En todas las culturas encontramos el mitologema del rebelde. En aquellas dos corrientes que fundamentan el mundo occidental, la griega (Atenas) y la judía (Jerusalén), están representados en dos mitos clave: el de Adán y Eva al comer el Fruto Prohibido y el de Prometeo al entregarle el fuego a los hombres. La transgresión del mandato divino lleva atesorada la perdición de la caída. En el mundo antiguo la rebeldía era un acto injustificado de vulneración de un tabú sagrado y, por ello, el rebelde debía ser castigado con severidad. Organizaciones secretas promotoras de la modernidad como la masonería hicieron de esa figura que ilumina —Lucifer significa “el que lleva la luz”—, la de alguien a quien reivindicar. Actitud asociada a la juventud, el “Mayo del 68” parisino convirtió al rebelde juvenil en un ícono social que la cultura pop haría inmortal a través del rock y de la cultura de masas (mass media).

Varios autores literarios del siglo XX han visto en la rebeldía una virtud y en el rebelde a un anti-héroe moderno. Así, Albert Camus retomó el mito de Sísifo para retratar el absurdo inherente a la condición humana. En su gran novela El extranjero (1942), Meursault, su protagonista, representa el mayor ejemplo de “rebelde” en literatura: heredero del mismo Wether, comete un suicidio simbólico al disparar repetidamente sobre un argelino, dejando una bala en el tambor del revólver: aquella destinada a él mismo; para convertirse, así, en un enemigo público que merece ser juzgado y ejecutado por su actitud anti-social representada en el acto negativo de no llorar en el funeral de su madre. En los EEUU, a la sazón primera potencia mundial al término de las dos grandes guerras europeas, la figura de “el rebelde” literario se revaloriza a través de diferentes obras y autores influidos mutuamente: 1) Pregúntale al polvo (J. Fante, 1939); 2) El guardián entre el centeno (J.D. Salinger, 1951); 3) La conjura de los necios (Kennedy Toole, 1980); 4) La senda del perdedor (C. Bukowski, 1982). Continuadores de una serie de novelas autobiográficas de autores tan dispares como Ernest Hemingway (Adiós a las armas, 1957) o Thomas Wolfe (El ángel que nos mira, 1929); y de una temática, la del sueño americano y su fracaso, representada brillantemente por F. Scott Fitzgerald en dos novelas inmortales: El gran Gatsby (1925) y Suave es la noche (1934); encontramos distintas variaciones del mismo motivo en dichos autores: la religiosa (Toole); la impresionista (Salinger); la realista (Fante); y la irónica (Bukowski).

El menos conocido de esta serie de libros pero, aún así, el más digno de reseñarse, es El rebelde de Robert E. Howard. Novela breve, poco conocida dentro de la amplia bibliografía del genial autor tejano, narra de forma autobiográfica un período de cuatro años en la vida de un joven periodista deportivo, aspirante a escritor, que tiene sus primeros amores y borracheras, que sueña con tener una carrera literaria y que boxea con su mejor amigo durante horas interminables en el jardín trasero de su casa. Un muchacho embargado por la nostalgia de un tiempo pasado que jamás vivió (mito de “la Edad de Oro”). El género “de aprendizaje” en relación con la iniciación a la vida adulta es uno de los más importantes en la literatura: se da en personajes como Teseo, de La Odisea, o en personajes como el bachiller Sansón Carrasco, de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El nombre académico, bildungsroman, proviene de los dos tomos dedicados a Wilhelm Meister por J.W. von Goethe. Autores como Dickens, Stevenson, Mann, Joyce, London o Twain, por citar algunos nombres, lo han explorado con brillantez. Sin embargo, estos autores modernos demuestran, con respecto a los antiguos de toda tradición, una evidencia ínsita al propio mundo moderno: la imposibilidad del autodescubrimiento espiritual en un panorama dominado por “la técnica” y “el reino de la cantidad”. Por ello, el rebelde moderno está obligado a “emboscarse” para no sucumbir a la dinámica de lo que le rodea.

Marx o Nietzsche criticaron con una lucidez temprana la figura del burgués. En su línea, varios autores españoles de la mal llamada “generación del 98”, puramente germanófila y schopenhaueriana —seguramente por vía krausista—, continuaron dicha crítica a través de distintas novelas autobiográficas de gran profundidad filosófica, donde destacan El árbol de la ciencia (P. Baroja, 1911) y La voluntad (J. Ruíz “Azorín”, 1902), protagonizadas ambas por sendos rebeldes en el marco de una España que naufragaba. El mundo capitalista es el mundo dominado por la figura del “mercader”, donde todo tiene un precio y el hombre es reducido a mero homo economicus. Frente a esa perspectiva, Nietzsche opone al “superhombre” (übermensch), que representa unos valores opuestos y enfrentados. Recordemos que para E. Mounier, «El burgués es el hombre que ha perdido el sentido del Ser, que sólo se mueve entre cosas, y cosas utilizables, desprovistas de su misterio». Como bien demuestran la trilogía de novelas de Beckett —Molloy (1951), Malone muere (1951) y El innombrable (1953)— en torno a la imposibilidad del regreso a casa (nostos) y de la épica en el viaje literario moderno, no es posible restañar la vuelta a un mundo de sentido. Todavía hoy hablamos de “BoBos” o “burgués bohemio” (bourgeois bohème) para referirnos a un tipo humano (paisanaje) de nuestro tiempo.

Volvamos a Howard quien, desde su condición de autor popular bien curtido en revistas como Weird Tales y, por lo tanto, eminentemente narrativo, ofrece una versión de la filosofía de Nietzsche encarnada en la figura de distintos héroes (Conan, Solomon Kane, Kirby O´Donell o “El Borak” Francis Xavier Gordon) pasados por el tamiz exótico y el hálito romántico que E. Said encuadraría bajo el acertado rótulo de “orientalismo”. Solo que, de nuevo, la imposibilidad de la trascendencia se salda con una apología de la violencia inconfundiblemente masculina y de claro corte materialista —la exploración fisiológica del cuerpo humano como material perecedero—, que está presente en toda la obra de Howard.

Así, en El rebelde el fracaso del autoconocimiento culmina con la paliza que el protagonista le propina a su jefe, que quiere constreñirle dentro del papel aburguesado de un burócrata sin vida espiritual, de un oficinista atrapado en el sinsentido. El cine también ha explorado, desde un nihilismo muy similar al de Howard, esta figura del héroe/anti-héroe norteamericano en numerosas películas como The Hustler (1961) o The Misfits (1961); o en toda la filmografía de Peckinpah, que representa una reacción violenta frente al progreso. Para ello son necesarias figuras protagónicas de weirds, “raritos” o inadaptados, tal y como aparecen caracterizados los protagonistas de películas como Midnight Cowboy (1969) o como Easy Rider (1969); y, por supuesto, de la propia novela El rebelde. La sociedad americana habría pasado de retratar a “el pionero” (pioneer) para retratar a “el rebelde” como figuras alternativas a una burguesía en continua expansión y evolución.

El alter-ego de Howard que protagoniza El rebelde termina asumiendo su incompatibilidad fáctica con el mundo moderno capitalista —el sino del rebelde literario— y marchándose en un autobús de destino desconocido hacia ninguna parte. Porque el aprendizaje, en el mundo moderno, no conduce hacia el interior de uno mismo o nosce te ipsum clásico, sino hacia la nada de un mundo material. En otras palabras: Teseo no puede salir del laberinto. Como en Fante, en Salinger, en Toole o en Bukowski, el destino no es más que un baile constante de trabajos precarios y desilusiones incesantes que ayudan a cimentar una condición errabunda de desarraigo y desasosiego perennes. Esa es la razón por la que todas las novelas seleccionadas acaban en un punto que es en apariencia irrelevante e insustancial: porque la vida no tiene sentido y porque solo la asunción de dicho principio puede llevar a transgredirlo éticamente con una actuación que haga “como si” la vida si tuviera un sentido; “como si” aún se habitara un tiempo anterior; la actitud de ser un rebelde, de ir “a la contra”; la actitud de reaccionar, en definitiva.

Como Hemingway, como Kennedy Toole o, como el protagonista de El árbol de la ciencia, Howard se suicidó. El 11 de junio de 1936 se voló la cabeza con su “Colt” del 38. Era el día de la muerte de su madre. Lo hizo en el pueblo de donde era oriundo, Cross Pains, donde transcurre la acción de El rebelde. Poco antes, le había escrito a su amigo August Derleth en una carta: «La muerte de los ancianos es inevitable y, sin embargo, a menudo siento que es una tragedia mayor que la muerte de los jóvenes. No quiero vivir para ser viejo. Quiero morir cuando me llegue la hora, rápida y repentinamente, en la plenitud de mis fuerzas». Siempre se tuvo por un fracasado y nunca aspiró a ser un viejo fracasado. Los imbéciles dicen que era un depresivo. Por último quisiera hacer un apunte final: la edición española de El rebelde fue publicada en el tomo doce de las obras completas de Howard, publicadas en la editorial La biblioteca del laberinto y traducidas por su responsable, el editor Francisco Arellano, un español nacido en Argentina. Si queda un rebelde hoy en día, alguien “hecho a sí mismo” que disponga sobradamente de “lo que hay que tener” en esta vida, ese es el propio Francisco Arellano, al que el poeta Luis Alberto de Cuenca retrató «disfrazado de Humphrey Bogart» en el acto de recitar un soneto de Píndaro: «Sin mujer, sin amigos, sin dinero,/loco por una loca bailarina,/ me encontraba yo anoche en una esquina/ que se dobla y conduce al matadero», dice el poema. Hombres de otro tiempo, en definitiva, auténticos rebeldes, que es la única forma digna que queda de ser hombre moderno.