por el Rey incluso, se lo arrebató de las manos y lo rompió en mil pedazos. Pero, nuestra información era cierta: el Rey había escrito su abdicación”.

A las 7 en punto de la tarde el Presidente de las Cortes pidió una vez más silencio y abrió de nuevo la sesión con estas palabras:

“Señores Diputados y Senadores, es el momento de que los Portavoces manifiesten la posición de su respectivos grupos antes de pasar a la correspondiente votación. Ruego a los intervinientes que sean lo más breves posibles, ya que sólo se trata de aceptar o no aceptar la abdicación de su Majestad el Rey”.

Y desde sus propios asientos los portavoces del PP, del PSOE, de UPyD, de I.U., de Convergencia, del PNV y los del Grupo Mixto fueron exponiendo su postura. En realidad, todos aplaudieron la decisión real, aunque los catalanes y los vascos con cierto retintín, dada su clara defensa pública de un Estado Federal. A continuación y como mera fórmula parlamentaría se produjo la votación que dio el resultado esperado.

Terminado el recuento y habiéndolo hecho anotar expresamente con fecha, día, hora y año en el Diario de Sesiones, el Presidente volvió a tomar la palabra y dijo: “Señores Diputados y Senadores, a continuación el Secretario va a leer a las Cortes reunidas los artículos de la Constitución de 1978 y los de la Ley de Sucesión correspondientes, sobre el mecanismo sucesorio a seguir desde este momento. Tenemos que fijar en esta sesión cuándo y a qué hora celebraremos el acto institucional de Proclamación del Príncipe de Asturias como nuevo Rey de España que debe ser cuanto antes para que la Jefatura del Estado no esté vacante. Por tanto ruego a los portavoces que vuelvan a tomar la palabra, comenzando por el de la Mayoría”.

Pero, en ese momento se produjo algo insólito e imprevisto. De pronto se oyó una voz ronca y potente que retumbó en el salón  de sesiones como un trueno. Era la voz del viejo senador D. Manuel Fraga Iribarne, que desde la Tribuna Alta donde habían situado a los Senadores decía:

“¡Señor Presidente!. Pido la palabra. Es urgente y grave lo que voy a decir!”

Señor Fraga, en el orden del día de esta Sesión no hay prevista ninguna intervención para sus Señorías. Así que no puedo concederle la palabra que solicita”.

“Señor Presidente, creo que un hombre que mide ya lo que le queda de vida por horas, que ha cumplido ya los 93 años y que lleva sentado en esta Cámara más de 70 años, se merece al menos cinco minutos, ¡solo cinco minutos! … y a lo peor me muero antes de terminar”.

Las palabras del señor Fraga provocaron grandes risas de los presentes y hasta la del propio Presidente, que ya en tono de humor dijo: “Bueno, bueno, Señoría tiene usted sus cinco minutos, pero ¡ni uno más!, que ya nos conocemos”.

“Señor Presidente, señores Diputados, señores Senadores, señorías todos. Como acabo de decir llevo 70 años en esto de la política y he sido Ministro de todos. Durante esos 70 años me he tragado todos los sapos del mundo (y de eso sabéis bastante todos los presentes), pero hubo uno en especial que se me atragantó y todavía mantiene mi garganta cerrada. Fue aquella jornada del 22 de noviembre de 1975 cuando tuvimos que proclamar Rey de España al Rey de Franco. Claro que no fui yo solo sino todos. Porque todos tuvimos que tragar la Ley de Sucesión y el Heredero que nos había impuesto... y lo hicimos por miedo, sí por miedo al ejército, que todavía era el de Franco. Pero, hoy después de 40 años de Democracia, ya no tenemos miedo a nadie, al menos yo y voy a decir lo que entonces callé: que la Monarquía vino sin que el pueblo español hablase si la quería o no o si quería otra cosa. Entonces el Heredero tuvo que rechazar las Leyes de Franco y no proclamarse Rey hasta que no hubiese hablado el pueblo Español. Entonces el Gobierno tuvo que dimitir y aquel Consejo de Regencia que se nombró por el Consejo del Reino tuvo que asumir momentáneamente todo el Poder del Estado y convocar con urgencia un Referéndum Nacional para saber si el pueblo quería Monarquía o República. ¡Y ya he dicho la palabra prohibida!

Pues bien Señorías todas, creo que ha llegado el momento de hacer las cosas como Dios manda. La proclamación del Nuevo Rey puede esperar hasta que el pueblo hable. Lo contrario sería volver a cometer el mismo pecado de entonces. Y solo hay un modo de poderlo hacer lo más rápidamente posible: que las Cortes Generales, estas Cortes aquí reunidas hoy, se autoerijan en Asamblea Nacional Constituyente, asuma todos los Poderes del Estado y sin salir de aquí se nombre un Consejo de Regencia que jure su cargo esta misma noche para evitar que la Jefatura del Estado quede ni un minuto vacante. ¡Esa es mi sugerencia! ¡Eso es lo que yo quería decir, Señor Presidente! No quiero morirme con aquel sapo de 1975 en mi garganta. Señorías, ahora ustedes tienen la palabra y no le tengáis miedo a las palabras: Asamblea Nacional Constituyente.

He dicho. Me han sobrado 2 minutos y 33 segundos”.

“Señor Senador Fraga Iribarne, le doy las gracias…

Pero, en ese momento se produjo algo grandioso por lo inesperado. El señor Presidente no pudo terminar sus palabras porque en ese momento la diputada Rosa Díez se levantó de su escaño y con voz fuerte gritó “¡Yo estoy de acuerdo con el señor Fraga!”.

¡Y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y

yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡Y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!,

¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡Y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡Y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡Y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y, yo!, ¡y yo!, ¡y yo!, ¡y yo!...

Y aquello fue de locura. Porque al contrario de lo que sucedió aquel 23 de febrero de 1981, cuando los Diputados se tumbaron en el suelo y se escondieron, aquí todos los Diputados y Senadores sin excepción se pusieron y se mantuvieron de pie en un silencio total, pero de pie. Y al decir sin excepción nos referimos también al Presidente del Gobierno y sus Ministros, que también se habían sumado al apoyo de la propuesta del Senador Fraga.

El Presidente de la Cortes tocó su campanita y tomó la palabra.

“Señores Diputados y señores Senadores, esto que acabamos de presenciar creo que lo cambia todo. Por tanto ruego a todos que se sienten y analicemos los pasos a seguir a partir de ahora... (en ese preciso instante se produce un revoleo en la tribuna alta donde había hablado el Senador Fraga y es que al político gallego le había dado un infarto y ya lo estaban atendiendo los servicios médicos del Congreso, quienes rápidamente lo sacaron del Hemiciclo para llevarlo al hospital más cercano)... Señorías, por lo que me dicen el Señor Fraga ha sufrido un paro cardíaco y esta siendo trasladado al Hospital Marañón. Esperemos que también de esta se escape el incombustible don Manuel. Y ahora volvamos a la realidad. Creo que el señor Presidente del Gobierno ha pedido la palabra. Señor Rajoy puede usted hablar, tiene la palabra”.

“Señor Presidente y señorías todos. Siendo consecuente con lo que acabamos de aprobar, yo también y los miembros del Gobierno todos, y sabiendo ya de la unanimidad de las Cámaras en favor de la transformación de las Cortes Generales en Asamblea Nacional Constituyente no tengo más remedio que poner a disposición de esta Asamblea mi cargo y el de todo el Gobierno. Al menos hasta que la mayoría de esta Asamblea, como valedora de todos los Poderes del Estado decida si sigue, aunque sea provisionalmente o se nombre otro Gobierno de inmediato. He dicho”.