Esta es la tercera parte y última de la reseña del libro Manuel Azaña (profecías españolas) de Ernesto Giménez Caballero (GC).

La cuarta sección se titula Reflejos históricos sobre Azaña, que se agrupan en dos tipos: los reflejos nacionales y los reflejos mundiales. En el primero se le compara con los revolucionarios decimonónicos, con Cánovas, con los comuneros, con Cisneros y Felipe II.

Cisneros fue -de hecho- el primer caso español (en grande) de una república presidencial española. Gobernó desde el 27 de enero de 1516 al 8 de noviembre de 1517, sin rey ni roque, al frente, en un paréntesis dinástico real, del país.

Cisneros, como Azaña, tuvo que enfrentarse con dos fuerzas hostiles que hoy tienen su nombre específico: “los extremistas”. De un lado, la extrema derecha, los nobles feudales e insurgentes. De otro, la extrema izquierda, las masas populares que fermentaban anarquía y desorden… (p. 184)

Entre los reflejos mundiales tenemos a Robespierre, a Lenin, a Cromwell, a Lutero, a Mussolini y otros. Pero el más logrado es el que considera a Azaña como el último caudillo americano:

Azaña es el último libertador americano de España. En rigor -la República Española- es la última República suramericana hecha por España. Viene tras la de Maceo, Martí, Gómez; la hecha en Cuba y firmada en París: 1898. (p. 196)

Con Azaña queda cerrado el secular ciclo de decadencia hispánica que iniciara el Taciturno. España pierde todo cuanto tiene que perder, hasta quizá el nombre, ese nombre de España, que ya no se pronuncia en la Península sino con graves precauciones, sibilina y peligrosamente. (p. 197)

Resulta muy oportuna esa comparación de los republicanos españoles con los “libertadores”   -masones como ellos- que protagonizaron la destrucción de la América española. La República fue la continuación de aquella destrucción de la Hispanidad en su misma cuna. Una inspirada por la masonería inglesa y la otra por la francesa, rabiosamente atea.

El libro se completa con un apéndice de Jean Becaude en el que certeramente se indica su gran interés, por la información que proporciona sobre Azaña como individuo y político y por la información que el propio GC proyecta sobre el personaje, con sus “predicciones arriesgadas y grandilocuentes”.

Se afirma que las indicaciones que proporciona sobre los orígenes familiares de Azaña son precisas y que el retrato presentado tiene más interés y resulta más vivo que otras biografías “serias” del personaje. También se hace referencia a “cierta tendencia fastidiosa de Giménez Caballero: la de atribuirle a su héroe, con generosidad sospechosa, de ser producto más bien de sus propias ideas y postulados que las de Manuel Azaña…”. La frase parece estar gramaticalmente averiada, pero se entiende: Los datos biográficos son correctos, pero GC proyecta sobre Azaña la política que quisiera ver puesta en práctica. Pero, en la actual perspectiva histórica, no resulta fastidioso, sino adicionalmente interesante.

El apéndice indica que el fallo del libro es

"… la extraña asimilación de Azaña a un parafascista o a un prefascista español en concordancia con las propias tendencias fascistizantes de Ernesto Giménez Caballero”.

Igualmente, en mi opinión, no es que sea el fallo del libro, sino que es ese el propósito -aun fallido- de GC. De hecho después leemos:

Comparar Azaña con el jefe del fascismo italiano es una empresa de cuyo peligro Giménez Caballero es plenamente consciente.

Es decir, que no se trata de un fallo de puntería de GC, sino que la caza salió indemne a la munición  fantasiosa que disparaba. El apéndice califica como “original y revelador” el paralelismo entre Azaña y los caudillos de la América hispana. Ciertamente está muy bien hallado y merece la pena repetirlo: “Azaña es el último libertador americano de España. En rigor -la República Española- es la última República suramericana hecha por España.”. Y menos mal que nos libramos de ella, porque pudimos acabar en república bananera pero sin plátanos.

Esta es la valoración final que se hace del libro:

Alternativamente grandilocuente, irritante, paradójico, excitante para el espíritu, esta obra es de aquellas en que lo mejor se sitúa al lado de lo peor, pero cuya lectura nunca aburre. No hay sino compararlo con el volumen frío y fastidioso de Nicolás González Ruiz que apareció este mismo año sobre Azaña. Mediante intuiciones sorprendentemente ciertas, enormes paradojas y trechos de “bravuras” para las “tertulias”, Giménez Caballero ofrece una serie de visiones de Azaña tomadas desde diversos ángulos, que después de cuarenta años permanecen sorprendentemente más vivas que las correctas censuras de González Ruiz.

Dejando aparte la comparación con el otro libro, que no he leído, suscribo completamente estas palabras.

 

 

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Una reflexión relacionada con el asunto. Como se ha indicado antes, con este libro GC quiso poner la pluma al servicio de la espada de Azaña, instándole a que se pusiera al frente de la “revolución pendiente” de España. Como Azaña no le hizo mucho caso -de hecho se rió bastante de la ocurrencia- y, además, en todo caso no tenía ni el temple ni la base intelectual para realizarla, GC pondría su pluma posteriormente al servicio de la causa falangista (y después franquista).

En este artículo (José Antonio y Azaña, del finado Enrique de Aguinaga) nos cuentan que Jose Antonio también intentaría en el 36, tras las elecciones de febrero, animar a Azaña a ponerse la República por montera creando un régimen autoritario de carácter social y nacional. Si en el 31 Azaña fue la revelación del régimen, y podía ofuscar la imaginación bastante revolucionada de un literato, es más difícil de entender que en el 36 Jose Antonio sucumbiera a una debilidad parecida.

También las derechas sufrieron esta especie de síndrome de Estocolmo. Azaña, un patético pelele del Frente Popular, se creció tanto al ver a los cedistas comiendo de su mano que tuvo la desfachatez de decirles que ahora la derecha era él y que aquella República ya no aceptaba a nadie a su derecha. Ciertamente, las derechas estaban muy desesperadas tras el fracaso electoral (que hoy sabemos que fue el robo de las elecciones) y vieron en Azaña el último freno posible a la revolución que el PSOE y las izquierdas voceaban día a día. ¿Pero cuál fue la causa del espejismo de Jose Antonio que le llevó a depositar sus esperanzas en este personaje? Fueron muchos los derechistas que afirmarían posteriormente que cualquier cosa era mejor que el anterior contubernio radical-cedista (aquella “victoria sin alas”). Quizás fue también su caso.

El artículo se refiere además al mensaje que Azaña, Presidente de la República, haría llegar de forma anónima y secreta mediante varios portadores al Jose Antonio preso. No entiendo qué propósito puede tener el tratar casi elogiosamente de este episodio que pone de manifiesto la ligereza política de Jose Antonio de una parte y la cobardía y bajeza de Azaña de la otra. El Presidente de una República en que se asesina a presos por millares y que en vez de hacer frente a la situación denunciándola y dimitiendo envía billetitos secretos al más ilustre de esos presos, debe ser denunciado como indigno y cobarde sin excusas.