Éramos cuatro: Maldonado, Fernández, Peralta y yo. A mí me llamaban Colina, que es el apellido de mi madre. Estábamos internos en un colegio del sur, en Andalucía. Verano de 1984. El colegio se llamaba San José, pero su nombre de guerra, digamos, el nombre por el que todo el mundo lo conocía, era y supongo que sigue siendo –no sé si ese colegio existe todavía– Campillos. Campillos de concentración. Lo uno por ser el nombre del pueblo más cercano y lo otro, muy a propósito, porque allí, entre los muros que cercaban esa institución cuasipenitenciaria, se concentraba la peor ralea de la población española en edad escolar. Repetidores repetitivos, aprendices de delincuentes, gitanos, yonquis del mañana, golfillos vocacionales constituían el grueso de su alumnado. Yo, la verdad, no es que fuese nada de todo eso, ni era tampoco demasiado mal estudiante, pero tenía atragantadas la física y la química y las matemáticas y ésta fue la razón de que mis padres, siguiendo la recomendación de alguna alma caritativa, decidieran mandarme allí. Segura-mente también (pero esto lo pienso ahora) por quitarme de en medio ese verano, siendo yo como era, eso sí, un adolescente del tipo problemático y conflictivo.

Era el verano de las Olimpiadas de Los Ángeles y aquella noche, más bien aquella madrugada, se jugaba la gran final de baloncesto en la que, como muchos recordaréis, la selección de nuestro país competía por primera vez en su historia, y frente al todopoderoso dream team del país anfitrión, en pos de una inalcanzable medalla de oro. Un evento deportivo excepcional a cuya retransmisión en directo, también excepcionalmente, se nos permitió asistir a “los mayores”. De ahí, y de la coincidencia de tal evento con las fiestas del pueblo, surgió la idea de nuestra fuga.

Fue Peralta, de entre nosotros, quien tuvo la idea. Estábamos en la sala de la televisión, sentados los cuatro en la última fila. Aún sin acabar el partido, los comentaristas ya celebraban la medalla de plata como si fuese la de oro. Entonces Peralta corrió la voz. Su plan, dijo, era muy sencillo. En vez de volver con “el rebaño” a las habitaciones, cruzaríamos el patio a hurtadillas y saltaríamos el muro; iríamos a las fiestas del pueblo, “que ahora tienen que estar de puta madre”, y regresaríamos “a prisión” un poco antes del toque de diana, esperando agazapados en un rincón del patio (y especificó cuál sería ese rincón) a que sonase el timbre y saliese “la manada”, momento en el cual nosotros saldríamos de nuestro escondrijo y nos mezclaríamos con ellos para ir al refectorio a tomar el desayuno. «Por mis huevos que el plan es perfecto», concluyó Peralta, y nosotros, aunque no tan convencidos como él de la perfección de su plan, no dudamos un instante en aceptar llevarlo a cabo.

Todo nos salió, en principio, conforme a lo previsto, salvo una dificultad con la que no habíamos contado. Y fue que Fernández, debido a su muy pequeña estatura, se las vio y se las deseó para escalar el muro, el cual tendría unos tres metros de altura. Nos vimos obligados a hacer verdaderos malabarismos para auparlo hasta allá arriba, cosa que no logramos sino después de numerosas tentativas y no sin que peligrase la consecución de nuestro plan a causa del ruido que inevitablemente hicimos y del tiempo que perdimos remolcando a nuestro amigo. Cuando al fin lo conseguimos, el pobre Fernández estaba maltrecho por sus caídas y Maldonado, Peralta y yo, rendidos. Pero corrimos campo a través, exultantes de libertad, hacia las fiestas del pueblo cuya charanga llegaba hasta nosotros llenándonos de brío.

Una vez allí, hicimos lo que cabe imaginar: cogernos una cogorza de campeonato (medalla de oro), que en mi caso era la segunda de mi vida y en el de ellos, algo mayores que yo y desde luego mucho más experimentados, sin duda era una más en su dilatado palmarés etílico. Una cosa que sin embargo me sorprende, al recordar ahora aquella noche memorable, es que no nos dedicamos a correr detrás de las faldas, que haberlas naturalmente las había, sino que anduvimos por allí como quien dice a nuestra bola, saltando de garito en garito y brindando repetidas veces por el éxito de nuestra fuga. En uno de esos garitos Maldonado, que era muy facha, se arrimó a una pandilla de legionarios, trabando amistad con ellos y haciéndoles muchas preguntas sobre “el Tercio”, al que él mismo hubiese deseado pertenecer. Peralta bebía cerveza tras cerveza, soltando entre trago y trago una especie de aullidos de muy extraña entonación. Fernández, pasada la euforia inicial, empezaba a sentirse mal, el pobre, y parecía arrepentido de estar allí. Y yo, bueno, yo bebía y me sonreía interiormente, o no tan interiormente, poseído por una sensación de completa intensidad. No parecía, en efecto, que faltase ningún ingrediente: riesgo, aventura, fiesta y alcohol. Y todo ello envuelto en la ardiente noche del verano andaluz.

Recalamos por último en la discoteca del pueblo, discoteca Tamam, cuyo nombre todavía recuerdo, después de tantos años, porque allí me presenté, instigado, casi empujado por Peralta (“Colina, tronco, preséntate, que tú eres la hostia de guapo”), a un concurso de míster, resultando ganador y obteniendo como premio (de ahí el interés de Peralta) barra libre de cerveza y una placa conmemorativa de la que me deshice enseguida, un poco avergonzado de tan pueblerino galardón. Lo que nunca sabré es si ese premio lo gané por méritos propios o bien porque en el jurado, y nada menos que en calidad presidencial, resultó estar el que era nuestro profesor de matemáticas, un tipo bajito, regordete y bastante afeminado al que llamábamos por ello “el Primaveras”, el cual se me acercó al final del concurso, muy simpático y mariposón, para darme la enhorabuena, no sin antes preguntarnos a los cuatro que “uztede quillo qué haséi aquí”. Permanecimos no obstante en ese local, donde dimos (o más bien Peralta dio) buena cuenta de mi barra libre hasta que nos llegó la hora de regresar.

Por el camino de vuelta tuve que soportar las chanzas de Peralta y Maldonado, que no paraban de llamarme “míster Tamam”. No así Fernández que, apesadumbrado, no abrió la boca sino para decirles a aquellos dos que cómo podían estar tan tranquilos y que por qué no dejaban en paz “al chaval”, lo cual fastidió “al chaval” mucho más que las chanzas de los amonestados. Éstos, a su vez, la emprendieron entonces con Fernández, llamándolo “cagoncete” y otras cosas parecidas y jartándose a reír a costa de él.

La escalada del muro ya no supuso mayor dificultad, dado que éste tenía menos altura por la parte exterior y, también, por la destreza que habíamos adquirido en la operación-remolque anterior. Una vez que estuvimos todos del otro lado, Peralta nos condujo a través del patio al escondrijo convenido, que estaba en un recodo del edificio, cerca de la puerta por donde saldría, al toque de diana, todo el mogollón. Para eso faltaban aún algunos minutos, y en ese tiempo de espera vimos amanecer. Pero justo antes del toque de diana, cuando ya casi nos dábamos por salvados, sonó por los altavoces una voz que recitó: «JAVIER MALDONADO DE LAULA, JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, RAFAEL PERALTA GÓMEZ Y ANDRÉS GARCÍA-CARRO DE LA COLINA, PRESÉNTENSE INMEDIATAMENTE EN EL DESPACHO DEL DIRECTOR. REPITO: JAVIER...».

–¡Me cago en la puta! –exclamó Maldonado.

–Ése ha sido el soplapollas del Primaveras –dijo Peralta.

Más discreto que ellos, más recatado, Fernández tan sólo se echó a llorar.