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Completamos hoy la novela que escribió Francisco Franco y con el punto final celebramos la buena acogida que nuestros lectores han dado a la publicación del texto completo de la obra del que fuera Caudillo de España y Jefe del Estado.

Sabemos que para muchos ha sido una sorpresa, ya que el “Agit-pro” comunista se preocupó desde el mismo momento de la derrota del 1 de abril de manipular, enturbiar y tergiversar no solo la vida del Generalísimo sino también su obra. El “Diario de una bandera” . quizás la obra más importante de la literatura militar española, que en el momento de su publicación tuvo un gran éxito, luego la incluyeron en esa “lista  negra” marxista que lleva a la muerte civil…y lo mismo hicieron, o trataron de hacer, con “Raza”, una novela perfectamente encuadrable en la novela realista clásica de la literatura española y si no lo consiguieron del todo fue por el éxito que tuvo en el cine, con la versión magnifica que hizo José Luis Sanz de Heredia como director y Alfredo Mayo, Ana Mariscal. y José Nieto como principales intérpretes.

Sin saber por qué, o mejor dicho, sabiendo por qué, encontrar hoy un ejemplar de “Diario de una bandera” o “Raza” es como buscar una aguja en un pajar… y bien lo puedo decir yo que he tenido que remover Roma con Santiago para poder encontrar un ejemplar en una de las librerías de libros antiguos más conocida de Madrid: la librería  “Pérez Galdós”, a quien, aprovecho para enviarle mi agradecimiento. Y nada más. Esperamos, y espero, que su lectura les haya complacido y les haya convencido de que Franco no fue solo el Caudillo y el Generalísimo que salvó a España del comunismo sino también un intelectual, como he demostrado en los capítulos publicados en este “Correo de España” y un escritor como se ha demostrado con estas dos novelas y con los artículos que publicó en prensa con los seudónimos de Hispanicus  Macaulay  y Jakim Boor. Gracias y mis mejores deseos para el difícil futuro que nos espera.

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Dos años de jefe del Servicio de Información de Cataluña han envejecido a Pedro prematuramente; su cabellera, antes negra y brillante, se ha vuelto gris y descuidada, y las comisuras de sus labios se fruncen, imprimiendo al rostro un aire de amargura.

Si en el campo de la lucha contra las actividades de los nacionales ha cosechado éxitos, ha fracasado, sin embargo, en el difícil empeño de cortar la ola de crímenes de las hordas rojas. Su carácter se ha ido haciendo taciturno y reservado, y en su espíritu se han avivado los recuerdos de los años felices de la adolescencia, que hoy le persiguen como una obsesión.

En el tiempo transcurrido ha ido llenando su despacho de ficheros y carpetas, entre los cuales parece sepultado en vida. En uno de estos días en que con desgana trabaja en su oficina, la entrada de un miliciano requiere su atención.

MILICIANO. -Camarada Churruca, una muchacha desea hablarte. Dice son asuntos graves que sólo a ti debe confiar. 

PEDRO. -¿No la conocéis?

MILICIANO. -No; tal vez una aventurera. (Guiñándole un ojo.). Es guapa.

PEDRO. -No seas bárbaro, será algo de servicio. Pásala. (Entra una muchacha joven, vestida de negro, sencilla, pero bien arreglada; aunque no lleva sombrero, delata su distinción.) Pase usted. Siéntese. Usted dirá qué asunto la trae aquí.

LA MUCHACHA. -Primero quiero saber si es usted hermano del valiente Capitán Churruca.

PEDRO. -Sí, así se llamaba. ¿Por qué lo pregunta?

LA MUCHACHA. -Entonces es usted hijo de uno de los héroes de Santiago de Cuba.

PEDRO. (Contrariado.). -Bien. ¿A qué viene eso?

LA MUCHACHA. -Ahora mismo se lo diré. Soy Carmen Soler, viuda del Capitán García de Paredes, compañero de su hermano de usted y asesinado, como él, por los vuestros, en Montjuich. Todo lo que tenía en esta vida era él, nada me queda... Mi única ilusión es reunirme con mi marido, y, desde el día en que cayó muerto en los fosos de esa trágica y maldita fortaleza, me propuse seguir su camino: entregar mi vida por España. De modo que ya lo sabe usted. Fácilmente se adivina lo demás.

PEDRO. -¿Qué quiere usted decir? Puedo socorrerla.

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LA MUCHACHA (Con calma.). -No me entiende. Soy espía, espía de los nacionales. Sé que tiene usted los planos del frente y vengo a que me los entregue.

PEDRO (Bajando la voz.). -Pero, calle, ¡desgraciada! ¿No sabe usted que si la oyen la fusilarán en el acto?

LA MUCHACHA. -¡Así terminaríamos antes; pero no será! Vamos, no dude, deme los planos.

PEDRO. -Pero, ¿está usted loca? ¿No comprende que una voz mía, un timbrazo, supone su muerte? (Impetuoso.) ¡Salga, salga y olvídese de que ha estado aquí!

LA MUCHACHA (Resuelta.). -No, no me voy. Yo no me voy sin los planos. Usted me los dará. 

PEDRO (Amenazador.). -Mire que llamo...

LA MUCHACHA. -No, no llamará usted. Ya soy su cómplice. Nos matarían a los dos. Nadie querrá creer en lo que usted diga, lo malo es lo que mejor se cree y me creerían a mí. Decídase. (Levantándose y buscando.) ¿Dónde están los planos?

PEDRO. -¡En mi vida he visto un caso igual!

LA MUCHACHA (Suplicante.). -No vacile, entrégueme los planos.

PEDRO. -Pero, ¿cómo se le ha metido en la cabeza que yo le pueda dar a usted esos planos?

LA MUCHACHA (Con vehemencia insinuante.). -Porque usted no puede ser igual a esa canalla. No puede desmentir la sangre que lleva. Debe odiarlos tanto como yo; a usted le han asesinado dos hermanos, uno de ellos un santo (Pedro se turba.); usted no puede ser traidor a los suyos. ¿Qué espera usted? ¿Dónde está su Deber?

A estas palabras, el Jefe de Información inclina la cabeza y unas lágrimas empañan el brillo de sus ojos. Ella, entera e iluminada, aprovecha el momento para decidirle. 

LA MUCHACHA (Con voz más queda.). - Un servicio puede redimir una vida. Si usted sirve a los nacionales, mi testimonio mañana le salvará.

PEDRO (Arrogante, se endereza.). -Pero, ¿qué cree usted? ¿Que yo aprecio la vida? Por mucho desprecio que haga usted de la suya, yo hago aún más de la mía. Lo va usted a ver. (Va a un armario, coge unos planos, los dobla y los entrega.) Váyase, y guárdese su testimonio.

LA MUCHACHA (Dobla los planos fríamente, los guarda en su pecho y dice:) Deme usted una tarjeta de agente.

PEDRO. -Hoy, no.

LA MUCHACHA. -Volveré el lunes. (Al acercarse a la puerta vuelve la cabeza y le sonríe; él baja los ojos.)

El lunes siguiente, a la misma hora, se repite la visita. Pedro se levanta a su encuentro. LA MUCHACHA.-¡Hola, Jefe!

PEDRO. -No me llame así. 

LA MUCHACHA. -¿Cómo entonces? ¿Camarada?

PEDRO (Secamente.). -No; Pedro.

LA MUCHACHA. -Bien. Necesito siete avales para siete personas en desgracia, cuatro pasaportes para cuatro desgraciados que corren peligro y algo importante.

PEDRO (Con temor.). -¿Qué?

LA MUCHACHA. -Un estado de cañones y municiones del ejército.

PEDRO. -Eso no puede ser. Una cosa es que haga el bien que pueda, y otra eso.

LA MUCHACHA. -Más importante era lo del primer día.

PEDRO. -Calle, calle, tuve un mal momento, participé de su odio, explotó mi desprecio hacia todo esto; mas en frío, no; es demasiado, compréndalo.

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LA MUCHACHA. -No es usted consecuente. El bien hay que hacerlo a la Patria. La guerra está perdida para vuestra causa... (Él la mira con dureza.) Perdón, para este lado; cuanto antes termine, más vidas salvaremos. ¿Me dará los datos?

PEDRO. -No sé; no los tengo, es difícil. 

LA MUCHACHA. -Entonces los buscaré por otro lado.

PEDRO. -No, no; no se exponga; yo lo intentaré...

LA MUCHACHA. -Gracias, Pedro.

PEDRO (Le entrega, después de firmarlos de dos bloques, los avales y pasaportes pedidos.). -¿Estará usted contenta? Usted puede llenarlos. Que no se los cojan.

LA MUCHACHA. -No tema.

PEDRO. -Temo por usted.

LA MUCHACHA. -Gracias... (Marchándose y sonriendo.), camarada... (En voz baja:) ¡Arriba España!

Él la indica silencio con un dedo en los labios. Ella sonríe. Él también. La relación con Pedro ha valorado extraordinariamente los servicios de Carmen Soler; su audacia se ve, sin embargo, frenada por la conducta de Pedro; creía encontrar un rojo desalmado y ha descubierto, bajo la enorme tragedia que lo domina, un corazón sensible.

Se apercibe de la simpatía que despierta y no quiere alentarla; sin embargo, lo exigen el interés de la Causa y la promesa hecha ante el esposo muerto. Entregada a estas meditaciones, regresa Carmen un día hacia su casa cuando una mano acerada, posándose sobre su hombro, la vuelve a la realidad.

Antes de que pudiera revolverse, se siente asida por la muñeca, sobre la que siente el frío metálico de una esposa. Así, sin una palabra, es conducida a una de las checas de la Ciudad Condal. A través de un patio pasan a una pequeña habitación donde, tras una mesa de despacho, aparece sentado el que pasa por jefe, que conversa con dos sujetos mal encarados. Objetos de iglesia se destacan sobre un armario y en uno de los rincones. El agente se dirige al Jefe:

EL AGENTE. -Aquí está la muchacha.

EL JEFE. -Suéltala.

El agente le quita la esposa que unía su muñeca a la de la muchacha. Mientras el Jefe la interroga, los otros dos hombres y el agente se apoyan con displicencia sobre la pared.

EL JEFE. -Conocemos tus pasos, tus relaciones con los nacionales. Sólo puede salvarte tu sinceridad. (Imperativamente.) ¡Habla!

LA MUCHACHA. -Ignoro lo que preguntáis. Nada sé.

EL JEFE. -Ayudaré a tu memoria. ¿A qué vas a la oficina de Información?; ¿qué te lleva allí?

LA MUCHACHA (Decidida.). -El amor.

EL JEFE. -Mientes. No es cierto. Ibas como espía a buscar una información.

LA MUCHACHA (Con firmeza.). -No; estáis equivocados.

EL JEFE. –Veremos... (Abre un cajón y saca un salvoconducto y unos estados en papel de fumar.). ¿Los reconoces?... ¿Quién te dio estos estados?...

LA MUCHACHA (Palidece.). -Nada sé.

EL JEFE. -Rafael González ha sido más explícito: cantó antes de morir, no resistió al tormento. Veremos lo que aguantas tú. Es inútil que calles.

LA MUCHACHA (Resuelta.). -Bien. Es verdad; yo le entregué esos estados. Los robé en el Servicio de Información.

EL JEFE (Inquisitivo.). -¿Tus cómplices?...

LA MUCHACHA. -No los tengo.

EL JEFE. -¿Y Rafael González?

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LA MUCHACHA. -Un desgraciado perseguido; entre ellos buscaba quien, a cambio de salir de aquí, me llevase el mensaje.

EL JEFE. -¿Y tus relaciones con la oficina de Información?

LA MUCHACHA. -Me llevó allí mi odio. Sólo pensaba en servir a los nuestros. Me ofrecí de agente para hacer llegar informaciones falsas al enemigo. Procuré inspirar amores, fingí debilidades que no sentía, y, aprovechando los descuidos, robé los datos, papeles de las mesas; los engañé a todos.

EL JEFE (Dirigiéndose a los otros.). -Buena presa. (Dirigiéndose a ella:) Te gozas en el daño que has hecho. Confiesas tu odio.

LA MUCHACHA. -Sólo siento el mal que he dejado de haceros.

EL JEFE (Que ha.ido escribiendo en un pliego al compás que interroga a la muchacha, dice:) Bien; así acabaremos antes. (Dirigiéndose a los agentes:) Conducidla a la  cárcel; en seguida enviaré el atestado para que la despachen.

Vuelven a ponerla las esposas y sale serena de la habitación. Uno de los agentes que presencia el caso:

EL AGENTE. -¡Qué tía!...

OTRO AGENTE. -¡Lástima, es guapa!

EL JEFE. -Y peligrosa. Miraros en el jefe de Información, ¡idiotas!

La detención de Carmen ha causado en Pedro una viva impresión y corre a la cárcel a entrevistarse con el director. Su calidad de jefe del Servicio de Información le ha abierto hasta hoy todas las puertas. Ha llegado al despacho del director, que le recibe afectuoso.

EL DIRECTOR. -Está usted equivocado. Es una pájara.

PEDRO. -Se trata de un agente nuestro. Ha prestado grandes servicios. 

EL DIRECTOR. -Le han cogido datos que enviaba a los rebeldes.

PEDRO. -Datos falsos que yo le daba para que pasase a la España nacional. Es inocente; debéis soltarla.

EL DIRECTOR. -No sea iluso. Ya ha cantado cómo, mientras le fingía amor, le robaba los papeles. Ha confesado su odio hacia nosotros... ¡Buena pieza!... Entra un oficial de la cárcel y habla en voz baja con el director. Pedro, anonadado, apoya en su mano la cabeza.

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EL DIRECTOR. -Sí, que se cumpla. (Dirigiéndose a Pedro:) Venga. Va usted a verla.

Sale seguido de Pedro. En el foso de la fortaleza, un piquete de milicianos apunta a una mujer ante el muro. En la mano izquierda tiene ésta un pequeño crucifijo colgado de un cordón, que besa; serena, mira al piquete.  En el pretil del foso aparece el director con Pedro.

EL DIRECTOR. -Mire. (Señalando a la muchacha.)

LA MUCHACHA (Con el brazo derecho en alto.). ¡Arriba España!

PEDRO (Gritando.). -¡Alto, alto! (Corriendo a lo largo del pretil hacia el lugar. Una descarga interrumpe sus palabras.) ¡Asesinos!, ¡cobardes! ¡Asesinos de mujeres! Estáis llenando de fango y sangre a España. ¡Canallas! (Esconde la cara entre las manos.)

EL DIRECTOR. -La amabas, ¿eh?

PEDRO. -No, no la amaba.

EL DIRECTOR. -Ella lo confesó.

PEDRO. -Lo hizo por salvarme. Yo, yo le di los documentos. Ellos tienen razón; ellos harán una España honrada; nosotros la haríamos de criminales y asesinos. Ella me convenció: cuanto más dure esto, más sangre y más lágrimas. Odio y desprecio siento hacia vosotros. Hacia mí mismo...

EL DIRECTOR. -Quedas detenido.

PEDRO. -Sí, que empiece la justicia por mí, ya era hora. Pronto me seguiréis. El bien que hayamos hecho es lo único que puede quedarnos al final de esta tragedia.

EL DIRECTOR (Imperativo.). -¡Vamos!

Conducido por una pareja de agentes, seguido por un grupo de milicianos en otro coche, llega a la cárcel de Montjuich. Lo meten en un sótano donde hay muchos presos de filiación nacional.

UN PRESO. -¡Si es Churruca, el comisario de Información!

OTRO PRESO. -¿El poderoso?...

OTRO PRESO. -Sí, el dueño de salvoconductos y pasaportes.

EL PRIMER PRESO. -Será un espía.

PEDRO. -No me temáis. (Los presos le vuelven la espalda.) Tenéis razón, así soy de despreciable. No creo que os moleste mucho. (Algunos se van volviendo hacia él.) He sido un hombre equivocado, pero he encontrado mi camino, he buscado mi castigo. Mientras no lo cumpla, justo es vuestro enojo... Mas, al extinguirse mi vida, que va a ser en breve, ¿me haréis la merced de vuestra caridad?

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Un anciano se abre camino entre los presos y le dice:

UN PRESO. -La caridad de Dios es inagotable. Soy sacerdote. ¿Qué quieres?

PEDRO. -¡Gracias, Dios mío! (Cae de rodillas y le besa la mano.)

EL PRESO (Lo levanta.). -¿Puedo ayudaros?

PEDRO (Sereno ya.). -Sí, os lo agradezco. Un encargo quiero para los que me sobrevivan: que busquen a los míos, si alguno queda, y les digan que yo mismo me he acusado, que muero contento cara al Deber. Ahora, auxílieme, padre. (Y se va con él hacia un rincón.)

No pasa mucho tiempo sin que la defección de Pedro tenga sus consecuencias; a él ya se le tarda el pago de su deuda.

UN CARCELERO (Abre la reja y grita.). - ¡Pedro Churruca!

PEDRO. -Yo soy. (Levantándose.)

EL CARCELERO. -Listo.

Pedro se dirige al padre y se arrodilla ante él. El preso sacerdote lo bendice y absuelve. Pedro le besa la mano y se levanta contento.

PEDRO. -Ha llegado mi hora... ¡Arriba España!

LOS PRESOS. -¡Arriba!

Pedro sale contento hacia el sol que ilumina el foso. Los presos se arrodillan y se oye el murmullo de una plegaria... Una descarga suena fuera; luego, un tiro aislado.

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EPÍLOGO

La cruzada ha triunfado. El ejército rojo, batido por las fuerzas nacionales, huye buscando los pasos del Pirineo. Su gobierno hace días que se ha dispersado; un grupo de ellos, en la frontera, sostiene todavía la ficción del poder, mientras otros han buscado en Francia lugar seguro para sus personas. Barcelona ha sido rodeada por nuestros soldados y sólo en la fortaleza de Montjuich se mantiene enhiesta la bandera roja. Las explosiones de nuestra artillería la rodean, los defensores intentan huir y la bandera es sustituida por otra blanca.

A José le ha correspondido la tarea de asaltar la fortaleza. Sus tropas trepan por los glacis, salvan los fosos, coronan las edificaciones y hacen saltar los cerrojos de las prisiones librando a nuestros hermanos cautivos.

LOS SOLDADOS. -¡Hermanos, hermanos, arriba España! 

Caen muchos presos de rodillas. Algunos, enfermos, intentan incorporarse sobre sus camastros: "¡Viva, viva!", exclaman con voz apagada y el brazo en alto.

UN OFICIAL. -¡Pobre gente!

UN SOLDADO (Coge la cantimplora y se acerca a una cama.). -¿Un traguito de coñac?

UN ENFERMO. -Sí, venga. Me dará fuerzas.

UN ENFERMO DE EDAD (El sacerdote ya conocido.). -Yo necesito un sacerdote.

Mientras unos soldados auxilian a los enfermos, salen los presos. El Oficial grita a la puerta:

OFICIAL. -¿Está por ahí el Capellán? Avisarlo.

UNA VOZ. -Sí, aquí está.

CAPELLÁN (Entrando.). -¿Quién me solicita?

EL ENFERMO. -Yo, hermano. Soy sacerdote; creí morirme sin este consuelo. ¡Bendito sea Dios!...

CAPELLÁN. -¡Sea por siempre bendito!...

EL ENFERMO. -Le voy a entretener mucho, pero tengo muchos encargos: confesiones de cautivos en trance de muerte; disposiciones, mandatos a las familias; la última voluntad de los que cayeron. ¡Qué lucha por salvarlo en los registros! Los señalados con una cruz son más urgentes. Todos de interés. Este es e1 último fusilado. Pedro Churruca.

EL CAPELLÁN. -¿Pedro Churruca?...

EL ENFERMO. -Sí, así dice. ¿Le extraña por lo rojo?

EL CAPELLÁN. -No. Espere. (Se levanta y ordena a un soldado:) Avise urgentemente al Comandante Acuña que tenga la bondad de venir.

EL ENFERMO. -¿Qué le ocurre?

EL CAPELLÁN. -Se trata de su hermano.

EL ENFERMO. -Es extraño. Creo recordar que me dijo se los fusilaron...

EL CAPELLÁN. -Sí, lo fusilaron. Pero milagrosamente escapó a la muerte. (Entra Churruca.)

JOSÉ. -¿Qué desea?, padre.

EL CAPELLÁN. -Aquí, el sacerdote de este lecho, le contará algo que le interesa.

JOSÉ. -Usted dirá. 

El Capellán se aleja unos pasos.

EL SACERDOTE. -Daba a mi compañero una relación con los últimos encargos de los que aquí cayeron. Le hablaba de Pedro Churruca.

JOSÉ. -¡Pedro! ¿Qué sabe usted de él?

EL SACERDOTE. -Sí, Pedro Churruca. Aquí vino a morir. Él buscó su destino. No pudo sufrir la infamia que presidía todo. Se había puesto al servicio de los nacionales y cuando sorprendieron una muchacha heroica al servicio de la misma empresa y la fusilaron, no aguantó más: insultó a los verdugos y se confesó autor de todo. Buscó así una muerte honrada.

José, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, escucha.

EL SACERDOTE. -Me dio este encargo: "Haga llegar a los míos, a Isabel Churruca o a sus hijos, que, aunque tarde, muero por la causa que ellos supieron distinguir. Sólo deseo me consideren digno de llamarme Churruca..." Y me dio esta pequeña medalla para ella. (Desabrocha su pecho y saca una medalla cosida a la camisa, que desprende de ella.) Tome.

JOSÉ (La coge con emoción, la mira.). -¡De Jaime! (La lleva a los labios.)

EL ENFERMO.-Sí, de un hermano fraile.

JOSÉ (Con anhelo.). -¿Se salvó su alma, padre?

EL ENFERMO. -Se salvó. Hizo una perfecta confesión. Su contrición era sincera.

JOSÉ. -¡Qué alegría! ¡Qué peso me quita usted de encima! Por fin, ¡Churruca! ¡Qué alegría! (Mirando al sacerdote:) No podría comprenderme.

SACERDOTE.-Ya .lo creo que le comprendo. A mí me denunció mi propio hermano y muero sin ese consuelo.

JOSÉ. -Es verdad. ¡Padre! (Coge y besa las manos del sacerdote.)

EL SACERDOTE. -Hágase la voluntad de Dios.

Jose se separa para marchar rápidamente al servicio de Transmisiones; allí ruega a un compañero le haga cursar un telegrama dirigido a Isabel; con emoción escribe unas palabras en una hoja: "Comparte mi alegría. Pedro murió como un Churruca, salvándose. José." Madrid ha sido liberado. La abuela de Marisol, en una butaca, hace labor; ella, nerviosa, se mueve por la habitación.

LA ABUELA. -¿Qué te pasa, Marisol, que no cesas de moverte?

MARISOL. -No sé; tengo mucho miedo, abuela.

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LA ÁBUELA. -¿Miedo tú? ¡Y ahora que han entrado ya los nacionales!

MARISOL. -Sí, abuela; pero temo por el futuro.

LA ABUELA. -No lo entiendo.

MARISOL. -Sí, tengo miedo. Lo que no conocí en aquellos días de terror, lo conozco hoy ante lo que a ti te parece tan pequeño.

LA ABUELA. -Vamos, ven aquí. Siéntate. ¿No has tenido noticias? 

MARISOL. -Sí, muy buenas. Tano me las trajo del Estado Mayor.

LA ABUELA. -¿Entonces? MARISOL. -Es que no puedes imaginarte lo que pesa sobre mí cuanto por él hice. Mi dolor no pudo pasarle inadvertido; temo tanto verme querida por gratitud, por obligación... ¡Lo que daría por no haber sido yo!

LA ABUELA. -No seas tontuela. En amor, lo primero es sujetar al ser querido; lo demás (Con ironía.) es cuenta de una. Supiste arrancarlo de la muerte y no sabes sujetarlo en el amor...

MARISOL. -No me entiendes, abuela. Eran otros tiempos. Vosotros os conformabais con poco: ¡casaros! Nuestra generación es distinta; no admite un papel pasivo: verse querida por gratitud. Una vida así sería espantosa. No, no puedes comprenderme.

LA ABUELA (Sonriendo.). -Él te comprenderá, que es lo principal.

Mientras se desarrolla esta conversación, ha llegado José a casa de Marisol, encontrando a Tano junto a su portería. 

JOSÉ (Precipitándose hacia Tano.). -¡Tano, Tano! (Abrazándolo y besándolo:) Mi buen amigo. ¡Qué alegría! (Churruca entra en el portal abrazado a Tano.) ¡Cuánto deseaba abrazarlo! Y su hermana, mi leal enfermera, ¡qué buena también!

TANO. -¡Qué alegría va a tener la señorita! ¡¡Vamos!! (Abriéndole el ascensor.)

Un timbrazo en la puerta sobresalta a Marisol. Se oyen voces: "¡Señorita! ¡Señorita!" Tano aparece seguido de José, que se destaca en el umbral de la puerta. JOSÉ (Avanza dos pasos.). -¡Marisol!

MARISOL (Con voz muy queda, se arroja en sus brazos.). -¡José!... Ella, apoyada contra él, deja correr sus lágrimas de emoción.

LA ABUELA (Sentada de espaldas a la puerta, está oculta por el alto respaldo del sillón; interviene después de un momento de silencio.). -Buenas tardes, Churruca. ¿No me saluda? Mil felicidades.

JOSÉ (Cogido de Marisol, se dirige hacia la abuela.). Perdón, señora... (Le tiende la mano.) 

LA ABUELA. -¡Cómo le agradezco su llegada!, Churruca. Ahora que nos liberaron nos iba a matar el miedo... (Sonriendo y moviendo la cabeza.)

MARISOL (Sonriente.). -¡Abuela!

JOSÉ (Mirándola, con el brazo sobre sus hombros.). -¡Marisol! ¡Mi Marisol! ¡Por fin!...

MARISOL. -Sí. ¡Por fin!...

La Abuela se levanta y se aleja de los novios; antes de retirarse vuelve la cabeza para decirles:

LA ABUELA. -Así tenía que ser: como nosotros, Marisol, ¡como nosotros!

El anuncio del desfile de la Victoria concentra sobre la capital gente de todos los lugares de España. Madrid va a vestirse de gala por primera vez después de la Cruzada. Un ejército de 100.000 hombres, formado por las más distinguidas unidades, acampa en los alrededores de la población, esperando el momento de la parada.

Desde las primeras horas de la mañana de aquel día Madrid se pone en movimiento; un hervidero humano discurre 280 por calles y plazas; concentrándose sobre el itinerario que han de seguir las tropas. En la tribuna de invitados, Isabel, con Marisol y los chicos, ocupan un lugar en la primera fila.

A su lado se encuentra, de uniforme, el Almirante Pardo, el viejo camarada de su padre, que ha salvado la vida después de un horrible cautiverio. Isabel, vestida de negro, con severa elegancia, oculta en su corazón lo íntimo de su tragedia e intenta participar de la alegría de cuantos la rodean. Marisol, con un traje claro, ríe las ocurrencias de los chicos, que agobian al Almirante con sus ingenuas interrogaciones. Cuando llega la hora, el espacio se llena de toques de clarines y de alegre volteo de campanas.

La presencia de los voluntarios extranjeros enciende el entusiasmo de las masas. Los vítores a los pueblos amigos subrayan la gratitud indestructible de nuestra Patria. A la cabeza de los españoles rompe la marcha una lucida representación de nuestra Armada. El blanco inmaculado de sus gorras realza lo perfecto de la formación.

 Tempestades de aplausos surgen a su presencia, emocionando el corazón del viejo Almirante.

EL ALMIRANTE. -¡Por fin! ¡Cómo lo anhelaba! ¡Romper nuestras cadenas! ¡Lograr mi revancha!

EL CHICO. -¡Mamita, mamita! Yo quiero ser marino.

EL ALMIRANTE. -Lo serás; pero con honra y barcos.

EL NIÑO. -Sí; con muchos barcos.

Ahora son los Regulares los que despiertan la admiración de las tribunas. Sus bandas de cornetas y pífanos, seguidas de los grandes tambores, van adornadas con sus vistosas galas. Les siguen las filas arrogantes de los jóvenes alféreces en cabeza de los apretados escuadrones de nuestros leales marroquíes, con sus rostros de bronce bajo los turbantes blancos. Con los aplausos llueven las alabanzas. ¡Qué buenos y qué leales! Son la expresión rotunda de la obra de España.

Los batallones españoles desfilan curtidos por el aire y el sol de cien batallas; como nadie, valientes; más que todos, sufridos. Procesión de banderas victoriosas, desgarradas por el viento y la metralla, sus viejos tafetanes hechos jirones, entre las filas de nuestros legionarios, las boinas rojas de nuestros requetés y las camisas azules de nuestras Falanges. La reciedumbre de nuestra juventud que pasa. La aparición de José entre sus filas renueva el entusiasmo.

Su nombre corre de boca en boca en medio del aplauso. José sonríe hacia los suyos; sus ojos buscan los de Marisol, que, feliz, intenta ocultar su emoción.

ISABEL. -Vuestra alegría, Marisol, alivia mis penas.

MARISOL (Apretándose contra ella en tono quedo.). -¡Mi querida Isabel!

Desfile brillante de la caballería, de las masas de piezas artilleras, mientras en los aires el trepidar de los potentes motores llevan hacia lo alto todas las miradas. Los pájaros de acero dibujan en el cielo el nombre del Caudillo de España. Y palmotea el niño, entusiasmado ante tanta grandeza, y pregunta a su madre, alborozado:

EL NIÑO. -¿Cómo se llama esto?

Duda ella, antes de responderle, y el Almirante acude solícito en su ayuda.

EL ALMIRANTE. -Tu abuelo lo llamó los almogávares.

EL NIÑO. -¿Cómo?

EL ALMIRANTE. -Sí, los almogávares, que en nuestra historia fueron la expresión más alta del valor de la raza: la flor de los pueblos del Norte, lo más heroico de la legión romana, lo más noble y guerrero de las estirpes árabes, fundidos en el manantial inagotable de nuestra raza ibera. No olvides que cuando en España surge un voluntario para el sacrificio, un héroe para la batalla o un visionario para la aventura, hay siempre en él un almogávar.

Agradecimiento. Como transcriptor de la novela “RAZA” de Francisco Franco que “El Correo de España” viene publicando por entregas no tengo más remedio que agradecer a José Manuel Nieto y a Belén Rocío Bernete López la ayuda que me han prestado y me siguen prestando, sin la cual me hubiera resultado imposible. Gracias a ellos.