Hogaño, conciencias cauterizadas. En ese sentido, el escritor y periodista Johann Joseph von Görres definió el sentido de culpa como la conciencia (y consciencia) que combatiría contra una existencia satisfecha de sí misma y señalaba que quienes carecían de dicho sentimiento eran como muertes vivientes. Lo peor que le puede suceder al hombre es la pérdida del sentimiento - al menos, sensación- de culpa. Mientras perdura, siempre acontece la esperanza. Anhelando, por supuesto, que surjan ciertos remordimientos entre nuestros psicópatas élites.

Imperecedera lucha entre bien y mal

La segunda mitad de la novela está consagrada a la liberación de Raskólnikov. Y al amor. Sonia, cuestionando su honor para poder huir del hambre y la miseria. En la pobreza, está claro que "uno conserva la nobleza de sus sentimientos innatos; en la indigencia, nadie puede conservar nada noble". Delicada línea de sombra, pobreza e indigencia. Su amado arrastra un fosco secreto reflejado en sus ojos. Les une, ante todo, el dolor y la compasión y la culpa mutuos. Y Dostoievski, cristiano converso, referencias bíblicas permanentes. A través de ellas se expresa con indudable habilidad el agónico pleito entre el bien y el mal, la confesión como cancelación de la culpa, la pujanza redentora del sufrimiento.

Rodión Románovich Raskólnikov. Poliédrico,  quebrado, insurgente, misántropo, disociado, lastimado , razonablemente inteligente, poco antes de cometer su crimen, atravesando un irreversible línea de sombra, se adentra en una delirante paranoia de rasgos desmesuradamente hipocondríaco, ignorando casi por entero “las cuestiones del diario vivir sin querer ocuparse de ellas”. El mejor retrato psicológico lo realiza amigo Razumijin, aseverando que “es taciturno, sombrío, altivo y orgulloso; en los últimos tiempos (y quizá bastante antes) se ha vuelto desconfiado e hipocondríaco. Es magnánimo y bueno. No le gusta hacer gala de sus sentimientos y antes preferirá mostrarse duro y áspero en el trato, que expresar lo que siente su corazón. Pero a veces no es hipocondríaco, sino frío e insensible hasta límites inhumanos. La verdad, es como si se dieran en él dos caracteres contrapuestos que se suceden uno al otro. ¡A veces no hay modo de arrancarle una palabra! Nunca tiene tiempo, todo le molesta, y se pasa las horas acostado, sin hacer nada. No gusta bromas, y no porque carezca de ingenio: se diría que le falta tiempo para tales pequeñeces. No escucha hasta el fin lo que le dicen. No se interesa nunca por lo que en un momento dado interesa a los demás. Tiene de sí mismo una opinión muy elevada, parece que no sin cierto motivo para ello”.

La senda del rencor

Deja los estudios, pasa de todo, dormita sin parar. Estado casi vegetativo. Continuamente meditabundo, elude el trato con cualquier otro humano. Su discurrir versa sobre asuntos dispares: pobreza, futura prosperidad, deseo de estudiar, odio hacia la vida, la omnipresente Dunia y  su "extraño” sacrificio. Progresivamente desmejorado, hondo deterioro físico y mental, viste andrajos, el rencor se transforma en su combustible existencial, emprendiendo a la sazón extensísimos soliloquios. El qué dirán hace tiempo dejo de preocuparle, ideas criminógenas rondan sobreabundantes por su mollera, sus antiguos amigos se alejan paulatinamente de él.