Alcanza la belleza. Cruza ahora la ventana entreabierta del despacho. Ella es. La veo en silencio. Deambula de acá para allá, se muestra como la coqueta de la casa. Mira distraída alrededor y busca algún signo de desesperación, quizás una mirada perdida más allá del horizonte finito y alcanzable de la enorme pieza decorada. La perfección es el anticipo de la tragedia. Todos parecen intuirlo. La gente del pueblo transita por las calles capitalinas y avanza silenciosa por los caminos secos del país, pero el Presidente todavía no se ha dado cuenta de nada. O tal vez cierra su boca mascando una bola que no pasa.

El anticipo intenta embellecer con una capa de dulzura los primeros suspiros de la mañana. El sol ha salido por encima de los tejados altos, ilumina cándido y con un pudor inefable lo que más tarde arderá bajo sus rayos feroces. El hombre deambula perdido en su propio yo. Busca la respuesta a tantas noches en vela. Piensa en el destino de su familia, en lo que sucedería con ellos si él desapareciera. Se cree inexpugnable e imprescindible, como tantas almas de esta tierra que les nacieron para arrugarse, sólo por ese motivo, pero él observa sus pies desde arriba, adelantando al futuro que se aproxima con una lentitud exasperante.

¿Van Gog?

¿Cézanne?

¿Un lienzo manchado de manera arbitraria por una mano dubitativa ansiosa de hallar la verdad oculta de sus miedos?

La culata plegadiza del arma no deja de intimidarle. Ambos permanecen en silencio pero se observan, en un acto perverso de quién tomará primero las riendas.

Por la ventana, de grandes mochetas y finos tules de maravilla, se oyen pasos lentos y veloces, alguna bandera que flamea, el grito de un pajarillo que de pronto ha comprendido que se quedó perdido en medio del denso aire de la Plaza, huérfano.

El Presidente sonríe al pasar frente al espejo. Ha visto su cuerpo adornado con la máscara que nunca quiso. Alguien se atreverá, piensa. Luego tuerce el rostro y se coloca de perfil, postulando una efigie altanera. Baja la cabeza y se toca los ojos con las yemas de los dedos aviejados por el roce de tantos papeles y firmas. Se siente cansado. Al otro lado de la enorme sala hay un sofá atrayente. Se acerca y apoya su espalda sobre el carmín de terciopelo. Desde el asiento gira su cuerpo y toma con la imaginación, entre sus innumerables estantes, a su querido Gotfried.

Lee: «¿Quién se encuentra consigo mismo? Sólo pocos y, además, solos.»

La rabia de mi siglo me oirá desde el infinito, cuando mis huesos ya no sean. El polvo habrá de surgir para gritar la agonía que mi pueblo no merece. Los muy inocentes han pedido lo que nunca les podré dar: Mi vida entera y orgullo, el tiempo que me queda, mis fuerzas en declive, las ilusiones de cuando aquello no era más que un horizonte desleído, el amor de mis hijas… Pero no entienden que la soledad es la fuente de mi tristeza y de mis alegrías. Todo lo pude con ella. Rodeado de sonrisas, mi aislamiento me hablaba las verdades que no vienen en los libros, la indiscutible hondura de un alma, la huella profunda del paso de un hombre sobre eso que llaman la Historia. Sí, eras tú, mi amado desierto, el que procuraste los hallazgos más brillantes. Sólo el silencio, antítesis de todo, crea. Lo demás es puro negocio de la materia con ella misma, conjeturando realidades que duran lo que duran: Nada. Como ese gritito del ave que todavía descansa en el seno del aire, perdido, buscando a su madre que vuela y vuela, en lo alto del cielo.

Soy un verdadero artista. Como dijo aquel (señaló otro de sus libros): «Simplemente un solitario de mí mismo.»

La mañana creció sin darse cuenta. Ha pasado otro minuto eterno. El vendedor alza su brazo y alguien toma el papel, deposita una moneda en la mano libre del joven y comienza a leer con la necesidad del ignorante. Busca noticias. Se rumorea que hoy es el día señalado. Luego alza la mirada hacia la gran ventana del centro, observa con deleite la fachada sobria y larga, los guardias que custodian la entrada, la simetría embriagadora. Sopla sobre la Plaza una ráfaga de amor muy bello. La madre de todos los pueblerinos que han viajado desde las distintas provincias para asistir al turno y a la masacre. Ahora es el momento de gozar del mutismo que reina. Mejor hacerlo sentado en una terraza cercana, con un café como Dios manda. A sorbos, muy despacito, sin dejar de clavar los ojos en el cielo claro que pronto se llenará de un humo grisoso.

El Presidente llama a sus servidores. Aparecen dos muchachos ataviados con sus uniformes castrenses. Se colocan rectos, saludan con la marcialidad aprendida en los cuarteles. Son conscientes de que la labor de hoy será la más importante de sus vidas: Servir a un hombre perdido y confuso. Le notan al Presidente la sombra bajo los ojos, el aislamiento y la tristeza, la amargura porque la vida se le escapa y no sabe cómo salir del laberinto. Recuerda que Bacherad le dijo que en el hombre todo es camino perdido, pero escupió sobre sus propios recuerdos, maldiciendo esas palabras.

Los guardias se alteraron, creyendo que su Presidente había perdido la cordura. Luego invadió la sala una calma tensa.

El Presidente les ordenó con el reverso de la mano, con una humildad pudorosa. Al poco le sirvieron el desayuno sobre la propia mesa presidencial, apartando los montones de papeles y trastos.

«No soy un criminal, ni un místico que busca la salvación al precio que sea. La piedad que siempre sentí puede ser una muestra del ego que me come, como la obscenidad que noto cuando firmo algún Decreto en contra de mi gente, un gesto desaprensivo.»

― ¿Es que te crees imprescindible? ¿El único ser capaz de salvar a todo un país? ¿Omnipotente, acaso?

El Presidente derramó la taza de café. Había creído oír unos insultos a su propia decencia. Se levantó y buscó por todas partes. Quedó en silencio, esperando, luego caminó muellemente sobre la alfombra, quiso callar el crujido de la madera.

Chicho, ¿no me ves? ¿Te dejaste los ojos en la esperanza de que todo seguiría como siempre? ¡Pobre desgraciado!

El Presidente se apretó la cabeza con las manos, creyendo que la locura era eso, las voces que clamaban en sus oídos. Estaba solo. Lo sabía. Pero tal vez debería buscar en los aposentos de Bea.

― ¿Has sido tú? ¡Dime! ¿Lo has oído?

Beatriz se levantó, sostuvo su abultada barriga con el temor de sus manos, miró a su padre y comenzó a llorar. La joven intuyó que su amado padrito se le iba.

El cielo se cerró de golpe. Nubes y nubes, ráfagas de ira y desgracia, copas enhiestas que comenzaban a claudicar en los ribetes de la Plaza.

El Presidente abandonó el costurero y corrió al salón. Mostraba un semblante engreído y serio. Temía lo por venir. Lo sospechaba. La Junta hablaba a varias cuadras pero él era fino e intuitivo. Recordó el último gesto del General.

―Dime, fantasma de mierda. La cagué cuando te puse en lo alto. Ahora lo entiendo. El pueblo no necesita tus hombres ni armas. Es una locura. Por eso atraes. Tu encanto de loco se corre como la pólvora. Te conozco. Sé que buscas tu propia catarsis. Por eso muestras el lado torcido. La originalidad. ¿Entiendes? Todos desean las palabras dichas, la tranquilidad del que manda. Nadie anhela fundar un pensamiento, porque el acto creativo duele, y nadie ama el dolor, salvo los delirantes como tú.

El General miró su reloj de pulsera. Sonrió levemente, disimulando una caricia sobre el bigote.

―Habla lo que quieras. Has perdido el norte y el agua del remanso se está alborotando. Oigo las cascadas de la cordillera. Llegan sinuosas por los cortados. Corren veloces formando unas abras que jamás existieron. La voz en alto gusta. Tú lo entiendes. Sí.

―Nunca me gustaron las metáforas. Ramón dijo que la plebe alucina con ellas. ¿Será porque no las entienden? Si tomasteis la decisión, ¿a qué esperáis?

Imaginó un asalto y un fusil en el pecho, con algún militar incompetente que no se atrevería a disparar. Confiaba en la altura de su carisma, pero la plata se la llevaban y el pueblo pasaba hambre. El pan es el motivo de casi todas las revueltas. Se acordó del moderno Esquilache y de la Rusia moribunda. La hambruna cierra los puños en las gargantas, derrumba cancelas y portones, asesina en nombre de la conciencia. Desea la muerte y el poder para alimentar a sus hijos. Tal vez esa sea la clave de todo misterio: Los hijos.

―Bea, debes ir con tu madre. La he llamado. Te espera. Allí estaréis a salvo.

―Padre, ¿tienes miedo?

El Presidente estaba aterrorizado. Por no ver más a sus hijos ni a su mujer, ni a sus hombres, por no poder oler de nuevo la madreselva que se va formando cuando llega la primavera, por esa blancura, crujiente y fría, que se hunde levemente cuando la pisas, allá en los altos.

―Tu padre no conoce eso, nenita. Sólo me duele el ridículo que algunos se afanan en pintar en un lienzo que nadie comprende.

Apartó la mirada porque las lágrimas empujaban con fuerza. Beatriz lo imaginó y volvió en silencio a la salita de estar. Pensó en el retoño que iba creciendo en su cuerpo y luego en su mamita. Hortensia, Tomás Moro, la calle larga, el coche en la puerta, los ayudantes que le sujetarían la mano por si acaso sucedía alguna desgracia. Los privilegios de los que su familia gozaban.

El Presidente tomó la botella de chivas y se acomodó, solo, en el sofá de carmín. Destapó, inclinó y comenzó a tragar sin pensar en nada. El desprecio hacia sí mismo le fue subiendo, y un trago sucedió a otro. Intentaba destrozar la memoria de su vida, los esfuerzos en balde, apagar esas palabras que martillaban en sus oídos. Imaginadas o ciertas, eran voces clarividentes.

El General escuchaba los consejos y opiniones de sus correligionarios. Llegó a dudar en algún momento, pero calló. Prefería la prudencia y el silencio a las habladurías recurrentes y vacuas. Asesinar a un compañero no iba con él. En el fondo le daba asco un acto como el que todos pretendían. Anotaba distintos caminos en su libretita. Una salida condescendiente para un hombre que había dado tanto por todos. Le mostraba un afecto interno. Pero los demás formaban un coro de voces extrañas llenas de odio y sin sentido. 

Sonó un golpe tremendo sobre la mesa.

― ¡Mañana!

Todos quedaron mudos. Comprendieron la orden.

― ¡Prepara los timbres, reparte, ordena, encarcela a quien se resista, mata si fuera necesario, no quiero errores!

Lo había vociferado en un arranque de ira y de frustración. Como un enajenado, sin mirar a nadie. Después se retiró a la habitación de al lado y se tumbó sobre la cama sin deseos de dormir.

Amo la superioridad que otorga esa altura que me dieron sin querer. Quise estar solo en la cima. Lo deseaba con todas las fuerzas de mi alma. Llegué. Desde el alto gozo columbré la cotidiana banalidad de la plebe. Luego me senté sobre la roca. Descansé toda la tarde esperando la llegada del atardecer. El mundo me llamaba el Presidente. Me rendían pleitesía, obedecían mis órdenes, se anticipaban… Pero ese sueño duró solamente un instante. Luego llegó el arrepentimiento. Cada Orden y Decreto, cada Ley y mirada, cada gesto o sonrisa. Descreí mi pensamiento. Muy tardo, como una piedrita que rueda chocando con las laderas, zarandeada por las ásperas y cárdenas roquedas del poema.

El caballete abierto sostenía un arco de tela tenso y expectante. Faltaban el arrojo, los artificios, la voluntad perezosa. Necesité mucho tiempo para dilucidar el paisaje en mi mente. Un pueblo alegre. La izquierda triunfante, los halagos y roncerías. Comencé un íntimo acto de expiación luchando con el lienzo que me retaba a cada instante.

(Los colores se confunden…)

(…Hubo tonos imposibles.)

¿Acaso la revolución que se acercaba a Palacio?

Cada mañana pintaba un lazo estridente. Trataba de crear una figura hermosa, pero la sospecha de lo que ansiaba siempre huía, presurosa, con el horror sobre los pies deformes. Comprendí que mi labor era grandiosa e insuperable. Más allá incluso de mi propia capacidad, mi engreimiento me decía que lo dejara.

El primer arrepentimiento se fue transformando en un segundo fallo. El Presidente no debería transigir a las primeras de cambio, pero los demás hablaban y hablaban, discutían decisiones absurdas, voceaban a mi lado, algunos llegaron a manotear la mesa, despreciando la figura de un Presidente que se diluía.

Pasó otro minuto. El ventanal seguía abierto de par en par y la taza de café aún dormía sobre el calado glamuroso.

Recordó las sonrisas de sus hijas, de pequeñas, jugando al pillo entre las mesas de caoba, corriendo por los inmensos vericuetos del edificio. Supo atrapar aquellos momentos en que el amor lo introducía en ese cuarto donde los sentimientos se van deshaciendo. Luego le pudo otro recuerdo. Habló en alto, recreando aquel pasaje que se le quedó clavado en la memoria, cuando entonces.

Mi nostalgia no es una emoción ligera. Es una enfermedad. Mortal si se me antoja. Porque me puede la compasión profunda por abandonar mi propio país, mi conciencia y mis actos, la historia misma de toda mi vida. Es un sufrimiento contagioso. Enfermé por eso, por el pueblo que anhela y requiere de mí toda mi alma y paciencia. Y no puedo más. Por eso tal vez desee lo que ya se intuye.

Pero he de estar y reconocer que me he acercado (tal vez de una manera sublime y excelsa) a ese borde donde el abismo comienza a caerse. De ahí en más no tendré regreso y todo estará perdido.

El Presidente toma la botella con un cariño exquisito, como queriendo acariciar la helada y sobria superficie curva de la etiqueta y del licor. Una cárcel para el último elixir de su vida.

El límite está ahí, lo percibo con todas las fuerzas que soy capaz de reunir, en un esfuerzo sincrético, como aquella vez primera con el escalpelo entre los dedos, temblando en el paroxismo de la duda.

¿Qué son ahora los atributos del sexo y del alimento diarios?

¿Qué la meditación filosófica y el arte de la música?

A veces los pensamientos se adensan de una forma inextricable.

Es bella la imagen del fusil sobre la mesa. Curva, acero y madera, formas plegables… Sería muy sencillo. Es tan pequeño que con una mano sostendría el filo del cortado. Con la otra tomaría la decisión de todo un pueblo, o de unos desgraciados que discutían la manera de alcanzar un ilegítimo ascenso.

Desde mi asiento la puedo distinguir y analizar, pensar en sus fútiles detalles, sus tonos y medidas, la fuerza del acero huesoso por donde llegaría al final del llano, donde comienza el tajo.

(De pronto una caída suave. La bajura que me llama. Crujo y me desgarro como una roca desprendida. Un arbusto insospechado forma grietas en mi cara. Mi cabeza hecha añicos. Sesos salpicados por los velos y contrastes, en el techo y paredes a mi espalda. Sólo un instante sin pensar en nada).

¿Quién lo ha logrado en este mundo?

¿Abandonarse?

Tal vez sea un acto imposible.

¿Absurdo?

Quizás, si hablamos de aquella razón consciente que llegó a percibir sus propios límites. 

El Presidente ha dejado caer la botella. El golpe sobre el suelo y la pérdida de lo grave le despiertan. Ha bebido demasiado y le duele la cabeza. Se frota los ojos, pasa unos dedos inseguros por las arrugas asurcadas de su frente. Busca sus lentes que los dejó sobre la mesa elegante. Pero es medio ciego y apenas distingue una mancha.

Todavía cree en la quimera.

Un hombre que se hunde en una pesadilla.

El fusil continúa apoyado como siempre.

Quieto, callado, esperando…