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Han pasado cuatro meses desde la partida de su esposo. Isabel, sentada junto a la ventana, trabaja en una labor. Sobre la alfombra, a sus pies, su hija juega con una muñeca. Una criada pasa y deja sobre la mesa unos periódicos. Isabel los coge y, con impaciencia, los revisa. De pronto se detiene en algo, lee con más detenimiento.

“Los Estados Unidos culpan a España de la voladura del Maine en aguas de La Habana.” Otro: “Grandes manifestaciones en Nueva York y Washington pidiendo la guerra.”

Otro periódico: “Barcos norteamericanos salen para las Antillas.” “Nuestra Patria, calumniada.” “Los reconocimientos de la Comisión española demuestran que se trata de una explosión interna.” “El Papa ofrece su mediación para evitar el conflicto.” 70 “Un ambiente de guerra impera en los Estados Unidos.”

Suena el timbre de la puerta y, a los pocos momentos, entra precipitadamente una señora.

LA SEÑORA.-Isabel, Isabel, ¿has leído?

ISABEL.-Sí. (Dejando caer el periódico sobre las rodillas.) ¡La guerra!

LA SEÑORA.-Eso parece.

ISABEL-¿Cómo sabríamos?...

LA SEÑORA -Venía a proponerte que me acompañases al Departamento. El Almirante es pariente mío; él puede decirnos lo que sepa. Estima muchísimo a tu marido. ¿Quieres venir?

ISABEL. (Levantándose.).-No sé si hago bien; pero lo deseo tanto... (Con ilusión.) Sí; iré. Si me equivoco, Pedro sabrá perdonarme.

LA SEÑORA.-No seas chiquilla. Es nuestro deber.

ISABEL (Dirigiéndose a Isabelita, que la mira con los ojos asustados.).-Mira, Isabelita, sé buena y espérame. Voy al Departamento. Volveré a la noche.

Salen inmediatamente las amigas para el Departamento y, una vez en él, se dirigen al Palacio de la Capitanía General. En uno de los salones de recibo, una señora de edad avanzada, ataviada con cierta elegancia, las recibe afectuosa.

LA GENERALA.-¡Pobre niña, como te comprendo! Voy a llamarle. (Dice dirigiéndose a Isabel.)

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ISABEL.-¿Le parecerá mal al General?

LA AMIGA.-No, descuida. Se escuchan pasos y conversación próxima, y reaparece la señora seguida de un viejo marino, de rostro ennoblecido por sus patillas blancas.

EL GENERAL.-¿La señora de Churruca?

ISABEL (Alargándole la mano.).-¿Sabrá perdonarme?

EL GENERAL.-¡Cómo!, ¿perdonarla? No se preocupe; yo soy el que tengo una satisfacción. Su marido es para mí el Jefe más estimado de la Marina. Usted honra mi casa, señora. ¡Hola!, Matilde, ¿qué noticias de Ángel? 

MATILDE.-Ninguna; por eso venimos. Sin correos, bajo la zozobra de la prensa... Fui yo la que animé a Isabel. ¿Alguna noticia?

EL GENERAL (Meneando la cabeza negativamente.).-Pocas... pocas.

ISABEL (Suplicante.).-Almirante: la verdad, se lo ruego. (Con ansiedad.) ¿Es la guerra?

EL GENERAL.-Es probable. Contra todo sentido, sí... (Con ironía.) ¡Una explosión intencionada! ¡Una minar! ¿Qué minas? Si no las tenemos. ¿Qué ganaba España con el atentado? Ni el heroísmo de los nuestros en el salvamento de sus víctimas los contiene. ¡Una infamia, una verdadera infamia!

ISABEL (Tímidamente.).-¿No cree usted que la mediación del Papa?... ¿Nuestra hidalguía, una indemnización...?

EL GENERAL.-Eso debiera ser; pero yo lo desecho. Se han decidido a la infamia y esas consideraciones no los detendrán. (Con excitación.) ¡Barcos! ¡Barcos! ¡Esa sería la única razón!

LA SEÑORA (Desanimada.).-Entonces, ¿es la guerra sin remedio? 

EL GENERAL (Rectificando.).- No, no quise decir eso; dejé hablar a mi corazón y, como viejo, me siento pesimista. No es que no quepa el arreglo, mas es difícil, muy difícil; allá van nuestros barcos... ¡Si no hubiésemos vivido de espaldas al mar!

ISABEL.-Eso decía constantemente mi marido.

BiografiaFF-Director-AGM-Zaragoza-1928

EL GENERAL.-Es verdad. Mi buen Churruca... ¡Cuánto era su anhelo!... El mar, para Madrid, tiene la dimensión del Manzanares, nos decía. Y así es.

ISABEL (Levantándose.).-No le molestamos más, ¿verdad, Matilde? Sólo le pedimos, Almirante, que si sabe algo nos haga merced de ello... Imagínese... ¡Lo tenemos allá todo!...

EL GENERAL.-Sí lo haré, no lo duden. Y tranquilícense. Aquí dejan un viejo y devoto amigo.

LA SEÑORA DE EDAD.-Y en mí, Isabel, una verdadera amiga. (Besándola al tiempo de estrecharle la mano.) Adiós. (Besa a Matilde.) ¡Que Dios os ayude!

ISABEL.-Gracias, señora.

A un invierno triste y lluvioso que se prolonga en la primavera suceden esos días claros y brillantes del mes de julio. La vieja casa solariega ha sido durante el invierno el punto de reunión de Isabel con aquellas amigas que, como ella, sufren la ausencia de sus esposos. Cada noticia o rumor es cuidadosamente analizado. Hace ya tiempo que las cartas no llegan, que es la prensa la única que satisface la ansiedad de los que tienen su pensamiento en las Antillas. Rodeando un gran velador de caoba, Isabel y tres de sus amigas leen con anhelo las noticias de los diarios de Madrid. La desilusión va reflejándose en sus semblantes y con lasitud van dejando caer sobre la mesa los distintos diarios.

ISABEL (Con desaliento.).-Nada; es desesperante.

MATILDE (Una de las amigas.).-Pero en la calle no faltan los rumores.

UNA SEÑORA.-Que luego se desmienten; mas ya ha hecho el daño.

ISABEL.-Si hubiese combate naval, algo se diría; la prensa nada indica.

OTRA SEÑORA.-Quizá demasiado...

ISABEL.-¿Cómo?...

MATILDE (Cogiendo un periódico, lee los epígrafes: corridas de toros, frivolidades, cosas sin alcance ni dimensión.).-¿Os parece poco?

ISABEL.-Es verdad, ¡qué vergüenza! Cuando tantos españoles sufren, cuando se juega la suerte y el nombre de nuestra Patria: eso...

UNA SEÑORA.-El corazón me dice que algo ocurre.

MATILDE.-Ni valor tengo para llegarme al Departamento.

ISABEL.-Ve, ¡por Dios!, Matilde; que nos dé su impresión el Almirante; nos lo ha prometido.

MATILDE.-Es verdad; cierto; mas temo a su lealtad...

UNA SEÑORA.-¡Ve! Matilde. OTRA.-Hazlo; ten valor.

MATILDE (Levantándose.).-Dios sabe cuánto me cuesta. (Coge el sombrero y sale con él en la mano.)

Desciende Matilde presurosa hacia la villa cuando un marino la detiene en su camino; trae la amargura en su semblante.

EL MARINO (Con emoción.).-Matildiña. Mi hijo...

MATILDE (Anhelante.).-¿Qué sabe?... Hable, por Dios.

EL MARINO.-Fui al Departamento a saber del hijo... MATILDE (Atajándole.).-¿Es verdad el combate?

EL MARINO.-En Inglaterra se da como cierto.

MATILDE.-Dígame cuanto sepa; no me oculte nada; ¡por su hijo!

EL MARINO.-Es cuanto se conoce en el Departamento. Dicen que pocos han sobrevivido. Mi hijo, tan poca cosa, tan débil... (Rehaciéndose.) ¡Todo por la Patria!

MATILDE (Con amargura.).-Si. Todo lo nuestro. Por Dios, ténganos al tanto de cuanto sepa. Adiós.

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El marino queda anonadado en la acera de la plaza; un golfillo vocea a su lado la prensa: “¡El Imparcial, con la corrida del domingo!...”

EL MARINO.-Sí. Todo lo nuestro. Regresa hacia el pazo Matilde con la angustia en el corazón; con lentitud sube los viejos escalones de sillería. Su aparición causa estupor en la reunión. La rodean inquietas.

ISABEL.-¿Qué?...

OTRA SEÑORA.-¡Habla, por Dios!

MATILDE (Tirando el sombrero, con amargura, sobre un mueble, se deja caer en la silla, ocultando la cara entre las manos. Entre sollozos, con palabras entrecortadas, exclama).- ¡Es verdad!... ¡Un combate naval! ¡Pocos se han salvado!

UNA SEÑORA.-¿No se saben nombres?

MATILDE.-Nada.

ISABEL (Mientras las lágrimas surcan sus mejillas, saca del bolsillo un rosario y cae de rodillas ante un cuadro de la Virgen.).-Sólo Dios puede ayudarnos.

Caen todas de rodillas y empieza la plegaria. En aguas de Santiago de Cuba el barco insignia de la flota española. En su cámara, ante una mesa, el Almirante Cervera se encuentra rodeado de su Jefe de Estado Mayor y de los Comandantes de los barcos. Su mirada enérgica y brillante se posa sobre la carta marina desplegada.

ALMIRANTE CERVERA.-Ya conocen ustedes la situación. El “Brooklyn”, el “Iowa”, el “Oregón”, el “New­York” y el “Texas” bloquean nuestro puerto. Contra todos ellos, nuestros cuatro cruceros. La orden del Gobierno es terminante. El Ministro me dice (Lee.): “Madrid, 2 julio. He ordenado salga escuadra inmediatamente, pues si se apodera enemigo boca puerto, está perdida.” El Capitán General también me ordena (Lee.): “En vista estado apurado y grave esa Plaza, embarque V. E. con la mayor premura tropas desembarcadas de Escuadra y salga con ésta inmediatamente.” La orden es terminante: hacerse a la mar y enfrentarse con la escuadra enemiga. 79 (Los marinos se miran con inquietud.)

UN JEFE.-Mi General...

ÁLMIRANTE CERVERA (Templándolos con su mirada.).-Nada me digan. Las razones desaparecen ante el Deber. Sólo nos queda obedecer, cumplir como buenos, que en medio de todo no vale la pena sobrevivir a esta vergüenza. La Historia sabrá juzgarnos. No hay sacrificio estéril; del nuestro de hoy saldrán las glorias del mañana. Señores: Listos para zarpar. ¡Viva España!

TODOS (Con energía.).-¡Viva!

Regresan los Comandantes a sus barcos y reúnen en sus cámaras a los oficiales. Churruca, ante la carta, les explica la situación.

CHURRUCA.-¿Todo preparado?

EL SEGUNDO.-Sí, mi Comandante.

CHURRUCA.-Ustedes conocen la situación. Nuestro barco va a ser el segundo en el orden de batalla. Esta ha de ser dura y desesperada. El enemigo nos aventaja en número y material, pero no nos alcanza en valor. Hagámonos dignos de 80 los que nos precedieron defendiendo el Honor de la Marina. ¡Viva España!

RESPONDE.-¡Viva! Les estrecha la mano y sube a la cubierta. Está formada la tripulación.

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CHURRUCA.-Marineros españoles: Ha llegado para nosotros el momento de la lucha. Sé que sois bravos entre los bravos... La pelea ha de ser dura... He mandado clavar nuestra bandera. O se alza victoriosa o se hundirá con nosotros en el mar. Lo exige así el Honor de España y de nuestra Marina. ¡Viva España!

TODOS.-¡Viva!

CHURRUCA.--¡Zafarrancho de combate!

Suena el toque de zafarrancho y todos salen corriendo para sus puestos, mientras un Cabo de mar clava con un martillo en el mástil la tela de la Bandera de combate. Son las nueve de la mañana del 3 de julio de 1898 cuando el crucero “María Teresa”, en el que flamea la insignia del Almirante, enfoca la boca del puerto.

Le siguen de cerca los otros cruceros españoles. Frente a la salida y en semicírculo, los potentes buques americanos se encuentran dispuestos para la desigual batalla. La admiración surge en los puentes de los acorazados yanquis y la frase de “Marinos dignos de mejor suerte” corre de boca en boca. ¡Virtud de la milicia!, que aun en medio de la gran infamia hace brillar la admiración caballeresca. Ni el arrojo de los marinos españoles, ni su tenacidad para acortar las distancias y aumentar la gloria pueden darles posibilidad de triunfo; todo se anula ante la superioridad aplastante del material. Las naves españolas son barridas por la metralla adversaria. Sin torres que defiendan al personal, cada impacto produce numerosas víctimas; la sangre de nuestros marinos corre por las cubiertas. La sucesión de mandos se impone a cada momento, y muchas veces el Comandante, herido grave, vuelve a relevar al que le había sucedido, que acaba de caer en la batalla. 

Dos horas duró el glorioso sacrificio. Son las once y media cuando la última de nuestras naves se sumerge en el mar. Sobre el puente de su crucero, con sus charreteras de gala, Churruca se hunde con su navío.

Su mano izquierda aprieta contra sus labios una pequeña medalla, mientras con la diestra en alto aún grita a los que le rodean: ¡España! ¡España! ¡España!... El barco se sumerge rápidamente y en el inmenso remolino que se forma, en el pico del palo mayor, todavía se mantiene enhiesta, como un símbolo, la Bandera que Churruca ordenó clavar.