Tanto por su actividad profesional (estudió Ciencias Empresariales) como por su propia inclinación, la biografía de Jesús Aguilar Marina (Madrid, 1945) ha transcurrido al margen de los ambientes literarios. Su actividad literaria se inicia a comienzos de la década de los setenta con la publicación de dos libros de poemas y un opúsculo crítico editado en Caracas (Venezuela), en 1977. Posteriormente, sus restantes poemarios han nacido refrendados por galardones de alcance internacional.

Poeta, crítico, articulista y narrador, JAM sabe que sin individualidad no hay poesía; que, esencialmente, la poesía es el espacio del yo, y que el yo florece en la soledad y en el silencio. Humanista y cívico, su obra puede resumirse como un engarce de intelecto y emotividad, una suma de romanticismo y clasicismo que deja filtrar, no obstante, otros estilos; la aptitud para explorar y sintetizar diversos cauces formales. Desde un compromiso poético espiritual y moral, de estética introspectiva, meditativa y elegíaca, narra nuestra insignificancia en el azaroso enigma de la creación, en el «vacío» inmenso que rodea al hombre, y que ocasiona una nostalgia que no es del pasado ni del futuro.

Con motivo de la reciente publicación de su libro, Versos perdidos en un desván (Visor Libros), accésit del XXX Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, uno de los certámenes poéticos internacionales más importantes que se convocan en lengua española, lo entrevistamos pidiéndole de inicio que nos hable de su nuevo poemario.

¿Qué encarna y qué cuenta esta obra que acaba de ver la luz, y qué significa para usted este nuevo galardón obtenido entre mil setecientos cincuenta participantes?

Estos Versos perdidos en un desván, envueltos en una atmósfera culturalista, tamizada por la serena emoción y el aticismo, recrean acontecimientos y estados de ánimo ordenados en el tiempo y narrados por cronistas anónimos y protagonistas literarios, legendarios, míticos, reales o apócrifos. Son testimonios que ayudan a subrayar aspectos, sentimientos y misterios de la condición humana -sus vastos miedos y sus pequeñas vanidades y ambiciones-, sin olvidar su asombro ante el esplendor de la naturaleza o el sentimiento de la fugacidad de la vida; de las ruinas que finalmente somos los seres y las cosas.

Es un poemario lírico porque muestra vivencias personales y naturalezas psicológicas sensitivas; épico porque contiene vocación testimonial y una actitud de quien se siente atraído por lo que ocurre fuera de uno mismo; y dramático porque esa vocación testimonial se extrema haciendo hablar o pensar a sus protagonistas, siendo el monólogo o el diálogo en ciertos textos la única expresión verbal.

En cuanto al significado de este accésit y dejando claro que los premios son un albur, no cabe duda que todo reconocimiento, máxime cuando es tan prestigioso, supone una consolidación. Pero sobre todo supone la oportunidad de dar salida a mis escritos inéditos. Tenga en cuenta que dada mi intimidad creativa, es decir, dado mi alejamiento del mundillo editorial, la única posibilidad que tengo para publicar es acudir al azar de los certámenes literarios.

¿Por qué es poeta, qué es ser poeta, qué es la poesía?

Todo escritor está condicionado por la sociedad en que vive y por la literatura anterior a él. Ese condicionamiento puede expresarse en forma de adhesión o de disidencia. Con todas las salvedades que se quiera, dado lo escurridizo del tema generacional, si partimos de la Generación del 98 o la posterior del 27, casi unánimemente reconocidas, y consideramos un espacio temporal de quince años entre cada una de ellas, yo pertenezco a la comprendida entre los años 57-72. Durante ese tiempo se da mi primera visión intelectual y sentimental de la sociedad, de la religión, de la filosofía, del arte y de la literatura. En ellos tomo conciencia de mi postura existencial, civil y creativa. Y, en consecuencia, experimento de manera natural la necesidad de expresar esa disposición a través de la literatura, sobre todo de la poesía.

La poesía, para decirlo muy brevemente, es la elocuencia suprema, una forma de religiosidad que no es necesariamente confesional o teológica, sino consustancial a la naturaleza del ser humano. Ambas, religiosidad y poesía nos distinguen de las bestias e impiden que nos convirtamos en bultos gregarios y robotizados. Por eso hay que hacerles un hueco en nuestras almas. Y si la poesía y la religiosidad son uno de los últimos bastiones en estos tiempos confusos en los que, a propósito, se manipulan las esencias, el verdadero poeta adivina el alma de la Naturaleza. Ser poeta es una manera de ver el mundo. Y ponerse a contemplar el mundo con mirada particular tiene el peligro de acabar en la subversión, ítem más, como digo, en estos tiempos en los que los poderes liberticidas están empeñados en robar la dignidad a la persona.

No deja de sorprender que el nombre de un escritor de tan amplia trayectoria, respaldada además por numerosos premios, como es su caso, no figure en la historiografía poética española actual. ¿Cómo se explica ésto?

Si en España las cosas no marchan bien en general, ¿por qué habrían de ir mejor en el aspecto cultural? Hoy día todo es propaganda, todo el pensamiento debe hallarse en el relato que dicta el Sistema. Y el gremio poético es tan corporativo y tan gregario o más que el resto de los gremios. Dudo de si mi poesía es merecedora de figurar, no ya en las enciclopedias literarias, siquiera en los repertorios poéticos, mas lo mismo que confieso este escrúpulo, me reafirmo en la convicción de que tanto en esos manuales como en la actividad cultural diaria, aparecen muchos nombres mediocres, instalados por motivos que nada tienen que ver con la bondad de sus obras, sino por formar parte de la trama de intereses comerciales y partidistas tejida alrededor de la industria editorial, mediática y política, y que no están dispuestos a dejar el canapé voluntariamente. El ambiente artístico y literario es tan mefítico o más que el político. Y si la independencia se paga siempre, mucho más en estos ambientes sectarios.

¿Ese ostracismo literario le preocupa como poeta o como ciudadano? ¿Debe un escritor ser comprometido?

No figurar en la historiografía poética española actual me preocupa relativamente, sólo como le puede y debe preocupar lo arbitrario u obsceno a todo ciudadano, pero no como poeta. Regidos como estamos en todas las atmósferas por la ramplonería y el fraude, vivir en el olvido literario puede ser incluso un privilegio. Soy consciente de que mi ambición poética es grande y de que a una gran ambición puede corresponder una gran marginación. Es sabido que ningún hombre está seguro de su porvenir ni de su vida si se opone noblemente a la mentira y lucha por la justicia. Dicho esto, el talento se afirma o se niega solo, en armonía con el tiempo. Mi poesía nunca ha pretendido llegar pronto, sino llegar lejos.

¡Claro que un escritor debe comprometerse! Si todo hombre de bien está obligado a hacerlo por solidaridad con la especie, con más motivo lo estarán aquellos que se dirigen a una audiencia. Ahora bien, el compromiso del escritor no pasa necesaria ni primordialmente por dedicarse a escribir textos políticos, y menos panfletarios. En mi caso existe un compromiso cívico-social. Mi poesía es cívica porque se dirige a las personas como ciudadanos y les reprocha el abandono de las virtudes cívicas. Conlleva una denuncia social, una rebeldía y un fracaso, no el de un hombre en particular, sino el de una humanidad sin rumbo. Y existe además un compromiso moral, una exigencia ética. Defiendo, como Cernuda, el concepto moral del poema, y trato de reflejar en mis versos ideales universales. Como escritor humanista y moralista, soy marginal, es decir, alternativo.

De sus palabras se desprende la defensa de una poesía vocacional, instintiva, ¿no es posible la poesía como profesión?

Aunque de la poesía, de manera directa, muy pocos pueden vivir, hacer de la escritura -sobre todo de la poesía- un oficio puede conducir a lo rutinario, a rellenar tantos folios por día, es decir, a robar la esencia de la inspiración. Pero es este profesionalismo apesebrado el habitual hoy día bajo la propaganda del Sistema, empeñado en hacernos ver que la poesía es algo inútil. No se edita lo necesario, porque no se vende; y no se vende porque no se lee, pues al Estado Profundo, como digo, no le interesa enfrentarse a un arma de combate tan poderosa como la poesía. Por eso la prohíbe, la quema o, en su primer paso, la desnaturaliza, como ocurre con la poesía coetánea. Si este Nuevo Orden Esclavista pretende aborregar a la ciudadanía, una de las víctimas ha de ser la expresión poética, que nos acerca a la trascendencia y alienta la dignidad individual.

No obstante, si no es usual vivir de la poesía, sí puede conseguirse de forma indirecta. El poeta mendigo, que atrapa las migajas bajo las mesas de los príncipes, vive cómodamente en el Estado elefantiásico que pergeñan todos aquellos que tratan de sojuzgar al ser humano. Forma parte de su vasta clientela.

¿Quiere decir que la actual poesía se halla mediatizada por el Poder? ¿Existe una contracultura que llama poesía a cualquier cosa?

La poesía coetánea -la creación artística y literaria en general-, sobre todo la producida durante las dos últimas generaciones, abducida como se halla por la corrección política y el pensamiento único, está escrita, salvo honrosas excepciones, por artistas y poetas de rebaño.

Y, en efecto, la existencia de esa contracultura es obvia y, de acuerdo con la estrategia globalista, es obligado manipular el lenguaje para dar gato por liebre. Hablar de poesía refiriéndonos a la facturada por los retoños que el Mal, a través de sus medios culturales, propala y subsidia, es un sarcasmo. Es hablar de una retahíla de cosas, de sucedidos… insustancial, monótona o excesiva. Es hablar de un materialismo que reduce la psicología a fisiología. Seres que obedecen -consciente o inconscientemente- a sus primarios impulsos. Una supuesta poesía predominantemente noctívaga y urbana, por la que desfilan tarados, alcohólicos, drogadictos, psicópatas o simplemente seres débiles y confusos, inmaduros o pervertidos que parecen jactarse de sus desviaciones y carencias. Una poesía impura, nacida de su indigencia moral, zafia en su anecdotario, en su sentimentalismo, en sus descuidos estilísticos y expresivos… Una poesía propagandística en la que todo es sucio: el erotismo, el realismo, la homosexualidad, la cotidianidad… sin cualidades artísticas, es decir, sin grandeza ni perfección, porque no existen valores formales -estéticos- ni valores sociales o morales -extra-estéticos-. Una poesía áptera que maneja una visión común de los temas, pueril en su narcisismo y ridícula en su pretenciosidad.

Según esto, y dados los tiempos que corren, ¿sería conveniente volver a las Generaciones del 98 o del 27, a las que se ha referido anteriormente?

Lo que no cabe duda es que urge una reacción. Frente a los problemas de la España de entonces, la Generación del 98, por ejemplo, rechazaba las falsas democracias e incluso las democracias liberales, también el parlamentarismo inane o fraudulento, el espíritu ramplón y trivial de la sociedad; sus integrantes recorrieron las tierras de España, a las que cantaron con amor y dolor, porque integraron alma y paisaje, realidad y sensibilidad. Nada que ver con lo que propugnan nuestros guías de hogaño.

Pero también urge desmontar la falacia del antifranquismo. A finales de la década de los 60 y comienzos de la de los 70, años en que yo iniciaba ingenuo e ilusionado mis pinitos como poeta, frecuenté el Gijón y los ambientes literarios de la época, y si me decepcioné no fue por hallar la libre expresión coartada, como quieren las izquierdas resentidas y sus medios de manipulación de masas, sino por el oportunismo y servilismo de mis colegas literarios. La mayoría trataba de mostrar su obsequiosidad y servilismo ante los redactores jefe de turno intentando colar en las distintas publicaciones su último relato o poema. Y en las numerosas redacciones de la época decidían gentes de izquierdismo reconocido; y los Buero Vallejo, los José Hierro, los Juan Goytisolo, etc., brillaban mediáticamente y contaban con el reconocimiento oficial.

En el franquismo sí que existía verdadera libertad para los creadores de distinta ideología, siempre que su actividad no fuera nociva para una convivencia pacífica y solidaria. De la matanza de Paracuellos, por ejemplo, no me enteré hasta años más tarde, aunque parezca mentira. Ello a pesar de su gravedad y simbolismo. Franco nunca quiso hacer sangre con los derrotados, precisamente porque su mirada era de largo alcance y quería la reconciliación sincera entre los españoles. El franquismo se empeñó en desterrar el odio de la sociedad española, y eso nunca se lo perdonarán los odiosos. Del mismo modo que se empeñó en elevar el nivel cultural. En ambos casos lo consiguió con éxito, en contraste con lo que los poderes actuales pretenden: volver al odio y a la ignorancia. Que yo recuerde, La Estafeta Literaria y Poesía Española eran dos revistas punteras de carácter oficial, en las que colaboraban asiduamente numerosos escritores opuestos ideológicamente al franquismo. Algo impensable en estos tiempos de democracia.

Sin embargo, esa decepción causada por sus colegas literarios, que usted creía ángeles, no le impidió seguir escribiendo…

Sí, es cierto. En aquellos tiempos de juventud yo estaba convencido de que poeta era sinónimo de espíritu celestial. Hasta que los traté, claro, y caí en la cuenta de que la mayoría de ellos no eran ángeles, sino diablos. Ególatras, advenedizos, cucañeros… Pero sí, seguí escribiendo, aunque ya en solitario, apartado de cualquier tipo de cenáculos, grupos de presión editorial y contubernios. Y desde entonces he mantenido mi retiro, sabiendo que la poesía es un gran remedio para la soledad, consciente de que se puede ser poeta sin tener el pelo largo, careciendo de deudas y de vacuas vanidades, de recomendaciones y de subsidios, y acostándote sólo con tu mujer.

Un retiro desde el que he luchado por sacar adelante esta poesía mía que no deja de meditar sobre la condición humana; sobre la cotidianidad -sobre la Historia-; sobre el destino -la fatalidad-; sobre la muerte -transitoriedad, decadencia-; sobre la pérdida y la derrota -el perdedor que se levanta una y otra vez para seguir la lucha-; y sobre la belleza y el amor, es decir sobre la Naturaleza, lo trascendente y el sagrado y solemne misterio de la Creación.