“El Correo de España” inicia hoy la publicación de la serie de artículos sobre la novela “HAMBRE” de Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura 1920, que ha escrito Julio Merino en recuerdo de los españoles que ya empiezan a pasar hambre.

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En medio del “infierno” que estamos viviendo por el asesino virus que nos han traído los falsos Reyes de Oriente y sumidos en el llanto y crujir de dientes que nos hemos ganado a pulso por permitir que los comunistas Pedro y Pablo nos gobiernen… y rodeados ya por el paro, el hambre y la miseria, se me escapó del baúl de Mis Recuerdos hace unos días  una novelita (de solo 190 páginas) que leí en mis años de estudiante y recién llegado a Madrid, cuando supe, de verdad, lo que era el hambre (cuando engañaba a mi estomago contemplando los escaparates de ultramarinos, con las tripas de salchichón, chorizo, lomo y jamones colgando, de la calle San Bernardo).

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Aquella grandísima novela por la que el noruego Knut Hamsun recibió el Premio Nobel de Literatura de 1920 se llama “HAMBRE”, simplemente “Hambre”, y es la historia de un escritor que se muere de hambre mientras lucha por triunfar y que se entera, y vive, y sufre, y padece, y llora y aprende lo que es no comer, no tener qué comer, y cerrar los ojos y ver un trozo de pan y soñar que alguien le ha invitado a un banquete y que se está comiendo el mundo.

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Hamsun escribió “Sult” (“Hambre”) en 1888 y fue la llave que le abrió la puerta de la fama y le permitió entrar en el templo de los Grandes de la literatura mundial y ocupar con Kafka y Thomas Mann la cúspide de la novelística del Norte. De él llegó a decir Hemingway que le “había enseñado a escribir”

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La historia de “Hambre”, escrita en primera persona, nos hace reflexionar. Las idas y venidas por las calles, el hambre, el ocio, las ganas de escribir, la forma peculiar de entender la vida y, en resumen, todo convierten a esta novela en una obra maestra que deja a Bukowski a la altura de un aficionado ya que Hamsun demuestra que los recursos estilísticos no están reñidos con la calidad literaria. Es posible que el autor no sea, precisamente, el mejor para leer en estos tiempos de crisis pero sí debería ser leído, como muchos profesores noruegos me comentan, por esos jóvenes paisanos de Hamsun que piensan, como hacíamos nosotros hace años, que viven en una burbuja que puede reventar a poco que se les acabe el petróleo.

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Aunque nacido en Noruega, cerca del Círculo Polar Ártico, Hamsun, tras ejercer diversos oficios y llevar una vida errante y aventurera, se marchó a los Estado Unidos, con tan solo 23 años, y allí permaneció hasta 1888. Fruto de su experiencia como emigrante escribiría “La vida espiritual de la Norte América moderna”, donde expresó su recelo hacia el mestizaje americano y se desilusionó tanto que se volvió a su tierra natal y nunca más volvió a salir. Según sus biógrafos era un hombre muy de campo, muy lugareño, tanto que llegó a vivir y pasar grandes etapas de su vida en un cómoda cabaña del bosque, donde se encerraba a escribir sin dejar entrar a nadie, ni siquiera su mujer, y en ese entorno de bosques y nieve escribió sus otras grandes novelas como “Pan” o “La bendición de la tierra”.

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Pero Hamsun cometió el error de su vida cuando siendo de espíritu anarquista como era, se enamoró del nazismo y de Hitler a partir de 1933, lo que le costó la muerte “civil” al que le condenó el “Agit-pro” comunista y el figurar en la lista negra de los escritores malditos. A pesar de eso la obra de Hamsun acabó imponiéndose y hoy es lo que nunca debió dejar de ser: uno de los grandes escritores de la historia.

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Y no oculto que “HAMBRE” ha resucitado y ha reaparecido en mi vida cuando hace unos días, y en uno de mis paseos obligado tras mis dos infartos obligados, me tropecé con una larga cola de buena gente que aguardaban su turno para poder comer o coger una bolsa con la comida del día para sus hijos.

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¡Dios, colas para comer en España!

¡Manifestaciones con pancartas que gritan “PAN Y TRABAJO”!

¡CUATRO MILLONES de españoles sin trabajo y más de un millón de familias luchando por un trozo de pan!

Pues, pasen y lean unas páginas de “Hambre”, porque tengo la impresión que los “españolitos” de mañana (y mañana ya es hoy) van a tener que aprender a vivir y convivir, como el personaje sin nombre de Hamsun con el hambre… gracias a los desalmados que están llevando España a la miseria… Aunque de paso van a saber lo que es escribir bien, pues Knut Hamsun sería un admirador de Hitler, pero eso no le quita que sus novelas hayan sido admiradas por todos los Grandes de la literatura del mundo. 

“¡Tenía un hambre canina y soñaba con un poco de pan que llevarme a la boca!”

SEGUNDA PARTE 

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Una tarde, algunas semanas después, me encontraba en las afueras.

Nuevamente había ido para sentarme a un cementerio y había escrito un artículo para un periódico. Mientras estaba trabajando allí dieron las diez, la noche cayó e iban a cerrar las puertas. Tenía hambre, mucha hambre. Desgraciadamente, las diez coronas sólo habían durado poco tiempo. Ya hacía dos, casi tres días, que no comía nada, y me sentía deprimido; hasta sostener el lápiz me fatigaba. Tenía en el bolsillo la mitad de un cortaplumas y un manojo de llaves, pero ni un cuarto.

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Cuando cerraron la puerta del cementerio, debí haberme ido derecho a casa, pero vagué todavía algún tiempo. Me inspiraba un terror instintivo mi cuarto, tan tétrico y vacío: un taller abandonado de hojalatero, donde se me permitía vivir provisionalmente. Deambulé al azar, pasé ante el Depósito, bajé hasta el mar y fui a sentarme en un banco, en el muelle del ferrocarril.

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Por entonces no tenía ideas tristes. Olvidé mi miseria y me sentí sosegado a la vista del puerto, apacible y bello en la semioscuridad. Siguiendo una vieja costumbre, quise proporcionarme una alegría releyendo lo que acababa de escribir, y que a mi cerebro enfermo le parecía lo mejor que hasta entonces hiciera. Saqué el manuscrito del bolsillo, lo acerqué a mis ojos y lo recorrí página por página. Aquello me fatigó y guardé las cuartillas. Todo estaba tranquilo: el mar se extendía semejante a un nácar azulado. Un policía paseaba un poco lejos, era la única alma viviente que por allí se veía, y todo el puerto estaba silencioso.

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Cuento de nuevo mi fortuna: la mitad de un cortaplumas, un manojo de llaves, pero ni un cuarto. De pronto busco en el bolsillo y saco de nuevo mis cuartillas. Es un acto mecánico, un reflejo inconsciente. Busco una hoja blanca, una bella hoja virgen y... Dios sabe de dónde me vino aquella idea... Hago un cucurucho, lo cierro con precaución para que esté lleno de aire y le arrojo tan lejos como me es posible, sobre el pavimento. El viento lo lleva un poco más lejos, pero al fin se detiene.

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El hambre me alteraba el sistema nervioso. Miré el cucurucho de papel blanco, que tenía el aspecto de envolver monedas de plata relucientes, y me engañé imaginando que contenía algo. Hasta me invité a adivinar la cantidad... ¡Y si acertaba exactamente, sería para mí! Me imaginaba las bellas piececitas de diez «öre» en el fondo y las grandes coronas estriadas encima... ¡Un cucurucho completamente lleno de dinero! Le miraba con los ojos muy abiertos y, cómplice de mí mismo, me animaba a ir a robarlo.

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Entonces oí toser al policía... ¿Cómo se me ocurrió remedarlo? Me levanté del banco, y tosí tres veces para que me oyera. ¡Cómo se arrojaría sobre el cucurucho cuando llegara cerca! Me regocijaba del chasco que iba a llevarse, me frotaba las manos, enajenado, y juraba a todos los vientos. ¡Cómo haría el ridículo, el granuja! ¡Que el diablo me llevase, si no iba dando volteretas hasta el mismo infierno y sufría los más terribles tormentos aquel canalla! Estaba transido de inanición, el hambre me enloquecía por completo.

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Poco después llega el agente, haciendo sonar su calzado ferrado sobre el pavimento, escudriñando por todos lados. Marcha despacio; tiene toda la noche ante sí; no ve el cucurucho... hasta estar muy cerca de él. Entonces se para y lo observa. ¡Tiene un aspecto tan blanco y tan hermoso, bien colocado sobre el pavimento! Tal vez sea una pequeña cantidad, ¿eh? Lo coge... ¡Jem! Es ligero, muy ligero. Quizá sea una pluma de precio, un adorno de sombrero... Lo abre con precaución con sus grandes manos, y mira. Yo río, río golpeándome las piernas, río desesperadamente. De mi garganta no sale un sonido, mi risa es silenciosa y febril, tiene la profundidad de un sollozo...

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Luego suenan de nuevo pasos sobre el pavimento; el agente da una vuelta por la plaza. Yo tengo los ojos arrasados en lágrimas, el hipo me sofoca, estoy fuera de mí, de alegría febril. Me pongo a hablar alto, contándome la historia del cucurucho, e imitando los gestos del pobre agente, meto un ojo en el hueco de la mano y me repito sin cesar: «¡Ha tosido al tirarlo! ¡Ha tosido al tirarlo!» A estas palabras agrego otras, les doy un aire malicioso, doy vueltas a la frase y la afilo: «¡Tosió una vez... ju, ju!».

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Di todas las variaciones posibles a estas palabras, y la noche estaba muy avanzada cuando mi excitación cesó. Una tranquilidad agobiadora cayó sobre mí, era una agradable lasitud a la que me abandoné sin resistencia. La oscuridad era un poco más densa; y una leve brisa abría surcos en el nacarado mar. Los buques, cuyos palos veía tocando el cielo, parecían, con sus negros cascos, monstruos silenciosos con los cabellos erizados que me aguardaban, al acecho. Yo no sentía ningún dolor; el hambre me había embotado la sensibilidad; por el contrario, me sentía deliciosamente vacío, sin ningún contacto con lo que me rodeaba, y feliz por no ser visto de nadie. Extendí las piernas sobre el banco y me volví hacia atrás; así podía sentir mejor todo el bienestar de la separación. No había ni una nube en mi alma, ninguna sensación de malestar y, tan lejos como podía llegar mi pensamiento, no envidiaba nada, no tenía ni un deseo insatisfecho. Estaba tumbado con los ojos abiertos, en un estado singular; estaba ausente de mí mismo, me sentía deliciosamente lejano.

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Ni un ruido vino a molestarme; la clemente oscuridad había ocultado el Universo a mis ojos y me había rodeado de una tranquilidad imperturbable... Sólo el monótono rumor apagado del gran silencio vacío llegaba a mis oídos. Y los negros monstruos que estaban allí, iban a cogerme, llegada la noche, y llevarme muy lejos, al otro lado del mar, a través de países extraños, donde no vivía el ser humano. Y me conducirían al castillo de la princesa Ylajali, donde me esperaba un esplendor insospechado, más grande que todo el humano esplendor. Ella misma estaría sentada en una sala deslumbrante, en la que todo son amatistas, sobre un trono de rosas amarillas, me tendería la mano cuando yo entrase, me saludaría, daría el grito de bienvenida al aproximarme y yo me arrodillaría. «¡Bienvenido caballero! ¡Bienvenido a mi casa y a mi país! Te he esperado durante veinte estíos y te he llamado en todas las noches claras. Cuando estabas apenado, he llorado en esta sala, y cuando dormías te he inspirado deliciosos sueños...» La hermosa coge mi mano y me acompaña a través de largas galerías o entre grandes legiones de hombres que gritan «¡Viva!», y a través de los claros jardines, en los que trescientas muchachas juegan y ríen. Me conduce a otra sala, donde todo es de esmeraldas brillantes, con las que el sol juega. Por las galerías y los pasillos pasa la sinfonía de una música embriagadora, y los aromas de los perfumes llegan a mi rostro. Tengo su mano en la mía, y siento correr en mi sangre las locas delicias del sortilegio. Rodeo su talle con mi brazo y ella murmura: «¡Aquí no, más lejos aún!» Entramos en la sala roja, donde todo es de rubíes, un esplendor espumoso en que me abismo. Siento entonces su brazo alrededor de mi cuello, su aliento en mi rostro cuando murmura: «¡Bienvenido por amor! ¡Dame un beso! Otro… Otro…»

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Desde mi, banco, veo las estrellas completamente encima de mi rostro, y mi pensamiento flota en un huracán de luz…

Me había dormido echado en el banco, y era el agente quien me despertaba. Me devolvían implacablemente a la vida y a la miseria. Mi primer sentimiento fue una estúpida extrañeza al encontrarme fuera de la hermosa estrella, pero pronto dejó lugar a un amargo descorazonamiento: Estaba a punto de llorar de pena por estar aún en la vida. Había llovido mientras dormía, mis ropas estaban mojadas y sentía en mis miembros un frío húmedo. La oscuridad había aumentado, y apenas podía distinguir las facciones del agente que estaba ante mí.

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-¡Vamos -dijo-, levántese!

Me levanté en seguida. Si me hubiera ordenado que me volviera a echar, le hubiera obedecido igual. Estaba muy deprimido, completamente sin fuerzas, y además comencé casi instantáneamente a sentir hambre.

-¡Espere un poco, idiota! -me gritó el policía-. Se va usted sin el sombrero. ¡Bueno, ahora márchese!

-Me parecía también que hubiera olvidado... que hubiera olvidado algo -balbuceé distraídamente-. ¡Gracias, buenas noches!

Partí tambaleándome.

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¡Si tuviese aunque sólo fuera un poco de pan que llevarme a la boca! Uno de esos deliciosos panecillos de centeno que se pueden comer andando. Me representé con toda precisión la clase especial de pan de centeno que sería bueno poseer. Tenía un hambre canina, anhelaba estar muerto y desaparecido, me puse sentimental y comencé a llorar. Mi miseria, ¿no tendría nunca fin? De pronto me paré en medio de la calle, golpeé el suelo con el pie y juré en voz alta. ¿Qué me había llamado? ¿Idiota? ¡Voy a enseñarle a ese agente lo que cuesta llamarme a mí idiota! Di media vuelta, y volví corriendo sobre mis pasos. Me sentía inflamado y ardiente de cólera. En la parte baja de la calle di un mal paso y caí, pero no le di importancia; me levanté de un salto y seguí corriendo. Sin embargo, al bajar a la Plaza del Ferrocarril estaba tan fatigado, que me sentí sin fuerzas para llegar hasta el muelle. Además, durante la carrera, mi cólera había decaído. Finalmente, me detuve para recobrar el aliento. Después de todo, ¿no era completamente indiferente lo que había dicho aquel bruto de agente? «Sí, pero hay cosas que yo no puedo tolerar.» «¡Sin duda! -me interrumpí yo mismo-; pero él no se había dado cuenta!». Encontré satisfactoria esta excusa. Me repetí que él no se había dado cuenta. Di de nuevo media vuelta.

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¡Dios mío, las cosas que inventas! -pensé con indignación-. ¡Correr como un loco por estas calles mojadas, en plena noche! El hambre me roía intolerablemente y no me dejaba reposar. De vez en vez tragaba saliva, con la esperanza de satisfacerme, y me parecía que esto me tranquilizaba. Hacía ya muchas semanas, antes de este ayuno completo, que había tomado demasiado poco alimento y mis fuerzas habían disminuido considerablemente en los últimos tiempos. Aunque tuviera la suerte de obtener un billete de cinco coronas por uno u otro medio, nunca duraría aquel dinero el tiempo suficiente para permitirme restablecerme por completo antes de tener que sufrir un nuevo período de ayuno. Habían sufrido sobre todo mi espalda y mis hombros. Tosiendo fuerte o marchando inclinado, podía contener un momento aquel malestar del pecho; mas para el hombro y las espaldas no tenía remedio. ¿Cómo podía creerse que mi situación no pudiera despejarse? ¿Acaso no tenía yo tanto derecho a vivir como cualquier otro, como el librero-anticuario Pascha, por ejemplo, o Hennechen, el comisionista marítimo. ¡Como si yo no tuviera hombros de gigante y dos sólidos brazos para trabajar! ¡Como si no hubiera solicitado una plaza de leñador, en la calle de los Molineros, para ganar mi pan cotidiano! ¡Como si yo fuera perezoso! ¿No había buscado empleos, seguido cursos, escrito artículos, estudiado y trabajado noche y día como un condenado? ¿Y no había vivido como un avaro, alimentándome con pan y leche, cuando tenía mucho dinero, con pan seco cuando tenía poco y ayunando cuando no tenía nada? ¿Es que vivía en un hotel? ¿Tenía yo un piso completo en algún entresuelo? Vivía en un granero, en un taller de hojalatero, de donde todo el mundo había huido el último invierno porque nevaba dentro. Por tanto, no podía comprender nada absolutamente

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Caminaba, reflexionando en todas estas cosas y en mi pensamiento no había siquiera una sombra de perversidad, de envidia o de amargura. Me detuve ante un comercio de colores y miré al escaparate; intenté leer las etiquetas de algunos botes de hojalata, pero todavía estaba muy oscuro. Excitado contra mí mismo por este nuevo antojo furioso, exasperado por no poder saber lo que contenían los botes, di un golpe en el cristal y me marché. Distinguí un policía en lo alto de la calle, apresuré el paso, fui derecho a él y le dije a quemarropa:

-Son las diez.

-No, las dos -respondió, asombrado.

-No, las diez -dije-. Son las diez. -Y temblando de cólera, avancé aún algunos pasos, cerré el puño y dije-: ¡Óigame, son las diez!

Meditó un momento, examinó mi figura y me miró estupefacto. Por fin, dijo dulcemente:

-De todos modos, es hora de que vuelva usted a su casa. ¿Quiere que le acompañe?

Esa amabilidad me desarmó; sentí subir las lágrimas a mis ojos y me apresuré a contestar:

-¡No, gracias! Me he retrasado un poco en el café. Se lo agradezco.

Llevó la mano a su casco cuando me separé de él. Su amabilidad me había abrumado, y lloré por no tener cinco coronas para dárselas. Me paré lentamente; me golpeé la frente, y lloré cada vez más violentamente según se alejaba. Me insulté a mí mismo por mi pobreza, me di nombres de pájaros, inventé denominaciones hirientes, preciosos hallazgos de groseras injurias, que me aplicaba a mí mismo. Proseguí hasta que casi llegué a mi puerta. Al llegar, descubrí que había perdido mis llaves.

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-¡Naturalmente! -me dije con amargura-. ¿Por qué no perder las llaves? Vivo aquí en un patio en que hay una cuadra abajo y un taller de hojalatero arriba. La puerta se cierra por la noche, y nadie, absolutamente nadie, puede abrirla; entonces, ¿por qué no perder las llaves? Estaba mojado como un perro, tenía hambre, y las rodillas ridículamente flojas... entonces, ¿por qué no perder mis llaves? Además, ¿por qué no se habría mudado toda la casa al barrio de Aker para que yo no la encontrara cuando quería entrar?... Y me reía de mí mismo, endurecido por el hambre y el frío.

Oía piafar a los caballos en la cuadra, y encima podía ver mi ventana. En cuanto a la puerta, era imposible abrirla e imposible entrar en el patio. Cansado y con el alma llena de amargura, me decidía volver al muelle en busca de mis llaves.

Había comenzado a llover, y sentía el agua que atravesaba mi chaqueta hasta llegar a la espalda. Ante el Depósito se me ocurrió una idea luminosa: pediría a la policía que me abriera la puerta. Me dirigí inmediatamente a un agente, y le rogué que me acompañara para entrar en mi casa, si podía.

-¡Ah, si pudiera, sí! Pero no había manera, no tenía él las llaves. Las llaves de la policía no estaban allí, estaban en la oficina de los inspectores.

-¿Qué hacer entonces?

-Nada, ir a acostarse al hotel.

-Pero, precisamente yo no puedo ir a dormir al hotel; no tengo dinero. He estado de juerga en el café, usted comprende...

Permanecimos allí un instante, en la escalera del Depósito. Él reflexionaba, meditaba, mientras me examinaba. A nuestro alrededor, la lluvia caía a torrentes.

-Entonces, vaya usted al puesto de guardia y hágase conducir como transeúnte -dijo.

¿Como transeúnte? No había pensado en eso. ¡Caramba, era una buena idea! Y di las gracias al agente por tan excelente hallazgo.

-Entonces, ¿no tengo más que entrar y decir que soy transeúnte?

Nada más.

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-¿Su nombre? -preguntó el inspector de servicio.

-Tangen... Andrés Tangen.

No sé por qué mentí. Mis pensamientos flotaban dispersos, y tenía más impulsos extraños de lo que era conveniente. Inventé rápidamente ese nombre, muy diferente del mío, y lo lancé sin premeditación. Mentí sin necesidad.

-¿Profesión?

Esto era ponerme entre la espada y la pared. ¡Jem! Pensé inmediatamente en hacerme hojalatero, pero no quise. Me había dado un nombre como no lo tienen los hojalateros; además yo llevaba gafas. Se me ocurrió dar un golpe de audacia; avancé un paso y dije con tono firme y solemne:

-Periodista.

El secretario hizo un movimiento de sorpresa y luego escribió. Yo estaba ante la barra, majestuoso como un ministro sin domicilio. No desperté ninguna sospecha.

El secretario comprendía perfectamente que yo hubiera vacilado en responder. ¡Cómo suponer a un periodista en el Depósito, sin casa ni hogar!

-¿En qué periódico... señor Tangen?

-En el «Morgenbladet» -contesté-. He tenido la desgracia de estar de juerga hasta muy tarde, esta noche...

-¡No hablemos de eso! -interrumpió. Y agregó sonriendo-: Cuando la juventud se excita... ¡Sabemos lo que es eso!

Se levantó, se inclinó cortésmente ante mí y, dirigiéndose a un agente, le dijo: «Conduzca al señor a la sección reservada. Buenas noches».

Sentí que un escalofrío recorría mi espalda ante mi audacia y al andar apreté los puños para guardar la serenidad.

-El gas alumbra durante diez minutos -dijo el agente, parado ante la puerta.

-¿Y luego se apaga?

-Luego se apaga.

Me senté sobre la cama y oí echar la llave. La clara celda tenía un aspecto agradable. Me sentía bien abrigado y escuché con un sentimiento de bienestar la lluvia que caía fuera. ¡No podía desear nada mejor que un cuarto como éste, tan íntimo! Mi contento aumentaba. Sentado en el lecho, con el sombrero en la mano, los ojos fijos en la llama del gas, comencé a recordar las circunstancias de mis primeras relaciones con la policía. Porque éstas eran las primeras. ¡Y cómo lo había enredado! Tangen, periodista. ¿Qué quiere usted? Y después ¡«Morgenbladet»! ¡Cómo había acertado al hombre en el corazón con «Morgenbladet»!

No hablemos de eso, ¿eh? ¡Asistir a la recepción de gala de la Presidencia del Consejo hasta las dos, haber olvidado en casa mi llave y una cartera con algunos billetes de mil! Conduzca al señor a la sección reservada...

De pronto, el gas se apagó con una rapidez sorprendente, sin disminuir, sin decrecer. Estoy en una profunda obscuridad, no puedo ver mi mano, ni las paredes blancas de mi alrededor, nada. No podía hacer más que meterme en la cama. Me desnudé.

Pero no tenía sueño y no podía dormir. Estuve echado un momento, mirando la oscuridad, aquellas espesas y macizas tinieblas que no tenían fondo y que yo no podía concebir. Mi imaginación era incapaz de comprenderlas. Estaba todo negro, sobre toda medida, y notaba que la obscuridad me oprimía. Cerré los ojos, me puse a canturrear y me eché de un lado y de otro en el camastro para distraer mi imaginación, pero sin éxito. La obscuridad había tomado posesión de mi pensamiento y no me dejaba reposar un instante. ¿Y si me hubiera disuelto en las tinieblas, si yo no fuera más que una parte de ellas? Me incorporé en el lecho y moví los brazos.

Mi nerviosidad llevaba toda la ventaja, y por más que lo intentaba todo para combatirla, no conseguía nada. Yo estaba allí, víctima de las más extrañas fantasías, imponiéndome silencio a mí mismo, tarareando canciones de cuna, sudando a causa de los esfuerzos que hacía para calmarme. Tenía los ojos fijos en las tinieblas y nunca en mi vida las había visto semejantes. No había duda que me hallaba ante una clase especial de tinieblas, un elemento absurdo jamás observado por nadie hasta entonces. Se me ocurrían las ideas más ridículas, y cualquier cosa me producía terror. Un agujerito que había en la pared, junto a mi cama, me preocupaba enormemente; supongo que sería el hueco dejado por un clavo: una marca en el muro. Lo palpaba, soplaba dentro e intentaba adivinar su profundidad. No era un agujero inocente ni mucho menos; era un agujero muy sospechoso, lleno de misterio, del que había de desconfiar. Obsesionado con la idea del agujero, completamente fuera de mí, lleno de curiosidad y de terror, acabé por saltar del lecho y buscar mi medio cortaplumas para medir la profundidad del agujero y convencerme de que no llegaba hasta el cuarto contiguo.

Volví a acostarme para tratar de dormir; pero, en realidad, para volver a luchar con las tinieblas. La lluvia había cesado fuera, y no se oía ningún ruido. Durante un rato presté atención a la calle y no descansé hasta oír los pasos de un transeúnte, un agente, a juzgar por el sonido. De pronto me puse a dar chasquidos con los dedos mientras soltaba la risa. ¡Era endiabladamente gracioso! ¡Ah! Creía haber encontrado una palabra nueva. Me incorporé y dije: «Esto no existe en el idioma, soy yo quien ha inventado ésta: «Kuboa». Tiene letras como una palabra. ¡Bondad divina, hijo mío, has inventado una palabra... «Kuboa»... de una gran importancia gramatical! Veía claramente la palabra ante mí, en las tinieblas.

Permanecí con los ojos muy abiertos, asombrado de mi hallazgo, y reí de alegría. Luego empecé a hablar en voz baja, para que no me oyeran, porque quería guardar el secreto de mi invento. Había llegado a la completa locura del hambre, estaba vacío y no sufría, y ya no tenía las riendas de mi imaginación. Reflexioné silenciosamente. Con los más extraordinarios saltos de razonamiento, me puse a profundizar en la significación de mi nueva palabra. Nada le obligaba significar «Dios» o «Tívoli», y, ¿quién había dicho que significaba «exposición de ganado»? Apreté violentamente el puño y repetí: ¿Quién ha dicho que significa «exposición de ganado»? Reflexionando bien, no era necesario que quisiera decir «candado» o «amanecer». A una palabra como aquella no era difícil encontrarle un sentido. Esperaría, tendría paciencia. Entretanto podía dormir.

Echado en mi camastro, reía burlonamente, sin decir nada ni pronunciarme en pro o en contra. Al cabo de algunos minutos me puse nervioso, la nueva palabra me torturaba sin descanso, volvía sin cesar a mi pensamiento, como una obsesión, y me puse serio. Me había forjado una opinión acerca de los significados que no debía tener, pero no había adoptado ninguna decisión acerca de los que debía tener. «¡Es una cuestión secundaria!», declaré en voz alta. Me cogí del brazo y repetí que era una cuestión secundaria. La palabra estaba hallada, gracias a Dios, y eso era lo principal. Pero la imaginación no dejaba de atormentarme y me impedía dormir; nada me parecía bastante para aquella rara palabra. Por fin me incorporé de nuevo, y me dije, oprimiéndome la cabeza: «¡No, precisamente es imposible hacerle significar "emigración" o "manufactura de tabaco"!» De haber podido significar algo por este estilo, hace tiempo que me hubiera decidido, cargando con las responsabilidades. No; realmente, la palabra es propia para significar algo psíquico, un sentimiento del alma... ¿Cómo no lo comprendí antes? Y me exprimí los sesos. para encontrar algo psíquico. Entonces me pareció que alguien se mezclaba en mi conversación y contesté enfurecido: «¿Le parece bien? ¡No, idiota, no te pareces a nadie! ¿"Lana para medias"? ¡Vete al diablo! ¿Por qué estoy obligado a darle el significado de "lana para medias", cuando me repugna especialmente ese significado? Soy yo quien ha inventado la palabra, y, por tanto, tengo absoluto derecho para darle el significado que quiera. Todavía no me he decidido, me parece...»

Pero mi cerebro se embarullaba cada vez más. Por último, salté de la cama y busqué a tientas el grifo. No tenía sed, pero me ardía la cabeza y sentía una necesidad imperiosa de agua, una necesidad instintiva. Después de haber bebido, volví al lecho y adopté la resolución de dormir, a toda costa. Cerré los ojos y procuré estarme tranquilo. Permanecí extendido varios minutos sin moverme, empecé a sudar y la sangre empezó a golpear violentamente en mis venas. ¡Era de todo punto insólito; era demasiado chusco buscar dinero en el cucurucho! Además no tosió más que una vez. Y me decía si aún seguiría paseando. ¿O se habría sentado en mi banco...? El nácar azul…, los buques...