Ha de quedar muy claro que no es lo mismo imperio e imperialismo. A la noción de imperio (imperium) se asocia el proyecto universal -en el límite teórico- de una ordenación jurídica de los pueblos que incluye su civilización y su simbiosis productiva. El imperium “pone en orden” las interacciones entre pueblos y naciones, y siempre se alza por encima de ellos. Reconoce sus diferencias y se alimenta espiritualmente y se justifica en su existencia precisamente a partir de ellas. Bajo un orden verdaderamente imperial se lleva a su plena realización el lema “la diferencia (intra-imperial) enriquece”. En el imperio no se busca el mestizaje per se: éste acaba apareciendo en la medida en que los imperios fomentan la simbiosis cultural, y no la yuxtaposición ni la absorción de unas a otras. A riesgo de causar polémica y desconcierto, sostengo que fueron los germanos del Sacro Imperio y los hispanos dela Monarquía Católica los verdaderos artífices de la idea ordenadora y simbiótica de Imperium. ¿Y Roma? El concepto, la base en la que posteriores imperios se representaron su labor, el modelo sobre el que se fraguaron los imperios germano e hispano, viene -sin duda- de Roma. Ahora bien, hay en lo romano, incluso tras su decadente cristianización, una sustancia bárbara y brutal, un fondo militarista y corrupto en su modo de civilizar otros pueblos, que sólo muy limitadamente podríamos acoger.

Roma nos legó todo un abanico de formas políticas y jurídicas, un modo de hacer “cuadrícula” sobre los pueblos sometidos. Bajo esas formas yacieron sepultadas las culturas y lo pueblos que los vencedores etiquetaron como bárbaros. 

Muy importante aquí es hacer referencia a una parte de nuestros mayores en Europa, los celtas. La “barbarie”céltica apenas estaba un escalón o dos por debajo de la “civilizada” Roma. Su menor grado de urbanización, su acceso más rezagado a la escritura, la falta de unidad político-militar ante el expansionismo romano, etc. fueron graves inconvenientes que malograron la existencia continuada y brillante de un Imperium o civilización celto-germana. Fue ya en la Alta Edad Media la ocasión que permitió la debida simbiosis, la unión productiva de civilizaciones que, en ocasiones, es el Renacimiento un tanto trasmutado de cada una de ellas. La Europa renaciente (Asturias, Carlomagno, Sacro Imperio, arte románico), exactamente aquella que Spengler bautizó como la “Europa fáustica” fue una nueva cultura, ya no la antigua y decadente civilización “antigua” (grecorromana, clásica, apolínea). Y una tal nueva cultura, que hoy se agota en su fase fosilizada como civilización, fue al mismo tiempo un renacimiento doble: renace la civilización de Cristo, la del amor y la persona, ahogada en las sucias ciudades mediterráneas del imperio romano decadente, repleto de ergástulos y lupanares. Y renace la esplendorosa civilización céltica, muy enriquecida desde tiempos muy remotos por los aportes de griegos, etruscos y de las culturas nómadas de las estepas, muy nutrida por elementos germanos e iberos. 

La Edad Media Europea fue la Edad del celtogermanismo cristiano renaciente, sin el influjo decadente y “lunar” del Sur y de lo latino. Fue la cultura ávida de infinitos nacida a la vez en los verdes bosques del noroeste de España y de las Galias, de los bosques nórdicos y centroeuropeos, de las islas y penínsulas atlánticas del “fin de la Tierra” (Finisterre). Aquí arraigó la religión de Cristo, y no un extraño ascetismo del desierto, enemigo del cuerpo y de la vida. La religión de Cristo fundida con viejos ritos y saberes “paganos”antiquísimos en donde la persona, y no espíritus descarnados, era sujeto integral (cuerpo y alma, cuerpo que resucitará junto con un alma que es incompleta sin el cuerpo), y sujeto de derechos y deberes. Pelayo y Carlos Martel frenaron el desierto, frenaron el imperialismo mahometano y el avance del desierto sobre la verde Europa. Las monarquías altomedievales y la constante refundación y perpetuación de un Sacro Imperio cristiano fueron, sin dudar, recreación de una parte del Cielo sobre la Tierra, instauración del orden sobre el caos, regulación de la existencia de ese complejo sistema de pueblos que fue la Europa del año mil. 

El imperialismo, por el contrario, no es ordenación ni simbiosis sobre la multiplicidad de los pueblos. Lejos de eso, consiste en una supremacía de uno que explota y domina sobre los demás. Un imperium, aunque posea una matriz o casa fundante, como es León-Castilla para la Monarquía Hispánica, exige el concurso y la cooperación de otras unidades étnicas y políticas para alzarse como árbitro y unificador. Aceptar la sociedad de otros pueblos, principados y reinos, territorios y tribus, etc. se convierte, en ocasiones, en una verdadera obligación y fuente de responsabilidades. De la misma manera en que, a escala de individuos, un padre es responsable de sus hijos y éstos, cuando los padres envejecen, lo son de sus mayores, la Casa matriz de un verdadero imperio debe velar por todas las unidades étnicas que forman o un día formaron parte de esa gran “sociedad” que fue o es el Imperio. Para ofrecer al lector una imagen gráfica de esto: 

España, en la medida en que es una nación-estado decadente, a punto de colapsar y centrifugar en nuestros días, poco parece que pueda aportar al concierto mundial. Pero, en la medida en que es Casa Matriz del imperium llamado Monarquía Católica, posee un lazo indeleble con todos los descendientes de españoles que viven en las Américas, y no me refiero sólo a los descendientes de estricta sangre española sino a los que biológicamente pertenecen a otras estirpes (indias, italianas, francesas, alemanas, negras, etc.) pero que han hecho de la lengua española su armazón cultural. Otros lazos indelebles, que, repito, incluyen responsabilidad y petición de cuentas ante los imperialismos genocidas, los tenemos contraídos los hispanos todos para con los saharauis, filipinos, guineanos, etc.

 

El Imperio Español puede que haya caído en 1898. Pero las responsabilidades imperiales no decaen. El enemigo sigue siendo el mismo. El enemigo es el imperialismo yanqui.

 

Mi teoría de las responsabilidades imperiales no es ningún voluntarismo nostálgico. No vengo aquí a rescatar fraseología que ya no moviliza, altisonantes frases de “Por el Imperio hacia Dios”. Es cierto que por el Imperio se va a Dios, y esto podrá refrendarlo cualquiera que, al margen del falangismo, ya extinto , quiera al menos aceptar esto: que el Imperio es responsabilidad y hermandad ordenada de pueblos.

 

Un millón de filipinos víctimas del genocidio norteamericano tras su “independencia”: ¿Este pueblo asiático habría sido masacrado de tal manera por la Monarquía Hispana, aun siendo ésta mal gobernada por los ladrones cortesanos de Madrid? ¿Fue buen negocio el de los independentistas?¿Les ha ido mejor a los españoles de América cortando lazo con su Casa Matriz europea, que es España? Colonias insignificantes y pisoteadas por los anglosajones, todavía hay allí y aquí tontos que han comprado la “leyenda negra” y se postran ante Bolívar. Los tontos útiles del Tío Sam. ¿Y los polisarios? Los saharauis, abuelos y padres de las víctimas del actual genocidio useño-marroquí, si hubieran visto en una bola de cristal su futuro al margen de España: ¿no desearían mil veces ser una autonomía o provincia del Reino de España antes que un campo de concentración hecho para beneficio de los useños y marroquís?

 

Gran parte de los reyes que tuvo España tras la llegada de los Borbones, y especialmente los últimos, han sido bazofia en términos humanos, éticos, políticos y de “responsabilidad imperial”. Cierto es que el Imperio decaía, pero la talla moral de ellos y de sus inmundos cortesanos, ya había decaído mucho más que el pueblo, y más rápidamente. Una tarea prioritaria para una posible reconstrucción del Imperium en su modalidad hispano-católica consiste en la reanudación de lazos con las víctimas del imperialismo anglosajón desde el siglo XVI. Una condición indispensable para alzar un Hispanismo político no es otra que restaurar una gran anglofobia. Ved las maquinaciones de británicos y yanquis a lo largo de la historia y a lo ancho del presente, y sabréis lo que pudo haber sido una ordenación y arbitraje transcontinental tomando como vehículo las dos principales lenguas ibéricas : el español y el portugués.

 

Los enanos (en términos políticos, morales y militares) del atlantismo y del “europeísmo” nos quieren arrastrar a conflictos con estados-civilización (Rusia, China) que no nos han atacado, que nos superan moralmente, que están llamados a ser hegemónicos y toman como destino suyo el fundar nuevos ordenamientos internacionales. Mientras no asumamos, con humildad y sin rastro de nostalgia, nuestra misión de “responsabilidad imperial”, cual es asumir el pasado, re-apropiándolo críticamente, y fomentando la debida anglofobia y yanquifobia aunque sólo fuera por hacer honor a la verdad y hacer justa reparación a las víctimas, no merecemo existir como unidad política ni civilizacional. Las tales víctimas, puestas de frente a su pasado, uno en el que su desafección a la Monarquía Católica y su sumisión a la anglofonía imperialista les condujo al desastre, se unirán poco a poco a la construcción de un multipolarismo salutífero. Y éste, por cierto, es como una mesa nueva que se está construyendo, pero en la que faltan dos patas que la sustenten, y carpinteros que aporten su esfuerzo: la europea celtogermánica, y la hispano-católica. Este sultanato borbónico y corrupto, henchido de traidores, que un día pudo hacerse respetar de nuevo en el mundo de no haber saltado el Almirante Carrero por los aires, no parece un buen lugar para comenzar tan magna tarea. Pero la tarea está ahí. No elegimos nuestro tiempo ni nuestra cuna.

 

Carlos X. Blanco es, junto a Eduard Alcántara y Robert Steuckers,  autor del libro Imperium, Eurasia, Hispanidad y Tradición publicado por la editorial Letras Inquietas.

 

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