“El Correo de España” inicia hoy la publicación de la novela “RAZA”, que escribió Francisco Franco con el seudónimo de Jaime de Andrade. Se trata de la obra más literaria que escribió el Caudillo y que luego fue llevada al cine bajo la dirección de José Luis Sainz de Heredia y que fue interpretada por José Nieto y Ana Mariscal. “RAZA” fue un impacto en el año 1942 cuando se estrenó como película y un éxito de ventas como libro. Según los críticos “RAZA” es una novela difícil de encajar entre los géneros de la novela clásica, porque no es una novela realista, pero refleja muy bien, aunque sea con simples acotaciones, el ambiente en que se produce la historia. Tampoco podría considerarse como una novela psicológica, aunque el autor profundice en el alma de los personajes hasta radiografiarlos como seres humanos. Tampoco se puede considerar una novela de guerra, pero el marco en el que se desarrolla es de guerra... y así los críticos no se han puesto de acuerdo y hasta ha habido algunos, ya en tiempos más modernos, que le acusan de ser más un guion de cine que una obra de teatro, sin tener en cuenta que ya el autor, Jaime de Andrade, Francisco Franco, le pusieron como subtítulo “Anecdotario para el guion de una película”. Sí, y es verdad, que en la novela predomina absolutamente los diálogos sobre las narraciones, pero no valoran la astucia con que en simples “acotaciones” resuelve ese problema. Cualquiera de las “acotaciones” que va en el texto podría haber sido una amplia descripción de ambientes y paisajes. Quizás porque el autor prefirió darle más valor a las descripciones que hacen los propios personajes, a sabiendas de que el lector sigue más lo que dicen los personajes que lo que dice el propio Autor-narrador.

Yo creo que cuando Franco escribió esta novela ya había leído lo que su admirado don Miguel de Unamuno había escrito sobre la novela. Especialmente aquellas manifestaciones que hizo cuando publicó “Niebla” y le acusaron de “abuso de diálogos”. Entonces Unamuno respondió con estas palabras:

“Mire, joven cuando yo empecé a escribir, ¡hace ya muchos años! De lo primero que me di cuenta es que el español no lee para aprender, que lee para entretenerse... y eso me llevó a la novela. Porque también me di cuenta enseguida que los lectores no pasaban de las primeras páginas cuando abrían un libro de pensamientos, y sin embargo, si esos mismos pensamientos se los dabas en boca de un personaje ficticio se lo tragaba y llegaba hasta el final, incluso en estos días he comprobado, a pesar de gozar de esta la “República de las letras” como dicen que el lector pasa de páginas en cuanto no ve diálogos. ¿Sabe usted que “mi Niebla” ha sido la obra que más se ha vendido de todas las mías? Pues ya lo sabes. Novelas, teatro, cuentos, relatos cortos... o poesía... y allá a lo lejos, muy lejos, el pensamiento. “

En cualquier caso, como la ultima palabra la tienen los lectores, pasen y lean la primera entrega.

PRIMERA ENTREGA QUE TE PUEDES DESCARGAR AQUÍ PARA IMPRIMIRTELA:

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Vais a vivir escenas de la vida de una generación; episodios inéditos de la Cruzada española, presididos por la nobleza y espiritualidad características de nuestra raza. Una familia hidalga es el centro de esta obra, imagen fiel de las familias españolas que han resistido los más duros embates del materialismo. Sacrificios sublimes, hechos heroicos, rasgos de generosidad y actos de elevada nobleza desfilarán ante vuestros ojos. Nada artificioso encontraréis.

Cada episodio arrancará de vuestros labios varios nombres... ¡Muchos! Que así es España y así es la raza. 

PRIMERA PARTE

Estamos en uno de esos luminosos días del verano de 1897, en el que un sol de estío se refleja en las aguas de plata de una ría gallega, alteradas a ratos por los rizos azules de una leve brisa. Hacia el fondo de la ría la bajamar deja al descubierto la extensa llanura de oscuras arenas, surcada por el serpenteo de los arroyos de agua dulce que millares de gaviotas animan con sus revoloteos.

En tierra, los pequeños valles, encuadrados por pequeñas colinas, ofrecen sus mares de maizales a las brisas marinas que agitan la cabellera rizosa de su floración. En un primer término, sobre el horizonte, enhiestos y corpulentos eucaliptos rasgan el cielo con sus arrogantes siluetas, mientras en la lejanía trepan los espesos pinares hasta las cumbres de las montañas. 

La costa se recorta en caprichosos cabos que avanzan en el mar sus rosarios de peñas, entre los que se forman pequeñas ensenadas y alegres playas de arenas invadidas por los pescadores con sus pardas redes. En una de las más bellas rinconadas de la ribera, entre la arboleda de una gándara, un viejo torreón de piedra, de traza medieval, se yergue sobre los muros blasonados del pazo de los Andrade, que esconde su decadencia bajo el frondoso manto de los castaños. Un severo pórtico de carcomida piedra, sobre cuyo dintel campea un viejo escudo, da paso a una verde pradera rodeada de árboles, en cuyo centro se alza la señorial mansión. 

Una balconada de piedra, con esbeltas columnas de severa traza, enjoya el terrado hasta el que trepa la madreselva en flor. La paz es tan completa que sólo la altera el monótono chirriar de las cigarras y el lejano quejido de un carro que asciende por los ásperos caminos de la sierra vecina. A un ruido de viejos goznes que se rozan sigue la aparición en el terrado de una joven y bella dama de distinguido porte que va a apoyarse sobre la balaustrada, perdiendo su mirada en la lejanía, en el trozo de mar que se descubre entre las redondas copas de los árboles. Es Isabel de Andrade, heredera del viejo señorío, que en la soledad del caserón devana la madeja de sus inquietudes, mientras dura la ausencia del esposo entregado a los azares de la mar.

El tañido de la campana de una capilla próxima altera su ensimismamiento y, santiguándose, parece musitar una plegaria. No ha terminado todavía su oración cuando unos potentes estampidos atruenan el espacio, seguidos de los vellones blancos de las “bombas de palenque” y de un alegre volteo de campanas que inquietan y conmueven a la noble castellana. Pasos precipitados de “zuecas” sobre el camino anuncian la aparición, entre los árboles, de una mujer ataviada con el típico traje campesino, que juega la armonía de sus colores sobre el verde tapiz de la pradera.

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Grita la campesina: -¡Señurita! ¡Señurita!

ISABEL.-¿ Qué ocurre, Caroliña?

LA CAMPESINA.

-Señurita, dicen que está la corbeta a la vista.

ISABEL-¿La “Nautilus”?

LA CAMPESINA.-Eso ha dicho el hijo de la “mestra”.

ISABEL.-Llégate al puerto y confírmalo en la Comandancia.

LA CAMPESINA.-Sí, señurita.

Se aleja la gallega corriendo por el prado, mientras en el terrado irrumpe, en alegre carrera, una niña de unos ocho años. Una cinta de raso rojo sujeta atrás su cabellera de bucles castaños, dejando al descubierto el fino óvalo de su rostro infantil.

LA NIÑA.-¡Mamá! ¡Mamá! Hay fiesta en el pueblo.

ISABEL.-Sí, Isabelita. Alégrate. Es tu papá que llega. El barco está a la vista.

LA NIÑA (Saltando y palmoteando.).- ¡Qué bien! ¿Y nos traerá muchas cosas?

LA MADRE.-Sí, hija; lo primero, la alegría de tenerlo aquí, ¿te parece poco?

LA NIÑA.-No, mamá; pero algo nos traerá de todo ese mundo que recorre. 

LA MADRE.-Anda, ayúdame; vete al jardín y trae flores, muchas flores…

LA NIÑA.-¿También de las que no me dejas cortar?

LA MADRE.-Sí, hija; las guardaba para un día como éste… (Sale corriendo la niña.) La madre suena una campanilla y asoma una mujer con delantal blanco.

LA COCINERA.-Señorita, ¿me llamaba?

LA MADRE.-Sí. Quiero que busques para la noche calamares pequeños, espárragos y pimientos chicos. LA COCINERA (Inclinándose un poco y poniendo las manos sobre los muslos en ademán admirativo.).-¿El señorito?

LA MADRE.-El señorito, sí.

LA COCINERA.-¡Qué alegría! Descuide: yo me encargo. Tengo buena memoria. ¿Un postre de cocina también? 

LA MADRE.-Sí, algo ligero. No olvides limpiar y preparar su cafetera.

LA COCINERA.-¡Cómo me voy a olvidar! (Se oyen voces próximas: ¡Mamá! ¡Mamá! Irrumpe en la estancia un niño; un zumo morado mancha su blusa, su boca, sus manos alegres.)

JOSÉ.-¡Mamá! ¡Papaíto, papaíto que llega! Oí los cohetes y salí corriendo para el puerto; allí el Comandante de Marina me dijo: “Dile a tu mamá que arriba la corbeta, que ha sido reconocida desde el semáforo, que trae buen viento y estará aquí a media tarde.”

LA MADRE.-¡Gracias, Dios mío! (Reparando en el niño y con aire que quiere ser serio.) Pero, por Dios, hijo, ¡cómo vienes!... ¿Crees tú que puedes recibir así a papaíto?

JOSÉ (Con aire compungido.).-Es de moras.

LA MADRE (Con alegría incontenida.).- Anda, ve en seguida a lavarte y cambiarte; ponte el traje nuevo, que hemos de ir a esperar a papá. (Su gravedad anterior se ha trocado en alegría infantil.)

JOSÉ.-En seguida. Al salir José se escucha un ruido de pasos precipitados en la estancia próxima, a los que sigue la entrada atropellada de la niña, perseguida de cerca por un chico algo mayor. Ella con una mano oculta algo detrás del cuerpo.

LA NIÑA (Amparándose detrás de su madre.).•Mamá, mamá; mira a Pedro.

PEDRO (Con gesto autoritario, dirigiéndose a su madre.).-Dile que me devuelva el pájaro.

LA MADRE (Mirando interrogante a la niña.).-¿Qué pájaro?

LA NIÑA.--Mira, mamá (Enseñándole el pájaro que mantiene en su mano, atado por una pata.); lo traía Pedro. Yo se lo cogí para soltarlo; el pobrecito sufre con la cuerda.

PEDRO (Imperativo.).-Dámelo, que me costó tres perras que le di al chico del sacristán. (Hace ademán de querer cogerlo; la madre lo contiene.)

LA MADRE.-¡Quieto!, Pedro. Tiene razón Isabelita; no se debe hacer sufrir a los animales; no son indiferentes al dolor. (Dirigiéndose a Isabel.) Puedes soltarlo. (La chica, muy alegre, le quita el cordel y lo suelta por la ventana.) Y tú, Isabelita, otro día no tienes que pelear: me lo dices Y yo haré soltarlo.

PEDRO (Con fastidio.).-¡ Adiós mis tres perras! (Sale Isabelita hacia el jardín.)

LA MADRE.-Yo te daré otras tres si me prometes no repetirlo.

PEDRO.-¡Bueno! (Con indolencia.); prometido.

LA MADRE.-Pon más fe en tus palabras, Pedro; cuando se promete una cosa es para cumplirla.

PEDRO.-Sí, mamá.

LA MADRE.-Es que quiero pedirte algo más.

PEDRO.-¿Qué es?

LA MADRE.-Hoy llega tu padre. Es necesario que todos le hagamos grato su hogar, que le compensemos de la separación y de sus privaciones. Esto te obliga a ser cariñoso con él, a no contrariarle con peleas ni discusiones con tus hermanos... A estudiar más... Eres el mayor y, si caben diferencias, el que más quiere...

PEDRO.-Yo creí que celebraríamos la llegada de papá no dando clase.

LA MADRE.-Hoy, sí, porque iremos a esperarle; pero desde mañana hay que ser mucho más aplicado, ¿verdad?

(El chico no contesta. La madre, reuniendo los floreros sobre un lado de la mesa central.) No sabéis lo que es la suerte de tener un padre como el vuestro. Algún día os apenarían las alegrías que dejaseis de darle. (Entra la chica con una gran brazada de flores.)

LA MADRE (Dirigiéndose a Pedro.).- Vete a arreglar, que hemos de subir pronto para el faro... Ponte el traje nuevo y no te manches.

LA NIÑA (Dejando las flores sobre la mesa.).-¿Qué tal?, mamá.

LA MADRE.-¡Preciosas! Como el día...

LA NIÑA.-¿Como el día? ¡Ah, sí, como el día! (Besa a su madre.)

La madre empieza a coger flores y a colocarlas con gusto en los floreros. Delante del zaguán, sobre el guijo blanco de la avenida de magnolias, un caballo del país agita los cascabeles de sus arreos, mientras el cochero da los últimos toques a la colocación de los arneses. Pasa la franela con mimo por los brillantes barrotes barnizados y frota con orgullo los relucientes bronces de los faros. Alegría de voces infantiles, carreras de los chicos hacia la tartana y Tomás, el viejo cochero, que se interpone:

TOMÁS.-Orden, orden, que hay sitio para todos y antes ha de subir Doña Isabel.

La puerta se adorna con la presencia de Isabel, primorosamente ataviada con un alegre traje de verano y un quitasol de lucidos encajes.

TOMÁS (Con profunda emoción.).-¡Por fin le tenemos!, Doña Isabel; ¡qué alegría! ¡Sabrá disculparme!

ISABEL.-Gracias, Tomás. Siempre tan leal. ¡Vamos! Suben los chicos al carricoche, que se pone en marcha. Trota el caballo por la polvorienta carretera camino del pueblo, y al sonido de los cascabeles se asoman las gentes a saludar a la señora que pasa... En la carretera del faro una pobre mujer, encorvada por los años, sube penosamente la cuesta. Se detiene de cuando en cuando para descansar antes de reanudar la marcha; es la señora Eufrasia, madre de uno de los marineros de la corbeta, que quiere tener la ilusión de ver desde la altura la fragata. Isabel manda detener el coche:

ISABEL-¡Pare, pare! Señora Eufrasia, ¿va hacia el faro?

SEÑORA EUFRASIA.-Sí, allí intento llegar; tener la ilusión de ver el barco del muchacho.

LA MADRE.-Ande suba con nosotros que la llevamos. (El cochero baja y la ayuda a subir.)

SEÑORA EUFRASIA.-Gracias, señorita; usted siempre tan buena. Se lo agradezco, pues las piernas me pesan y no sé si llegaría. En la explanada del Faro ya hay grupos del pueblo emparentados con los que vienen. Un anciano marino con patillas blancas, en una banqueta de campo, observa con su catalejo el horizonte y lo presta a los otros para contemplar el barco.

El anciano se levanta y va hacia la señora.

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EL ANCIANO.-Doña Isabel, ¡por fin llegan! No me equivoqué mucho: creí que arribarían la semana pasada. El pícaro mar. (Ofreciéndole el catalejo.). Vea, vea qué bonita viene. ¡Hermoso viaje! ¡Quién tuviera un par de años menos para embarcarse! 

LA MADRE (Que trata de enfocar el catalejo.).-Un par de lustros, Don Luis, que va usted para los ochenta. DON LUIS.-¡Pícaro tiempo!

LA MADRE.-¡Qué hermosa viene! ¡Cuánto habrá luchado! (Devolviéndole el catalejo.) Gracias, Don Luis.

JOSÉ.-¿Me deja?, Don Luis. Debe verse muy bonito. PEDRO.-Y a mí.

ISABELITA.-Y a mí también. (Se amontonan los chicos sobre el catalejo.)

DON LUIS.--¡Orden, orden! Primero las señoritas. A ti te corresponde. (Dirigiéndose a Isabelita.)

ISABELITA.-¿A mí? (Cogiendo el catalejo.)

PEDRO.-¡Vaya una señorita! (Isabelita mira por el catalejo.)

ISABELITA.-El mar parece de plata, y la nave, parada.

PEDRO (Molesto.).-¡Vamos, termina!

ISABELITA (Devolviendo el catalejo.).- Gracias, Don Luis.

DON LUIS.-De nada, hijita.

PEDRO.-Ahora me toca a mí.

DON LUIS.-Sí, por el orden de mayor en edad. Mira. Algún día te miraremos a ti.

PEDRO (Hablando mientras mira.).-¿A mí?... Desde aquí parece muy bello; pero me gusta poco el mar.

LA MADRE (Amonestándole.). - ¡Pedro!...

DON LUIS (Cogiéndole con brusquedad el anteojo.).•¡Que no te gusta el mar! (Ofendido.) Debiste decirlo antes! (Le da el anteojo a José.)

JOSÉ.-¡Qué hermoso dar la vuelta al mundo! ¡Qué despintado viene! ¿También ellos nos verán?

DON LUIS.-Sí; sus anteojos sin duda nos buscan.

José e Isabelita corren sobre una piedra y con el pañuelo hacen señas.

DON LUIS.-Miren, miren si anda; ¡y parecía dormida!

LA MADRE.-¿Quiere usted regresar con nosotros? Pues hay que andar de prisa, para estar temprano en el puerto.

DON LUIS.-Ya que es usted tan amable, les acompañaré, aunque con mis piernas llegaría a tiempo. No lo dude.

LA MADRE.-Sí, señor, le creo (Sonriendo.); pero quiero ahorrarle ese trabajo y que su chico le encuentre más pollo.

DON LUIS.-¡Demonio de muchacho!¡Qué ansias tengo de verle! Será ya un hombre con su barba...

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LA MADRE.-Ya se conformará con su bigote; a los veinte años no se tiene más.

Suben todos al coche, que se pone en marcha hacia el puerto, ocupado por los habitantes del lugar y las familias de los tripulantes. Al llegar al muelle descienden y lo recorren acompañados del viejo marino.

UNA PESCADORA (Con una cesta llena de pescados en la cabeza, la saluda con tonillo gallego.).-Adiós, señoritiña; Dios la bendiga y le traiga con bien al señor.

ISABEL.-Gracias, Sinda. ¿Cómo van los niños?

PESCADORA.-Rompiendo ropa, señora.

ISABEL.-Bueno, vaya por casa y le daré algo para ellos.

PESCADORA.-Gracias, señoritiña; Dios se lo pague.

ISABEL (Dirigiéndose a un golfillo que, tirado en el suelo, juega con otro arrapiezo.).-Pero, Cholo, ¿con el jersey ya roto?

SINDA.-Sí, un poquitiño.

ISABEL.-Si no anduvieses tanto por el suelo te duraría más; ve por casa que te pondré unas mangas.

SINDA.-Señorita, nuevo dura poco; pero así, mucho.

ISABEL (Deteniéndose ante una mujer del pueblo bien arreglada, con un mantón negro de seda y un chico en brazos.).-¿Qué tal el nene?

LA MUJER.-Muy bueno, Doña Isabeliña. Mire qué bien le está la ropita que le mandó.

ISABEL (Mirándolo.).-Sí que está hermoso.

LA MUJER.-¡Qué sorpresa para su padre; nada sabe; deseaba tanto un chico!

ISABEL.-Dios se lo conserve.

LA MUJER.-Gracias, señorita.

UN PESCADOR (Con su pipa.).-Buenos días la señora y la compaña.

ISABEL.-Buenos días, Simón.

EL PESCADOR.-He venido a esperar al señorito. ¡Ha sido siempre tan bueno para mí! ISABEL.-Y usted para él. S

IMÓN.-Poco puede mi pobreza, señora; sólo mi voluntad. Le debo todo.

ISABEL.-A su esfuerzo, Simón. Él le ayudó, sí; pero usted, con su trabajo, ha hecho todo lo demás...

DON LUIS.-Adiós, Simón; nada quieres con la vejez.

SIMÓN.-Perdóneme; Don Luis, pero atendía a la señora. ¿Cómo va la pierna?

DON LUIS (Amoscado.).-De hierro, Simón, de hierro.

La señora y los chicos se acercan a un grupo de señoras y muchachos que también esperan el barco. Besos de las señoras, saludos de los muchachos. Una voz se extiende: ¡La corbeta, la corbeta! ¡Ya llega! El barco entra en la ría. Todos miran hacia allí. Se agitan pañuelos y brazos durante un momento y los grupos se aproximan al embarcadero.

El navío rasga con su esbelta proa la superficie de raso de la ría, empujado hacia levante por una tenue brisa. La tripulación aparece sobre la cubierta al pie de las velas hinchadas, dispuesta a la maniobra. Cuando llega la nave a la altura del malecón se escucha un silbido penetrante y se inicia la maniobra: giran las velas con ritmo acompasado, bracean las del palo trinquete hasta flamear y, al fachear, el barco acorta su impulso, hasta detenerse, momento que aprovecha para lanzar el ancla, que cae en el mar levantando un surtidor de espumas. A los pocos momentos, arriados los botes, se acercan a tierra varias pequeñas embarcaciones; en la primera, una canoa afilada que ostenta en su proa un pequeño gallardete, llega el capitán de navío Churruca.

Le siguen un bote con oficiales, otro con clases y los dos últimos con marinería. Salta el capitán ligero del bote, sube de dos en dos los escalones hasta su esposa, la abraza y, en el mismo abrazo, coge a sus hijos como queriendo estrecharlos a todos.

EL CAPITÁN DE NAVÍO (Los va besando.).-Tú, Pedro, ¡qué alto!; ¡cómo crecéis! Mi buen José. Oh, mi encantiño, tan guapa y tan hacendosa, ¿no?...

ISABELITA (Azorada.).-¡Papá!

EL PADRE.-Cómo se te parece, Isabel.

ISABEL.-¡Por fin!

Mientras esta escena tiene lugar desembarcan otros marinos, que se van 30 uniendo a los suyos. Entre el grupo se abre paso una niñera que lleva en brazos un niño de dos años, con falditas y blusa de marinero.

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LA NIÑERA.-¡Jaimiño! ¡Mira teu pay!

EL CAPITÁN DE NAVÍO.-Mi Benjamín. (Besándolo y cogiéndolo en brazos.) ¿Bueno?...

ISABEL.-Sí, muy tranquilo... Vámonos. Empiezan a llegar las otras embarcaciones. Entre los grupos que forman los desembarcados y sus familias se mueve Don Luis buscando a su nieto.

DON LUIS.-¡Demonio de muchacho! (Murmura.)

Churruca, que marcha llevando a su Benjamín en brazos, en grupo feliz con la familia, le divisa; su fisonomía cambia de repente, nublándose su alegría: 

CHURRUCA.-Toma, Isabel (Entregándole a Jaimito.); tengo que hacer una diligencia. Se separa de los suyos y va al encuentro de Don Luis.

DON LUIS.-Bienvenido, Churruca. Buscaba al mocete...

CHURRUCA (Conteniendo su emoción y estrechando entre sus dos manos las del viejo.).-Su nieto no viene, Don Luis.

DON LUIS (Con el terror reflejado en el semblante.).-¿Y luego?...

CHURRUCA.-Nos lo pidió la mar. La salvación del barco exigió la vida del más bravo, y él fué...

DON LUIS (Abrazándose a Churruca.).- ¡Mi Luisiño! (Las lágrimas corren silenciosas por sus barbas de plata. Pronto se repone, y, mirando con tristeza a Churruca, repite, moviendo su cabeza en un gesto de conformidad.) ¡El más bravo!... 

CHURRUCA.-Sí, Don Luis, el más bravo.

DON LUIS.-Gracias, gracias. (Separándose.) ¡Pícara mar! Se une de nuevo Churruca con los suyos y marchan hacia la ermita del Cristo de los Navegantes. La noticia de la muerte del nieto de Don Luis turba momentáneamente su alegría. Al desembocar en un claro del camino, un golfillo se acerca a Pedro; en una de las manos lleva una jaula de madera vacía.

EL GOLFILLO.-¡Pedro! Anda, dame las tres chicas del pájaro... ¡Anda, que las necesito!

LA MADRE.-¡Ah! ¿Eres tú el del pájaro?

EL GOLFILLO (Con acento gallego.).- Sí, señora.

LA MADRE (A Pedro.).-Pero, ¿no le habías pagado?...

PEDRO.-No; me lo fió...

LA MADRE (Saca del bolsillo los quince céntimos y se los entrega al golfillo.).- Toma, pero en lo sucesivo no debes hacer eso. Eso está muy mal. ¿No comprendes que los pajaritos sufren? No debes repetirlo, y menos por dinero. ¿Qué haces tú con el dinero?

EL GOLFILLO.-Es para mi abuela. Está enferma. Todos los días le llevo cuatro gordas...

EL PADRE.-Bueno, pues desde hoy no lo necesita: yo me ocuparé de mandarle las cuatro gordas... Si es así, no has hecho mal. (Sacando del bolsillo un duro y dándoselo.) Toma, dale esto a tu abuela...

EL GOLFILLO.-Gracias, señor. (Muerde con sus colmillos el duro, y, al ver que es bueno, marcha corriendo y saltando hacia su casa.)

Al llegar a la capilla los chicos disputan por encender las velas que colocan delante del santo y venerado Cristo, y, ya todos de rodillas, dan gracias al Señor por haberles devuelto al padre tan amado.

CONTINUARÁ...