Antes de la descripción, la entrega para descarga e impresión:

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En el árido descampado en cuya loma se encuentra el cementerio del Este existen, diseminadas a ambos lados de la carretera, modestísimas viviendas cuyos muros de ladrillo encierran pobres hogares de trabajadores; la proximidad de la Necrópolis está compensada por el alegre sol que se disfruta y el bello panorama que se descubre. En una de estas viviendas, que por su proximidad a un arroyo se permite tener un reducido huerto, se encuentra la casa de la hermana de Tano, una de esas buenas mujeres de nuestro pueblo, todo corazón y espontaneidad. Son esas horas primeras de la mañana, durante las que sólo discurren por las vías las gentes trabajadoras, cuando el carro de Tano atraviesa el barrio de las Ventas para detenerse en el corral de la casa de su hermana.

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En el hueco de la puerta que da a esa parte se enmarca la figura de Marisol, a quien sujetan, en su ímpetu por salir, los brazos amorosos de la hermana de Tano.

HERMANA. -¡Por Dios, señorita! No se mueva; yo les ayudaré.

Así, mientras el chico sujeta el carro, Tano y su hermana descargan con cuidado la preciosa carga, que, envuelta en la manta, depositan sobre la cama de la buena mujer. Marisol, que ha caído de rodillas al lado del cuerpo, va, con temor, descubriéndole el rostro para juntar su cara con la suya, mientras la estremece un hondo sollozo. De pronto, se separa con emoción y sobresalto.

MARISOL.- ¡Caliente! ¡Está caliente! ¡Parece que respira!

Tano y su hermana, que comparten con el sobrino la escena de dolor, suponen que desvaría.

TANO. -¡Por Dios!, señorita.

LA HERMANA (Intentando separarla.). - Venga, serénese.

MARISOL (Ha sacado, rápida, de su bolso un espejito que lo aproxima a los labios del mártir, exclama, mostrándolo con alegría.). - ¡Vive! ¡Vive todavía! ¡Tano! ¡Tano! ¡Un médico! (Rectifica pronto acongojada:) ¡No, no! Lo matarían de nuevo... Anda, Tano,  ¡pronto!... ¡Hay que buscar uno de los nuestros! Mira, en la Castellana, 12, vive el doctor Gómez, dale esta tarjeta mía (Escribiendo en ella.): "¡Venga, por Dios!" Vete pronto. (Le entrega un billete.) Toma un coche. (Dirigiéndose a la mujer:) ¿Tiene usted yodo?

MUJER. -Debe de haber un poquito aquí. (De un armario saca un pequeño frasco.) También tengo un poco de algodón.

MARISOL. -¡Gracias! ¡Dios mío! ¡¡Ayúdame!! (Toma el algodón y enjuga la sangre que mana una herida en el cuello.)

MUJER. -Déjeme, señorita. (Y con las tijeras corta la camisa a la altura del pecho. Aparecen dos pequeñas heridas en él.)

MARISOL (Amorosamente las seca y cura; también lo hace con la herida de la pierna.) - Basta así. No lo movamos. Esperemos que venga el médico. ¿Tiene café puro?

MUJER. -Sí. Lo tenía preparado para Tano.

MARISOL. -Deme un pocillo. (Y entreabriéndole la boca le vierte dos cucharadas. De rodillas, al lado de la cama, no abandona el pulso del herido.) Sí, ¡aún tiene vida!

MUJER. -¡Que Dios lo salve! Pasan unos minutos interminables hasta la llegada del médico.

MARISOL. -¡Cómo tarda! MUJER. -Calma, calma, señorita. Si no ha tenido tiempo.

MARISOL. -Es verdad, pero se muere. MUJER. -¿Pierde pulso?

MARISOL. -No; es que casi no tiene.

MUJER. -La Virgen de la Paloma nos ayudará, vamos a pedírselo. El ruido de un coche les interrumpe, de vez en cuando, su rezo inútilmente.

Por fin, ahora, sin sentirlo, se escucha la voz de Tano, que dice: "Por aquí, señor"; y en la puerta aparece seguido del doctor. Marisol corre hacia él.

MARISOL. -¡Gracias! Muchas gracias por haber venido. Se trata (En voz baja.) de José Churruca. ¡Tiene que salvarlo!

EL MÉDICO. -¡Veremos! (Saca del maletín una jeringuilla y administra al herido rápidamente varias inyecciones.) Esto es lo primero. Vamos a reconocerlo. Prepárenme, mientras, agua hervida. (Quiere hacerlo Marisol, pero la detiene la mujer.)

MUJER. -Deje, señorita; yo lo haré.

Mientras la mujer pone el agua al fuego, en una habitación inmediata, el médico, ayudado por Tano, Marisol y el chico, reconoce al herido sin moverlo.

MÉDICO. -Cuatro heridas.

MARISOL. -¿Graves?

MÉDICO. -Sí. Parecen muy graves. Sobre todo, esta del pecho. Es extraño no alcanzase el corazón. Es la peor. (Toma el pulso a José.) Bien, va reaccionando; esperemos. El herido inicia una respiración fatigosa, entreabre los ojos y vuelve a quedar postrado.

MÉDICO. -Ya podemos moverlo, con precaución. (Lo cura, venda y pregunta a Marisol:) ¿Qué habéis pensado hacer con él?

MARISOL. -Nada todavía. La sorpresa. ¡No sé!

MÉDICO. -Aquí no puede estar.

MARISOL. -No. Comprometerían a esta buena señora. 

MUJER. -Mire, señorita, por mí no lo hagan; también nosotros tenemos corazón.

MARISOL. -Gracias, gracias. (La abraza.)

MÉDICO. -Bien. Hoy sería peligroso trasladarlo. Que quede aquí dos o tres días y luego lo llevaré a mi clínica.

MARISOL. -¿Cómo? ¡Lo descubrirían!

MÉDICO. -No. En ese tiempo reacciona... (Pausa.) Así, cuando mejore, lo haremos pasar por un herido de la sierra. ¡Vienen tantos! (Muy serio.) Nadie debe saber su existencia. Que nadie sospeche.

TANO. -Descuide, señor.

MÉDICO (Dirigiéndose a la mujer.). -Usted, señora, se queda con Tano y con el enfermo. Dele café puro; cada dos horas unas cucharadas. ¡Yo vendré a la noche!

MUJER. -De noche, no, señor. En este barrio peligraría. Muy temprano, que es cuando circulan las personas honradas.

MÉDICO. -Bien. Vendré después del amanecer. Usted, Marisol, debe volver a su casa. Yo la llevaré. Mi coche de médico la protege. ¡Vamos! 

MARISOL. -¿Ya?

MÉDICO. -Es necesario. (Dirigiéndose a la mujer y a Tano:) Aquí les dejo las inyecciones; si decae, se las ponen. Tengan una siempre preparada. Vamos (Cogiendo por el brazo a Marisol.), tengo esperanza. Marisol sale volviendo la cabeza hacia el enfermo. El médico, animándola, le da unos golpecitos cariñosos sobre la cabeza.

MÉDICO. -¡Pobre Marisol! Anímese, que aún tenemos hombre. (Marisol intenta sonreír.)

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Un gabinete burgués en una casa de Bilbao. Isabel, allí sentada, repasa los periódicos. Titulares: "El Capitán rebelde José Churruca se hace fuerte en la Plaza de España, tras el monumento dedicado a Cervantes." "La traición del Capitán Churruca." "El Capitán Churruca ante el Tribunal popular..." "El Capitán Churruca insulta a la República, ante los jueces, provocando .al pueblo." "El Capitán Churruca, condenado a la última pena." "Se ha cumplido la justicia en el Capitán Churruca." Isabel deja correr las lágrimas ante los periódicos. Los chicos la consuelan.

EL NIÑO. -Mamita, no llores...

LA NIÑA. -Habrá ido al Cielo, mamá.

ISABEL. -Sí, hijos; estará en el Cielo. Habréis de pedir todos los días por él.

Sobre la mesa tiene una carta que lee y relee, pasando del periódico a la carta. La carta es de Marisol y dice: "Madrid, 30 de julio. -Querida Isabel: ¡Cuánto te he recordado en estos días! Compartí tu dolor y tu emoción. Hice cuanto pude... No desesperes, ten fe, como la tengo, y pídele a Dios la protección y ayuda que, constantemente, pide tu mejor amiga, Marisol." Isabel pasa la vista de la carta a los periódicos; éstos son del 24 de julio; la carta de Isabel, del 30.  No se explica cómo pueda tener fe y no desesperar...

¡Y ella que había llegado a creer que lo quería! 

La revolución roja, que en la mayoría de las provincias avanza arrolladora, arrastrando desbordada a los mismos que habían pensado en dirigirla, tiene en Cataluña facetas más perversas. En medio de la vesania anti-religiosa, que destruye templos y siega vidas de santísimos varones, se elige, con premeditación perversa, quiénes han de ser los religiosos a los que conviene perdonar la vida.

Entre los perseguidos destacan los hermanos de San Juan de Dios, del pueblecito de Calafell, en el que Jaime Churruca había encontrado el camino de perfección elegido. Su celo no conoce el descanso; los niños le idolatran. Sus manos son las más suaves para curar las dolencias de sus lacerados cuerpos y su inquietud divina 1a que más los alivia y consuela en los dolores del espíritu. 

Habían pasado muchos días y todavía no había llegado la ola de la revolución hasta el santo refugio, aunque las noticias de las sangrientas matanzas se hacían sentir cada vez más próximas. Fue una tarde de agosto cuando un camión de milicianos se paró en la puerta del hospital.

Los golpes de las culatas de los fusiles sobre la puerta hacen acudir al santo Prior, que, abriendo sus brazos, intenta detener el avance del grupo.

EL PRIOR (Hablándolos con energía.). -No es posible; yo no lo consentiré. Ustedes no pueden hacer eso. ¿Qué va a ser de estas criaturas? ¿Quién va a cuidar de ellos? Y cuando aquellos desalmados, empujándolo, intentan penetrar, exclama:

EL PRIOR. -Bien está, venid. (Abre las puertas de una sala y presenta aquel cuadro de dolor y de miseria.) ¿Seréis capaces de atropellarlos?

UN MILICIANO. -Ya lo verás, ¡so idiota! (Y empujándolo bruscamente a un lado, irrumpen todos en la sala.) ¡Aquí, a formar todos los clérigos, que os ha llegado la hora! Y sin hacer caso de los gritos de dolor de las criaturas, a empellones, sin el menor respeto, los sacan de la sala. Uno de los niños, postrado en su lecho de dolor, grita llorando:

UN NIÑO. -¡No quiero, no quiero! ¡Malos, malos! Otros niños, contrahechos y lisiados, se agarran a los hábitos de los frailes. Jaime lleva un racimo de chicos colgados de sus vestiduras.

JAIME. -Dejadme, hijitos, que me llama el Señor... (Y su espíritu se estremece, pensando en aquellas criaturas.) Sólo uno de los frailes, retenido por un quehacer, había permanecido alejado; a su llegada a la sala, ya habían salido sus hermanos en religión; sólo quedan unos milicianos y a ellos se dirige, diciéndoles con ejemplar y santa serenidad:

EL FRAILE. -Os olvidáis de mí... (Y sereno va a unirse a la triste comitiva.)

En medio de una bárbara y soez algarabía, son conducidos hacia la playa próxima.  Sin una resistencia, sin un gesto de dolor o de rebeldía, en fila interminable, marcha, entre insultos y bayonetas, la Orden de San Juan de Dios. Los cantos litúrgicos se elevan de aquella santa procesión de mártires.

Es ya de noche cuando llegan a la orilla del mar; bajo la luna se recortan los festones de espuma de las olas rompiendo sobre la arena. Un grupo de milicianos, con una ametralladora, espera, preparado. Las voces de los verdugos detienen junto a la orilla la procesión heroica; sobre el horizonte, las siluetas de los frailes se alargan hacia la altura, nimbada por los resplandores de la luna. Serenos y con la vista en alto esperan el sublime sacrificio.

Vibran en el espacio, con grandiosidad inigualada, las notas del cántico sagrado, que la ametralladora corta con su trágico y triste trepidar. En la noche de este día, cuando el terror duerme, como en los tiempos heroicos de las bárbaras persecuciones, unas santas mujeres descienden a la playa para dar sepultura a los sagrados restos, cortando de sus vestiduras,  como preciosa reliquia, el paño empapado en la sangre generosa de los mártires.

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Mientras esto sucede, Pedro, en Barcelona, se desespera para imprimir a los servicios de información disciplina y responsabilidad. Sus esfuerzos se estrellan desbordados por la revolución más sangrienta que la historia registra.

Patrullas del amanecer, cuadrillas de criminales, cárceles clandestinas y "checas" siembran el terror en la Ciudad Condal. Los agentes oficiales del servicio se debaten inútilmente intentando moderar lo inmoderable.

Unos policías a su servicio han detenido en la entrada de la población a un miliciano que transportaba en un saco el fruto de sus rapiñas. Es trasladado a presencia del Jefe del Servicio de Información. Los guardias vacían sobre la mesa de Pedro el contenido del saco; el miliciano, esposado, los observa con mirada torva. 183 Cálices, bandejas de plata, patenas, candelabros, reliquias y medallas se esparcen por la mesa del Jefe de Información, cuyo rostro se contrae en un gesto de ira.

PEDRO. -¿Dónde has robado esto? (Pregunta.)

MILICIANO. -Es todo de enemigos. (Replica con cinismo.)

PEDRO. -¿Esto?

Y al tocar el botín con la mano y extenderlo sobre la mesa siente el Jefe de Información la repugnancia del robo sacrílego; de pronto, atrae su atención un objeto que le es familiar. Una medalla. El Cristo de los Navegantes aparece en una de sus caras. Instintivamente lleva la mano a ella evocando los días de su juventud. Recuerda que él tuvo una medalla igual, y al contemplar la que tiene entre sus manos no puede reprimir un gesto: en el reverso figura una fecha, la del nacimiento de su hermano.

PEDRO (Arrebatado por la ira.). -¿Dónde has cogido esta medalla? ¿A quién le has arrancado esto?

MILICIANO. -Es de los frailes de San Juan de Dios, de los que apiolamos en Calafell.

PEDRO (Arrojándose sobre el Miliciano.). - ¡Canalla! Entregarlo al Jefe de Seguridad. ¡Así enterráis a la República!

Cuando salen los guardias, el Jefe cae derrumbado sobre el sillón. Su mano crispada sujeta la medalla de que pende una cadena de oro; su pensamiento vuela hacia su hermana, hacia su cuñado, de los cuales no tiene noticias.

PEDRO. -¡No; esto es una locura, esto no es el Deber! (Apoya la cabeza sobre las manos.) 

Habitación en un sanatorio rojo. José, herido, en una cama. Un gran vendaje le tapa gran parte de la cara. Unas gafas de concha desfiguran su rostro. Por debajo de ellas lee unos periódicos. Entra el médico.

MÉDICO. -¿Qué tal?, Fernández. 

JOSÉ. -Muy bien, don Mariano. Me siento con fuerzas (En voz baja.): ¿Y ella?

MÉDICO. -Calle, calle. Pueden oírnos. Usted sigue mal hasta que todo esté preparado.

JOSÉ. -¿Es que se va a acabar la guerra, y yo aquí? ¡Necesito pasar a la otra zona! Irme con los míos. (Pausa.) Hacerme digno del favor de Dios.

MÉDICO. -Ya irá, ya irá, ¡que hay tela! Mírese en mí. Prisionero de esta gente; siempre vigilado; curando y salvando rojos; ¡es horrible! Muchas veces pienso si no será mejor descararse, acabar de una vez. ¡Tantos estamos así!

JOSÉ. -Tiene usted razón. ¡Soy un insensato!

MÉDICO. -Un impaciente. Necesita fortalecerse; no es fácil salir. Hay que andar mucho para pasarse a nuestras filas. Yo, con la esperanza de hacerlo, doy grandes paseos, me estoy de pie muchas horas, subo y bajo las escaleras del hospital...

JOSÉ. -Yo ya hago ejercicio por la noche (En voz baja.): ¡Y Marisol! ¿Sabe usted algo de ella?

MÉDICO. -Sí. Tano estuvo ayer en la consulta; me trajo una documentación recogida a un desgraciado muerto; será desde hoy la suya. Quédesela, que la necesitará al salir (Lee.): "Dámaso Fernández, voluntario del batallón República, herido en la Sierra de Guadarrama." ¿Está bien?

JOSÉ. -Perfecta. Pero, ¿nada me dice de Marisol?

MÉDICO. -Está muy bien. Se ha hecho enfermera de uno de mis hospitales de niños. Es un sacrificio que ha ofrecido a Dios si usted se curaba. Curar incluso a sus enemigos. ¡Es ejemplar!

JOSÉ. -¿No va a salir, a refugiarse?

MÉDICO. -No lo creo. Le debe tanto a Dios, que no creo le hurte lo que ha prometido y que ella considera bien menguado pago.

JOSÉ (Bajando la cabeza.). -Tiene razón. Y... ¿he de irme sin verla?

MÉDICO. -Desde luego. 

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Desde este momento las horas se hacen para José interminables. Intenta inútilmente leer; unas veces es Marisol y su silencio el objeto de sus preocupaciones; otras, España, la zona nacional, su ausencia de las operaciones de guerra. Un incidente cualquiera puede torcerlo todo. Sólo la presencia del médico logra calmar sus ansias. Por fin se aproxima el momento esperado. El doctor ha llegado más alegre que los otros días; de pie, a su lado, aplaca su impaciencia.

MÉDICO. -Mucho cuidado, no cometa alguna imprudencia. Pasado mañana es el día. Puede usted salir un rato hoy, pero no se aventure más que a dar una pequeña vuelta sin sentarse ni entablar conversaciones. Una torpeza sería catastrófica. No lejos, en Alcalá, hay un dentista. Mañana, a las siete, irá usted allí, adonde irán a recogerlo.

JOSÉ (Apunta.). -"Alcalá, 128". ¿Nombre?

MÉDICO. -Doctor Vera. Una gran persona. Va usted a que le reconozca la boca, que le  molesta con neuralgias; diga que lo mando yo; si le pusieran resistencia, insista que lo espera.

JOSÉ. -¿Hay alguna contraseña?

MÉDICO. -Para éste no hace falta más; ya le he hablado. Entre nueve y diez, ya de noche, irá una camioneta a recogerlo; para ella es necesaria la contraseña: "Milicianos, a luchar." Nadie sabe más que es usted gallego, que se fuga porque tiene la familia en Santiago. No puede pasar sin los suyos y esto es todo. Si fracasase el intento, no debe perder esta personalidad.

JOSÉ (Apunta los datos en un papel y lo guarda.). -Gracias, gracias. (Abraza al Médico.) ¡Me siento capaz de todo! ¡Por fin! (De repente cambia de aire.) ¿Y Marisol? Unas líneas sólo, doctor. ¡Que no crea en mi egoísmo!

MÉDICO. -No insista. Su deber es obedecer. Yo le haré llegar esa inquietud sin peligro ni rastro.

JOSÉ. -Gracias.

MÉDICO. -Adiós. Si no hay novedad, no le veré ya. Suerte. 189 JOSÉ. -Gracias, muchas gracias. (Se abrazan con emoción.)

MÉDICO (Al salir.). -¡Dichoso él! Una casa de pisos de la calle de Alcalá, con una placa con el rótulo: "Doctor Vera, MédicoOdontólogo, piso 1.º" Frente a la puerta, José, vestido de miliciano, con la cabeza vendada y sus gafas negras, lee y entra. El ascensor lo conduce a la puerta del piso.

JOSÉ (Entrando.). -¿El doctor Vera?

DOCTOR. -Soy yo. Usted, sin duda, es Dámaso Fernández.

JOSÉ. -Así es.

DOCTOR. -Bien; pues pase aquí, a mi biblioteca, donde tiene usted lectura, pues hasta más tarde no le recogen. ¿Tomará usted algo conmigo? Una taza de café, que el paseo ha de ser largo. Aquí le tengo unos higos secos y chocolate, por si tiene que estar más tiempo en el campo. Las aventuras empiezan y no se sabe 190 lo que duran. Tome, llene los bolsillos, no vaya a olvidarse. Luego toca el timbre y viene una sirviente de edad.

DOCTOR. -Mire, Dorotea, va a ponernos algo de merendar y café.

JOSÉ. -Muchas gracias. No sé cómo agradecerle.

DOCTOR. -Cada uno trabaja como puede; no es brillante, pero es práctico. Me basta la satisfacción del servicio, oscuro, sí...

JOSÉ. -Y peligroso.

DOCTOR. -El final está descontado.

JOSÉ. -¿Por qué no se viene usted un día?

DOCTOR. -No es posible. Sólo así puede redimirse una vida. Tuve un pasado malo, de izquierdismo. Esto me dio influencia y posición en aquella sociedad corrompida. ¿Qué más puedo hacer que ponerlo todo en este servicio?

JOSÉ. -Todo se redime. Nadie podría negarle un perdón...

DOCTOR. -¡Sí; yo! (Con firmeza.)

CRIADA. -¿Se puede? 

DOCTOR. -Pase.

Ante el silencio de los dos, va poniendo la merienda en una pequeña mesa.

DOCTOR. -Déjelo; nosotros nos serviremos. (Sale la muchacha.)

JOSÉ. -¿Cuántos han pasado?

DOCTOR. -Ciento cuatro.

JOSÉ. -¿Sin novedad?

DOCTOR. -No. Una vez tuvieron que perder un día en una casa de labor, pero todo está estudiado.

JOSÉ. -¿Y el doctor?

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DOCTOR (Sirviéndole.). -Es muy difícil... Lo vigilan... En eso confiamos. Esta gente no respeta nada, ni la ciencia, ni la maestría. No hay un trabajador más recargado. Días de dieciséis horas operando, salvando vidas, y... ¡qué vidas algunas!

JOSÉ. -¿Hay muchos engañados?

DOCTOR. -Sí, como yo.

CRIADA. -Señor: Llaman de la portería, el mandadero del campo, si necesitan algo. Faltan huevos y patatas. 

DOCTOR. -Bien. Dile que le mando una nota, que espere. (Sale la criada.) Vamos, ¡aprisa! (De repente, observando que está a cuerpo, con un ligero uniforme de soldado, va a una habitación y le entrega una zamarra.) Tome, las noches son frescas y húmedas, póngasela. No se olvide: "Milicianos, a luchar." (Le da la mano. José lo abraza y se pierde en la escalera.)

Una camioneta cerrada, con los faros encendidos, espera a la puerta del dentista. José se acerca a ella. Un hombre de mono lo interroga: ¿Qué hay? JOSÉ. -"¡Milicianos, a luchar!"

HOMBRE. -¡Bien!, sube. (Abre la puerta de atrás Y le mete dentro.) No hablen. Si nos detienen, vienen convidados por mí, a recoger víveres para los hospitales.

JOSÉ. -Bien.

HOMBRE. -¿Tu nombre? 

JOSÉ. -Dámaso Fernández. El hombre cierra de nuevo. La camioneta se pone en marcha. Pasa por un punto de registro.

UNO DEL REGISTRO. -¿Eres tú?

HOMBRE. -Sí.

EL DEL REGISTRO. -Que nos traigas huevos.

HOMBRE.-Si los encuentro...

En otro registro.

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UNO DEL REGISTRO. -¿Hay algo para el jefe?

HOMBRE. -Sí, un paquete de la parienta. (Y le arroja un paquete como de ropa.)

OTRO DEL PUESTO. -Oye, ¿a cómo andan las patatas?, que aquí no hay.

HOMBRE. -Creo que a peseta, ¿queréis?

EL DEL REGISTRO. -Sí, trae lo que puedas.

HOMBRE. -Pocas, que los hospitales andan mal. ¡Salud! Para la camioneta ante una bifurcación con un camino; a veinte pasos se levantan dos sombras.

UNA VOZ. -¿Quién va? 

HOMBRE. -"¡Milicianos, a luchar!"

LA VOZ. -Aquí estamos. ¿Cuántos son?

HOMBRE. -Cinco, uno herido.

UNO DE LA RONDA. -Mala cosa; hay que andar mucho. (Saltan a la carretera y se reúnen en la senda.)

CONDUCTOR (Dirigiéndose a José.). - Tienes treinta kilómetros de mal camino. ¿Podrás?

JOSÉ. -Sí, y aún más.

EL MISMO GUÍA. -Si no puedes, cógete a uno y alternaremos.

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Antes de las cuatro hay que pasar el río. Marchando en fila india transcurren varias horas de andar interminable a través del campo, con frecuentes detenciones en que a la señal que emite el guía, un ligero silbido de pájaro nocturno, se arrojan al suelo; otras veces es realmente un ave la que causa la detención. A lo lejos rompe la calma el sonido de las ametralladoras o los tiros de alarma de los centinelas. Se pasan rozando algunos puestos rojos; el paso se hace más cuidadoso y cauto; el  corazón de los fugitivos late con fuerza, pero, por fin, se alejan del peligro y alcanzan los cañizos de la orilla del Tajo.

UNO DE LOS GUÍAS. -Por aquí, esperar un momento. (Recorre la orilla del río, desaparece y vuelve a aparecer con una cuerda y algo que remolca: es como un cajón flotante. Da unos silbidos cortos, como canto de ave, y le contestan desde el otro lado.) A ver, el primero, el herido. (Pasa José al cajón, que se aleja hacia la otra orilla, tirado por una cuerda. Ya en ella, salta.)

UN HOMBRE. -¿Se ha mojado?

JOSÉ. -Un poco.

HOMBRE. -Sí, trae mucha corriente.

A los pocos momentos los seis, con los dos guías, remontan el talud del río y toman una senda al lado de un arroyo afluente. Se paran.

EL GUÍA. -¡Esperar aquí! (Avanza cantando.)

UNA VOZ. -¡Alto! ¿Quién vive?

LA SOMBRA.- España. El río viene crecido. (Aparece una patrulla con un cabo.)

EL CABO. -¿Y los demás?

EL GUÍA. -Atrás quedan. 

EL CABO. -¡Llámalos! (El Guía silba de nuevo. Es contestado y aparecen los pasados.)

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EL CABO. -Seguirme. Vamos a ver al jefe.

Por una senda, entre la maleza, abandonan el Tajo, desfilando ante un campo de olivares hasta llegar a una casa modesta de labor en la que está establecida una oficina. Es la 2.ª Sección del Estado Mayor.

Entran todos en un pequeño local. Ante el Jefe de la 2.ª Sección del Estado Mayor.

EL JEFE DE LA 2.ª SECCIÓN.-¿Qué tal el viaje? (Dice interrogando al guía.)

EL GUÍA. -Muy bien.

EL JEFE. -Pase y que le den café y preparen algo para éstos. (Dirigiéndose al ordenanza.) Llévalos al comedor y prepara café y churros, que ya va a amanecer. (Interroga a los pasados. José se ha puesto el último.) Usted, ¿quién es? (Dirigiéndose a uno.) 

EL PASADO. -Julio Latorre, profesor de la Universidad.

EL JEFE. -¿Familia en esta zona?

EL PASADO. -Sí, mis padres en Valladolid.

EL JEFE. -¿Quiere telegrafiarles?

EL PASADO. -Si es posible, desde luego.

EL JEFE. -¿Conoce usted algo de interés para la guerra?

EL PASADO. -Sí, la llegada de 6.000 internacionales a Madrid, anteayer.

EL JEFE. -Bien; luego ampliaremos. (Toma nota.) Otro.

OTRO PASADO. -Padre Marchena, jesuita.

EL JEFE. -¿Familia en nuestra zona?

EL PASADO. -La Compañía de Jesús.

EL JEFE. -¿Noticias?

EL PASADO. -De guerra, ninguna; de otro carácter, muchas: crímenes sin cuento y esta nota de recados.

EL JEFE. -¿Desea telegrafiar?

EL PASADO. -Después de los demás.

EL JEFE. -Otro.

EL PASADO. -Pilar Bustamante.

EL JEFE. -¿Cómo?

LA PASADA. -Sí, sacrifiqué mi cabello; estaba muy perseguida por visitar a los camaradas presos, por facilitarles auxilios. Llevo dos meses haciendo de muchacho.

EL JEFE. -¿Noticias?

LA PASADA. -Sí. Tengo nota de dónde están colocados unos cañones. Yo dormía en unas covachuelas cerca.

EL JEFE. -¿Algo más?

LA PASADA. -Sí. También traigo algunas notas que me han dado los camaradas de Madrid. (Se sienta, deshace la alpargata y saca un librillo de papel de fumar; sus hojas están totalmente escritas.)

EL JEFE (Leyendo.). -Buen servicio.

LA PASADA. -Me alegro. (Los otros pasados la contemplan con admiración.)

El Comandante toca un timbre y aparece un suboficial.

EL JEFE. -Oiga, Pelayos. Acompañe a esta señorita a Talavera y, a cargo del servicio, que  le faciliten una primera ropa, que estará deseando recuperar su feminidad.

LA PASADA (Sonriendo). -Gracias; casi me había acostumbrado. (El suboficial la mira con extrañeza.)

EL JEFE. -Venga luego.

LA PASADA (Al salir, exclama:) ¡Arriba España! (Los otros contestan:) ¡Arriba!

EL JEFE. -Otro.

OTRO PASADO (Un muchacho de quince años). -José de Sandoval.

EL JEFE. -¿Familia?

EL PASADO. -Toda asesinada en la zona roja: padre, madre y dos hermanos.

EL JEFE. -¿Cómo te salvaste?

EL PASADO. -Estaba en el colegio. Mataron a los frailes y nos echaron a la calle, todavía con el guardapolvo del colegio. Cuando fui a casa nadie quedaba allí; se había instalado la F.A.I. Me preguntaron a qué iba y contesté que a ver cómo se instalaban los camaradas; entonces me enseñaron la casa y me preguntaron: "¿Eres de la F.A.I.?'' Dije que no, por la edad; me contestaron que ya no funcionaban esas monsergas; me dieron un carnet y con él viví este tiempo.

EL JEFE.- ¿Noticias?

EL PASADO. -Nada. Muchos rusos en Madrid. El Hotel Florida, lleno.

EL JEFE. -¿Cómo lo sabes?

EL PASADO. -Era "botones" del hotel.

EL JEFE. -Quédate, entonces, que habrá que ampliar.

EL PASADO. -Yo quiero alistarme; para eso me pasé. Nadie puede oponerse; nadie me queda. (Dice resuelto.)

EL JEFE. -Bien (Le estrecha la mano.). Te quedas con nosotros.

EL PASADO. -¿En la Legión?

EL JEFE. -No; esto no es la Legión.

EL PASADO. -¡Ah! (Con desencanto.)

EL JEFE. -Bueno, ya hablaremos. ¡Otro!

Le toca su turno a José.

JOSÉ (Echa encima de la mesa su documentación.). -Esto es lo oficial, lo que conviene. ¿Estamos solos? (Mira hacia los lados.)

EL JEFE. -Sí; aquí puede hablar sin temor.

JOSÉ. -Soy el Capitán Churruca, fusilado por los rojos el 7 de agosto.

EL JEFE. -¿Usted Churruca? Se quita su vendaje y sus gafas.

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JOSÉ. -Sí, cuatro tiros y la ayuda de Dios.

EL JEFE (Se levanta y le abraza.). - ¿Noticias?

JOSÉ. -Este estado. La columna de la derecha, quitándole el último cero, son muertos del enemigo en las distintas semanas; la de la izquierda, heridos. Es lo único que en el hospital pude saber.

EL JEFE (Recoge el documento.). -¡Qué enormidad! ¿Fidelidad de la noticia?

JOSÉ. -El director es de los nuestros: el doctor Gómez.

EL JEFE. -¿Quiere avisar a alguien?

JOSÉ. -No; es mejor que no lo haga. Conviene que quede en silencio mi vida ya que peligrarían las de otros que me han salvado. Todos me creen muerto y mi caso tuvo extraordinario relieve. 

EL JEFE. -Es verdad. Hasta aquí llegó. Magnífico, magnífico. ¡Qué alegría para todos! ¡Qué emoción al leer en la prensa roja su conducta! Sí, ya sé yo a quién telegrafiar.

JOSÉ. -¿A quién?

EL JEFE. -A Moscardó y a los suyos.

JOSÉ. -¡Ah, sí! Pero mejor es que no lo haga, pues no sabrían moderarse. Iré yo... ¡Qué alegría! ¡Abrazarlos! Al Borlilla, a Alba, a todos.

EL JEFE. -Alba murió. ¿Quién es el Borlilla?

JOSÉ. -Un valiente capitán de la Guardia Civil, antiguo oficial del Tercio. Ossorio se llama.

EL JEFE. -También ha muerto en la defensa.

JOSÉ. -¡Qué dolor! EL JEFE. -¡Sí, es todo tan duro!... (Cogiéndole por el brazo.) Vamos al comedor.

Agradecimiento. Como transcriptor de la novela “RAZA” de Francisco Franco que “El Correo de España” viene publicando por entregas no tengo más remedio que agradecer a José Manuel Nieto y a Belén Rocío Bernete López la ayuda que me han prestado y me siguen prestando, sin la cual me hubiera resultado imposible. Gracias a ellos.