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...O seguir leyéndolo con nosotros...

¡Qué rápidos pasan los días en la paz de la pequeña villa! ¡Qué sucesión de intensas emociones; cuánta ha sido la sabiduría de la excelente madre en la formación y cuidado de los hijos!

¡Qué alegría al constatar sus adelantos, o sus reacciones nobles y generosas! ¡Con qué afán se dispone Churruca a llenar su papel de padre, hasta ayer desempeñado por su noble compañera! Juegan en el jardín los niños cuando Churruca regresa de la Base Naval. Isabel y sus hijos salen a su encuentro. Los hijos lo rodean y lo besan.

ISABELITA.-¿Has traído los libros?

EL PADRE.-Sí; aquí los traigo. (Mostrando un paquete. Y, acercándose a una mesita de jardín, se sientan y desatan los paquetes.) Para ti, Isabelita, tu historia de Becasine. Tómala.

ISABELITA (Besándolo, después de coger el libro.).•Gracias, papaíto.

EL PADRE.-Para ti, José, el cuaderno para tus dibujos y los lápices que deseabas... JOSÉ.-Gracias, muchas gracias.

EL PADRE.-Y para ti, Pedro, y en realidad para todos, este hermoso libro de las Glorias de la Marina española. Veréis qué bonito es. (Los tres chicos se acomodan a su alrededor. En el libro van apareciendo efigies de caudillos, grabados de mares y de combates en la mar.) Mirad: las galeras fenicias, ¡qué finas y arrogantes!, más comerciales que guerreras. Han sido la madre de las marinas del mundo. Los fenicios, navegantes por excelencia, pusieron su capacidad náutica al servicio de sus empresas mercantiles.Aquí aparecen las griegas, más guerreras que comerciales; con ellas comienza la historia de la guerra en el mar.

Vemos después las cartaginesas, que fueron para este pueblo el poderoso instrumento de su expansión; pero ante ellas surgen las romanas, pues la temida rival acaba por comprender que en la mar reside el sostenimiento de su imperio...

Cuando lo olvida se hunde su poder. Estas otras son las naves de los árabes, que hacen posible su rápida expansión. A su empuje sucumben los pueblos que desconocían este instrumento.

Así se derrumba nuestra dinastía goda. Las naves arábigo-andaluzas del Califato de Córdoba labraron su grandeza y fueron temidas en el Mediterráneo. La desaparición de tan lucida flota señala fatalmente la decadencia de este pueblo hispano-árabe.

La Marina de Castilla nace en estas rías gallegas. Al Arzobispo de Santiago Don Diego Gelmírez, aquí retratado, se debe el primer esfuerzo de la construcción naval, pues trajo de Italia los expertos que resucitaran un arte hacía siglos perdido; pronto sus barcos fueron instrumento del poder naciente de Castilla. Estas son las naves de Roger de Lauria, el Gran Almirante de Aragón; su joven figura llena una de las etapas más gloriosas de nuestros empeños en la mar. Durante veinte años mantuvo el señorío de Aragón en el Mediterráneo occidental.

ISABELITA.-¡Qué jovencito!...

EL PADRE.-Fué Almirante a los veintitrés años. A sus órdenes brilló como nunca la célebre ballestería catalana, y de él son aquellas arrogantes palabras dirigidas al Rey de Francia: “Que ni nao, galera, ni siquiera pez, podría asomarse a la mar que no llevase grabado en su cola el escudo de Aragón.”

JOSÉ.-¡Qué bonito!... No lo olvidaré.

EL PADRE.-Sus glorias mediterráneas son prolongadas hacia Oriente por otra gran figura marinera: la de Roger de Flor, el célebre caudillo de los almogávares, que paseó triunfante hasta el fondo del Mediterráneo los colores de nuestra Bandera de hoy, como Vicealmirante de Don Fadrique de Aragón, Rey de Sicilia. Sus hazañas inspiraron los más bellos romances y leyendas, en los que el nombre de España y la valentía de sus hijos llegaban a todos los confines del mundo civilizado.

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JOSÉ.-Papá, ¿qué son los almogávares?

EL PADRE.-Eran guerreros escogidos, la flor de la raza española... Duros para la fatiga y el trabajo, firmes en la pelea, ágiles y decididos en la maniobra. Su valor no es igualado en la Historia por el de ningún otro pueblo...

JOSÉ.-¡Qué bonito es ser almogávar! ¿Cómo no hay ahora almogávares?

EL PADRE.-Cuando llega la ocasión, no faltan. Sólo se perdió tan bonito nombre; pero almogávar será siempre el soldado elegido, el voluntario para las empresas arriesgadas y difíciles, las fuerzas de choque o de asalto... Su espíritu está en las venas españolas y surge en todas las ocasiones. (Pasando una hoja del libro.) Aquí tenéis las naves de Colón.

JOSÉ.-¿Almogávares también?

EL PADRE.-No se llamaban así, pero también almogávares...

PEDRO (Señalando.).-Esta es la “Pinta”.

JOSÉ.-Esta es la “Santa María”.

ISABELITA.-Y aquí la “Niña”.

 EL PADRE.-En esas frágiles naves Colón dió a España la gloria de alumbrar un mundo. Sólo cuando se encuentra uno en la mar sobre cualquiera de nuestros hermosos navíos luchando con la tormenta se puede comprender la gran epopeya de aquellos hombres. Aquí tenéis la recia figura de Vasco Núñez de Balboa, el descubridor del Pacífico... A espaldas de sus soldados transportó las maderas de sus navíos de mar a mar para surcar el que acababa de descubrir. Atrevidísima empresa, que sólo cabe en corazones españoles. Aquí podéis contemplar las naves de Magallanes y de su seguidor Elcano, que circunda por primera vez la tierra. La figura de Hernán Cortés, el más glorioso de nuestros conquistadores. Sus hazañas y su fe no tienen par en la Historia.Francisco Pizarro, que conquista y puebla otro Imperio para España. Don Álvaro de Bazán, el más destacado marino de nuestro Siglo de Oro. Su vida está íntimamente unida a las glorias de la Marina. “Capitán General del mar Océano” era su título. Con su muerte se acaba nuestro señorío en los mares. Y “La Invencible”, último gran esfuerzo de aquel Rey que en su mano llevó las riendas del mundo. (Pasando otro grupo de hojas.) Desde entonces la Marina conserva como preciada reliquia lo que nadie puede arrebatarle... PEDRO.-¿El qué?...

EL PADRE.-El Honor.

Ahora vemos al antepasado glorioso, al que os legó un apellido famoso en los anales de nuestra Marina: Don Cosme Damián Churruca, el más sabio y valeroso marino de su época.

ISABELITA.-¡Qué joven!

EL PADRE.-Así era: murió a los cuarenta y cuatro años.

JOSÉ.-Y valiente, ¿no?

EL PADRE.-Sí, muy bravo.

PEDRO.-¿Y rico?

EL PADRE.-No le faltaba hacienda, pero es lo único que no interesa a la historia. Sus trabajos científicos habían universalizado su nombre. La admiración que por él tuvo el más grande soldado de su generación se acusa en el sable de Honor con que Napoleón le obsequia, y en las cartas a su ministro, ante quien coloca a Churruca como ejemplo. Mandó el barco “San Juan Nepomuceno” en la batalla de Trafalgar, a las órdenes del desventurado Almirante francés... 

Churruca, marino experto y valeroso, comprendía la locura de librar una batalla desigual que el tiempo habría de ganar; así lo manifestó, con su jefe Gravina y de•más Comandantes, en el Consejo celebrado bajo la dirección del Almirante; pero la terquedad de nuestro aliado más atento a salvar su prestigio personal, en desgracia ante el Emperador que había decretado su relevo, lo llevó a volver del acuerdo y a empeñar la batalla en las peores condiciones.

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Cosme Churruca, consciente de su Deber, formó la tripulación en la cubierta y, después de recibir de rodillas la absolución que le dió el Capellán, exhortó a todos a cumplir con este Deber; y al redoble de tambores y toque de generala entró en combate el “San Juan Nepomuceno” con cinco navíos ingleses...

Dura fué la pelea para las naves de España; ni lo certero de los disparos de nuestros artilleros, ni los esfuerzos de 46 Churruca pudieron compensar la superioridad numérica. Un refuerzo de barcos enemigos inundó de proyectiles la cubierta del “San Juan”, sin hacer decaer el arrojo de los españoles; mas cuando Churruca, con su propia mano, disparaba el cañonazo que desarbolaba un buque enemigo, una bala de cañón le arrancó una de sus piernas.

Caído en cubierta, trata de ocultar a sus hombres la gravedad de su herida. “Esto no es nada; siga el fuego” -exclama-, y, al ver que la vida se le va, llama al que ha de sucederle y le ordena que se clave la bandera y que no se arríe mientras viva. (Calla unos momentos y rompe el silencio para decir:) ¡Así fué hermosa la muerte de vuestro bisabuelo!

PEDRO.-No comprendo que el morir pueda ser hermoso.

EL PADRE.-Lo es, Pedrito, lo es. El Deber es tanto más hermoso cuantos más sacrificios entraña. Sois muy chicos, tal vez, para comprender mis palabras.

JOSÉ.-No, papá. "Yo te comprendo (Dirigiéndose a sus hermanos.), ¿verdad?

ISABELITA.-Sí, sí...

EL PADRE (Acariciándoles.).- ¡Chiquillos!

PEDRO.-Papá, ¿es cierto que ya no se producen estos hombres?... Eso nos dijo, el otro día, el profesor.

EL PADRE (Volviéndose.).-Pero, ¿qué dices, hijo? Se producen y se producirán. De nuestra misma carne fueron ellos, y si algunos espíritus pusilánimes y pesimistas pueden pensar de otra manera, la vida los desmiente a cada instante. En nuestro último temporal había que subir a la verga a  picar los cabos.

La muerte era segura, mas cuando yo pedí un voluntario fueron cien hombres, toda la tripulación, los que se ofrecieron. Tuve que elegir uno. Aquel hombre subió, picó los cabos y pereció en la empresa.

Yo tengo la seguridad de que vosotros, mis hijos, emularéis, algún día, lo que vuestro padre es capaz de hacer, lo que hizo este marinero, lo que hacen cotidianamente esos golfillos que juguetean en el muelle.

No perdáis nunca esta fe y este amor por España. Yo veo en ti (Dirigiéndose al mayor.) un gran marino del mañana, y en ti, José (Dirigiéndose al segundo.), un gran militar o un santo...

ISABELITA.-¿Y en mí, papá? (Pregunta la niña.)

EL PADRE -En ti, o una Teresa de Jesús o una Isabel de Andrade. (El chico mayor interrumpe a su padre:)

PEDRO.-Oye, papá; y cuando has tenido que elegir uno entre aquellos marineros para llevarle a la muerte, ¿a quién escogiste?... (Con recelo.) ¿Al más malo?

EL PADRE.-No, hijo mío. Todos los marineros son buenos. El que comete una falta, y tiene por ella su correctivo, lo cumple y está ya purificado. Ha quedado en paz. Es un hombre nuevo. Otra cosa sería si no lo cumpliese. Yo he elegido, de los que no tenían hijos, al más bravo, al que podía hacerlo mejor. Al hijo de Don Luis.

Hoy, sin duda, no acertaréis a comprenderlo, pero algún día daréis a estas palabras mías su valor.

JOSÉ.-Oye, papá, ¿es cierto lo que dice el tío Manolo, de que los marinos y los militares, cuando van a morir, se ponen de gala? 

EL PADRE.-Así es. El militar se pone de gala para sus grandes actos: así lo hace el día de su matrimonio, para acompañar al Señor en la procesión del Corpus, para visitar a sus Jefes, ¿cómo no lo va a hacer el día de más solemnidad, que el de su muerte gloriosa?.. Cuando le corresponde a uno morir se viste de gala por fuera y por dentro. Esto es, se muere con toda la arrogancia, con toda la despreocupación, y con toda la grandeza...

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Ha llegado el día de la Virgen de la Barca de Mugia -Finisterre-, y la familia tiene hecha una promesa. En el bote del primer Comandante - Churruca- embarca éste, su esposa y los chicos mayores. 

A proa se colocan las cestas con la merienda. En la popa, Isabel, apoyada en su esposo, le cubre con su quitasol. A sus lados los chicos juegan bañando sus manos en las tranquilas aguas. El matrimonio disfruta del delicioso paseo por las inmediaciones de la costa. Hacia la boca de la ría, donde el mar aparece en toda su grandeza, nada detiene la vista en la inmensa superficie azul: únicamente, en las proximidades de la costa, diminutos puntos negros nos recuerdan la lucha afanosa de los pescadores para arrancar al mar el sustento diario.

Al aproximarse a Mugia, la hermosa capilla alza su torre adornada por los colores alegres de nuestra Bandera sobre las peñas del cabo. Atraca el bote a la pequeña rampa de piedra del modesto embarcadero,  y, una vez en tierra, atraviesan el pueblo camino de la ermita

A los lados del camino polvoriento, invadido en parte por las arenas de la playa, pordioseros de los vecinos lugares muestran a los transeúntes sus miembros mutilados; a su lado, en un pañuelo de cuadros, van recogiendo los frutos de la caridad.

Reparte Churruca sus monedas entre los pedigüeños y el horror de las miserias humanas apaga durante unos momentos la alegría que embargaba a la familia. Llegan al atrio de la iglesia, donde una muchedumbre se agita entre estampidos de cohetes, sonido de gaitas, puestos de feria, mujeres cargadas con sus varas de molinos de viento, rifas de figuras de caramelos en mesitas redondas y cestos de rosquillas de romería. Entre los grupos de muchachas y mozos ataviados con los trajes regionales se  destacan las blancas vestiduras de la familia Churruca.

PEDRO (A sus hermanos.).-Vamos a la barca, ¡a la peña!

LA MADRE.-No; primero es dar gracias a la Virgen por la llegada de papá. Entran juntos en el devoto templo. Todos se arrodillan y, dirigidos por la madre, rezan una estación, para luego pasar a besar la Virgen en su camerino. Al despedirse, el marido le entrega al Capellán una limosna.

EL PADRE.-Tome, padre, para nuestra Virgen.

EL CAPELLÁN.-Que ella les acompañe siempre. Ni un solo día dejo de pedir por los que en la mar se encuentran. Regresan al bullicio de la romería.

PEDRO.-A la barca, a la barca.

EL PADRE.-Vamos.

Descienden por la ladera de gruesas peñas hacia el mar y se acercan a una gran piedra hueca vuelta para abajo.

EL PADRE.-Esta es la tradicional piedra de la barca: pasa años sin moverse, y un día lo hace con el peso de un niño. (Se suben todos y no se mueve.)

ISABEL.-¿Es frecuente?

CHURRUCA.-Sí. Se cuentan muchos milagros de la Virgen y de la peña. Al moverse suena con un ruido de trueno. Aquella que veis allí la llama “La Vela”, por su hueco pasan los reumáticos con la fe de curar sus achaques.

LA NIÑA.-¿Y se curan?

ISABEL.-La fe hace muchos milagros.

CHURRUCA.-Este es uno de los lugares más venerados de la comarca. ¡La tradición recoge y sostiene la predicación de Santiago en este lugar, donde antes había un 55 antiquísimo templo romano!...

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La devoción popular convierte la piedra en la barca del Apóstol. Vuelven a la romería, compran las típicas rosquillas que les ponen en sendas ramas, los chicos adquieren pequeñas golosinas, pitos y objetos de feria... y se sientan a merendar servidos por unos marineros. Se ven próximos los corros de romeros.

En uno se baila al son de la gaita y del tamboril, en otros se cantan aires regionales... EL PADRE.-¡Qué hermoso es todo esto!... ¡Cómo deseaba encontrarme así! ISABEL.-Sólo una sombra turba mi alegría, Pedro: el que esto se termine...

EL PADRE.-Quizá por eso lo apreciemos tanto...

El sol se pone. Un horizonte limpio permite contemplar el maravilloso espectáculo de un disco de fuego sumergiéndose en la mar. ISABEL.-¡El rayo verde! LOS NIÑOS.-¡Vamos a ver el rayo verde! (Palmoteando jubilosamente.)

Conforme el sol se oculta, pierde luminosidad hasta que los últimos rayos se extinguen en el horizonte.

JOSÉ.-¡Ahora! ¡Ahora se ve!

PEDRO.-Yo no lo vi.

CHURRUCA.-¿Lo has visto, Isabel?

ISABEL.-Creo que sí. Encuentro hoy todo tan maravilloso...

El regreso lo efectúan por tierra, por la carretera del borde de la ría. Marchan delante los chicos, con las varas de rosquillas al hombro; les sigue el matrimonio, del brazo, en marcha lenta; los niños, más ligeros, se detienen de vez en cuando para esperarlos. Filas de romeros, mozos y mozas, cogidos del brazo, pasan cantando.

Algún solista, hombre unas veces y mujer otras, levanta su voz sobre el conjunto; le acompaña el coro de los demás.

EL PADRE.-¡Qué bonito es esto! ¡Cómo huele a campo!...

ISABEL.-Hermosísimo; esas canciones con este lenguaje tan dulce se meten en el alma...

EL PADRE (Pasan pegados al mar.).- Ahora es el mar el que parece perfumar el aire...

ISABEL.-Y, sin embargo, Pedro, qué pocas veces he sabido encontrar esta belleza...

Los romeros se alejan y la brisa trae los últimos acentos de su canto: ¡Ou meu corazón ferido! Ala-la-la-la: ¡Ou meu corazón ferido!... Las llamadas del Estado Mayor de la Base ponen siempre una interrogante en el mañana. Las noticias de las Antillas son cada día más inquietantes. España se asemeja a un barco sin gobierno. La llegada de un oficio del General del Departamento, en el que reclama la presencia urgente de Churruca, despierta en éste un triste presagio. 

A su llegada a la Capitanía General, un grupo de Jefes, antiguos camaradas, se ocupan en comentar los acontecimientos coloniales. Lleva la voz cantante un Jefe de Marina llegado hace días de La Habana.

Churruca abraza a los antiguos amigos con efusión.

CHURRUCA.-¿Murmuraban ustedes de Ultramar?

EL JEFE DE E. M.-Sí, está todo tan liado. ¿No ha estado usted por Filipinas? ¿Qué nos cuenta de allá?

CHURRUCA.-Poco. En Filipinas... las mismas perturbaciones fomentadas por el extranjero, la perenne rebeldía de las gentes de Joló. Las intrigas extranjeras y..., lo que es peor, la invasión de la masonería. Allí no puede estar quien no sea masón; ni el concepto del honor acaba con aquello. ¡Qué enemigo más difícil de vencer! No se le ve, está en todas partes y mediatiza a las más  altas jerarquías. Por eso paré poco; no quería me contaminasen el barco. E

L COMANDANTE DE INFANTERÍA DE MARINA.-Algo parecido a lo de Cuba, aunque esto es aún más serio. Los insurrectos tienen protecciones poderosas; las mismas logias, pero una nación grande detrás. Abandonados de España, mejor dicho, prisioneros de España. Yo he leído, en el Estado Mayor del Capitán General de la Isla, cartas que destilaban sangre. “El Gobierno no quiere aventuras...; hay que contemporizar...; no se pueden enviar más hombres...; la guerra no es popular...”

OTRO JEFE (Con energía.).-¿Qué han hecho para que lo sean? ¿Sabe siquiera el país lo que aquello representa? ¡Cuánta vergüenza!

EL JEFE DE E. M.-Y, al final, sin armas, sin efectivos, sin política exterior, aislados 61 del mundo, tendremos la culpa los militares.

EL DE INFANTERÍA DE MARINA.- Por ello me vine yo. Estaba aburrido... (Suena un timbre y sale de la sala el Ayudante.)

EL CAP. DE NAVÍO.-Todo es tristemente verdad, y, en el peor de los trances, sólo nos quedará nuestra propia estimación, el concepto del Deber; mas entre morir de asco o morir con gloria no hay vacilación. (Todos asienten.) (Entra de nuevo el Ayudante.)

EL AYUDANTE.-El General te espera. (Dice dirigiéndose al Capitán de Navío, que sale seguidamente hacia el despacho del Almirante; el Ayudante le acompaña y abre la puerta.) 6

EL ALMIRANTE DEL DEPARTAMENTO (Alargándole la mano.).-Hola, Churruca. Le llamaba para prevenirle que esté usted preparado; seguramente saldrá usted para Cuba a tomar el mando de uno de nuestros cruceros en aquellas aguas. El Capitán de Navío destinado se encuentra enfermo, tiene que tomar una licencia y no está en condiciones de salir. La situación es grave; la intervención de los Estados Unidos parece cada vez más clara y desenfadada; nos esperan días difíciles. Me han pedido el nombre del mejor Capitán de Navío. (Disculpándose.) Yo no he tenido más remedio que dar el suyo.

EL CAP. DE NAVÍO.-Gracias, mi General. (Con firmeza y alegría.)

EL GENERAL (Disculpándose.).-Yo hubiera preferido dejarle aquí, que descanse un poco y librarle de aquello. Hombres como usted los necesitamos.

EL CAP. DE NAVÍO.-No, mi General, es mejor así; aquí me moriría de vergüenza. Muchas gracias.

EL GENERAL (Lo abraza y, al separarse y dar la vuelta, se enjuga furtivamente una lágrima).-¡Qué marino! (Murgura.)

Cuando sale le pregunta uno de los Jefes:

EL JEFE.-¿Qué te ha dicho, que parece que vienes contento?

EL CAP. DE NAVÍO.-Nada, que ya no me muero de asco: seguramente iré a mandar el “Lepanto”. Adiós; hasta pronto. Y, sin más comentario, abandona el despacho.

En un amplio dormitorio, presidido por un soberbio Cristo de marfil, Isabel, arrodillada ante dos grandes baúles de alcanfor, va colocando con amorosa atención las ropas y uniformes de su esposo, diseminados por las sillas próximas. Churruca, de pie, recostado en el muro, junto a la ventana, contempla el jardín. ¡Qué corto es el verano en las tierras del Norte! Los primeros temporales han arrastrado el verde ropaje de los árboles, acortando las distancias.

CHURRUCA (Volviéndose hacia Isabel, murmura.).•¡Qué distinto está todo!

ISABEL (Mostrando a su esposo el contenido de las cajas.).-En la número dos va lo de siempre, lo que usas menos: las galas, la capota, las ropas de respeto, las charreteras, las cruces... ¡Con qué gusto se  deshacen y qué pena produce tener que prepararlos!...

CHURRUCA.-El Deber, Isabel...

ISABEL (Con tristeza.).-Sí, el Deber... En esta otra va lo de empleo inmediato. Debajo del sextante, la ropa de uso; los uniformes de diario, encima. Los libros, el catalejo... (Furtivamente se seca una lágrima.)

CHURRUCA (La ayuda a levantarse.).- Isabel, ¡qué sola te quedas!

ISABEL.-Mas solo te vas...

CHURRUCA.-Es verdad... Aquí os dejo... y, sin embargo, conmigo vais...

La niña, que ha aparecido en la puerta del cuarto llevando unas prendas de ropa blanca, se queda suspensa sin atreverse a entrar; su madre la anima: 

ISABEL-Pasa, Isabelita. Gracias, rica. (Le dice cogiéndole la ropa, que mete en una de las cajas. El padre la levanta en sus brazos y la besa.)

EL PADRE.-¿ Qué quieres que te traiga de este viaje?

LA NIÑA.-No sé; que vengas pronto. (El padre deja a Isabelita en tierra para cerrar con las llaves los baúles. Isabelita se aleja discretamente.)

LA MADRE.-Tengo miedo, Pedro. Está por allí todo tan mal...

EL PADRE (Animándola.).-No creas, hace mucho tiempo que está así... No temas...

LA MADRE (Sonriendo amargamente.).- No te esfuerces. Viví tus inquietudes de estos últimos tiempos. Sé ya demasiado..., lo que encierra tu partida... Es tu deber...,  nuestro Deber... Conozco la consigna...: Hay que sonreír al temporal... (Sonriendo con tristeza.) ¡Dios nos ayudará!...

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EL PADRE (Abrazándola y besándola.).- ¡Otra vez de padre!, Isabel. ¡Cuídalos! ¡Bendita seas!

El desfile hacia el puerto es triste y penoso; la lluvia ha convertido los caminos en un barrizal, y los vientos del norte agitan un mar plomizo. Isabel, cogida del brazo de su esposo, intenta sortear los malos pasos. Los chicos, delante, con sus chaquetones azules, saltan sobre las piedras, sujetando sus gorras, que el viento pugna por arrebatarles.

Unas frases de Churruca intentan inútilmente alejar la tristeza que los embarga. 

Qué corto se ha hecho el camino para Isabel. Ya están en el viejo muelle; las olas rompen contra sus sillares, levantando surtidores de espuma. Al resguardo del malecón aparece la canoa que ha de conducirlo a bordo. El padre abraza fuertemente a los suyos; con el hijo mayor se detiene unos segundos.

CHURRUCA.-Adiós, hijo. Eres el mayor. Tienes que ser un hombrecito.

A la esposa la besa con honda emoción, separándose rápidamente de ella para saltar al bote, donde, ya repuesto, sonríe hacia los suyos.

CHURRUCA (Al timón.).-Alza; avante.

Mientras el bote se aleja, hasta confundirse con la nave, Isabel, rígida, con los niños a sus lados, agita su pañuelo...

Continuará...