Ya hay un español que quiere/vivir y a vivir empieza,/entre una España que muere/y otra España que bosteza./Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios./Una de las dos Españas/ha de helarte el corazón.”

 

Lo dejó escrito Max Aub en su “Manual de Historia de la Literatura española”: “si Unamuno es un modo de sentir y Ortega es un modo de pensar, Antonio Machado es un modo de ser” y es una buena definición, porque a la hora de calificar al gran Antonio Machado, amigos  y adversarios, todos coincidían: “D. Antonio es una buena persona”, pero además fue también un romántico, un tímido, un introvertido y un torpe en la vida mundana.

La vida de Antonio Machado está escrita. El mismo se encargó de escribirla en su “Autobiografía”, como puede comprobarse en estas líneas que reproducimos:

“Nací en Sevilla el año de 1875 en el Palacio de la Dueñas. Anoto este detalle no por lo que tenga de señorial (el tal palacio estaba en aquella sazón alquilado a varias familias modestas) sino por la huella que en mi espíritu ha dejado la interior arquitectura de ese viejo caserón. En mi próximo libro hablo de él, sin más datos que mis recuerdos infantiles.

Desde los ocho a los treinta y dos años he vivido en Madrid con excepción del año 1899 y del 1902 que los pasé en París. Me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza y conservo gran amor a mis maestros: Giner de los Ríos, el imponderable Cossío, Caso, Sela, Sama (ya muerto), Rubio, Costa (D. Joaquín —a quien no volví a ver desde mis nueve años—). Pasé por el Instituto y la Universidad, pero de estos centros no conservo más huella que una gran aversión a todo lo académico. He asistido durante veinte años, casi diariamente a la Biblioteca Nacional. En 1906 hice oposiciones a cátedras de francés y obtuve la de Soria donde he residido hasta agosto de 1912, con excepción del año 10 que estuve en París, pensionado para estudiar filología francesa. Estudié en el Colegio de Francia dos cursos (Bedier y Meillet). En 1909 me casé en Soria (Iglesia de Santa María la Mayor) y enviudé en 1912. En 1º de noviembre del mismo año fui trasladado a Baeza donde actualmente resido. No tengo vocación de maestro y mucho menos de catedrático. Procuro, no obstante, cumplir con mi deber. Mis lecturas han sido especialmente de filosofía y de literatura, pero he tenido afición a todas las ciencias. Creo conocer algo de literatura española. Tengo una gran aversión a todo lo francés, con excepción de algunos deformadores del ideal francés, según Brunetière. Recibí alguna influencia de los simbolistas franceses, pero ya hace tiempo que reacciono contra ella.

Tengo un gran amor a España y una idea de España completamente negativa. Todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo. Mi vida está hecha más de resignación que de rebeldía; pero de cuando en cuando siento impulsos batalladores que coinciden con optimismos momentáneos de los cuales me arrepiento y sonrojo a poco indefectiblemente. Soy más autoinspectivo que observador y comprendo la injusticia de señalar en el vecino lo que noto en mí mismo. Mi pensamiento está generalmente ocupado por lo que llama Kant conflictos de las ideas trascendentales y busco en la poesía un alivio a esta ingrata faena. En el fondo soy creyente en una realidad espiritual opuesta al mundo sensible. Siento una gran aversión a todo lo que escribo, después de escrito y mi mayor tortura es corregir mis composiciones en pruebas de imprenta. Esto explica que todos mis libros estén plagados de erratas.

Mi gran pasión son los viajes. Creo conocer algo algunas regiones de la Alta Castilla, Aragón y Andalucía. No soy muy sociable, pero conservo afecto a las personas. He hecho vida desordenada en mi juventud y he sido algo bebedor, sin llegar al alcoholismo. Hace cuatro años que rompí radicalmente con todo vicio. No he sido nunca mujeriego y me repugna toda pornografía. Tuve adoración a mi mujer y no quiero volver a casarme. Creo que la mujer española alcanza una virtud insuperable y que la decadencia de España depende del predominio de la mujer y de su enorme superioridad sobre el varón. Me repugna la política donde veo el encanallamiento del campo por el influjo de la ciudad. Detesto al clero mundano que me parece otra degradación campesina. En general me agrada más lo popular que lo aristocrático social y más el campo que la ciudad. El problema nacional me parece irresoluble por falta de virilidad espiritual; pero creo que se debe luchar por el porvenir y crear una fe que no tenemos. Creo más útil la verdad que condena el presente, que la prudencia que salva lo actual a costa siempre de lo venidero. La fe en la vida y el dogma de la utilidad me parecen peligrosos y absurdos. Estimo oportuno combatir a la Iglesia católica y proclamar el derecho del pueblo a la conciencia y estoy convencido de que España morirá por asfixia espiritual si no rompe ese lazo de hierro. Para ello no hay más obstáculos que la hipocresía y la timidez. Ésta no es una cuestión de cultura —se puede ser muy culto y respetar lo ficticio y lo inmoral— sino de conciencia. La conciencia es anterior al alfabeto y al pan. Admiro a Costa, pero mi maestro es Unamuno.”

Sin embargo, hay una faceta de la vida de Antonio Machado de la que se ha escrito poco: su vida política, sus relaciones con los gobiernos de la Monarquía que le tocó vivir, sus relaciones con la República y su “viacrucis” durante la Guerra Civil… y esa faceta es la que quiero repasar lo más reducida que pueda.

Aunque no me resisto a reproducir los tres poemas que escribió casi en su juventud. Aquellos que dicen:

 

 

CAMINANTE

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.


Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

 

UNA DE LAS DOS ESPAÑAS

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

 

EL MAÑANA EFÍMERO

La España de charanga y pandereta, 
cerrado y sacristía, 
devota de Frascuelo y de María, 
de espíritu burlón y alma quieta, 
ha de tener su mármol y su día, 
su infalible mañana y su poeta. 
En vano ayer engendrará un mañana 
vacío y por ventura pasajero. 
Será un joven lechuzo y tarambana, 
un sayón con hechuras de bolero, 
a la moda de Francia realista 
un poco al uso de París pagano 
y al estilo de España especialista 
en el vicio al alcance de la mano. 
Esa España inferior que ora y bosteza, 
vieja y tahúr, zaragatera y triste; 
esa España inferior que ora y embiste, 
cuando se digna usar la cabeza, 
aún tendrá luengo parto de varones 
amantes de sagradas tradiciones 
y de sagradas formas y maneras; 
florecerán las barbas apostólicas, 
y otras calvas en otras calaveras 
brillarán, venerables y católicas. 
El vano ayer engendrará un mañana 
vacío y ¡por ventura! pasajero, 
la sombra de un lechuzo tarambana, 
de un sayón con hechuras de bolero; 
el vacuo ayer dará un mañana huero. 
Como la náusea de un borracho ahíto 
de vino malo, un rojo sol corona 
de heces turbias las cumbres de granito; 
hay un mañana estomagante escrito 
en la tarde pragmática y dulzona. 
Mas otra España nace, 
la España del cincel y de la maza, 
con esa eterna juventud que se hace 
del pasado macizo de la raza. 
Una España implacable y redentora, 
España que alborea 
con un hacha en la mano vengadora, 
España de la rabia y de la idea.

 

Porque ya en estos poemas aparecen algunas de las convicciones que le acompañarían a lo largo de su vida. Que la vida no te la dan hecha ni te la hace nadie, que la vida, tu vida, te la tienes que hacer tú mismo y paso a paso “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. También tiene claro, por lo que se ve, que el “españolito” que venga al mundo llegará a un país siempre dividido en dos y que antes o después una de las dos Españas le helará el corazón (y esto sí que fue como una profecía de su propio final). Tampoco se le escapan las diferencias que desde siempre existen entre esas dos Españas. Hay una España de charanga y pandereta, que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste. Y hay otra España, la del cincel y la maza, de la rabia y de la idea, que alborea con un hacha en la mano vengadora.

Pero, más curioso aun es lo que dice cuando se refiere a su España: “Tengo un gran amor a España y una idea de España completamente negativa. Todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo” (seguro que el joven José Antonio Primo de Rivera conocía este pensamiento de Machado cuando dijo “Amo a España, porque no me gusta”).

Bien, pero en realidad su vida pública comienza cuando llega la esperada y deseada República. El 14 de abril de 1931 le coge en Segovia y Machado sube al balcón del Ayuntamiento para izar la bandera republicana. En aquella ocasión no pudo ni hablar, embargado por la emoción. Más tarde recordaría aquel momento a través de su alter ego  Juan de Mairena: “¡Aquellas horas, Dios mío, tejidas todas ellas con el más puro lino de la esperanza, cuando unos pocos viejos republicanos izamos la bandera tricolor en el ayuntamiento de Segovia! Recordemos, acerquemos otra vez aquellas horas a nuestro corazón. Con las primeras hojas de los chopos  y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra república de la mano. La naturaleza y la historia parecían fundirse en una clara leyenda anticipada. Fue aquel un día de júbilo en Segovia. Pronto supimos que lo fue en toda España, un día de paz que asombró al mundo entero”.

También le dedicaría algunos versos  a aquella jornada:

“La primavera ha venido

del brazo de un capitán.

Cantad, niñas en corro:

¡viva Fermín Galán!

La primavera ha venido

y don Alfonso se va.

Muchos duques le acompañan

hasta cerca de la mar.

Las cigüeñas de las torres

quisieran verlo embarcar…”

Sin embargo, pocos días antes, el 9 de febrero, asistió y presidió el primer mitin de los fundadores de la “Agrupación al Servicio de la República” (José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala) que habían acudido a Segovia para ofrecerle al poeta la presidencia de honor. En aquella ocasión pronunció unas palabras que quedarían para la historia:

La revolución no es volverse loco y levantar barricadas; es algo menos violento, pero más grave. Rota la continuidad evolutiva de nuestra historia, sólo cabe saltar hacia el mañana. Para ello se requiere el concurso de mentalidades creadoras, porque si no la revolución es una catástrofe. Saludo a estos tres hombre como verdaderos revolucionarios, como hombres de orden, de un orden nuevo” (El curso posterior de los acontecimientos le desmentiría).

Son los años de la esperanza, la República le mima y los teatros se le vuelcan en aplausos, aunque sigue sin acabar su “Discurso de Ingreso en la Academia Española” (también a la Academia se le había caído lo de “Real”)… y tiene gran confianza en el futuro y en “el hombre nuevo”  “El mañana, señores, bien pudiera ser un retorno – nada enteramente nuevo bajo el sol – a la objetividad, por un lado, y la fraternidad por otro. Una nueva fe – porque es en el campo de las creencias donde se plantean los problemas esenciales del espíritu – se ha iniciado ya. Comienza el hombre nuevo a desconfiar de aquella soledad que fue causa de su desesperanza y motivo de su orgullo. Ya no es el mundo mi representación, como era en lo más popular, la única metafísica popular del ochocientos”.

Y además Machado vuelve a Madrid. El Gobierno republicano había puesto en marcha las Misiones Pedagógicas y le encarga que organice el “Teatro Popular”, lo que le permitiría residir en la capital y no sólo eso ya que al crearse tres nuevos institutos para el curso 1932-1933 le concede una plaza en el Instituto Calderón de la Barca.

¡Ay!, pero los locos no tardaron en llegar y el 10 de mayo, no hacia ni un mes que se había proclamado la República, hicieron acto de presencia y comenzaron a quemar iglesias y conventos, y no sólo en Madrid sino en toda España (Málaga, Sevilla, Valencia, Barcelona, Córdoba…). Por eso no le sorprendió que sus amigos Marañón, Ortega y Pérez de Ayala fueran a verle a la tertulia a la que solía asistir en el café de las Salesas. Los fundadores de la “Agrupación al Servicio de la República” llegaron exaltados y con gran disgusto. Ortega con toda su seriedad, dijo nada más sentarse: “¡Están locos!... si comienzan así la República será flor de un día”

  • ¿Y de que te sorprendes, mi querido amigo José? – dijo el Dr. Marañón. Es el anticlericalismo de antaño y de siempre. Ya sabes que aquí suena el himno de Riego y los españolitos se van directos a quemar Iglesias y Conventos… ¡o a violar monjas y novicias!
  • Tenemos que hacer algo – añadió Pérez de Ayala –, la “Agrupación” tiene que dejar oír su voz… y más si el Gobierno se achanta.
  • Sí, hay que cortar en seco esta locura, si queremos que la República se consolide – replicó Ortega.
  • Bueno, bueno… – intervino Machado, con voz tenue y suave – ya sabéis, porque lo dije en Segovia, que la revolución no es volverse loco y levantar barricadas, pero en este caso, y según me han contado, ha habido un provocación de los “caballeritos monárquicos” demasiado clara
  • Ni así, D. Antonio, ni así, para las provocaciones están las leyes, tenemos que convencer a todos que la República no es una licencia para hacer lo que nos dé la gana

Y allí mismo Pérez de Ayala tomó la pluma y con intervenciones de los 4 consiguieron redactar un artículo-manifiesto, que se publicaría al día siguiente en “El Sol” (11 mayo) de ese artículo destacamos estos párrafos:

La multitud exótica e informe no es democracia, sino carne consignada a tiranías. Unas cuantas ciudades de la República han sido vandalizadas por pequeñas turbas de incendiarios. En Madrid, Málaga, Alicante y Granada humean los edificios donde vivían gentes que, es cierto, han causado durante centurias daños enormes a la nación española, pero que hoy, precisamente hoy, cuando ya no tienen el Poder público en la mano, son por completo inocuas. Porque eso, la detentación y manejo del Poder público, eran la única fuerza nociva de que gozaban. Extirpados sus privilegios y mano a mano con los otros grupos sociales, las Ordenes religiosas significan en España poco más que nada. Su influencia era grande, pero prestada: procedía del Estado. Creer otra cosa es ignorar por completo la verdadera realidad de nuestra vida colectiva. 

Quemar, pues, conventos e iglesias no demuestran ni verdadero celo republicano ni espíritu de avanzada, sino más bien un fetichismo primitivo o criminal que lleva lo mismo a adorar las cosas materiales que a destruirlas. El hecho repugnante avisa del único peligro grande y efectivo que para la República existe: que no acierte a desprenderse de las formas y las retóricas de una arcaica democracia en vez de asentarse desde luego e inexorablemente en un estilo de nueva democracia. Inspirados por ésta, no hubieran quemado los edificios, sino que más bien se habrían propuesto utilizarlos para fines sociales. La imagen de la España incendiaria, la España del fuego inquisitorial, les habría impedido, si fuesen de verdad hombres de esta hora, recaer en esos estúpidos usos crematorios. 

La bochornosa jornada del lunes queda, en alguna parte, compensada en Madrid por la admirable del domingo. La prontitud, espontaneidad y decisión con que la gente madrileña reaccionó ante la impertinencia de unos caballeritos monárquicos fue una amonestación suficiente, por el momento, que daba al Gobierno motivo holgado para podar ejecutivamente su ingénita petulancia. Nada más debió hacerse. De otro modo, aprenderían un juego muy fácil, consistente en provocar con un leve gesto de ellos convulsiones enormes en el pueblo republicano. No; si quieren, en efecto, suscitar en nosotros grandes sacudidas, que se molesten, al menos, en preparar provocaciones de mayor tamaño. A ver si pueden. 

Lo que es preciso evitar de la manera más absoluta es que falte al Gobierno, ni durante una fracción de segundo, la confianza en sí mismo y en la plenitud de su representación. Este Gobierno, si alguno en el mundo, ha sido ungido por la más clara e indiscutible voluntad de la nación. Los enemigos de la República no han intentado siquiera ponerlo en duda, cualesquiera que fueren sus ilusiones y sus manejos de otra índole. En cuanto a los republicanos, es cosa de evidencia rebosante que nadie puede presumir de haber hecho más por la República que ese grupo de hombres exaltado hoy a los cargos de ministros y demás oficios gubernativos. Nadie ha trabajado más por el cambio de régimen; nadie se ha expuesto más entre los españoles vivientes. Es, pues, intolerable que grupo alguno particular, atribuyéndose con grotesca arbitrariedad la representación de los deseos nacionales, reclame tumultuariamente del Gobierno medidas y actuaciones que el capricho haya inspirado. Son demasiados los millones de españoles los que han votado a la República para que el montón de unos cientos o unos miles aspire a ser más España toda que el resto gigantesco. Con toda esta teatralería de vetusta democracia mediterránea hay que acabar desde luego y sin más. No hay otro «pueblo» que el organizado. La multitud caótica e informe no es democracia, sino carne consignada a tiranías. 

Por otra parte, esa plenitud de representación que en el Gobierno reside le obliga a conservar intacto el depósito soberano de confianza que entera una nación le ha entregado. Es el Gobierno de todos los que han votado la República, y tiene el deber tremendo de llegar integro y sin titubeos hasta el momento en que nos devuelva, instaurado, ya, el nuevo Estado: la República española… Es preciso, por tanto, que de la manera más inmediata y resuelta impongan el tono de la nueva democracia exacta, limpia, dura como el metal técnico, cuántos españoles posean la dosis suficiente de buen sentido, y que no sean pseudointelectuales incapaces de pensar tres ideas en fila. Hoy no tiene la República más peligros que los fantasmas.

Pero, de nada sirvió este artículo, ni otros que se publicaron ni las críticas de los políticos ni el malestar de los Obispos y Cardenales de España. La acción de los exaltados siguió su curso, tal vez porque las izquierdas justificaron la “barbarie” en base a la “demagogia derechista” que trataban de imponer los de siempre y en tres días ardieron cientos de edificios y se perdieron entre el fuego miles de obras de arte. Al parecer la tesis de Azaña, a la sazón Ministro de la Guerra de que “la vida de un español vale más que todas las Iglesias y Conventos de España juntos” se habían impuesto, aunque aquellos incendios fueron la semilla de la catástrofe que ya asomaba por el horizonte. Puesto que los católicos a partir de ese momento nunca estuvieron al lado de la República.

Sin embargo, no sería este el único disgusto que le daría “su” República al bueno de Don Antonio, ya que a los pocos meses volvió a disgustarse con las dimisiones de Alcalá-Zamora, como Presidente del Gobierno Provisional, y de Miguel Maura, Ministro de la Gobernación, por el tema religioso y su enfrentamiento con Azaña. El que hombres sensatos e influyentes entre las Derechas se apartaran sólo podría traer males para una República que acababa de instalarse en el Poder. Después se llevó otro disgusto cuando su amigo Ortega publicó “el aldabonazo” del “No es esto, no es esto” y que tanto daño le haría a la larga a la incipiente República (porque a Don Antonio se le vino a la cabeza enseguida el “Delenda est Monarchia” que había acabado con la Monarquía).

Y si no fuera suficiente llegaron las elecciones de 1933 y la ruptura de la Conjunción republicano-socialista y el triunfo apoteósico de las Derechas, con la CEDA de Gil Robles. Porque entonces los republicanos de izquierdas parodiando sus versos del 14 de abril “La primavera ha venido del brazo de un capitán. Cantad, niñas en coro, ¡viva Fermín Galán” cantaron aquello de “La República se ha ido, nadie sabe como ha sido... RIP”.

Tampoco se sintió feliz cuando ya en el año 1932 la “Agrupación al Servicio de la República”, que con tanta ilusión había nacido de la mano de Ortega, Marañón y Pérez de Ayala y de la que él mismo era Presidente de Honor se deshizo. Porque eso demostraba que “su” República no iba por buen camino y que estaba haciendo más grande el abismo que separaba a las dos Españas.

Pero, a pesar de ello en 1934 se afilió a la “Izquierda Republicana” de Azaña y firmó el manifiesto “Contra el terror nazi” y colabora en la revista “Octubre”, que habían fundado Rafael Alberti y María Teresa León. Es por entonces cuando se inventa a “Juan de Mairena”, al que le hace decir lo que él ya apenas se atreve a decir.

En 1935 se adhiere al Comité de Escritores en Defensa de la Cultura y firma otro manifiesto en defensa de la “Unión Universal por la Paz”.

¡Ay!, pero más disgustos le iba a dar el año 1936, porque ya en los primeros días de enero muere su buen amigo y admirado Ramón María del  Valle Inclán, el creador del esperpento y aquel que al morir sólo dijo con su humor característico dos cosas: “¡Qué pena morirse ahora, con la que nos espera ya mismo!” (visión clara de la inminente Guerra Civil) y “No quiero a mi lado ni curas discretos, ni frailes humildes, ni jesuitas sabiondos”. Machado se encierra en sí mismo como siempre y le dedica estos versos:

A Don Ramón del Valle Inclán

Yo era en mis sueños, don Ramón, viajero

del áspero camino, y tú, Caronte

de ojos de llama, el fúnebre barquero

de las revueltas aguas de Aqueronte.

Plúrima barba al pecho te caía.

(Yo quise ver tu manquedad en vano.)

Sobre la negra barca aparecía

tu verde senectud de dios pagano.

Habla, dijiste, y yo: cantar quisiera

loor de tu Don Juan y tu paisaje,

en esta hora de verdad sincera.

Porque faltó mi voz en tu homenaje,

permite que en la pálida ribera

te pague en áureo verso mi barcaje.

 

Bueno, pero no todo iban a ser disgustos, porque con motivo de la festividad de “San Antonio” se presentaron en el café donde la familia Machado celebraba el santo de Antonio Unamuno y “Azorín”. D. Miguel, cosa rara en él, entró sonriente y hasta simpático.

  • Aquí está nuestro hombre, aquí está el poeta más grande de las Españas… si hoy es San Antonio festejemos a D. Antonio, mi amigo del alma – y sin más se abrazó a D. Antonio que le respondió con otro abrazo muy emocionado.

Una vez sentados, el hermano Manuel le había dejado el sitio a D. Miguel y Azorín se había sentado al lado de la madre, Doña Ana, D. Antonio dijo:

  • Gracias, D. Miguel ¿Qué hace usted por Madrid? No sabe qué alegría me da.
  • ¿No lo sabe? Me acaban de nombrar Doctor “honoris causa” por la Universidad de Oxford y he tenido que pasar por la embajada inglesa… Pero, eso es lo de menos, para mi es mucho más importante ver y hablar con mi poeta preferido. A propósito ¿Cómo anda de salud mi poeta preferido?
  • ¡Ay, mi amigo Unamuno, de salud física como la del viejo que soy ya y de salud espiritual, fatal!
  • ¿Y eso, qué le pasa a mi amigo D. Antonio?
  • ¡España!... ¡Se están cargando nuestra España!
  • Bueno, D. Antonio, eso ya lo dijimos nosotros en 1931, al menos yo lo dije y bien alto… si aquellos locos de la quema de las Iglesias y Conventos seguían por aquel camino y llegaban al Poder España se iría al garete.
  • Sí, pero ¿Qué me dice de la otra España?
  • Pues, eso, que ya tenemos aquí a las dos fieras con los dientes afilados y dispuestas a comerse… me lo va a decir a mí que nací en mi Bilbao bajo las bombas y los tiros de las dos fieras
  • Sí, sí… esto no va a terminar bien. El horizonte ya viene vestido de rojo.
  • ¡¡Sangre!!... Sangre es lo que quieren ya las dos fieras… Y no me hable usted de responsables, porque, tal vez, los máximos responsables hemos sido nosotros, nosotros que somos los que más hicimos por despertar a la fiera, nosotros que creímos que la cultura era lo que unía a los pueblos y que la libertad es el don mayor del hombre…
  • Sí, eso es verdad, pero esto está peor de lo que nosotros pudimos figurarnos. España es ya un campo de batalla, ya solo falta que salgan los protagonistas con sus armas.
  • … Sí no aparece un “cirujano de hierro”…
  • Eso sería peor, D. Miguel… ¡Por Dios, otra Dictadura no!
  • Pues, por lo que tenemos ya a la vista Pavía viene ya montado en su caballo camino de Madrid.
  • Bueno, no será tan grave – se atrevió a intervenir el hermano Manuel –. Perro ladrador poco mordedor.
  • No, Manolo, esta vez me temo que los perros muerdan… ya lo dice nuestro amigo Azorín, a última hora los políticos olvidaran sus rencillas se repartirán los sillones y aquí paz y después gloria.

Y así siguieron gran parte de la tarde, también se enfrascaron cuando salió a la palestra la palabra “Patria”, porque la “Patria” no era lo mismo para cada uno de los presentes. Para D. Antonio:

La patria no es una finca heredada de nuestros abuelos; buena no más para ser defendida a la hora de la invasión extranjera. Sabemos que la patria es algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo. El pueblo que la descuida o la abandona, la pierde, aunque sepa morir… La patria es, en España, es un sentimiento esencialmente popular, del cual suelen jartarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera. Si algún  día tuviereis que tomar parte en una lucha de clases, no vaciléis en poneros del lado del pueblo, que es el lado de España, aunque las banderas populares ostenten los lemas más abstractos

  • La patria son hombres, seres humanos, y si no hay hombres o los seres humanos se transforman en fieras la patria deja de existir… Los leones de la selva, los tigres, las serpientes, los cocodrilos no tienen patria… ¡Y eso es lo que tenemos a la vista!... Leones, tigres, serpientes y cocodrilos hambrientos de carne y sangre… Pero, esperemos que las fieras no nos coman a nosotros – y D. Miguel se levantó y volvió a abrazar a D. Antonio y al resto de la familia

¡Ay, pero lo que no sabían aquella tarde Unamuno, los Machados y Azorín es que justo un mes después caería victima de las fieras de las izquierdas Calvo Sotelo y que las fieras de las Derechas se echarían al monte con las armas en la mano!

Y en medio de aquellas ya claras y bien separadas dos Españas le llegó el 18 de julio de 1936, es decir, la Guerra Civil y consecuente con su fidelidad a la República firma el manifiesto de “Adhesión al Gobierno”, que aparece en los periódicos de Madrid encabezado por Rafael Alberti que firman Juan Ramón Jiménez, Menéndez Pidal, Marañón, Pérez de Ayala, Pittaluga, Ortega y Teófilo Hernando entre otros (fue el manifiesto que los milicianos a punta de pistola obligaron a firmar a Ortega, Azorín, Marañón, Pérez de Ayala y Menéndez Pidal y que provocó su salida de España y el exilio).

Pero aquel mes de agosto fue el del asesinato de García Lorca en Granada, (aunque la noticia no llegaría a Madrid hasta el 8 de septiembre). Entonces, conmovido y apenado, Machado coge la pluma y le dedica al joven Lorca uno de sus más bellos poemas. Este:

EL CRIMEN FUE EN GRANADA: A FEDERICO GARCÍA LORCA

  1. El crimen

  Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
... Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

  1. El poeta y la muerte

  Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
—Ya el sol en torre y torre, los martillos
en yunque— yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
«Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban...
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»

  Se le vio caminar...
                      Labrad, amigos,
de piedra y sueño en la Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

Pero, las tropas de Franco avanzaban implacablemente hacia Madrid y en octubre ya estaban en la Casa de Campo. El Gobierno, que presidía Largo Caballero, se asustó y se marchó a Valencia y dado el peligro de que la capital cayese en manos de los sublevados el Ministro de Instrucción Pública decidió llevarse a Valencia a los intelectuales y escritores más afines y que no se habían marchado. Machado se resiste a marcharse, pero al final le convencen Rafael Alberti y León Felipe, aunque les exige que le acompañen su madre y su hermano José y su familia. “Yo no me hubiera marchado –dijo al final de un banquete de despedida que le ofrecen algunos amigos-, estoy viejo y enfermo y en Madrid, mi rompeolas de todas las Españas, estoy bien. Si he aceptado marcharme es porque quiero luchar a vuestro lado, quiero terminar mi vida que he llevado dignamente, muriendo con dignidad”.

Ya en Valencia, primero en el Hotel Palace y después en una Villa que le buscaron en el pueblo de Rocafort, donde, a veces a su pesar, intervino en las actividades del Comité que organizaba el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas.

Pero, tampoco ese año de 1937 comenzó bien para el bueno de Machado, porque finalizaba ya enero cuando le llegó una noticia que le dejó paralizado. D. Miguel, su amigo, su maestro, su mentor había muerto en Salamanca… y peor aun que, al parecer, había muerto asesinado por las Derechas. Este rumor, que había recogido Alberti en su “Mono Azul”, le causó tal impacto que hasta físicamente se hundió y la familia tuvo que llamar con urgencia al médico porque creyeron que se moría. Luego, recuperado, se encerró en sí mismo y estuvo varios días sin hablar con nadie, salvo consigo mismo. Su hermano José, que no se apartaba de él en ningún momento, diría más tarde que Antonio se recitaba así mismo una y otra vez los versos que mucho tiempo atrás le había dedicado a su admirado D. Miguel de Unamuno. Aquel poema que le escribió en 1905 cuando publicó la “Vida de Don Quijote y Sancho” y que decía:

Este donquijotesco 
don Miguel de Unamuno, fuerte vasco, 
lleva el arnés grotesco 
y el irrisorio casco 
del buen manchego. Don Miguel camina, 
jinete de quimérica montura, 
metiendo espuela de oro a su locura, 
sin miedo de la lengua que malsina. 

A un pueblo de arrieros, 
lechuzos y tahúres y logreros 
dicta lecciones de Caballería. 
Y el alma desalmada de su raza, 
que bajo el golpe de su férrea maza 
aún durme, puede que despierte un día. 

Quiere enseñar el ceño de la duda, 
antes de que cabalgue, el caballero; 
cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda 
cerca del corazón la hoja de acero. 

Tiene el aliento de una estirpe fuerte 
que soñó más allá de sus hogares, 
y que el oro buscó tras de los mares. 
Él señala la gloria tras la muerte. 
Quiere ser fundador, y dice: Creo; 
Dios y adelante el ánima española... 
Y es tan bueno y mejor que fue Loyola: 
sabe a Jesús y escupe al fariseo.

Pero, de aquella “tragedia íntima” salió un nuevo Machado. Un Machado más rebelde y hasta revolucionario que quería marcharse a luchar al frente. “Pepe – llegó a decirle a su hermano – no podemos quedarnos aquí, tenemos que luchar y acabar con esos salvajes… y si hay que matar se mata”.

Y en ese estado de ánimo escribió el discurso que le habían pedido las “Juventudes Socialistas Unificadas” para su Congreso de mayo.

Acaso el mejor consejo que puede darse a un joven es que lo sea realmente. Ya sé que a muchos parecerá superfluo este consejo. A mi juicio, no lo es. Porque siempre puede servir para contrarrestar el consejo contrario, implícito en una educación perversa: procura ser viejo lo antes posible.

Se vela por la pureza de la niñez; se la defiende, sobre todo, de los peligros de una pubescencia anticipada. Muy pocos velan por la pureza de la juventud; a muy pocos inquieta el peligro, no menos grave, de una vejez prematura. Sabemos ya, y acaso lo hemos creído siempre, que la infancia no se enturbia a sí misma, y hemos adquirido un respeto al niño, loable, en verdad, si no alcanzase los linderos de la idolatría. Se sigue creyendo, en cambio, que toda la turbulencia que advertimos en los jóvenes es de fuente juvenil, y que al joven sólo puede curarle la vejez. Yo he pensado siempre lo contrario. Por ello he dicho siempre a los jóvenes: adelante con vuestra juventud. No que ella se extienda más allá de sus naturales límites en el tiempo, sino que, dentro de ellos, la viváis plenamente. Adelante, sobre todo, con vuestra faena juvenil: ella es absolutamente intransferible; nadie la hará, si vosotros no la hacéis.

Uno de los graves pecados de España, tal vez el más grave, acaso el que hoy purgamos con la tragedia de nuestra patria, es el que pudiéramos llamar «gran pecado de las juventudes viejas». Yo las conozco bien, amigos queridos, perdonadme esta pequeña jactancia. En mi ya larga vida, he visto desfilar varias promociones y diversos equipos de jóvenes pervertidos por la vejez: ratas de sacristía, flores de patinillo, repugnantes lombrices de caño sucio. Los conozco bien. Y son esos mismos jóvenes sin juventud los que hoy, ya maduros, mejor diré, ya podridos, levantan, en la retaguardia de sus ejércitos mercenarios, los estandartes de la reacción, los mismos que decidieron, fría y cobardemente, vender a su patria y traicionar el porvenir de su pueblo. Son esos mismos también, aunque no siempre lo parezcan, los que hoy quisieran corromperos, sembrar la confusión y el desorden en vuestras filas, los enemigos de vuestra disciplina, en suma, cualesquiera que sean los ideales que digan profesar.

¡La disciplina!... He aquí una palabra, que vosotros, jóvenes socialistas unificados, no necesitáis, por fortuna, que yo os recuerde. Porque vosotros sabéis que la disciplina, útil para el logro de todas las empresas humanas, es imprescindible en tiempos de guerra. De disciplina sabéis vosotros, por jóvenes, mucho más que nosotros, los viejos, pudiéramos enseñaros. Contra lo que se cree, o afecta creerse, también la disciplina es una virtud esencialmente juvenil, que muy rara vez alcanza a los viejos. Sólo la edad generosa, abierta a todas las posibilidades del porvenir, realiza gustosa el sacrificio de todo lo mezquinamente individual a las férreas normas colectivas que el ideal impone. Sólo los jóvenes verdaderos saben obedecer sin humillación a sus capitanes, velar por el prestigio, sin sombra de adulación, de los hombres que, en los momentos de peligro, manejan el timón de nuestras naves; sólo ellos saben que en tiempo de guerra y de tempestad los capitanes y los pilotos, cuando están en sus puestos, son sagrados.

Nada temo de la indisciplina juvenil, porque nunca he creído en ella. Mucho temo, mucho he temido siempre de la mansa indisciplina de la vejez, de esa vejez anárquica, en el sentido peyorativo de estas dos palabras —un hombre encanecido en actividades heroicas sabe guardar como un tesoro la llama íntegra de su juventud, y un anarquista verdadero puede ser un santo— de ese espíritu díscolo y rebelde a toda idealidad, siempre avaro de bienes materiales, codicioso de mando para imponer la servidumbre, que, en suma, sólo obedece a lo más groseramente individual: los humores, y apetitos de su cuerpo averiado, sus rencores más turbios, sus lujurias más extemporáneas. A eso, que es la vejez misma, he temido siempre.

Si repasáis la breve historia de nuestra República, que se inaugura magníficamente con signo juvenil, dominada por hombres que gobiernan y legislan atentos al porvenir de su pueblo, veréis que es un hombre profundamente viejo, un alma decrépita de ramera averiada y reblandecida, el llamado Lerroux, quien se encarga de acarrear a ella, de amontonar sobre ella —¡nuestra noble República!— todos los escombros de la rancia política en derribo, toda la cochambre de la inagotable picaresca española. A esto llamaba él ensanchar la base de la República.

Yo os saludo, pues, jóvenes socialistas unificados, con un respeto que no siempre pude sentir por los ancianos de mi tiempo, porque muchos de ellos estaban deshaciendo a España, y vosotros pretendéis hacerla. Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es muy posible que no lo sea jamás. Mi pensamiento no ha seguido la ruta que desciende de Hegel a Carlos Marx. Tal vez porque soy demasiado romántico, por el influjo, acaso, de una educación demasiado idealista, me falta simpatía por la idea central del marxismo; me resisto a creer que el factor económico, cuya enorme importancia no desconozco, sea el más esencial de la vida humana y el gran motor de la historia. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el Socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia; veo claramente que es ésa la gran experiencia humana de nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir. Ella coincide plenamente con vuestra juventud, y es una tarea magnífica, no lo dudéis. De modo que, no sólo por jóvenes verdaderos, sino también por socialistas, yo os saludo con entera cordialidad. Y en cuanto habéis sabido unificaros, que es mucho más que uniros, o juntaros para hacer ruido, contáis con toda mi simpatía y con mi más sincera admiración. 1 mayo 1937.

Y en ese estado de ánimo, más “rojo” que nunca, pronunció en julio el discurso de clausura del “II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas”, cuyo tema fue “sobre la defensa y la difusión de la cultura”.

Naturalmente, fue un discurso político, pero tan bello y tan claramente comprometido, que no me resisto a reproducirlo integro.

El poeta y el pueblo

Cuando alguien me preguntó, hace ya muchos años, ¿piensa usted que el poeta debe escribir para el pueblo, o permanecer encerrado en su torre de marfil –era el tópico al uso de aquellos días– consagrado a una actividad aristocrática, en esferas de la cultura sólo accesibles a una minoría selecta?, yo contesté con estas palabras, que a muchos parecieron un tanto evasivas o ingenuas: «Escribir para el pueblo –decía mi maestro– ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos –claro está– de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es, por de pronto, [12] escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas de inagotable contenido que no acabamos nunca de conocer. Y es mucho más, porque escribir para el pueblo nos obliga a rebasar las fronteras de nuestra patria, es escribir también para los hombres de otras razas, de otras tierras y de otras lenguas. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España, Shakespeare, en Inglaterra, Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. Tal vez alguno de ellos lo realizó sin saberlo, sin haberlo deseado siquiera. Día llegará en que sea la más consciente y suprema aspiración del poeta. En cuanto a mí, mero aprendiz de gay-saber, no creo haber pasado de folk-lorista, aprendiz, a mi modo, de saber popular.»

Mi respuesta era la de un español consciente de su hispanidad, que sabe, que necesita saber cómo en España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo, cómo en España lo esencialmente aristocrático, en cierto modo, es lo popular. En los primeros meses de la guerra que hoy ensangrienta a España, cuando la contienda no había aún perdido su aspecto de mera guerra civil, yo escribí estas palabras que pretenden justificar mi fe democrática, mi creencia en la superioridad del pueblo sobre las clases privilegiadas.

Los milicianos de 1936

I

¿Por qué recuerdo yo esta frase de don Jorge Manrique, siempre que veo, hojeando diarios y revistas, los retratos de [13] nuestros milicianos? Tal vez será porque estos hombres, no precisamente soldados, sino pueblo en armas, tienen en sus rostros el grave ceño y la expresión concentrada o absorta en lo invisible de quienes, como dice el poeta, «ponen al tablero su vida por su ley», se juegan esa moneda única –si se pierde, no hay otra– por una causa hondamente sentida. La verdad es que todos estos milicianos parecen capitanes, tanto es el noble señorío de sus rostros.

II

Cuando una gran ciudad –como Madrid en estos días– vive una experiencia trágica, cambia totalmente de fisonomía, y en ella advertimos un extraño fenómeno, compensador de muchas amarguras: la súbita desaparición del señorito. Y no es que el señorito, como algunos piensan, huya o se esconda, sino que desaparece –literalmente–, se borra, lo borra la tragedia humana, lo borra el hombre. La verdad es que, como decía Juan de Mairena, no hay señoritos, sino más bien «señoritismo», una forma, entre varias, de hombría degradada, un estilo peculiar de no ser hombre, que puede observarse a veces en individuos de diversas clases sociales, y que nada tiene que ver con los cuellos planchados, las corbatas o el lustre de las botas.

III

Entre nosotros, españoles, nada señoritos por naturaleza, el señoritismo es una enfermedad epidérmica, cuyo origen puede encontrarse, acaso, en la educación jesuítica, profundamente anticristiana y –digámoslo con orgullo– perfectamente antiespañola. Porque el señoritismo lleva implícita una estimativa [14] errónea y servil, que antepone los hechos sociales más de superficie –signos de clase, hábitos e indumentos– a los valores propiamente dichos, religiosos y humanos. El señoritismo ignora, se complace en ignorar –jesuíticamente– la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma, en ella tiene su cimiento más firme la ética popular. «Nadie es más que nadie», reza un adagio de Castilla. ¡Expresión perfecta de modestia y orgullo! Sí, «nadie es más que nadie» porque a nadie le es dado aventajarse a todos, pues a todo hay quien gane, en circunstancias de lugar y de tiempo. «Nadie es más que nadie, porque –y éste es el más hondo sentido de la frase–, por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. Así habla Castilla, un pueblo de señores, que siempre ha despreciado al señorito.

IV

Cuando el Cid, el señor, por obra de una hombría que sus propios enemigos proclaman, se apercibe, en el viejo poema, a romper el cerco que los moros tienen puesto a Valencia, llama a su mujer, doña Jimena, y a sus hijas Elvira y Sol, para que vean «cómo se gana el pan». Con tan divina modestia habla Rodrigo de sus propias hazañas. Es el mismo, empero, que sufre destierro por haberse erguido ante el rey Alfonso y exigídole, de hombre a hombre, que jure sobre los Evangelios no deber la corona al fratricidio. Y junto al Cid, gran señor de sí mismo, aparecen en la gesta inmortal aquellos dos infantes de Carrión, cobardes, vanidosos y vengativos; aquellos dos señoritos felones, estampas definitivas de una aristocracia encanallada. Alguien ha señalado, con certero tino, que el Poema [15] del Cid es la lucha entre una democracia naciente y una aristocracia declinante. Yo diría, mejor, entre la hombría castellana y el señoritismo leonés de aquella centuria.

V

No faltará quien piense que las sombras de los yernos del Cid acompañan hoy a los ejércitos facciosos y les aconsejan hazañas tan lamentables como aquella del «robledo de Corpes». No afirmaré yo tanto, porque no me gusta denigrar al adversario. Pero creo, con toda el alma, que la sombra de Rodrigo acompaña a nuestros heroicos milicianos y que en el Juicio de Dios que hoy, como entonces, tiene lugar a orillas del Tajo, triunfarán otra vez los mejores. O habrá que faltarle al respeto a la misma divinidad.

Madrid-Agosto 1936.

Entre españoles, lo esencial humano se encuentra con la mayor pureza y el más acusado relieve en el alma popular. Yo no sé si puede decirse lo mismo de otros países. Mi folk-lore no ha traspuesto las fronteras de mi patria. Pero me atrevo a asegurar que, en España, el prejuicio aristocrático, el de escribir exclusivamente para los mejores, pueda aceptarse y aun convertirse en norma literaria, sólo con esta advertencia: la aristocracia española está en el pueblo, escribiendo para el pueblo se escribe para los mejores. Si quisiéramos, piadosamente, no excluir del goce de una literatura popular a las llamadas clases altas, tendríamos que rebajar el nivel humano y la categoría estética de las obras que hizo suyas el pueblo y entreverarlas con frivolidades y pedanterías. De un modo más o menos consciente, es esto lo que muchas veces hicieron [16] nuestros clásicos. Todo cuanto hay de superfluo en El Quijote no proviene de concesiones hechas al gusto popular, o, como se decía entonces, a la necedad del vulgo, sino, por el contrario, a la perversión estética de la corte. Alguien ha dicho con frase desmesurada, inaceptable ad pedem litterae, pero con profundo sentido de verdad: en nuestra gran literatura casi todo lo que no es folk-lore es pedantería.

Pero dejando a un lado el aspecto español o, mejor, españolista de la cuestión, que se encierra a mi juicio, en este claro dilema: o escribimos sin olvidar al pueblo, o sólo escribiremos tonterías, y volviendo al aspecto universal del problema, que es el de la difusión de la cultura, y el de su defensa, voy a leeros palabras de Juan de Mairena, un profesor apócrifo o hipotético, que proyectaba en nuestra patria una Escuela Popular de Sabiduría superior.

*

La cultura vista desde fuera, como la ven quienes nunca contribuyeron a crearla, puede aparecer como un caudal en numerario o mercancías, el cual, repartido entre muchos, entre los más, no es suficiente para enriquecer a nadie. La difusión de la cultura sería, para los que así piensan –si esto es pensar–, un despilfarro o dilapidación de la cultura, realmente lamentable. ¡Esto es tan lógico!... Pero es extraño que sean, a veces, los antimarxistas, que combaten la interpretación materialista de la historia, quienes expongan una concepción tan materialista de la difusión cultural.

En efecto, la cultura vista desde fuera, como si dijéramos desde la ignorancia o, también, desde la pedantería, puede aparecer como un tesoro cuya posesión y custodia sean el privilegio [17] de unos pocos; y el ansia de cultura que siente el pueblo, y que nosotros quisiéramos contribuir a aumentar en el pueblo, aparecería como la amenaza a un sagrado depósito. Pero nosotros, que vemos la cultura desde dentro, quiero decir desde el hombre mismo, no pensamos ni en el caudal, ni el tesoro, ni el despósito de la cultura, como en fondos o existencias que puedan acapararse, por un lado, o, por otro, repartirse a voleo, mucho menos que puedan ser entrados a saco por las turbas. Para nosotros, defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante. ¿Cómo? Despertando al dormido. Y mientras mayor sea el número de despiertos... Para mí –decía Juan de Mairena– sólo habría una razón atendible contra una gran difusión de la cultura –o tránsito de la cultura concentrada en un estrecho círculo de elegidos o privilegiados a otros ámbitos más extensos– si averiguásemos que el principio de Carnot, rige también pare esa clase de energía espiritual que despierta al durmiente. En ese caso, habríamos de proceder con sumo tiento; porque una excesiva difusión de la cultura implicaría, a fin de cuentas, una degradación de la misma que la hiciese prácticamente inútil. Pero nada hay averiguado, a mi juicio, sobre este particular. Nada serio podríamos oponer a una tesis contraria que, de acuerdo con la más acusada apariencia, afirmase la constante reversibilidad de la energía espiritual que produce la cultura.

*

Para nosotros, la cultura ni proviene de energía que se degrada al propagarse, ni es caudal que se aminore al repartirse; su defensa, obra será de actividad generosa que lleva implícitas las dos más hondas paradojas de la ética: sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da.

Enseñad al que no sabe; despertad al dormido; llamad a la puerta de todos los corazones, de todas las conciencias. Y como tampoco es el hombre para la cultura, sino la cultura para el hombre, para todos los hombres, para cada hombre, de ningún modo un fardo ingente para levantado en vilo por todos los hombres, de tal suerte que sólo el peso de la cultura pueda repartirse entre todos, si mañana un vendaval de cinismo, de elementalidad humana, sacude el árbol de la cultura y se lleva algo más que sus hojas secas, no os asustéis. Los árboles demasiado espesos, necesitan perder algunas de sus ramas, en beneficio de sus frutos. Y a falta de una poda sabia y consciente, pudiera ser bueno el huracán.

*

Cuando a Juan de Mairena se le preguntó si el poeta y, en general, el escritor debía escribir para las masas, contestó: Cuidado, amigos míos. Existe un hombre del pueblo, que es, en España al menos, el hombre elemental y fundamental, y el que está más cerca del hombre universal y eterno. El hombre masa, no existe; las masas humanas son una invención de la burguesía, una degradación de las muchedumbres de hombres, basada en una descualificación del hombre que pretende dejarle reducido a aquello que el hombre tiene de común con los objetos del mundo físico: la propiedad de poder ser medido con relación a unidad de volumen. Desconfiad del tópico «masas humanas». Muchas gentes de buena fe, nuestros mejores amigos, lo emplean hoy, sin reparar en que el tópico proviene del campo enemigo: de la burguesía capitalista que explota al hombre, y necesita degradarlo; algo también de la iglesia, órgano de poder, que más de una vez se ha proclamado instituto supremo para la salvación de las masas. Mucho cuidado; a las masas no las salva nadie; en cambio, siempre se podrá disparar sobre ellas. ¡Ojo!

Muchos de los problemas de más difícil solución que plantea la poesía futura –la continuación de un arte eterno en nuevas circunstancias de lugar y tiempo– y el fracaso de algunas tentativas bien intencionadas provienen, en parte, de esto: escribir para las masas no es escribir para nadie, menos que nada para el hombre actual, para esos millones de conciencias humanas, esparcidas por el mundo entero, y que luchan –como en España– heroica y denodadamente por destruir cuantos obstáculos se oponen a su hombría integral, por conquistar los medios que les permita incorporarse a ella. Si os dirigís a las masas, el hombre, el cada hombre que os escuche no se sentirá aludido y necesariamente os volverá la espalda.

He aquí la malicia que lleva implícita la falsedad de un tópico que nosotros, demófilos incorregibles y enemigos de todo señoritismo cultural, no emplearemos nunca de buen grado, por un respeto y un amor al pueblo que nuestros adversarios no sentirán jamás.

Y así fue pasando la Guerra, que cada día iba peor para la República. Los ejércitos de Franco vencían en todos los frentes. Por ello, y ya en los primeros meses del año 38, cuando las tropas nacionales se dirigían hacia Valencia el Gobierno volvió a subir a la familia Machado a un tren y la trasladó a Barcelona. D. Antonio ya no era el mismo, aunque no perdía las ganas de luchar en defensa de “su” República. No aceptaba la realidad de los hechos, no quería aceptar que la República estaba perdida. Tal vez por eso fue uno de los que más aplaudieron cuando el Gobierno se lanzó con todas sus fuerzas a la Batalla del Ebro, en la que todos pusieron las mayores esperanzas, ya que por primera vez en toda la guerra la República había conseguido reunir un ejército de más de 100.000 hombres y las más modernas armas de guerra. Machado creyó rejuvenecer y entusiasmado cogió la pluma y escribió aque soneto que pasaría a la historia. Iba dedicado al General Lister, que con su V Ejército había sido el primero en cruzar el Ebro:

A LÍSTER, JEFE EN LOS EJÉRCITOS DEL EBRO

Tu carta -oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte-, 
tu carta, heroico Líster, me consuela,
de esta, que pesa en mí, carne de muerte.

Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo ibero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.

Donde anuncia marina caracola 
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,

de monte a mar, esta palabra mía:
"Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría".

¡Ay!, pero la Batalla del Ebro fue sólo un espejismo, porque a los 4 meses los ejércitos franquistas aplastaban a los republicanos y Cataluña quedaba a merced de Franco… y con la derrota humillante vino el más triste y más humillante exilio.

  1. Antonio Machado, el Gran Machado, el republicano Machado, moriría meses más tarde (22 de febrero de 1939) en Collioure (Francia) y aunque los médicos certificaron que había muerto por una insuficiencia respiratoria la verdad es que – como diría su hermano José – murió de pena.