AHORA, lo que se lleva mayormente es hablar de las libertades, glosar el respeto a las libertades, exaltar un sistema que, según dicen, permite el libre ejercicio de todas las opiniones, de todas las manifestaciones ideológicas y la expresión de cualquier crítica, por contraria que sea a quienes mandan. Bueno, pues eso es mentira. Mentira podrida. Porque la libertad de expresión plena no ha existido jamás en España y hora es ya de que se diga. No la hubo bajo regímenes autoritarios, lo cual resulta hasta lógico; pero tampoco la tuvimos cuando el país estaba gobernado por sistemas pretendidamente democráticos.

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Un repaso, por somero que sea, a la historia de la II República (cuyo medio siglo de nacimiento se ha conmemorado hace bien poco) lo demuestra irrebatiblemente. Nunca, en la historia de España, se ha perseguido tan sañudamente a la prensa de la oposición como entonces, ni nunca, tampoco, fueron clausurados más periódicos, censuradas más páginas y procesados por supuestos delitos de imprenta, más escritores. Los teóricos demócratas que fueron Largo Caballero, Indalecio Prieto, Manuel Azaña, Casares Quiroga, Martínez Barrios y demás políticos republicanos, persiguieron furiosamente a cuantos osaban cantarles las verdades en el papel impreso. Sin olvidar que las quemas de iglesias, los asaltos a centros políticos adversos y la extorsión pública para recabar forzada ayuda al Socorro Rojo no constituían, ciertamente, pruebas de acatamiento a la libertad de expresión.

 

La tristemente famosa Ley para la Defensa de la República fue un monstruoso alegato dictatorial, recientemente repetido por los singulares demócratas que ahora mandan. Porque tampoco es verdad que ahora gocemos de libertades plenas. Por lo pronto, el más sagrado de los derechos del hombre, el derecho a la vida, aparece más quebrantado que nunca. El chantaje del impuesto revolucionario conculca en el País Vasco, día a día, mes a mes, la libertad de disposición de los frutos del trabajo propio. Y una tremenda conspiración de silencio amordaza las informaciones sobre aquellos temas que no son gratos al poder constituido o a los preponderantes partidos marxistas.

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Porque la libertad de expresión y de crítica puede transgredirse de dos formas: abiertamente, como hacía el señor Arias Salgado (padre, se entiende), a base de lápiz rojo, o furtivamente, aplicando malévolas técnicas basadas en la comisión, la manipulación o la demagogia. Tal como está sucediendo actualmente. Basta repasar la mayoría de la prensa, que notoriamente actúa al dictado de las fuerzas en el poder. Esa prensa olvida sistemáticamente toda referencia a hechos, actos, libros, manifestaciones culturales, declaraciones, películas, obras teatrales, conferencias o sucedidos en general que no coincidan con sus ideas.

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Así, podríamos llenar muchas páginas con la relación de tan falaz actitud obstativa. Pienso, por ejemplo, en las referencias cinematográficas. Nos han aturdido cantando las excelsas virtudes de las películas que se estrenan, aupadas por una intención de propaganda marxista indisimulable. En cambio, no se ha dedicado una sola línea a aquéllas otras que mantienen posturas de oposición y rinden homenaje de recuerdo agradecido al franquismo. Para nada ha servido que éstas sean las de mayor recepción popular y aquéllas pasen fugazmente por las carteleras.

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El libro más vendido en 1980 fue Los últimos 476 días de Franco, del doctor Vicente Pozuelo. Los periódicos sufragados por el gobierno y los del marxismo no han escrito una sola línea sobre él; incluso han dejado de publicar las listas mensuales de best-sellers, donde aparecía en cabeza. Sin embargo, se han derramado toneladas de tinta para comentar con frenesí entusiástico docenas de publicaciones en la línea llamada democrática, que curiosamente, han circulado entre la total indiferencia del público.

No apelo a mi experiencia personal, porque me molesta protagonizar mis artículos. Pero tampoco puedo omitir el significativo trato que mis libros reciben; que para nada influye en su notorio y hasta hoy, desconocido éxito de ventas. Se ha publicado en la prensa valenciana que el ayuntamiento socialista de Elda me vetó como pregonero de las fiestas de Moros y Cristianos. Añado que dos embajadores de España (?) han torpedeado otras tantas conferencias mías, que debí pronunciar en sendas capitales extranjeras. No es un caso único; muchos compañeros padecen esa misma persecución, mientras por todas partes se exalta la libertad y se nos come el coco con los derechos tutelados por la Constitución.

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Repito: es mentira. Lo de la libertad de expresión constituye un grandísimo camelo, aunque parezca contradictorio que así lo declare en papel impreso. Pero ésa es la trampa, ésa es la coartada. Efectivamente, podemos (por ahora) denunciar estas cosas. Lo que no podemos es evitar que sucedan; que, en nombre de la democracia, se ejerza una presión constante sobre la opinión pública y se la manipule y se la confunda, con métodos astutos, indirectos, encubiertos, que por eso mismo, resultan mucho más arbitrarios que la tan justamente denostada censura oficial 

Fernando VIZCAÍNO CASAS

(Heraldo Español Nº 53, 6 al 12 de mayo de 1981)

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