Antonio Montero Alcaide, (Carmona, 1962). Inspector de Educación y profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación. Cuenta con numerosas publicaciones referidas a ese desempeño. Su actividad literaria está principalmente vinculadas al relato corto y colabora, como articulista, en distintos medios de prensa. Desde que, en 1991, apareciera su primera colección de relatos, Trébol de cuatro hojas, ha obtenido reconocimientos en distintos premios literarios y sus cuentos han podido incluirse en suplementos y recopilaciones. En 1992, desarrolló su labor periodística en medios como El Correo de Andalucía y ABC. Desde 2009 y hasta la actualidad colabora en el Grupo Joly. Ha reunido parte de sus artículos en: Tinta visible, Ejercicio de soledad, Porque así es la vida. Historias mínimas de cada día. Cuenta con el XVIII Premio de Periodismo «Manuel Fombuena Escudero», el XIII Premio Nacional «José y Jesús de las Cuevas»; y el V Premio «Jorge Manrique» de Periodismo. Es autor, asimismo, de reportajes culturales, guiones y textos de obras conmemorativas.

Pedro I no fue un rey tirano, aunque su hermanastro Enrique encontrara en ello la razón para asesinarlo

Una biografía de reciente publicación incluye muy significativas aportaciones y testimonios, nunca antes reunidos, sobre el gran monarca castellano

¿Por qué el rey Pedro I de Castilla fue un personaje fascinante?

La fascinación de Pedro I, como personaje histórico, tiene bastante que ver con el carácter atrayente de su inestable y oscilante reinado, y asimismo con aspectos, tan particulares como relevantes, de su biografía. Abonado, junto a su madre, por Alfonso XI, que prefirió la continua cercanía e influencia de la concubina Leonor de Guzmán; desplazado ante la preferencia de su padre por los bastardos, diez, que tuvo con esa concubina; enfrentado en una guerra civil, con repartidos apoyos internacionales, cuando transcurría la guerra de los Cien Años, a su hermanastro Enrique II, que lo asesinó en Montiel; dado a la permanente compañía de una concubina, María de Padilla, a la que, después de su muerte, declararía reina de Castilla; enfrentado al papado a causa, sobre todo, de alianzas matrimoniales, como el enlace con Blanca de Borbón, a la que abandonó muy poco después de la boda, para reunirse con María de Padilla; alterado en sus comportamientos, vehemente y abúlico, resuelto e indeciso, conciliador y vengativo; enfrentado a la nobleza señorial para afirmar la preeminencia monárquica y la regulación civil, con numerosas ordenanzas que ponían límite a aristocráticos privilegios históricos, Pedro I concitó la atracción, y por ello la fascinación, tanto de quienes le fueron leales, si bien muchas veces con fidelidad mudadiza, como de cuantos mantuvieron enfrentamientos incesantes, y con frecuencia lo pagaron con su vida, para destronar al rey.

¿Qué es lo que más le llama la atención de su convulsa vida?

Varias circunstancias o cuestiones pueden considerase entre las más llamativas. Su carácter inestable y alterado, sin que con ello se compartan algunas interpretaciones de enfermedad mental, debidas a determinados estudios de sus restos, es de espacial interés. Por eso se aprecian episodios o brotes de venganza, con severa justicia, a la vez que conductas o reacciones que otorgan perdón. La vil muerte que hizo dar a su hermano bastardo Fadrique, al que llamó a su encuentro en el Alcázar de Sevilla, es una muestra destacada de ello. Así como las persecuciones, a lo largo de varios días, a nobles enfrentados a sus disposiciones, o la ejecución de miembros de su corte que perdieron su confianza. Era dado también el rey, en alguna medida, a las supersticiones y a las profecías, y pareció consultar, aunque pueda haber en ello más de recreación o instrumentalización cronística que de evidencias, a “sabidores”, alguno de ellos del vecino reino nazarí de Granada, para que le adelantarán el porvenir venidero. Su vida afectiva fue asimismo convulsa; contrajo dos matrimonios reales, pero abandonó a las consortes prácticamente nada más celebrados los enlaces; mantuvo una relación duradera con María de Padilla, con la que tuvo cuatro hijos; conoció numerosas dueñas y amigas, a las que menciona en su testamento, de las que nacieron otros vástagos. Y le faltaron el sosiego, la tranquilidad y el apaciguamiento, de modo que, con frecuencia, parecía un rey desquiciado, con una crueldad pasmosa, no necesariamente precipitada, sino urdida con iniquidad.

¿Cuáles son las principales fuentes de investigación que ha utilizado?

Una fuente principal, por directa y escrita en años cercanos al reinado de Pedro I, es la Crónica del rey don Pedro, compuesta por Pedro López de Ayala, que fue doncel y paje de Pedro I, en su juventud, y canciller de Castilla en los últimos años de su vida, cuando reinaba Enrique III. Se mantuvo fiel a Pedro I, como miembro de su corte, hasta que cambió de lealtad y pasó a servir a Enrique II, hermanastro del rey y después rey de Castilla, tras asesinar a Pedro I. Esa Crónica se tiene, por algunos historiadores, como producto de la propaganda y la manipulación que auspició Enrique II para justificar el destronamiento del Pedro I. Sin embargo, es la fuente más repetida y utilizada en los estudios históricos sobre Pedro I. Y, cuando los acontecimientos que detalla pormenorizadamente pueden comprobarse con evidencias, se cercioran y confirman. Esta Crónica cuenta con varias ediciones, a partir de la realizada, en 1779, por Eugenio de Llaguno Amírola. López de Ayala fue también el autor del Libro rimado de palacio y es considerado como el mejor historiador de su tiempo. Además de esta Crónica de referencia, numerosas fuentes han sido también consultadas, cuyos manuscritos se escribieron entre los siglos XIV y XV, por autores como Jean Froissart, Juan Rodríguez de Cuenca, Díaz de Gámez, García de Salazar, Juan de Mariana —ya en el siglo XVI—, o el autor no bien conocido de la continuación de la Crónica de España, iniciada por Jiménez, que llegó hasta el año 1243. Otros textos medievales son asimismo considerados, además de ensayos, obras literarias y trabajos históricos que se suceden en el tiempo hasta una muy abundante historiografía contemporánea que ha sido objeto de interés para documentar los contenidos del libro. Cinco apéndices se ofrecen, por ello, en el libro, con los textos originales, entre otros, del testamento del rey, o de las profecías que hace y le traslada un “moro sabidor”. Además de aportarse siete relatos históricos, con los textos también originales, de la muerte del rey Pedro I.

¿Fue realmente tan cruel o justiciero como nos lo quieren pintar?

El presentismo, que lleva a considerar los valores del presente para juzgar acontecimientos del pasado, es bastante inconveniente. Pedro I, que vivió de 1334 a 1369, no fue ajeno, por ello, a los modos y a la entidad de la realeza de su tiempo, a las formas de aplicar la justicia y a los códigos cívicos y morales de mediados del siglo XIV. Aplicó una severa justicia, ciertamente, en muchos casos arremolinada por la venganza. Y fue cruel en no pocos sucesos relacionados con la guerra civil en la que se enfrentó a su hermanastro Enrique de Trastámara, después Enrique II. Asimismo, ordenó o participó directamente en la muerte de su hermanastro Fadrique, del infante Juan de Aragón, su primo, y en la de la madre de este, la reina Leonor, tía de Pedro I, en la del rey de Granada Muhammad VI, en las de sus dos tesoreros, Samuel ha-Leví y Martín Yáñez, además de en la de numerosos nobles que se alzaron. De todas estas muertes se dan particulares detalles en el libro y podrían justificar la crueldad de Pedro I. Mas esta no es categórica ni debe atribuirse al rey como principal manifestación de su ejercicio. Del mismo modo que su carácter justiciero estuvo influido por el encono social de muchos sectores populares con el estamento nobiliario, que fue destinatario de la severa justicia del rey. Muchas de las muertes debidas al rey o instadas por él, aunque resultan premeditadas en algunos casos, son producto de situaciones extremas, de levantamientos y rebeliones, de deslealtades y atropellos que, en esos tiempos del siglo XIV, solían pagarse con la muerte. Además, la crueldad del rey fue objeto de romances propiciados por Enrique de Trastámara, a modo de primeras formas de propaganda, para extender los deméritos del rey y destronarlo. Señaladas muestras de tales romances se incluyen en el libro.

En cualquier caso, tuvo un trágico final muriendo a manos de su hermano bastardo.

Así es, Pedro I fue asesinado por su hermanastro Enrique, con alguna ayuda según el relato de las crónicas, en una lucha entre ambos cuando se encontraron, en Montiel, como consecuencia de tratos urdidos, de manera separada y distinta, tanto por el rey como por su hermanastro. Con objeto de escapar, en el primer caso, ya que Pedro I contaba con pocas posibilidades de victoria, y de matar al rey para ocupar el trono, en el caso del bastardo. En el libro, como se adelantó, constan siete relatos históricos de la muerte del rey, con muy detalladas precisiones del modo en que se llevó a término, y la referencia de esa conocida declaración de quien ni quita ni pone rey, pero ayuda a su señor.

¿Había realmente motivos para un tiranicidio?

El primer levantamiento contra el rey, que reúne a nobles, a cortesanos y a hermanastros del monarca, incluso a su propia madre, tiene como razón que Pedro I dejó abandonada a Blanca de Borbón, tras celebrarse el matrimonio real, para acudir junto a la concubina María de Padilla, con la que estuvo cerca hasta la muerte de esta, tras lo que la declaró reina. Resulta evidente la instrumentalización hipócrita del motivo de la rebelión, dado que Enrique de Trastámara, el bastardo que después fue rey y encabezaba el levantamiento, es uno de los diez hijos ilegítimos de Alfonso XI con Leonor de Guzmán. La exacerbada crueldad del rey, como ya se ha dicho, fue asimismo resultado de la propaganda trastamarista, de modo que la maldad, la iniquidad del rey, además de otros vicios añadidos, como los de la soberbia, la codicia o la lujuria, exigían una redención del reinado y Enrique de Trastámara era el providencial agente de ese rescate, como ejecutor del rey tirano, con una justificación del tiranicidio que encontrara apoyo y animara su ejecución. En la propia Crónica de López de Ayala se reiteran anuncios premonitorios del mal fin que esperaba al rey, ya que el cronista escribe después de la muerte de este. De todo esto se ofrecen, en el libro, referencias y análisis, tramas, tergiversaciones y maquinaciones que desencadenan la trágica muerte de Pedro I y, después, las vicisitudes de la sepultura, con su decapitada cabeza, y el traslado de sus restos a lo largo de los siglos.

Su muerte provocó un cambió de dinastía. ¿En qué medida fue importante en la historia de España?

Un ejemplo bastará para comprobarlo. Muertos Pedro I y su hermanastro Enrique II, dos nietos de ambos contraen matrimonio: Catalina de Lancaster, nieta de Pedro I, con Enrique III, nieto de Enrique II. Se unen, por tanto, las dinastías reales de Borgoña (Pedro I) y Trastámara (Enrique II), tras el sanguinario regicidio de Pedro I por su hermanastro. Y se establece, con ello, el título de Príncipe de Asturias, que por primera vez tuvo Enrique III y continúa hasta nuestros días.

¿Cuál es el balance general de su reinado?

Las dos décadas del reinado de Pedro I, de 1350 a 1369, transcurren entre los quince y los treinta y cuatro años de edad del monarca. Suele olvidarse que, en los primeros años del reinado, antes de las convulsiones que no dejaron de sucederse, el monarca llevó a cabo numerosos ordenamientos en las Cortes de Valladolid, de 1351, para concertar y completar las antiguas leyes de Castilla. A modo de ejemplo, el rey ofreció sentarse dos días a la semana, los lunes y los viernes, en audiencia pública, para conocer las peticiones de sus súbditos. La organización feudal de los pueblos fue revisada y se realizó un catastro, en 1352, conocido como Libro becerro de las behetrías. Revisó abusos en la imposición y cobranza de tributos y aprobó el primer reglamento contra la vagancia, además de mostrarse benigno con los judíos. Esta última circunstancia también fue utilizada por su hermano bastardo, Enrique, apoyado en el antisemitismo, para denostar al rey y buscar el enfrentamiento ciudadano. Pero el balance general del reinado debe hacerse desde la permanente inestabilidad y los conflictos, que tuvieron como antecedente el enfrentamiento entre dos coaliciones nobiliarias cuando, en los primeros meses del reinado de Pedro I, este contrajo una enfermedad que se creyó podía provocarle la muerte. Tales luchas ante una posible sucesión originan las primeras persecuciones y ejecuciones que ordena el rey y, casi desde el comienzo del reinado, no hay sosiego ni quietud. La propia corte del rey es objeto de cambios y muchos grandes señores son sustituidos por cortesanos menos poderosos, pero más leales al rey. Un reinado, por ello, en continua alteración y conflicto, como asimismo la personalidad y el carácter del monarca.

¿Puede haber luces entre las sombras de tanta sangre derramada?

La sangre derramada no obedece a una iniquidad o a un trastorno mental del rey que le llevaran a un sanguinario ejercicio y, por ello, se hiciera necesario un pronto y resolutivo fin que redimiera providencialmente —a través de Enrique II— de la tiranía. Sino que Pedro I, incluso con episodios de abulia o indiferencia, buscó afirmarse como rey y recorrió numerosas veces Castilla, con largas cabalgadas, para rendir rebeliones, restablecer acatamientos o ajusticiar enemigos. Situaciones en las que no faltarían los efectos, no pocas veces trágicos, de la ira y el desenfreno. Aunque los propósitos del rey, que no encontró mejor sosiego que la cercanía de María de Padilla, fueran los de engrandecer Castilla sometiendo a cuántos pensaba que lo impedían enfrentándose al monarca para destronarlo.