Cuando van quedando apenas unas pocas semanas para que salga su última y más ambiciosa novela (Anéantir) al mercado español, no se nos ocurre mejor momento para retrotraernos a los inicios literarios de Michel Houellebecq, avistando la extrema coherencia interna de una obra novelística que ya ha cumplido sus particulares bodas de plata, y que sigue afianzando su peso y su poso en el pensar contemporáneo a través de la literatura.

Extension du domaine de la lutte (Ampliación del campo de batalla, 1994), fue su primer libro. En él se nos presenta un personaje gris, desencantado con el ejercicio de vivir, potencialmente suicida: un ingeniero informático de mediana edad que se desempeña como directivo en una gran empresa tecnológica. Un varón blanco y heterosexual, exitoso profesionalmente, intelectualmente dotado, reproductor, en fin, de todos los tópicos con los que la intelligentsia progresista ha castrado a aquel que previamente pintó como un tirano. Pero la realidad siempre dista abismos respecto de lo que señala el progresista. Lejos de ser la viva imagen de la felicidad, el protagonista de la primera novela de Houellebecq padece la existencia, sus días están ausente de relaciones significativas, vacíos de estímulos, siendo la viva imagen de la depresión y el sinsentido. Desde la separación de su última novia, dos años antes de la historia que se nos narra, no ha conocido a ninguna mujer, un hecho que, si otrora le afectó, ya ha dejado de importarle.

El grueso de la novela transcurre en el mes en que su empresa, radicada en París, lo envía a Rouen para proveer los servicios del Ministerio de Agricultura de una digitalización acelerada. Estamos en los años noventa, secuencia trascendental en la modernización electrónica de los sistemas burocráticos. Es por esta participación privilegiada en la creación de la nueva sociedad tecnológica por lo que el protagonista se considera un hombre triunfador en el campo de batalla profesional; no así, como toda la novela se encarga de registrar, en el campo afectivo-sexual, psicológico en el sentido amplio de la palabra. Lo acompaña en el viaje un compañero de empresa que compendia la nulidad en el ámbito de lo erótico. Despreciado incluso por el protagonista a causa de su extrema fealdad y torpeza conversacional, ambos, no obstante, están unidos en un parecido sentimiento de derrota personal y anímica. En un momento dado, el protagonista le sugiere a su compañero y pseudo amigo que pasen la noche del 24 de diciembre en una discoteca de adolescentes con el propósito de exorcizar frustraciones y seducir a alguna jovencita borracha. Como en otras ocasiones, el narrador observa los inútiles esfuerzos de su compañero para atraer a una mujer; este acomete una última tentativa con una joven físicamente similar a la exnovia del protagonista. La chica le rechaza, sale de la discoteca acompañada de un joven que acaba de conocer y que es notablemente más atractivo. El protagonista persuade al compañero para asesinar al seductor de la chica en un acto de surrealismo nihilista, produciéndose un desenlace trágico y funesto para ambos personajes.

Ampliación del campo de batalla es un cigoto de toda la obra literaria houellebecquiana, pues en ella podemos encontrar el esqueleto de su ética y su estética narrativas. Desde una perspectiva retrospectiva, lo más interesante de este libro es, precisamente, cómo delata la sensibilidad intelectual que condujo a Houellebecq a emprender una de las obras literarias más elogiadas y vituperadas de la literatura actual. En Ampliación se pueden verificar, si bien germinalmente, las líneas argumentales, sociologismos predilectos y preocupaciones filosóficas que el escritor va a desarrollar en sus sucesivas obras: la trituración de la gran empresa capitalista, el cientificismo y la tecnologización; el retrato de la vida privada herida por las estructuras derivadas de tal capitalismo, la tristeza ínsita a las condiciones vitales de la hipermodernidad y la devastación antropológica que propicia; la penuria psicoafectiva del varón heterosexual contemporáneo; el liberalismo societal pletórico, diagnosticado como un leviatán insalvable que afecta a todas las esferas de la existencia, y que desata una crisis civilizatoria hondamente expresada y sentida. Se antoja, pues, esta primera novela como una maqueta del universo de temas y problemas que Houellebecq dotará de superior concreción, nitidez y densidad en la medida en que avance su carrera literaria.

Dividida en tres partes, Ampliación es una nouvelle sin alardes estructurales, sencilla, en cuanto que se organiza clásicamente según una presentación del antihéroe protagonista, un conjunto de experiencias significativas que nos muestran su deriva vital o las razones de su actual estado miserable o decadente y un cierto desenlace (la conquista, por parte del protagonista, de la lucidez, la desalienación); aunque hay una falta de clímax narrativos y una cantidad de acción, por lo general, más intensa que extensa, esquema este que va a ser el mismo, con ligeras variaciones, en sus sucesivas y más grandes novelas. El estilo, de una sencillez extrema, aparentemente poco trabajado -pero como todos los grandes estilos, imposible de imitar-, está hollado por una desidia lingüística y sintáctica que quiere revelar la actitud cínica y abandonada del narrador-autor ante la vida y el mundo, su distanciamiento, su propia opacidad emocional. Houellebecq se pone de vez en cuando lírico, pero por lo general apuesta por rehusar el lirismo y la estilización del lenguaje. Es, la suya, la escritura de un artista que deliberadamente se echa a perder en cuanto a la ambición de forma, como las vidas de sus antihéroes. En la narración predomina la descripción, lo cual es fundamental en el retrato del protagonista como un mero observador de la realidad que lo rodea, casi un voyeur respecto de una realidad en la que apenas interviene, y de la que se encuentra subjetivamente divorciado y objetivamente desclasado.  

En cuanto a los personajes, Houellebecq dibuja una estructura dual que veremos repetida en los hermanos de Las partículas elementales, construyendo una dicotomía entre dos tipos genéricos de hombre contemporáneo, que funcionan como metáforas y exponentes de la condición masculina actual (esta dualidad también se encuentra en Lanzarote): por un lado, un hombre asexual o antisentimental, soltero, que representa el pesimismo racional y en el que recae el protagonismo de la historia. Mantiene una relación de cauteloso distanciamiento con el sexo opuesto por una incapacidad asumida para la seducción, o bien un desinterés que simboliza su desconexión de la vida, de la carne, por los efectos de una profesión excesivamente intelectual o técnica que le ha obliterado el gusto por los placeres. Y, en oposición a este, un hombre que encarna el optimismo de la voluntad, obsesionado con la búsqueda de gratificación sexual, que o bien no consigue satisfacer tal y como desea (el citado incel) o bien satisface mediante métodos tan poco ortodoxos como la pornografía (Las partículas), la pederastia (cierto personaje secundario de Serotonina) o el turismo sexual (Lanzarote y Plataforma). 

Una de las notas más características de este libro, también extensiva a los demás, es su gran riqueza discursiva, pues Houellebecq mezcla continuamente el lenguaje de la ficción con la prosa ensayística y casi académica. Y es que a Houellebecq la reflexión teórica le parece tan o más literaria que la ficción al uso. Esta idea está relacionada con otra recurrente en el autor: la muerte de la novela y el arte a causa de la ausencia de detalles y contenidos humanamente singulares tras la homogeneización existencial y cultural que caracteriza al mundo contemporáneo. Esta idea la confiesa en la novela de la que venimos hablando, cuando dice que “la forma novelesca no está concebida para retratar la indiferencia, ni la nada; habría que inventar una articulación más anodina, más concisa, más taciturna”. La novela como tal tiene los días contados, por eso hay que hibridarla o nutrirla de otros materiales ajenos a los de la ficción, nutrirla de sociología, de historia, de teología, de metaliteratura, etc. 

Los personajes secundarios, como otros compañeros de trabajo, o un sacerdote, que curiosamente es el único ser humano al que el protagonista de Ampliación se siente remotamente vinculado y afín, sirven al autor para hacer más retratos de tipo sociológico. Son personajes que apenas poseen personalidad, y los diálogos entablados entre el protagonista y ellos son, a menudo, trampolines que emplea Houellebecq para hacerles discutir sobre los temas que le interesan. Así ocurre con el citado sacerdote, mero ventrílocuo de la ideología con la que Houellebecq quiere confrontar a su protagonista, victimario de la posmodernidad. Por último, cabe destacar las coincidencias entre el protagonista y el propio Michel Houellebecq: misma formación académica (ingeniería), mismo empleador (Ministerio de Agricultura), y misma generación. Houellebecq, siguiendo aquella máxima clásica, parece lanzado a escribir sólo de aquello que conoce en primera persona, ofreciendo un testimonio veraz de “las cosas que he visto” y que, a diferencia de otras que nos han contado, sí creemos.

En Ampliación del campo de batalla se perfila, fundamentalmente, una exposición de la deshumanización laboral y, en general, de la gran empresa (en este caso del sector de las telecomunicaciones), que veremos perfeccionada en Plataforma con el ámbito de otra industria, fundamental en el mundo moderno y preñada de metáforas, como la turística. Houellebecq es un reaccionario y, como tal, el capitalismo (no sólo en sus repercusiones económicas sino, sobre todo, antropológicas) es su gran enemigo. Encuentra tres focos alienantes en la gran empresa capitalista: el humano, el institucional y el estético. Por cuanto al plano humano, Houellebecq retrata con una incisión admirable la artificialidad que domina las relaciones personales establecidas en una esfera laboral cuya rama de producción se vincula con problemas de índole meramente económico-técnica; en lo institucional, el punto de mira lo pone sobre la vacuidad de los neolenguajes y técnicas de publicidad, que simbolizan un encumbramiento de los medios y los recursos en detrimento de los fines y los contenidos, lo que redunda en una desencarnación de los trabajos, nota distintiva de la moderna economía empresarial. Por último, Houellebecq apunta a la fealdad, ya interior, ya exterior, de los edificios que acogen las actividades profesionales del protagonista, siendo sus instalaciones y habitaciones caracterizadas como reflejos del infierno espiritual que anida allí. La arquitectura empresarial es un símbolo material de la orfandad de humanismo que hay en la médula del sistema de producción capitalista: “Trabajamos en un barrio completamente devastado, que recuerda vagamente la superficie lunar. [...] Si uno llega en autobús, podría creer que la Tercera Guerra Mundial acaba de terminar. Pero no, es sólo un plan de urbanismo. Nuestras ventanas dan a un terreno indistinto que llega prácticamente hasta el horizonte, cenagoso, erizado de empalizadas. Algunos esqueletos de edificios. Grúas inmóviles. La atmósfera es tranquila y fría.”

Toda su crítica se subordina al gran interés/preocupación de Houellebecq: el devenir de la civilización europea. Es este rasgo literario lo que lo convierte en un antimoderno. En Ampliación se comprueba en las conversaciones entre el protagonista y el sacerdote; esta dualidad entre un protagonista apolítico o indiferente y un amigo suyo que polemiza con él desde ideas definidas, fuertes, será una constante en sus novelas: “Nuestra civilización, dice, padece un agotamiento vital. En el siglo de Luis XIV, cuando el apetito por la vida era grande, la cultura oficial enfatizaba la negación de los placeres y la carne; recordaba con insistencia que la vida mundana sólo ofrece satisfacciones imperfectas, que la única fuente verdadera de felicidad está en Dios. Tengo la consideración de que me considera un símbolo pertinente de ese agotamiento vital… Tengo la impresión de que todo el mundo es un poco así”. Adyacente a esta reflexión, late una inquietud teológica por la fe: Dios o la religión católica aparecen mencionados varias veces en Ampliación, así como en otros libros. Se aprecia en Houellebecq una fuerte inclinación al misterio de la fe católica, muy similar a la mostrada por Paolo Sorrentino en su filmografía, y una afinidad para con la recuperación de ideas religiosas como bálsamo espiritual para la aridez del materialismo grosero posmoderno, asesino de todo cuanto implica hondura: “me parece poco verosímil que una civilización pueda subsistir mucho tiempo sin ninguna religión. La conciliación razonada de los egoísmos, error del siglo de las Luces al que los liberales, en su incurable necedad, siguen haciendo referencia, me parece una base de una fragilidad ridícula”. Esta premisa aparece también germinal en Ampliación, tratándose con envidiable profundidad en Sumisión, mediante el análisis exhaustivo de los valores políticos y comunitarios del catolicismo, estudiados no por casualidad a través de la figura de Joris-Karl Huysmans, en contraste con los del islam. En última instancia, el gran enemigo de Houellebecq es el liberalismo, al que alude indirectamente el título de esta primera novela: la ampliación del campo de batalla la lleva a cabo el pensamiento y la moral liberales. Para Houellebecq, el liberalismo históricamente dado se caracteriza por ampliar constantemente los campos de batalla, es decir, por volver conflictivos todos los ámbitos de lo humano, por aniquilar cualquier armonía del hombre y entre los hombres previa a su existencia. Es esa ausencia de armonía, de unificación, la que le hace a Houellebecq despreciar los efectos del liberalismo: “Él comparaba en cierto modo la sociedad a un cerebro, y los individuos a otras tantas células cerebrales, y para las que resulta deseable establecer un máximo de interconexiones. Pero ahí terminaba la analogía. Porque era un liberal, y no muy partidario de lo que en el cerebro es tan necesario: un proyecto de unificación.” 

Están ya puestas las bases del gran interés crítico que manifiesta Houellebecq por el liberalismo como fenómeno polémico contra y desde el que escribir: histórico, político, sociológico, cultural. En los capítulos X y XI, Houellebecq hace una primera aproximación a la filosofía liberal, que descuartiza en tres de sus obras desde diferentes planos: Lanzarote y Plataforma (liberalismo erótico), Sumisión (liberalismo político y religioso), Las partículas elementales (liberalismo filosófico). Como decimos, cada una de estas novelas puede leerse como la crítica a un efecto concreto de la cosmovisión liberal tal y como Houellebecq la interpreta, y Ampliación es un umbral a todas ellas. Para Houellebecq, como para todo buen antiliberal, la máxima libertad coincide con el máximo desarraigo. El desarraigo es el no-ser, porque ser es ser en relación, ser con otros. El liberalismo llevado a las últimas consecuencias, con la mercantilización de las relaciones sociales que propicia, destruye esta posibilidad, porque tiende a crear individuos que se autoabastecen y autosustentan, mónadas autosatisfechas, que diría Leibniz: “Si las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles, es por esa multiplicación de los grados de libertad cuyo profeta entusiasta era Jean-Yves Fréhaut. Él no había tenido, estoy seguro, ninguna relación, su estado de libertad era extremo”.

Pero uno de los temas omnipresentes por excelencia en Houellebecq es el tratamiento y la importancia que le otorga a las relaciones sexuales. El desplazamiento del liberalismo al campo sexual consiste en la destrucción del amor tradicional-romántico: “el amor sólo puede nacer en condiciones mentales especiales, que pocas veces se reúnen, y que son del todo opuestas a la libertad de costumbres que caracteriza la época moderna. Verónique había conocido demasiadas discotecas y demasiados amantes; semejante modo de vida empobrece al ser humano, infligiéndole daños a veces graves y siempre irreversibles. El amor como inocencia y capacidad de ilusión, como aptitud para resumir el conjunto del otro sexo en un solo ser amado, rara vez resiste un año de vagabundeo sexual”. El liberalismo incapacita al hombre para amar, convirtiendo el sexo en una mercancía como cualquier otra, adictiva, aleatoria y siempre consumida a placer, dentro de una sociedad que funciona bajo premisas utilitarias y eficientes, como una empresa total o, en metáfora propiamente houellebecquiana, como un supermercado en el que la posibilidad de elección es infinita: “La libertad no era otra cosa que la posibilidad de establecer interconexiones variadas entre individuos, proyectos, organismos, servicios. Según él, la libertad máxima coincidía con el máximo número de elecciones posibles.” En la esfera afectivo-sexual la implantación de esta filosofía social conlleva aquello que Houellebecq nos expone con crudeza en esta y otras novelas: la proliferación de actitudes promiscuas (que relaciona con la disolución psíquica de los individuos) y el surgimiento de trastornos derivados de una vivencia caótica e inhumana de lo sexual. Todo ese panorama se envuelve en pasajes lúdicamente pornográficos (lo que le ha valido el descrédito para los ámbitos más conservadores, para los que los árboles no dejan, en esto como en tantas cosas, ver el bosque). La obsesión y la lucha por el sexo genera una segunda batalla, adjunta a la económica, que es la del capital erótico, en la que hay también triunfadores y perdedores: “A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos.” El protagonista adopta una posición abúlica respecto al sexo, pues se da de antemano por derrotado, a diferencia del personaje de Tisserand, que no se resigna y sigue luchando, hasta el ridículo más estrepitoso, por salir del redil de los perdedores.

Michel Houellebecq puede ser clasificado en la corriente filosófico-literaria de los nouveaux réactionnaires, un conjunto de escritores que ha desmontado en novelas y ensayos la sociedad progresista cimentada sobre los valores liberal-libertarios derivados de las revueltas culturales de la década de los sesenta. Para estos autores, entre los que destacamos a Philippe Muray, autor del que Houellebecq confiesa admiración en su último libro de entrevistas (Interventions, 2020), el capitalismo habría asumido los valores izquierdistas y progresistas, estableciéndose una alianza sutil entre la acción política de la izquierda cultural y las dinámicas de destrucción antropológica que benefician a un capitalismo que ya no es, como el del siglo diecinueve, austero y religioso, sino libidinoso y seductor, puesto que se ha infiltrado también en el corazón del hombre, en las esferas pre-políticas, en la sentimentalidad: “Mayo del 68 sería el intermezzo insurgente que dio fin a la dinámica conservadora del capitalismo, aliado hasta entonces con la ética protestante del esfuerzo y el ahorro, desde tiempos de la Revolución industrial, para dejar el camino libre a un nuevo espíritu del capitalismo, centrado en la explotación de la creatividad individual y el despilfarro consumista”. Es la ampliación del campo de batalla que ilustra Houellebecq en esta novela; el liberal-capitalismo extendido a todas las esferas de la realidad y la fusión de la distinción económica y sexual bajo idéntica ley de oferta y demanda: “[...] no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como este. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la ley de mercado”.

La mentalidad capitalista ya no solo se hace dominante en la gestión de una empresa, en la ideología de las instituciones económico-políticas, mediáticas, publicistas o culturales, sino en la dimensión más privada de la vida humana, en las formas del deseo, de contraer relaciones personales, de percibir el mundo en lo más elemental y perceptivamente configurador: “Es chocante comprobar que a veces se ha presentado la liberación sexual como si fuera un sueño comunitario, cuando en realidad se trataba de un nuevo escalón de progresiva escalada histórica en el individualismo. Como indica la bonita palabra francesa ménage, la pareja y la familia eran el último islote del comunismo primitivo en el seno de la sociedad liberal. La liberación sexual provocó la destrucción de esas comunidades intermedias, las últimas que separaban al individuo del mercado”. 

Houellebecq es un filósofo que escribe novelas. Se sirve de la novela casi como un objeto mediático, sin poner en ella esperanza o ambiciones artísticas. Ello explica, en gran medida, su deliberada ausencia de estilo literario, su anti-estilo. No le interesa la novela como relato ficcional tanto como verdadero campo de batalla del discurso filosófico en torno a la realidad contemporánea. No hay historias emocionantes ni edificantes en Houellebecq, sino un catálogo de miserias humanas que entreteje sabiamente para mostrar los frutos podridos del mundo, el tipo de vida mísero al que nos ha conducido la Modernidad. Y, sin embargo, sus novelas se devoran como un dulce, puesto que nos hablan como oráculos de la intimidad del individuo moderno, con una crudeza y un acierto insuperables. Escribe Drieu la Rochelle en sus Diarios: “La imposibilidad de levantar el brazo, de golpear, de oponerme a otro individuo. ¡Ser un individuo! Qué pretensión incomprensible para mí. Por eso quisiera escribir novelas que fuesen la leyenda de los individuos, como existió la leyenda de los dioses”. Houellebecq parece dar una vuelta de tuerca a ese programa literario, compartiendo la misma emoción de origen. Al diseccionar esa descomposición psíquica y moral del individuo, la muerte del individuo moral e histórico, que Houellebecq aborda casi científicamente, como un cirujano, desde un punto de vista aséptico y carente de moralismo, este nos recuerda a las técnicas del naturalismo decimonónico. De tener que ser relacionado con una corriente del canon occidental, nos parecería un naturalista. No por casualidad tampoco, en Ampliación del campo de batalla el protagonista elogia a Claude Bernard, médico fisiólogo que inspiró la doctrina y escuela zolesca. Mas, para Houellebecq, el determinismo no sería biológico o ambiental, como sucede con la escuela naturalista, sino que la tara, para él, es más bien metahistórica, cercana a un pecado original colectivo que recuerda a Joseph de Maistre o León Bloy, pero sin la fe de aquellos en los dogmas positivos, con lo que la desesperación que rezuman las obras de Houellebecq no dan siquiera un contrapunto al que agarrarnos tras de su demolición. Al igual que los mencionados, Houellebecq se encuadra en la tradición en la que se encuentran todos los grandes escritores de la literatura contemporánea francesa, para quienes la necesidad de la literatura surge de una insatisfacción absoluta con el mundo, insatisfacción canonizada por Huysmans y los decadentes; el asco del presente que le ha tocado vivir al escritor se convierte en el tema literario por excelencia. No escatima Houellebecq en adjudicar este sentimiento a sus personajes. Confiesa su protagonista: “No me gusta este mundo. Definitivamente, no me gusta. La sociedad en la que vivo me disgusta; la publicidad me asquea; la información me hace vomitar. Todo mi trabajo informático consiste en multiplicar las referencias, los recortes, los criterios de decisión racional. No tiene ningún sentido. Hablando claro: es más bien negativo; un estorbo inútil para las neuronas. A este mundo le falta de todo, salvo información suplementaria”. Al hombre sin contenidos ha seguido una época que carece de ellos también, pero que, en sustitución, se ha saturado de supercherías.

Houellebecq coincide con los antimodernos en un pesimismo metafísico, histórico y social, que también engancha con el típico desengaño del fin de siécle. En su libro de entrevistas, afirma: “Ante todo me guía la intuición de que el universo se basa en la separación, el sufrimiento y el mal, la decisión de describir este estado de cosas, y, quizás, de superarlo. Los medios -literarios o no- son secundarios. El acto inicial es el rechazo del mundo tal y como es; también la adhesión a las nociones de bien y mal”.

En último término, el argumento del libro reseñado, centrado en un individuo solitario que nos narra su tragedia personal, imbuido en reflexiones solipsistas, nos recuerda páginas de un Pierre Drieu, un Camus, un Perec: “he vivido tan poco que tengo tendencia a pensar que no voy a morir; parece inverosímil que una vida humana se reduzca a tan poca cosa; uno se imagina, a su pesar, que algo va a ocurrir tarde o temprano. Craso error. Una vida puede muy bien ser vacía y a la vez breve. Los días pasan pobremente, sin dejar huella ni recuerdo; y después, de golpe, se detienen”, dice el protagonista de Ampliación al final de la novela. Queremos decir que Houellebecq no es sólo la inteligencia literaria más penetrante, el cronista más agudo, en torno a la vulgaridad infinita y desoladora de nuestra época. Es también el corolario de la mejor literatura francesa de los últimos ciento cincuenta años. Un innovador tradicional, surgido del conocimiento primoroso de los ángeles literarios franceses, y de la capacidad sobresaliente de reinventar y adaptar el vino viejo a odres nuevos para seguir pensando sobre la condición de ser, en primer lugar, hombre, y en segundo, hombre en un tiempo dado. Una lección literaria, pero también política, de primer nivel. Los lectores del futuro se acercarán a Houellebecq como al mejor historiador de nuestra condición psíquica y vital, y entonces resplandecerá como un clásico, quizá el último, de una gloriosa cadena de nombres que, como pedía Machado al poeta, pensaron la palabra en el tiempo.