DURANTE algún tiempo pudieron engañar; pero ya sé les está viendo el plumero de una forma total. Me refiero a los demócratas de toda la vida, a esa tropa de fervorosos defensores de la libertad, que a la hora de la verdad resultan más déspotas que nadie, más autócratas y más dictatoriales que aquel seboso, Idi-Amin, del que nunca más se supo. Son los falsos liberales, a quienes no se les pasa un minuto sin invocar los inacabables tópicos de una farsa que representan cada vez con menos convencimiento, quizás porque consideran que ya no necesitan guardar las formas.

 

No hay más que dar un repaso a eso que los periodistas cursis de la situación llaman el espectro político. El Partido Socialista, sumo depositario de las tradiciones democráticas del país, está regido de modo absolutista por el señor González (don Felipe), a quien no se le cayeron los anillos por simular una reelección por unanimidad clamorosa, que hubiese hecho ruborizar a don Pablo Iglesias. Para conseguir semejante adhesión masiva, privó de voz a los sectores del socialismo que no están de acuerdo con sus criterios políticos. La fórmula no tiene desperdicio. Nadie, sin embargo, se ha rasgado las vestiduras. Y hasta los mismos perjudicados acataron, con extraña y silenciosa resignación, la cacicada.

 

Lo del Partido Comunista ha rebasado todos los límites del decoro. Carrillo actúa en él con modos y sistemas de dictador clásico, que borra de un plumazo las más brillantes ejecutorias de aquellos militantes que osan discrepar de sus orientaciones ideológicas. La purga a la que ha sido metida la Ejecutiva, con violentas defenestraciones de personas que eran tenidas por ejemplares, está en pugna con el más elemental respeto a las contrapuestas tendencias que, inevitablemente, deben coexistir dentro de toda asociación, grupo o partido que mantenga unos mínimos de respeto a la ajena opinión. ¿Y no consiste en eso la democracia?

 

Que la UCD se desmantele, que quienes fueron sus figuras preeminentes escapen del conglomerado familiar de los tiempos brillantes y formen un partido disidente, es también consecuencia de la quiebra de la formulación dictatorial puesta en práctica por Adolfo Suárez en su época de líder centrista. Está claro que todos estos demócratas únicamente son capaces de mantenerse unidos cuando nadie, en su propia casa, les lleva la contraria. De no ser así, echa cada cual por su lado y airea los trapos sucios de una intimidad llena de sobresaltos. Lo que nadie acepta es dialogar, en busca de una solución armónica. ¿No es ese el ideal democrático?

 

El vergonzoso festejo de las elecciones para el Ateneo de Madrid ha dejado bien a las claras el auténtico talante de nuestros ilustres demócratas. Se pasan la vida proclamando las virtudes del sufragio, la ejemplar pureza del sistema y cuando llega el momento de confirmar las palabras con hechos, resulta que sacan a la luz todas las podredumbres y miserias de la fórmula electoral. El pío Ruiz-Giménez, apóstol de los derechos humanos, escapa por el foro y renuncia a su candidatura presidencial, después de echar en cara a sus opositores las más inauditas trampas. Cuando éstos le replican, tampoco se quedan cortos en la denuncia de irregularidades. ¿Pero qué es esto? ¿Pero qué raro concepto de la libertad mantienen estas gentes? ¿Pero cuál es la democracia que defienden?

 

No se diga cuando, quienes ejercitan virtudes democráticas, lo hacen a través de la llamada prensa libre. Entonces, su intransigencia y su sentido inquisitorial aparecen con tanta claridad, que están haciendo bueno al pobre de don Gabriel Arias-Salgado. Estos periodistas liberales piden todas las penas del infierno para quienes no opinamos como ellos, para quienes discutimos la política del Gobierno, en el uso de una libertad de expresión que dicen que nos concede la tan jaleada Constitución. Lo hacen con absoluto descaro, con violencias de expresión y recurriendo, incluso, al insulto y a la provocación. Curiosamente, incurren de continuo en todos los excesos que dicen reprobar.

 

Nada hay más triste que este diario contrasentido que padecemos: la paradójica actitud de quienes, clamando a voz en grito por las libertades, se las niegan a cuantos no comparten sus mismos puntos de vista. Tal es la penosa realidad de un sistema que ahoga de hecho toda oposición, so pretexto de defender la democracia. Que llega a ignorar hechos clamorosos (como la manifestación del 20-N) y que, cuando la magnitud del acontecimiento le obliga a darse por aludido, reacciona con increíble virulencia, contraviniendo todos los principios de la libertad, todas las normas jurídicas que son base de un Estado Democrático.

 

La triste verdad es que los primeros enemigos de la Democracia en esta España desorientada que nos toca vivir, son los tenidos oficialmente por demócratas. Se les da muy bien hablar y teorizar y discursear sobre el tema; pero cuando pasan al ejercicio práctico de sus doctrinas, no pueden disimular el mantenimiento de una constante histórica en la historia del liberalismo español: que sólo acepta la voluntad mayoritaria de los demás, cuando coincide con sus ideas.

 

(Heraldo Español Nº 85, 3 al 9 de febrero de 1982 VIZCAÍNO CASAS