Lucas Juan Carena En 2003 obtuvo su título de Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario y en 2008 el de Magister en Diseño de Estrategias de Comunicación por la misma casa de altos estudios. Desde 2009 enseña Psicología Social en la Facultad de Psicología de la Universidad Católica de La Plata en la Unidad Académica de Rosario.

Especialista en psicología de masas y medios masivos de comunicación, se dedicó al estudio del comportamiento colectivo y la forma en que los medios instalan ideas tanto en la conciencia colectiva como a nivel subliminal.

Escritor e investigador, ha publicado artículos tanto periodísticos como académicos en distintos medios de prensa y revistas con referato de divulgación científica. Habiendo participado en trabajos periodísticos para grandes medios de prensa, decepcionado de las operaciones de manipulación y desinformación, su pensamiento fue virando paulatinamente, impulsado por sus propias investigaciones, hacia el pensamiento alternativo y los medios no oficiales de divulgación, adentrándose así al estudio de las estructuras globales de poder mundial y simbología de las sociedades secretas.

Autor junto al Dr. Pablo Javier Davoli, compañero en TLV1, del libro La Guerra Invisible.

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¿Por qué decidió hacer un libro sobre la Guerra Invisible?

Transcurría el año 2014 y junto con un entrañable amigo, Pablo Davoli, habíamos comenzado un ciclo de programas que involuntariamente terminó convirtiéndose en un clásico de TLV1 (canal de corte nacionalista y de ideas alternativas) y descubrimos que ambos habíamos acumulado algún material sobre un tema que considerábamos inmerso en un vacío enorme: la ingeniería social. Tanto en mi caso, que había realizado una maestría en estrategias de comunicación, como en el de Pablo, que había cursado un posgrado en inteligencia, advertimos que la ausencia de material investigativo, debidamente documentado y lo suficientemente veraz como para aproximarse a ese controvertido y tan necesario tema. Ambos partimos de la convicción de que existe un trabajo de ingeniería social para imponer el globalismo y debilitar (cuando no destruir) la civilización occidental y critiana. Lo que hicimos fue juntar los escritos y fuentes que ambos teníamos al respecto y compendiar todo en un corpus coherente y organizado. Adrián Salbuchi nos hizo el prólogo y se convirtió, a mi entender, en un interesante trabajo introductorio.

¿Qué es la guerra invisible? ¿Quién la hace y contra quién? ¿Por qué es una guerra psicológica?

Guerra invisible es por supuesto una figuración, una metáfora para nominar una nueva forma ingenierizada de guerra, que se dirime en un plano que no es físico, sino en el terreno de las ideas. La guerra es invisible, porque se desconoce el calibre de su artillería, porque quienes son “blanco” de sus ataques muchas veces no saben que están en guerra, y por lo tanto no se defienden. Sun Tzu, en “El arte de la guerra” es tal vez el primero en definirla diciendo que la mejor guerra es al que se “somete al enemigo sin luchar”. Para ello, hay que lograr que el enemigo no sepa que está siendo atacado.

En rigor, y respondiendo a la pregunta, la guerra invisible es una guerra psicológica, porque las saetas que se disparan van dirigidas al psiquismo humano, con la última intención de someterlo sin tener que recurrir a la fuerza. La peor de las esclavitudes en la que gran parte de la humanidad puede caer, es aquella en la que el esclavo se enamora de su situación de opresión y es explotado. Ingeniería social es un conjunto de tácticas y estrategias que buscan desde influir y condicionar, hasta modificar y dirigir la conducta de los hombres. En el libro decimos quiénes (una élite) y por qué la llevan a cabo, además de desmenuzar y explicar, claro, las técnicas aplicadas.

¿Por qué es una revolución cultural?

Decidimos titular al libro “La Guerra Invisible. Acción psicológica y revolución cultural” haciendo referencia a que esta guerra conlleva acciones puntuales, de cortísimo plazo, identificables en el tiempo, que pueden tener efectos inmediatos o mediatos, pero que en conexión con otras acciones, más o menos definidas, se convierten, en conjunto, en estrategias de largo plazo, que se inoculan en los usos y costumbres de una población determinada; que generan cambios en la cultura, en los modos de percibir, incluso, la realidad objetiva, generando con ello distorsiones, que hacen que sean los propios blancos de ataque quienes se hacen permeables y colaboran inconscientemente con las minorías que han montado esta guerra.

¿Qué valores quiere trasgredir esta revolución y hacia qué objetivo caminan?

En general la revolución va contra los valores occidentales y cristianos, contra la tradición, y persigue objetivos opresivos. Las técnicas de ingeniería social, se aplican para revestir este sistema opresivo con los oropeles de lo contrario, a saber: presentar a este mundo opresivo como abierto, diverso e integrador. Mediante el progresismo, pretende erigirse como discurso de emancipación, liberándonos presuntamente del oscurantismo religioso y de nuestras anticuadas y vetustas tradiciones. En realidad a los únicos que se les pide ser abiertos, diversos e integradores es aquellos que forman parte de las sociedades occidentales, a la Europa de las etnias blancas. Sólo al hombre occidental se le exige tolerancia, apertura y desarraigo de sus creencias religiosas, porque la élite que tiene afán de dominio, parte de un supremacismo que se ve amenazado por el carácter indómito de Occidente.

¿Hasta qué punto es peligroso, que a través de las redes, de los propios móviles las entidades supranacionales lo sepan todo de nosotros?

Bueno, el espionaje hoy forma parte de esa guerra. El panoptismo, la observancia, la vigilancia, los dispositivos de control no sólo se han incrementado haciendo un salto tecnológico impresionante, llegando hasta los dispositivos móviles que alguna vez fueron teléfonos pero que hoy son extensión de nuestros sentidos, soporte de nuestra memoria y ventana de acceso a información infinita. Sino también, lo que ocurre hoy es que, en tanto vigilancia, la ingeniería social nos convierte en vigilantes de nosotros mismos. Ya no es únicamente vigilancia surveillance, es decir “desde arriba”, aquella que es instrumentada desde el estado y que va desde la cámara de seguridad en una esquina al puesto de control policial; sino también al vigilancia “desde abajo” o sousveillance que se da entre los propios ciudadanos con un dispositivo móvil, que se filman y se graban, por ejemplo, rompiendo el distanciamiento o no usando tapabocas, denunciándose entre sí y haciendo de la delación una práctica común, que los divide y los enfrenta (y por lo tanto los debilita).

Pero además, las nuevas sociedades de control ya no son las de la guerra fría: no nos controlan o vigilan porque van necesariamente a capturarnos, a torturarnos, sino que lo que saben nuestros gustos, nuestras preferencias, afinidades a la hora de consumir, conocen nuestra red de amistades, nuestros vínculos, y utilizan esa información por medio de patrones algorítmicos para construir discursividades, esto es, para maquillar la voz imperante y hegemónica, dulcificarla, y hacerla amigable a nuestros oídos. Así aparecen causas en apariencia encomianbles, como las vinculadas con la ecología o la defensa de la mujer, en apariencia loables, pero que buscan instalar conductas que persiguen fines geopolíticos de despoblación. Así, siguiendo con el ejemplo, la ONU ha adecuado sus programas estableciendo que el calentamiento global es producto, principalmente, de la sobreactividad humana (lo que significa en otras palabras exceso de población) y la defensa de la mujer redunda siempre en anticoncepción y aborto. Deshacer el ovillo de estas discursividades es parte de la tarea que nos hemos propuesto con este libro en coautoría.

¿Cómo se puede combatir este control? ¿Por qué tienen tanto poder las redes sociales que casi nadie (salvo excepciones) las deja del todo?

El combate debemos darlo de manera escalonada, eso se llama acción gradual. Debemos ser mansos como la paloma y astutos como la serpiente. Debemos necesariamente recurrir a técnicas de sigilo y desenmascarar y exponer sus estrategias y recursos. Debemos atacas sus discursos siempre y saber cuándo y cómo desmontar su entrismo e infiltración progresista. Es necesario que aprendamos a identificar al enemigo pero no siempre nombrarlo, porque debemos ocupar los espacios institucionales, digitados e intervenidos por el globalismo, y nos van a cerrar la puerta si articulamos un discurso temerariamente frontal. Debemos decir la verdad, con la verdad no tememos ni ofendemos, pero debemos saber tener una pedagogía de la gradualidad y, a la vez, una gradualidad pedagógica en el arte de de decir la Verdad. Sólo con ella, seremos verdaderamente libres.

Las redes sociales han sido un instrumento técnico por donde ciertas verdades se han filtrado y por eso se ha activado un plan sistemático de censura, pero, por otro lado, nos han absorbido y nos han hecho creer que, a través de ellas, estamos llevando a cabo una gran revolución. No alcanza con eso. Hay que movilizarse, participar políticamente en sentido amplio, y no comprar falsos ídolos.