Uno de los pensadores más originales con los que cuenta España en estas primeras décadas del siglo XXI es Gonzalo Rodríguez. Doctor en Historia y guía turístico en Toledo y Madrid, Gonzalo Rodríguez es original en cuanto que actualiza el pensamiento tradicional a cuyo estudio y práctica ha dedicado el total de su vida. Su tesis doctoral rebautizada como Los celtas: Héroes y Magia salió editada hace escasos años por Almuzara y es, en buena medida, el mejor estudio sobre la cultura heroica de los pueblos prerromanos y paganos en España. Y ese hilo conductor del mitologema del héroe es el que persiste en su último libro, El poder del mito, cuyos ejemplares dedicará el autor este domingo 12 de septiembre en la Feria del Libro (caseta 105).

Leemos en El poder del mito que: ”Los mitos y leyendas no son cuentos para niños... , no son meras fantasías caprichosas con las que distraer nuestro tiempo o entretener a los más pequeños. Los mitos y leyendas son el lenguaje del símbolo y del arquetipo. La enseñanza de la alegoría en pos de las verdades de la vida. Verdades que, por su propia condición espiritual, no pueden conocerse en laboratorios o fórmulas matemáticas, siendo entonces que el mundo de la tradición supo acercarse a ellas, a través de mitos y leyendas. Mitos y leyendas que aún hoy pueden enseñarnos cosas sobre nosotros mismos y sobre nuestra propia existencia”. Sin embargo, el libro no cae en el fenómeno del neopaganismo o del neoceltismo tan común en nuestros días: dos formas de frivolizar temas que escapan a las mayorías gregarias que suelen buscar su identidad en aquello que les parece más exótico y extravagante pero que, en realidad, les lleva de una forma u otra a aquello que es más común: el consumismo. Frente a esa perspectiva propia de la new age y de sus inevitables derivados, Gonzalo Rodríguez opone la iniciación y el autoconocimiento alertando contra las tres mayores amenazas entre las que se divide el fenómeno del celtismo: la romántica o idealista; la nacionalista y política; y la pseudoespiritual.

Escribe Gonzalo Rodríguez: ”La idea es entonces que, en determinados elementos de la cultura popular más antigua, y especialmente en la preservada en las zonas más rurales de España, pudiéramos estar recibiendo trazas diversas de lo que fue el mundo cultural de la Hispania pagana y céltica. Este mundo habría pervivido disimulado y oculto en fiestas, leyendas, romerías, personajes místicos del mundo feérico, romances y tradiciones y en general, en todo un universo folclórico que de ser debidamente mantenido, recuperado y estudiado, puede darnos interesantísimos frutos en el conocimiento y reencuentro con las raíces célticas de la identidad española”. Frente al nihilismo, la ofuscación, el materialismo, el cinismo, la fetichización o el dogmatismo, el autor reivindica el poder del mito, de la leyenda y del cuento como formas de despertar a la espiritualidad auténtica en plena posmodernidad. Todo un “Sendero de la Mano Izquierda” y una “Lucha con el Dragón” en la mejor línea del tradicionalismo filosófico.

El hilo que conecta los dos libros de Gonzalo Rodríguez —y un tercero en marcha dedicado principalmente a la hispanidad—, es España. Si en Los celtas. Héroes y magia le dedicaba un capítulo al concepto de Imperio continuando el legado de Gustavo Bueno desde unos presupuestos mucho menos constreñidos conceptualmente en el materialismo; en El poder del mito se ocupa de la épica medieval a través de algunas de sus más grandes representaciones —Cantar del Mío Cid, Poema de Fernán González—; de esos “lugares de poder” en los que permanece el hálito de otro tiempo compuestos por simas, dólmenes o ruinas; de los visionarios que pueden acceder a la otra realidad entrando en contacto con un lugar de poder; y de leyendas populares que hacen referencia a La Santa Compaña o a La caza Salvaje. Si Gonzalo Rodríguez deja claro cuáles son sus enemigos —materialismo, doctrinarismo, misticismo subjetivista y sentimentalizado u otras tendencias anti-espirituales— a batir, también deja claro cuáles son los maestros a recuperar —Platón, Julius Evola, Antonio Medrano, René Guénon o Frithjof Schuon, entre otros—, y de los que él viene a ser un epígono y un continuador. El diagnóstico de Gonzalo Rodríguez es evidente: ”Es necesario un cambio cultural, espiritual e identitario para escapar del nihilismo”. Para ello utiliza la expresión hindú del Kali Yuga que hace referencia a una época donde todo ha quedado reducido a apariencia vaciada de contenido; o a lo que en la cultura vikinga se llama Edad del Lobo y tiene un significado equivalente. No es el fin del mundo, es el fin de una era que puede anteceder una “edad del espíritu” y para la que es necesario un arquetipo apropiado: el Guerrero-Lobo. El mito sería la piedra de toque para despertar del letargo de la modernidad; el mito convoca, en cuanto que cuadratura del círculo, lo eterno y la gnosis como formas de iniciación en la tradición primordial. Sin embargo, no solo el autor no cae en la idolatría de una falsa Edad de Oro sino que la critica y propone, a cambio, un camino distinto a seguir: el de recuperar —a los druidas, por ejemplo— en vez de retornar —un onanismo estético en el que se recrean insanamente los onanistas del romanticismo—; el de adaptar la tradición a nuestro tiempo en lugar de sentarse a llorar porque una vez fue y ya se perdió. En definitiva: como dijera Heidegger en su última entrevista, “sólo un dios puede salvarnos”; ese mismo dios pagano, diríamos con Gonzalo Rodríguez, que lleva siglos oculto y al que le ha llegado el tiempo de emerger.

El interés por “los pueblos bárbaros de la Edad de Hierro que se enfrentan a Roma”, en palabras del autor, como posibilidad de ser en vez de permanecer como siendo en el siglo XXI le llegó a Gonzalo Rodríguez por medio de la obra de Robert E. Howard, de la que tuvo “un encuentro providencial” en su infancia. En El poder del mito se encuentra también un análisis impecable de El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien: otra obra fantástica que ha liberado a muchos niños de la tiranía de la técnica, el mercado y la economía. Especialmente se centra en establecer un paralelismo entre las fuerzas luciferinas que dominan el mundo y el terrible Sauron. A partir de ahí, analiza los tres grandes enemigos del mismo según Tolkien: Gandalf, el mago; Aragon, el montaraz; y los pedestres hobbits que, finalmente, destruirán el anillo matando, con ello, a Sauron. Gandalf no quería vencer a Sauron pero está abocado a ello, por lo que aceptará su destino y lo logrará; Aragon pertenece a una cultura en diáspora pero que, gracias a su empeño heroico por el que se internará en el propio ultramundo para volver con una hueste de no-muertos, cristalizará en retorno del rey y en el simbólico acto de reforjar la espada para mejor derrotar al mal; por último, los hobbits, que representan lo popular y lo inesperado, serán quienes realmente vencerá al mal contra todo pronóstico. En cierto sentido, todos somos hobbits en esta batalla del Kali Yuga, nos vendría a decir Gonzalo Rodríguez.

A modo de epítome me permito hacer una cita larga del libro recomendado encarecidamente su lectura completa: “Si es cosa distinta subrayar cómo dicho alimento nihilista del mundo moderno tendrá su origen y estará íntimamente relacionado con la negación de la vivencia activa del espíritu: negación de una trascendencia inmanente en el centro del alma, que estado de potencia y mediante la vía de la iniciación, está llamada a ser actualizada. Actualización que será el sentido mismo de la vida humana así como el principio de auctoritas desde el que deban gobernarse todas las cosas. Más allá de todo el poder financiero, de toda usurpación sacerdotal, de toda autodeterminación de la economía y el demos, de toda prevaricación clerical. Hagámonos cargo entonces de que el ideal de iniciación habrá sido el ideal más alto que haya podido concebir la humanidad, así como el más revolucionario y antimoderno. Un ideal de cambio ontológico en el ser mismo del hombre por el cual se reencuentra el camino hacia lo que en el ser humano es superior y anterior a la mera vida, a la mera bios, a la mera psyche, a la mera naturaleza, a la mera contingencia... , el camino hacia aquello que dentro de nosotros posee el carácter de una presencia luminosa activa. Un centro verdadero, luminoso y soberano de sí, que es lucidez, claridad, altura, profundidad, calma, fuerza interior, luz y calor; libertad de quien es dueño de sí mismo. Centro que es distancia respecto de todo lo que es alienación, ofuscación, inconsciencia o miedo y cuya consecución es el argumento mismo de la vida. También el derecho más aristocrático, propio y originario de la raza del espíritu. Derecho que ninguna plebeya decadencia moderna puede erradicar y que ningún integrismo religioso ha conseguido sofocar. Un arya marga que afirma en el hombre la presencia y el poder de un centro espiritual soberano, de un Yo esencial y verdadero cuyo despertar es el sentido último de la existencia. Despertar frente al que todos los nihilismos, todas las alienaciones, todos los materialismos, resultarán poco menos que un mal sueño… Y esa es la prueba del héroe y el sentido del reino en el mundo del mito y la leyenda. La libertad de los que se conquistan a sí mismos y derrotan al dragon. La vida de los que viven con espíritu, épica, magia y romance. Sabiduría, ánimo combativo, poesía, corazón. Aprendizaje, lealtad, humildad, coraje, desapego, atención, símbolo… Aprendizaje del camino de la vida. Lealtad a uno mismo y a nuestra más alta vocación. Humildad de saber de nuestras debilidades y errores y de las lecciones que estas nos enseñan. Coraje de no rendirnos jamás. Desapego de dar sin tomar, de querer sin quedar presos. Atención de vivir despiertos, centrados, en el momento, en el aquí y ahora. Símbolo de saber concebir y visualizar nuestro signo, nuestra fuerza, nuestro rumbo, nuestro talismán… Todo esto es el anhelo que subyace al retorno del mito y la leyenda ahora que el mundo ha gastado y agotado las religiones históricas, y que el materialismo moderno nos ha dejado a la intemperie; sin asideros espirituales para el alma… También esa es la llama de la revolución que anida en el corazón del mito y la leyenda. Pues si revolución etimológicamente significa volver al origen, en el origen están los arquetipos del héroe y el reino. Símbolo de una vivencia activa, empoderante, luchadora y vitalista de espíritu, y de un orden orgánico, armónico, jerárquico y sacro de la sociedad...”.

Muchos llegamos a los libros de Gonzalo Rodríguez por los vídeos que Youtube de su canal, “El aullido del Lobo”: https://www.youtube.com/c/ELAULLIDODELLOBO. La calidad de los invitados y la condición de quién está más allá de toda moda y pose hacen de sus vídeos una rara avis dentro del degradante panorama que reina en las redes sociales. Una forma de boicotear a la modernidad desde dentro digna del mejor de los elogios y derivada del mayor de los compromisos: el de una tradición sapiencial inmarcesible.