AHORA, cuando en este país (antes llamado España), ningún político realiza la menor labor constructiva, les ha dado a todos, en cambio, por hablar de continuo. Están en plena diarrea dialéctica, no paran de charlar, de decir cosas (generalmente, estúpidas) por la radio, por la televisión, en los periódicos, en mítines, en congresos y en banquetes. Padecemos el castigo (quizás merecido) de una verborrea apabullante. Lo malo es que por la boca muere el pez, en boca callada no entran moscas y al buen callar llaman Sancho. Sabios, prudentes consejos, que los integrantes de la clase política desoyen a diario. Y así nos va y así quedan ellos.

El señor Satrústegui, uno de los más extraños personajes de esa clase política, conspirador antifranquista y conspicuo de aquella oposición adinerada, que en vez de jugar golf, con los de su clase, jugó a echar pestes de un régimen que les propició un saneado aumento de sus fortunas, compareció hace unos días en la tele, con ese aspecto suficiente y rematadamente cursi que suele distinguir a semejante grupúsculo singular de demócratas de toda la vida. Y allí largó tela, en profundidad, contra la feroz dictadura, lo cual, pese a todo, resultó mucho menos grotesco que su exaltado cántico al sistema vigente. Para don Joaquín, una de las víctimas de Munich, vivimos como nunca y el país (así llamado siempre por tan escurridizo ciudadano) atraviesa un momento esplendoroso, a todos los niveles. Como yo tengo un amplio espíritu liberal (digan lo que digan), con mucho gusto puedo gestionar cerca de mi amigo, el ilustre doctor Castroviejo una exploración óptica del señor Satrústegui. Su vista, evidentemente, anda fatal.

En la escalada de insensateces orales, ni que decir tiene que el maillot amarillo se encuentra mucho más disputado que en la aburrida Vuelta Ciclista a Media España. Hay que otorgar el primer puesto, exaequo, a un grupo de brillantes personalidades. Entre las que figura, obviamente, don Leopoldo Calvo-Sotelo, que lleva una temporada sensacional. Tan pronto se columpia enjuiciando alegremente (lo cual, en él, resulta pura paradoja) el problema de las Malvinas, como se tira planchas repetidas cuando alude al moderado optimismo que le causa la situación económica de España o llega a extremos que rozan el ridículo en su pretensión de hacernos creer que la imagen de nuestra nación, en Europa, mejora por instantes. Personalmente, la figura del presidente del Ejecutivo se me presenta cada día con mayor patetismo, porque siempre me entristece comprobar la repetida resistencia de los políticos fracasados, a reconocer el final de su periplo en el Poder. Fuéranse oportunamente y quizás dejarían en el pueblo un sabor de boca menos amargo y hasta cierto recuerdo condescendiente para sus errores. Con su empecinamiento, tan sólo aumentan la irritación de los ciudadanos.

¿Y qué decir de las excursiones orales del Teniente General Sáenz de Santamaría? No era frecuente que los militares compareciesen en los medios informativos para referirse a temas al margen de su profesión castrense. La prudencia, la discreción, solían ser características de los mandos del Ejército y de ahí su prestigio y reputación. Ellos cumplen unas funciones muy concretas y a ellas se limitaban en sus intervenciones públicas. El actual Capitán General de la IV Región ha roto semejante tradición, atacado por extraña fiebre comunicativa, sorprendió reiterando, en el espacio de pocos días, manifestaciones diversas, en las que vertía juicios y comentarios verdaderamente arriesgados. No estuvo afortunado el Teniente General y Emilio Romero le dedicó un espléndido artículo, ejemplo de varapalo escrito con la más pulcra expresión y el más contenido lenguaje.

Los desfogamientos verbales de Alfonso Guerra son ya tan habituales, que han perdido todo su interés. Este es el inconveniente y el peligro de los enfants terribles cuando carecen de sentido de la medida: se les termina tomando a risa. Hace tres años, las barbaridades que suele largar el number two del socialismo, no exentas de ironía y hasta de gracia, levantaban ronchas. Ahora ya no le importan a nadie, porque han devenido en otra boutade más de ese tipo. Por eso, sus últimas descargas de mordacidad, lastradas en esta ocasión con indudables dotes de mal gusto, no han importado a nadie. El señor Guerra, que pudo parecer un político agudo y con ciertas dosis de agresividad muy de tener en cuenta en su oficio, se ha desprestigiado a sí mismo, de tanto cargar la mano en las salidas de tono. No es mínimamente serio; y aquí necesitamos, cada vez más, políticos responsables y constructivos.

La campaña electoral andaluza viene propiciando oportunidades declamatorias a los personajes, personajillos y hasta figurantes de los partidos en liza. Da mucha pena resumir las estupideces que, mayormente, están colocando. Incurren en la demagogia más burda y formalmente, son un puro desastre. En este sentido, el staff directivo del partido gubernamental bate todos los records de penuria imaginativa y mala presentación. Curiosamente, sin embargo, los oradores del PSOE están desaprovechando la oportunidad de machacar a sus rivales más directos; lo cual obliga a pensar que muchos son los pactos, los consensos y los apaños que obligan a Felipe y sus muchachos a comportarse frente a UCD con una desconcertante benignidad.

También debe influir, por supuesto, la escasa capacidad de nuestros prohombres públicos para la actuación pública. Cada vez hablan peor, resultan menos convincentes. De modo que su verborrea se hace solemnemente aburrida; como sus programas.

 

VIZCAINO CASAS