En el centro de los jardines que llevan su nombre en Santander, frente a la casa que ocupó el escritor, se levanta el monumento a D. José María de Pereda (Polanco, 1833-Santander, 1906). Realizado por el escultor Lorenzo Coullaut Valera (1876-1932) –sobrino del escritor Juan Valera y padre del también escultor Federico–, fue inaugurado en 1911 en un acto presidido por D. Marcelino Menéndez y Pelayo en representación de S. M. el rey Alfonso XIII.

Sentado sobre la cumbre de un risco de piedra berroqueña, Pereda se gira en armónico gesto, ligeramente inclinado hacia adelante. Abrigado con redingote y capa pluvial, porta en su diestra mano una pluma en ademán de escribir, sujetando con la zurda su sombrero sobre la roca. La mirada pensativa se pierde absorta en el horizonte de su próxima novela. Bajo el ilustre montañés, cinco altorrelieves completan el conjunto, en singular homenaje a sus obras La leva (1871), El sabor de la tierruca (1882), La puchera (1889), Sotileza (1885) y Peñas arriba (1895).

Es curioso –aunque quizá no tan llamativo en una sociedad iletrada– cómo se ha echado tierra sobre la figura de este gran escritor, bajo la pobre excusa de representar una visión pequeña o limitada, por mor de regionalista. Sobre todo, teniendo en cuenta que tal pretexto, sostenido por gentes que no lo han leído, no sólo no se acomodaba a la realidad, sino que, deformándola, era y es enemigo de ella. Recordemos aquí la estrecha amistad del cántabro con Galdós –tan alejado en origen y opiniones–, y las palabras que el escritor canario le dedicó: “Error notorio es la suposición de que el ingenio de Pereda se empequeñece encerrándose en la tierra nativa, en la cual se arraiga su vida entera. […] creo asimismo que por el supremo arte con que ha sabido pintar la vida en una comarca española, ha entrado tan de lleno en la vida nacional. Las creaciones artísticas necesitan suelo y ambiente”.

Adviértase también la enorme contradicción de quienes esgrimen contra Pereda su corto horizonte, mientras, bajo la envenenada premisa del “respeto” a las minorías, sostienen y ensalzan los localismos disgregadores. Lo que nos lleva a pensar que, seguramente, sea ésta la única razón de su intencionado olvido, pues, como decía el propio D. José María, el cariño a la patria chica no empañaba ni amenguaba en él su amor a la patria grande: “no es ese el regionalismo que yo profeso y ensalzo, y se nutre del amor al terruño natal, a sus leyes, usos y buenas costumbres; a sus aires, a su luz, a sus panoramas y horizontes; a sus fiestas y regocijos tradicionales, a sus consejas y baladas, al aroma de sus campos,  […] al hogar en que se ha nacido y se espera morir; al grupo de la familia cobijada en su recinto, o a las sombras veneradas de los que ya no existen de ella, pero que resucitan en el corazón y en la memoria de los vivos, en cada rezo de los que pide por los muertos […]” (Discurso de ingreso en la Real Academia Española, 21-02-1897, pp. 10-11).

El problema –si se puede llamar así– es que Pereda bien pronto atisbó y denunció aquella vana presunción del urbanita autoerigido en heraldo de “la modernidad”. Una modernidad convertida en recurrente mixtificación y coartada para la impune arbitrariedad de sus paladines y beneficiarios. De ahí la insistencia del escritor cántabro en la reivindicación ética y estética de lo imperecedero:

“Pero aun considerado este regionalismo como mera pasión romántica y sentimental, es acreedor a mayores respetos que los que debe al llamado modernismo hoy triunfante, que alardea de desdeñarle siempre que le encuentra al paso, cuando no le escarnece y vilipendia, como a cosa vetusta y mal oliente, nocivo a la salud de las nuevas ideas, y estorbo a las corrientes de la cultura social y del progreso humano […]”.

Fue Pereda un caballero austero, recto y noble –destaca Galdós “la hermosa sencillez de su vida, no turbada por otra ambición que el santo anhelo del bien moral y del bien artístico […]”–, que supo penetrar los falsos cantos de sirena de ese “progreso” deshumanizador, destructor del ser y la memoria: “[…] me consta, con toda certidumbre, que no son (las tradiciones) tan de despreciar entre los hombres de bien cultivado entendimiento, que todavía se resisten a dejarse conducir entre las piaras de Epicuro, porque saben que tienen un alma, la cual necesita, por su destino y por su origen, un ambiente puro en que respirar, y que este ambiente no abunda en el espacio en que se revuelven las desenfrenadas ambiciones que imprimen sello y carácter a los tiempos que corren y a las gentes que se usan”.

El sabio montañés denunció la inclinación –o manía– preñada de complejos a aceptar y preferir cualquier nota o influjo extraño –por el miedo cerval a quedar “descolgado”, por temor del “qué dirán”–, antes que leer, estudiar, saber y comprender: “[…] anda el extranjerismo infiltrado en nuestra vida social; en las costumbres que seguimos, dentro y fuera del hogar; en los nombres de las cosas más usuales y corrientes; en las ideas que ventilamos, en las leyes que nos rigen, y hasta en la lengua que se habla, y en los libros que se leen, y en la atmósfera que se respira. Y yo pregunto en vista de ello: ¿se puede construir con estos materiales extranjeros, y sin un milagro de Dios, una obra española, en el sentido en que debe tomarse esta palabra cuando se trata de obras de arte?”.

Y, en el mismo sentido, recordó algunas verdades que hoy se nos muestran evidentes y actualísimas: “[…] porque el hombre y la naturaleza nunca pasarán de moda ni dejarán de ser motivo de inspiración para el novelista, como el desnudo para las artes plásticas; y sabido es, además, que cuanto mayor es la sencillez del elemento artístico, más grande resulta la obra de arte […]”

Con ojo crítico y afilada pluma denunció la repulsión iconoclasta de aquellos adalides del hombre nuevo que buscan imponer “la modernidad”, sea ésta lo que sea, sobre las ruinas de la civilización previamente destruida: “[…] en ninguna otra (ocasión), desde que el mundo es mundo, se han hecho mayores esfuerzos para arrastrar a la razón humana a los extremos que más la repugnan; jamás se ha visto mayor cúmulo de desatinos presentados como armas de seducción, unos en el campo religioso, otros en el filosófico y otros en el de la política; siendo inútil advertir que todas estas agrupaciones, tan diferentes entre sí, coinciden en un punto: el consabido odio a las viejas instituciones y creencias”.

Señalando en el centro de esta tendencia irresponsable la falta de escrúpulos y arribismo de ese periodismo que, igual que hoy sucede, maltrata y devalúa el idioma:

“Joven: –Mas ese cargo algo exige, / alguna ciencia...

Periodista: –Ni pizca. / Olvidar la lengua patria / y escribir otra mestiza, / poseer el tecnicismo / más usual de las modistas... / etcétera, y prodigar / a todos incienso y mirra, / es para el cargo que ejerzo / lo más que se necesita”. (Marchar con el siglo, 1863, Escena IX, Ensayos dramáticos, Santander, 1869, pp. 135-136).

Conviene, pues, no olvidar el gran literato que fue don José María de Pereda y, de nuevo, las palabras de Galdós: “toda su creación pertenece a la realidad presente, y el lenguaje que emplea, incomparable por su nitidez y elegancia, no nos resulta arcaico. Es nuestra lengua, viva, coetánea, vigente; la lengua que hablaríamos si habláramos bien”.

Y leerle de nuevo, como fuente de un idioma claro y de una fe inquebrantable.

Pues, si a pesar de su “corta mirada” supo anticipar con inusual clarividencia, hace más de siglo y medio, un futuro que hoy nos parece próximo e inquietante, también nos legó en sus palabras el camino de lo bueno, valioso y perdurable:

“Para cuando llegue ese día; para cuando no haya fronteras en las comarcas ni en las naciones; cuando en todo el mundo, que seguirá llamándose civilizado y culto, se vista un mismo traje y se sienta y se piense del mismo modo, y por contera y remate se hable el volapuk; es decir, cuando los pueblos y las gentes pierdan sus peculiares rasgos fisonómicos; cuando el vastísimo cuadro de la humanidad no tenga más que un color, y ese muy triste, y el mundo llegue a ser una inmensa y desconsoladora estepa, y se mueran en ella de tedio sus habitadores, quédeles, por misericordia de Dios, el refugio del arte de estos tiempos, como fiel archivo de las olvidadas costumbres nacionales […]”. (Discurso de ingreso en la Real Academia Española, 21-02-1897, p. 28).