Personas que aparentan saber, cuando, en realidad, sólo son unos marisabidillas

Cuando alguien presume mucho de tener grandes conocimientos en una materia que para los demás resulta atractiva, suele suceder que estemos ante un sabihondo, si es que nos molestamos un poco en indagar sobre aquellas materias. La realidad nos demuestra que los hombres realmente sabios acostumbran a mostrarse discretos y sencillos, muy lejos de la petulancia de los marisabidillas.

Estas expresiones proverbiales fueron muy populares a finales del siglo XVIII y también en el XIX. Su creación se debe al escritor y militar gaditano José Cadalso (1741-1782), que publicó cuando tenía 31 años una obra satírica contra los falsos sabios y los presuntuosos, titulada: Los eruditos a la violeta, o curso completo de todas las ciencias, dividido en siete lecciones para los siete días de la semana, publicado en obsequio de los que pretenden saber mucho estudiando poco.

En este libro, Cadalso crea un catedrático a la violeta, que reparte enseñanzas a todos aquellos que quieren aparentar sabiduría en sociedad, sin que sea necesario estudiar. Bastaba con aprender ciertos versos de carrerilla, nombrar a algún filósofo de moda, repasar índices, algunos latines y citar los libros de moda.

Cadalso explica exactamente su intención al publicar esta obra: en todos los siglos y países del mundo han pretendido introducirse en la república literaria unos hombres ineptos que fundan su pretensión en cierto aparato artificioso de literatura. Este exterior de sabios puede alucinar a los que no saben lo arduo que resulta poseer los conocimientos de una ciencia; lo difícil que es entender varias ciencias a un tiempo; lo imposible que es abrazarlas todas, y lo ridículo que es tratarlas con magisterio.

Se preguntarán ustedes: ¿por qué utilizó Cadalso la figura de la violeta? Sencillamente, hacía alusión a los petrimetres que poblaban los salones y cortejaban a las damas con versos malos y peores latines. Aquellos pisaverdes, más atentos a su indumentaria que a su cabeza, repeinados, adonizados, apestados con aguas olorosas de lavanda, jazmín, bergamota, ámbar y violeta, de cuya última voz tomó nombre la escuela de Cadalso.

José Cadalso y Vázquez de Andrade, usó el pseudónimo literario de Dalmiro (Cádiz, 8 de octubre de 1741 – San Roque, 26 de febrero de 1782), fue un militar español, muerto prematuramente en combate, y un valioso literato, recordado por sus obras: Los eruditos a la violeta, Noches lúgubres y Cartas marruecas.

Para no olvidarse de leer algo de nuestros eruditos, cuando estos petrimetres han empezado ya a invadir también el mundo de la política ¿Se han fijado?: casi todos son lectores y casi ninguno parlamentario. Habrá que pedir al CIS la encuesta del nivel cultural de nuestros representantes y del conocimiento de idiomas. Del trinque van sobrados.