Conocí a Sáenz de Heredia el curso 63-64, en una charla-conferencia que nos dio a los alumnos de la Escuela Oficial de Periodismo. En aquellos momentos era uno de los directores más importantes del cine español y el "padre" de casi todos los directores que ya apuntaban en el horizonte. Se habló allí, naturalmente, de sus películas y entre ellas de "Raza", por la curiosidad que teníamos todos de saber cosas de Franco y de su pasado. Aquel día se explayó hablando de la vida del Generalísimo y contó muchas anécdotas que había vivido a su lado durante el rodaje de la película. Según él pudo dirigir "Raza" solo porque Franco le apoyó, ya que todo el entorno del Caudillo no le aceptaban por su independencia de criterio. Por cierto, eran los años de su "romance" con Concha Velasco.

Pero pasaron los años, y en 1981 acudió a la presentación de mi pequeña obra "Franco el general más joven de Europa", llena de imágenes y anécdotas del Franco de África, y que tuvieron la amabilidad de presentar a la prensa y al público Carmen Franco Polo, la hija y luego duquesa, y mi amigo Fernando Vizcaino Casas... y una vez más tuve la oportunidad de hablar con José Luis Sáenz de Heredia, por aquellos días estaba rodando, si no me equivoco "La decente", basada en la obra de Miguel Mihura.

Sin embargo, hoy para hablar de la novela "Raza" me he inclinado por reproducir parte del buen estudio que hizo hace años don Rafael Utrera Macias sobre la novela. Utrera sigue la división que el propio Franco hizo de su obra (aunque con el seudónimo de Jaime de Andrade): una primera parte en la que aparece el personaje don Pedro Churruca con la mujer, Isabel, y sus hijos Pedro, Isabelita, José y Jaime y en un ambiente muy gallego y muy marino.  La segunda parte ya se centra en la vida de los cuatro hijos y siguiendo sus pasos, el mayor Pedro la política, Isabel que se casa con otro militar, José que se entrega y da su vida al ejército y Jaime que se hace monje. Y en la tercera es ya la Guerra Civil, con la peripecia vital que vive toda la familia y el entorno y termina con el desfile de la victoria de abril de 1939.

Pero, es mejor que lean a don Rafael Utrera Macias: 

A las juventudes de España

La focalización de "RAZA" se efectúa como propia de autor omnisciente. Los re- cursos utilizados en su construcción son diálogos, descripciones, acotaciones, epistolarios y titulares periodísticos, como posteriormente diremos. Sin que aparezcan mencionados con los sintagmas dedicatoria y advertencia al lector, leemos: «A las juventudes de España, / que con su sangre abrieron / el camino de nuestro resurgir. EL AUTOR». Y en página posterior anota un párrafo donde dice:

Vais a vivir escenas de la vida de una generación; episodios inéditos de la Cruzada española, presididos por la nobleza y espiritualidad características de nuestra raza. Una familia hidalga es el centro de esta obra, imagen fiel de las familias españolas que han resistido los más duros embates del materialismo. Sacrificios sublimes, hechos heroicos, rasgos de generosidad y actos de elevada nobleza desfilarán ante vuestros ojos. Nada artificioso encontraréis. Cada episodio arrancará de vuestros labios varios nombres. ¡Muchos! Que así es España y así es la raza.

En el inicio, el autor dedica su trabajo a la juventud que dio su vida por España. El sacrificio de aquellos jóvenes muertos por esas ideas es considerado ante una nueva situación. Como puede comprobarse, utiliza un plural concreto («las juventudes») por el singular abstracto para referirse a la juventud; al res- pecto, la organización juvenil masculina (Organización Juvenil Española: OJE), falangista, uniformada con camisa azul y adornos de yugo y flechas, boina roja, etc., denominaba a sus locales Frente de Juventudes. La sangre, metonimia de connotaciones marciales y religiosas, es símbolo tanto del sacrificio del soldado como del mártir, por cuanto la guerra es también una cruzada. El «resurgir» implica una valoración semántica donde las bondades de lo perdido volverán a ser halladas por cuantos han participado en la acción que ha llevado a la victoria.

Los factores ideológicos y los sentimentales se unen para sintetizar las esencias de cuanto el novelista quiere transmitir. La oposición se establece entre espiritualidad y materialismo. La retórica empleada en este fragmento, de modo semejante al estilo utilizado en el resto de la obra, se sirve de paralelismos (así es, así es) y enumeraciones (sacrificios sublimes, hechos heroicos, rasgos de generosidad, actos de elevada nobleza), de sinónimos (escenas, episodios) y re- peticiones (vuestros, familia, raza) de manera que el tono discursivo pretende actuar sobre el receptor apoyado en evidentes factores conativos (con el uso del tuteo) combinados con los emotivos. Y hasta se atreve a adelantarse al lector para advertirle que no encontrará lo artificioso.

Los personajes

Jaime de Andrade, ficticio autor de la obra, hace entrar a Francisco Franco como mencionado personaje en sus páginas; tal relación esquizoide supone mostrar en variadas ocasiones y con diferentes formas al militar que no sólo se duplica en el personaje principal José, sino que se presenta a sí mismo en párrafos como estos donde se manifiesta su actuación: «un alzamiento de las tropas de Marruecos, a las órdenes del general Franco»; su carácter e influencia sobre los demás:

«El Generalísimo ha estado esta mañana con nosotros y estaba muy tranquilo»; su triunfo: «Los pájaros de acero dibujan en el cielo el nombre del Caudillo de España».

En conjunto, los personajes de raza, como los de cualquier otra obra, pue- den agruparse en principales y secundarios; desde otro punto de vista, esta catalogación puede hacerse atendiendo a la onomástica o, según posición, por oficio, cargo o graduación. Según una elemental estructura social, la composición responde a tres bloques diferentes: a) militares, b) civiles y c) religiosos. En el primero aparecerán diversos grados de la milicia, sea de tierra o mar. En el segundo, hay menciones y referencias a sanitarios, legisladores, jueces y universitarios. En el tercero, además de sacerdotes y frailes se mencionan la Orden de San Juan de Dios y la Compañía de Jesús. Obviamente, entre representantes de a) y b) hay diversos grados de relación que comprende la más amplia estructura familiar, así como vinculaciones profesionales, amistosas, afectivas, etc.

La familia Churruca Andrade está compuesta por Pedro (padre), Isabel (madre) y los hijos Pedro, José, Isabel y Jaime. Por vía política: Luis Echeverría (esposo de Isabel) y su tío, Marisol Mendoza (novia / esposa de José) y la abuela de ésta. Los militares con nombre propio son almirante Cervera, almirante Pardo, capitán de navío Pedro Churruca, capitán Anglada, alférez Torres, sargento Tomás y capitán Domínguez, mientras que los sin onomástica propia son mencionados en función de sus empleos, actividades, etc. Mujeres vinculadas a militares son Isabel Andrade, Isabel Churruca, Amiga de Isabel (esposa de militar), Marisol Mendoza y La Generala. Religiosos: Jaime Churruca, padre Palomeque, El Prior, padre Marchena S.J., Capellán. Civiles: a) Con onomástica: Caroliña (campesina), Tomás (cochero), Eufrasia (madre marinero), don Luis (abuelo marinero), Sinda (pescadora), Cholo (hijo de Sinda), Simón (pescador), Tano (portero de Marisol), Pilar Bustamante, José de Sandoval, Joaquín González, Carmen Soler, Mariano Gómez (Médico), doctor Vera, Julio Latorre (profesor de Universidad).

b) Sin onomástica: Presidente del Tribunal Popular, Abogado defensor, Fiscal, Juez, Cocinera, Niñera, Criada, Doncella, Carcelero, Muchacho, Un niño.

Principales elementos temáticos

 

 

"RAZA", como texto escrito (y, de inmediato, como cinematográfico) parece crea- do para constituirse en alegoría, es decir «ficción en virtud de la cual una cosa representa o significa otra diferente» (Drae), significación a las que deben añadirse sus variantes en la retórica y en las artes figurativas o plásticas donde las figuras utilizadas o los grupos de estas adquieren representaciones simbólicas. La historia de la familia Churruca (una sublimación de la real tenida por Franco, en especial respecto de los personajes del padre, contable / capitán de navío, y del hermano republicano, Ramón / Pedro) la aventura de José (el propio Franco, representado ficcionalmente en tal personaje y, al tiempo, mencionado como «el Generalísimo» o «el Caudillo») antes y después de la guerra, conforman una simbología de carácter ejemplarizante que comparece, además, en antítesis con la actuación de «los enemigos de España»; por ello, el texto adquiere connotaciones emanadas tanto de personajes y situaciones como de variados conceptos abstractos (raza, patria, deber, honor, etc.) cuya semántica se orienta a constantes significaciones unívocas. De ahí que «la historia del destino personal del individuo sea siempre una alegoría de la problemática situación de la cultura y la sociedad», en frase de Fredic Jamenson, y que determinadas y precisas alegorías (básicamente aquellas que utilizan el concepto de nación) remitan a momentos históricos donde la violencia y la represión, la confrontación política y cultural (en el más amplio sentido del término) sean factores poderosos, como mantiene Ismail Xavier para constituirse en andamiaje necesario respecto del valor alegórico que se pretende transmitir. Ta- les alegorías «nacionales», susceptibles de valoraciones y etiquetados diversos, señalan factores primordiales de comportamiento y acción en contextos «de pérdida de objetivos históricos a gran escala».

Los conceptos de España, nación, raza y patria, sobreabundan en numerosos ejemplos donde el autor establece su personal discurso con sus correspondientes significaciones a fin de construir la simbología precisa en el entramado argumental y temático, bien poniéndolo en boca de sus personajes o en las descripciones explicativas de los hechos narrados. Para José, el objeto de sus preocupaciones en el presente es «España, la zona nacional» y su sangre es «de España», por lo que defiende «la Causa» y no «esa causa vil» mientras que, en referencia al pasado, judíos, moros y cristianos, «al contacto con España se purifica- ron». Y Jaime, el hermano sacerdote, desde su experiencia religiosa y al amparo de su fe, afirma lo hermoso que es ser español ya que España es «la nación más amada de Dios» y, como consecuencia, la madre declara que «la ayuda divina» nunca le faltará en los «días difíciles»; de la misma manera, el indiano voluntario presentado en el frente explica que a sus dos hijos, muertos ya en la guerra, enseñó «a amar a España».

El concepto de nación o de lo nacional supone conservar o recuperar lo que se entiende, desde esas perspectivas, por esencias patrióticas en las que uno de los motivos es la abominación de lo extranjero por cuanto su supresión o eliminación conlleva «el surgimiento de la cultura nacional en su esplendor nativo». De esta concepción de la nación como esencia original queda rechazada toda teoría evolucionista o diacrónica que suponga progresiva construcción, diferencial o alterable.

Y "Raza", título elegido para guion, novela y película, es en primera significación «casta o calidad del origen o linaje» pero también, en sentido metafórico o en añadido oportuno para la alegoría, «rayo de luz que penetra por una abertura» (Drae). Este parecen recibirlo los patriotas, es decir aquellos que sienten la patria –«tierra natal o adoptiva ordenada como nación a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos» (Drae)– o su llamada cuando estos consideran que está en peligro. En boca del marino Churruca, según cuenta a sus hijos, los almogávares son los miembros del cuerpo social elegidos para empresas superiores, como a él mismo le ha su- cedido, generalmente cuando el destino de la patria peligra, como ocurrió con sus gloriosos antepasados, quienes dieron la vida por ella; son gentes de una raza superior pero pueden pertenecer a cualquier estrato social, incluso al más humilde; en estos casos, la metáfora del rayo de luz es agente activo que ilumina su corazón y les obliga al destino. Si por la Patria «todo es poco» y «el bien hay que hacerlo a la Patria», Luis, el militar, marido de Isabel, «cayó por la Patria» y tanto el nuevo recluta demostró ser «un gran ejemplar de la raza» como los voluntarios sudamericanos, que «buena raza tenían», y su padre don Joaquín González, quien vino de América «ante el peligro de la Patria» y a quien rinden el afecto «que la Patria le debe», le permite decir al capitán Anglada: «Esta es la raza, la que llena de alto contenido la palabra Hispanidad».

De modo similar se utilizan conceptos como deber, honor y lealtad. El primero supone estar obligado a algo según lo establecen distinto tipo de leyes, tales como las divinas, las naturales o las positivas. Consecuentemente, implica cumplir obligaciones vinculadas al respeto, la gratitud o motivos semejantes. En raza este término viene escrito con mayúscula o con minúscula, según se entienda el valor de su utilización y el contexto en el que se use. Para Churruca y su esposa, Isabel, «el Deber» supone, recién llegado de allende los mares, separarse nuevamente de la familia porque la Patria le llama, al igual que su antepasado Cosme Damián «exhortó a todos a cumplir con este Deber», el almirante Cervera explicó que «las razones desaparecen ante el Deber» y el capitán de navío aseguró a los suyos que sólo les quedaría su «propia estimación, el concepto del Deber». En el ámbito familiar, cuando Pedro reclama la legítima de su padre y sus hermanos se oponen, la madre, doña Isabel, sentencia que «la razón es nuestro derecho y la bondad nuestro Deber», al igual que el seguimiento de la tradición marinera por un miembro de la descendencia no es otra cosa que cumplir con «nuestro Deber». Tanto en unas situaciones como en otras se producen «satisfacciones íntimas» porque, en ambos casos, se produjo «el cumplimiento del Deber» lo que equivale al cumplimiento del «Servicio a la Patria».

El honor conlleva en su significación una doble vertiente que alude tanto a la cualidad moral que impulsa al cumplimiento de deberes que afectan a uno mismo o a los semejantes como a «la gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas del que se las granjea» (Drae). A Luis, el cuñado pusilánime a quien se le cierra esa metafórica abertura por donde entra la luz, José tiene que advertirle acerca de los sacrificios que entraña el Deber y de cómo se olvida dada la incomodidad de su ejecución; por ello le increpa: «Hay que buscar el camino del Honor»; sin duda, esta norma la aprendió de su padre y éste del ejemplo dado por don Álvaro de Bazán, ya que «desde entonces la Marina conserva como preciada reliquia lo que nadie puede arrebatarle... el Honor». Pero las exhortaciones del cuñado caen en saco roto; entre el deber militar y la familia, Luis se inclina por la segunda; el novelista, Jaime de Andrade, no perdona la cobardía en un miembro del Ejército; la desaparición del evadido es sinónimo de muerte pero sobre todo de olvido y de pérdida del honor. Isabel aclara a su hermano José cómo se produjeron los hechos y cuál fue su reacción: «Sólo pedía a Dios que me lo devolviese con Honor... yo lo eché de aquí... creí que había hecho bien, que ese era mi Deber» y éste contesta: «Ese era el Deber. Otra cosa hubiera sido el deshonor».

La historia real quedará modificada por la oficial, según las explicaciones que José ofrece a Isabelita, su sobrina, haciéndole ver que el amor a la familia fue la causa por la que el padre atravesó las líneas del frente y consiguió llegar a su domicilio; al regresar, la suerte no estuvo de su lado y así encontró la muerte quien en su profesión había destacado por sus valores y pericia. Por si no le quedara claro a la jovencita, el militar pone especial énfasis en su requerimiento y añade: «Desde hoy, sólo debes recordar que os quería mucho y que fue un gran soldado. Guárdale el culto que merece y olvida la noche en que su cariño lo arrastró al loco empeño de visitaros. El Deber os impuso, a tu madre y a ti, el más grande de los sacrificios. Cayó por la Patria, y ésta es la verdad histórica». De la misma manera, Pedro, el hermano republicano, la oveja negra de la familia, se preguntará si su deber es salvar a su hermano, Jaime, el fraile, cuando va a ser fusilado, y, de modo semejante, Carmen Soler, le increpará («¿Dónde está su Deber?», para que le entregue los planos que de un bando pasarán al otro; cumplida la solicitud, Pedro morirá contento, como buen Churruca, porque ha actuado según su «Deber» .

La lealtad se entiende como el cumplimiento de cuanto exigen las leyes relativas a fidelidad y honor incluido el sinónimo «hombría de bien» (Drae). Marisol, la ¿novia? de José le ha salvado la vida tras el frustrado fusilamiento por los milicianos y éste le agradece: «¡Qué buena y qué leal!»; del mismo modo que Tano, el portero, salvador también, es calificado por ella como «leal» y el «más fiel de los servidores» .

La sublevación militar contra la República recibirá los nombres de movimiento (Nacional) y alzamiento y así será denominada por Jaime de Andrade, pero como al tiempo implica también una defensa a ultranza de la religión católica y de cuantos profesan su fe, religiosos y seglares, este levantamiento deja de ser sólo una cuestión bélica para adquirir características de Cruzada, es decir, de lucha contra los infieles, comunistas o abanderados del mismo en sus distintas variantes, además de liberales, masones, judíos y «demás ralea» (en frase hecha de la época). A las órdenes del general Franco se produce «un alzamiento de las tropas de Marruecos» que de inmediato se extiende a Cádiz y Sevilla; estas «tropas nacionales» formadas por «compañías sueltas» entran en las poblaciones dominadas «con ese aire tolerante de los triunfa- dores»; estos almogávares de 1936 mantienen las esencias patrias que desde siempre les caracterizaron lo que permite al militar Anglada recriminar al enemigo incurrir en el error ya cometido «antes del Movimiento: considerar estas virtudes que fueron y son generales». Llegado 1939, la «Cruzada ha triunfado»; Roma, a sabiendas del sacrificio ejercido, bendice a los nuevos mártires que, como los antiguos, mueren «cantando a nuestro Dios y perdonando a sus enemigo» y Madrid se viste de gala «por primera vez después de la Cruzada».

Las acciones bélicas llevadas a cabo en frentes y ciudades han tenido otros combatientes además de las tropas nacionales: voluntarios hispanoamericanos (como los González, padre e hijos), falangistas y requetés; nada se dice de los batallones italianos y de las fuerzas alemanas. El ejército tendrá el principal protagonismo en la sucesión de los hechos mientras que el mencionado partido político, brazo derecho de los rebeldes, quedará, narrativamente hablando, en un segundo plano donde el atuendo y la indumentaria, a modo de nota colorista, destaca por encima de las actuaciones tanto en el frente como en la calle; así, «los soldados falangistas saludan»; esos soldados del Requeté junto a los de la Falange, «con boina y con camisa azul van y vienen entre las tiendas» en el frente de Vitoria.

Frente a ellos y contra ellos, civiles y militares rojos junto a brigadistas internacionales en defensa de la República y contra el fascismo aniquilador. Obviamente, estos personajes están vistos y descritos bajo el prisma ideológico nacional; por ello, los milicianos rojos se presentan «despechugados y sucios» y en «bárbara y soez algarabía», José no puede sino mirar «con desprecio a aquella turba» y quedarse estupefacto con «los gritos e improperios de furias y marimachos». Si la referencia es a una entidad oficial, sea el Estado Mayor de Bilbao, sea la habitación de un sanatorio, las botellas y colillas por el suelo están a tono con las gentes «desharrapadas, en mangas de camisa». Rojo es el adjetivo predominante para calificar al variado enemigo, en singular o plural, a las diversas situaciones, a las tropas republicanas: «las últimas horas del dominio rojo» son también las últimas del «cabecilla rojo de Bilbao», de la «ola de crímenes de las hordas rojas», de «la barbarie roja», que ha volado los «hermosos puentes sobre la ría, ilusiones y trabajo de varias generaciones» y que se retiran derrotados «en desfile desordenado... en su rostro el terror de los vencidos». La actuación de las Brigadas Inter- nacionales se ofrece en su derrota, allá en el Pingarrón donde, según el ayudante del general, «quedaron desechas» y según el capitán Anglada se le está prestando un buen servicio a Europa «purgándola de los indeseables de todas las revoluciones» porque, dicen, son «lo más duro e indeseable del hampa europea».

 

Historia

Más allá de estas singularidades, raza contiene abundantes factores donde el didactismo y la historia, personal o general, se combinan a gusto del escritor y en ocasiones con tal proliferación de nombres que deja corto a un manual o libro con fines docentes (no en balde, Sáenz de Heredia, el director de la película homónima, al plantear el guion dijo que eliminaría de él cuanto se pudiera encontrar en el Espasa; claro que aún no sabía quién era el autor del mismo); así, las glorias de la marina española le llevan al autor varias páginas que se inician con los fenicios y acaban con los Churruca; atención merecen cartagineses y arábigo–andaluces, catalanes y castellanos; diversos nombres propios aparecen precisados: Roger de Flor (caudillo de los almogávares), Colón, Magallanes, Cortés, Pizarro, además de la Armada Invencible junto a navíos como el San Juan Nepomuceno o el Trafalgar. Lo mismo le ocurre al personaje principal, José, que suspira por ejercer la docencia y al tiempo poner en duda a quienes por profesión la ejercen: «Si algún día la suerte me depara enseñar a una juventud esto será lo que yo he de inculcarles. Ayudarles a formar su carácter. ¿Qué saben hoy de nosotros nuestros profesores?». Y, siguiendo el ejemplo ocurrido a un antiguo cadete, aconseja escribir cien veces aquello que, por su ejemplaridad, no debe olvidarse. La academia militar y sus procedimientos han forjado soldados ocasionalmente convertidos en héroes y Toledo, donde está ubicada, le permite repasar los nombres que la Historia ha hecho legendarios: Recaredo, Berenguela, Blanca de Borbón, Alfonso VI, El Cid, y hasta el mismísimo Cervantes, quien, según José, «presidió nuestra lucha», por lo que en cierta ocasión compró hasta seis ejemplares de La ilustre fregona para regalar a sus compañeros, en homenaje al gran autor. Las mujeres antes referidas están relacionadas con sus esposos (Alfonso VI, Pedro I) mientras que otras, doña María de Padilla o doña María Pacheco, quedan mencionadas, dada su anómala conducta, como la que mantuvo «amores impuros», la primera, y a quien «las aguas del Tajo le ofrecieron protección para su huida», la segunda. Tales referencias se efectúan bajo precisos matices que implican una específica concepción sobre la mujer, su situación social, su dependencia del hombre, etc.; así puede leerse: «las galerías, colgadas de tapices y viejos terciopelos, se adornan con la presencia de centenares de muchachas»; las que prestan servicio a su causa son «esas buenas mujeres de nuestro pueblo, todo corazón y espontaneidad», como la hermana de Tano, mientras que las milicianas del bando contrario son tildadas de «marimachos» que saquean a los pacíficos transeúntes. Y si es Pilar Bustamante, la falangista huida del Madrid rojo, sacrificó su cabello «haciendo de muchacho» para pasar desapercibida; ya en el frente nacional, el militar de turno da la orden para que le faciliten ropa adecuada, porque estará deseando «recuperar su feminidad». Y a Isabel, quien en frase coloquial expresa «¡Qué tontas somos las mujeres!», el doctor Gómez le dice: «Cuando se está en la reserva, mi querida señora, no se combate; eso queda para nosotros, a quienes corresponde por sexo y edad». Y en línea semejante de pensamiento, José se explica: «lo razono como una sensibilidad femenina ante la muerte fría del mártir de una causa amada».

Ya hemos dicho que los profesores no reciben buena consideración en la novela. El propio José se interroga sobre el conocimiento que estos tienen de los jóvenes, incluidos los docentes de la Academia. Y Pardo, el compañero y amigo de Churruca, no sabe de qué sorprenderse más, si de la «infamia de los profeso- res», de la «conformidad de la juventud» o del Ateneo en el que «buenas cosas se cuecen» al igual que Isabel, la madre, resignada a ver a su hijo ingresar en la Universidad, donde, según su marido, «venía fomentándose la decadencia de España». Dos entidades severamente enjuiciadas.

 

Aspectos Estilísticos

Distintos tipos de lenguaje se presentan en la novela. El epistolar se pone de manifiesto en dos ocasiones: en la carta del general Moscardó a José Churruca (89) y en la firmada por Marisol dirigida a Isabel mientras que los titulares periodísticos tienen acomodo en el texto narrativo tal como en cita textual se indica: «Los Estados Unidos culpan a España de la voladura del Maine», «Grandes manifestaciones en Nueva York», «Barcos norteamericanos salen para las Antillas», «Nuestra Patria, calumniada». Nótense las connotaciones negativas que acompañan a los titulares. La prensa, junto a esas sociedades mencionadas (Ateneo, Universidad), no es bien vista por el autor.

Los usos populares entre los franquistas se aprecian en frases como «mucho hule» por el Pingarrón, «canela fina», en referencia al Tercio de Montejurra, «buena solera» para aludir al segundo de Flandes; se usan despectivamente masón y mambís e insurrecto cuando se aplica a las colonias sudamericanas sublevadas; de la misma manera se utilizan términos como enano, populacho o turba. Y en boca de los milicianos, deformaciones lingüísticas como atontaos, semos, so idiota. El lenguaje pueblerino permite al autor aludir al «tonillo» propio de la tierra gallega, tal como se expresa Caroliña, quien viste el típico traje campesino y pronuncia señurita o mestra mientras que con la jerga marinera hace un guiño al lector para aludir al giro de las velas que «bracean las del palo trinquete hasta flamear y, al fachear».

El uso del adjetivo tiende a mostrarse antecediendo al sustantivo tal como lo hace para referirse al «severo pórtico», «la carcomida piedra», «el viejo escudo», «la verde pradera», «la señorial mansión» todo ello en el mismo párrafo dedicado a describir el pazo de los Andrade. En este paraje y en otros semejan- tes, los elementos visuales acogen a los puramente auditivos de manera que el lector atento puede oír tanto el chirriar de cigarras como el quejido de un carro, el tañido de la campana y los pasos precipitados de las zuecas y del mismo modo el olfato permite saber que huele a campo o que «el mar perfuma el aire». El término burgués, al margen de su distancia respecto a aristócrata y en contraposición a proletario, tiene habitualmente el valor de la acepción carente de afanes espirituales o elevados, materialistas en suma, tal como se comprueba en los sintagmas «le han tocado tiempos burgueses» que la señora Churruca lanza al señor Echeverría, el invitado a la boda de su sobrino a quien ayuda eco- nómicamente porque la profesión de militar no da para mucho, según él mismo comenta; será la «masa burguesa» la que contemple el «sacrílego incendio» con indiferencia.

Las metáforas suelen ser elementales en su construcción y sencillas en la relación entre sus términos; así, el «sol de fuego» se levanta en el horizonte «doran- do el paisaje» y se convierte en «disco de fuego» cuando se sumerge en el mar, mientras los aviones «roncan en el aire» y la ría se presenta como una «superficie de raso»; las aguas se convierten en «surtidor de espumas» y las olas «levantan surtidores de espuma»; los cabellos son «hebras de plata» y las inquietudes se presentan como «una madeja».

Recursos propios de la novela parecen estar especialmente utilizados en sus funciones de guion, entendidas como observaciones o acotaciones, según se observa en expresiones explicativas o definidoras de situaciones, movimientos, acciones: «saltando y palmoteando», «inclinándose un poco y poniendo las manos sobre los muslos en ademán admirativo», «enseñándole el pájaro que mantiene en su mano, atado por una pata».

Los factores temporales vienen expresados por las cifras correspondientes, tal como «estamos en el año 1897», «han pasado cuatro meses desde la partida de su esposo», «doce años han transcurrido desde la muerte de Pedro»; «entramos en la primavera de 1936»; también por adverbios que suelen repetirse al encontrar cómodo su funcionamiento o por utilizar estructuras semejantes: «mientras esta escena tiene lugar», «mientras esto sucede»; el general de Marina «se enjuga furtivamente una lágrima» al igual que Isabel «furtivamente se seca una lágrima».

La retórica del escritor le hace usar en paralelo los estados de ánimo de los personajes con el comportamiento de la naturaleza; así, la despedida del marino Churruca, acaso sabiendo que ya no volverá más a su tierra, la describe el autor de este modo: «El desfile hacia el puerto es triste y penoso; la lluvia ha convertido los caminos en un barrizal, y los vientos del norte agitan un mar plomizo»; del mismo modo, cuando la familia abandona el pazo se nos dice: «Un frío viento norteño desnuda los árboles añosos del jardín cuando Isabel abandona, con sus hijos, el viejo solar».

Si no pareciera un dislate, diríamos que de Andrade deja oír ciertos ecos lorquianos en determinadas expresiones suyas o de sus personajes: «Los olivares están negros de muertos», «¡Qué rápidos pasan los días! ¡Qué sucesión de intensas emociones! la mañana, durante las que sólo discurren por las vías las gentes trabajadoras»; y esta contestación: «De noche, no; señor. En este barrio peligraría. Muy temprano, que es cuando circulan las gentes trabajadoras».

Las repeticiones y cacofonías suelen darse con frecuencia en un texto que carece del pulimento literario: «se detiene al lado de una pequeña casa, en la que un pequeño banderín señala»; «él era muy minucioso... se hizo una minuciosa descubierta»; «algunos jefes...en algunos momentos»; «una casa con una placa con el rótulo». De la misma manera, una catarata de gerundios puede inundar un largo párrafo que no ha encontrado un signo separador para amortiguar el elemental barroquismo sintáctico: «batiendo los emplazamientos [...] extendiéndose hacia la ciudad [...] sumiéndola en una densísima [...] contribuyendo a».

El eufemismo (término, frase, oración) le sirve para ocultar hechos negativos referidos a la persona; ya hemos mencionado la descripción utilizada para con doña María Pacheco; de la misma manera, la cobarde huida del capitán Echeverría queda mencionada de esta manera: «Paradas y sobresaltos, acostado sobre el suelo encharcado, presiden la lucha contra el destino trágico». 

Por la transcripción.

Julio MERINO