Plaza de Castillo, a diferencia de La Fiel Infantería, es una novela sencilla, amable, fresca y alegre. Tiene su contenido falangista, como no podía ser menos, y algunas de sus frases han sentado cátedra y se han convertido en norma.

Así, lo de que -cito de memoria- no podemos odiar a nuestros enemigos, porque mañana tendremos que vivir con ellos. Eso es lo que le dice un falangista a otro camarada cuando dice que se va a hacer cargo del Gobernador Civil socialista, individuo que ha declarado que a ese señorito falangista voy a empadronarlo en la cárcel.

Pero, a un lado estos detalles, Plaza de Castillo recoge los días inmediatamente anteriores al Alzamiento en Pamplona, y presenta una colección de personajes espléndida, marcando suavemente las diferencias de estilo, de formas de vida, de ilusiones y deseos de lo que ya se marcaban como esas dos Españas que irremediablemente tenían que enfrentarse. Y tantos otros personajes intermedios, los que nunca pensaron que se fuera a llegar a las manos, los de la vida chiquita y cotidiana; los que nunca entendieron que podían ser sujetos de la Historia y acabaron siendo objetos de la misma.

Muy probablemente, en el encanto que encontré en la novela de Rafael García Serrano influyera la reciente lectura de los libros sobre el General Mola de Félix Maíz, secretario y mano derecha de "El Director", que me habían acercado a esa Pamplona viva, decidida, alegre, pero dispuesta a dar el paso al frente que el momento requería.

Se entrecruzan, bajo la fiesta de los Sanfermines, personajes que -andando el tiempo lo supe, por referencias en los artículos del maestro- eran imagen de los reales, de los que hicieron lo que había que hacer.

Y se demuestra claramente en estos personajes, muchos de ellos copia fiel de personas que existieron, que el Alzamiento del 18 de Julio -el 19 en la mítica Pamplona- no fue, como nos dice la prensa amarilla -casi toda hoy en día-, la canalla comunista -lo siento, señor fiscal, no hago mas que citar las palabras de don Carlos Marx en carta a su amigo y patrocinador Engels-, y la necedad plebeya de las masas -entendida al estilo de don José Ortega y Gasset- una cosa de los militares.

Hubo, si, sublevación de la parte del Ejército que aún conservaba el honor; pero ese levantamiento fue  apoyado, por la gran parte de la población española que no se resignaba a ser asesinada por las hordas. Al menos, no sin poner de su parte lo posible para hacérselo difícil. Y en Plaza del Castillo aparecen esos falangistas, esos formidables requetés, esos españoles que siempre esperaron el combate con impaciencia de cita amorosa, porque en ello les iba su vida y la de España.

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