Aunque sea frecuente olvidarlo, nada en este mundo es eterno. Cuando este parece desmoronarse a nuestro alrededor, tal vez así lo sea en realidad, a pesar de la voluntad, la intención o el optimismo que se posea. Si prácticamente todo va en dirección al desastre, lo más probable es que tarde o temprano se llegue a el. Hoy, ese es el paisaje que puede observarse desde el pequeño pero valioso promontorio personal y racional que aún poseen los que se atreven a no conformarse con lo mayoritariamente aceptado. Quizás sea momento de detenerse a observar algo más allá.

El hombre de fe y con sentido trascendente, tiene la convicción de que al final se encuentra el triunfo, pero el espíritu de supervivencia, lo urgente y lo material postergan con frecuencia lo importante frente a las necesidades que nos hacen personas dignas. Más allá de la descripción, queja y rechazo de la devastación moral, espiritual y ética actual, se impone la necesidad de actuar -y no me refiero a la política partidaria-, incluso sabiendo de la derrota.

 La civilización y cultura europea clásica y milenaria ha dejado un legado aun perdurable que encuentra refugio y pervive en el interior del hombre silencioso, tal vez aislado, pero aún vivo que no se resigna a perder su identidad heredada y que sabe que merece ser transmitida por las generaciones venideras.

El mundo moderno, contemporáneo, pandémico, postpandémico, el mundo de la nueva normalidad anormal y antinatural impulsado por la élite del poder supranacional con todo su poderío financiero, tecnológico, militar y mediático, ha ganado terreno en todas las esferas alcanzando una velocidad inusitada. Una aceleración en la caída de la naturaleza humana como nunca se había visto antes.

La sociedad occidental desarrollada capitalista, otrora rica y poderosa, ha muerto de éxito y de bienestar. Sociedad montada sobre bases materialistas, igual que lo que fue el mundo comunista del imperio soviético y sus satélites. Después del derrumbe de la Cortina de Hierro, permaneció, mutó y cobro mucha más fuerza la versión china del marxismo amalgamando la economía capitalista con el totalitarismo comunista. Hoy, el modelo del nuevo mundo materialista es la fusión de ambos: sociedad de control total, hipercapitalismo y pensamiento único bajo el paraguas global de los organismos supranacionales. Una pandemia y el miedo instalado por los medios de comunicación de masas y la tecnología, han conseguido lo que nunca antes lo habían hecho ni siquiera los ejércitos más poderosos o las armas de destrucción masiva.

En términos del pensamiento tradicionalista este proceso comenzó con la perdida de los valores superiores, espirituales y trascendentes a partir de las ideas y las practicas que dieron lugar a la Revolución Francesa y el falso mito fundacional de la libertad, igualdad y fraternidad con su fábula del progreso. Como alguna vez afirmó Julius Evola, a partir de entonces, la sociedad moderna comenzó a deslizarse por un “plano inclinado” hacia una constante decadencia con el resultado de la ruina material y espiritual que esto conlleva.

Hoy vemos que esa deriva subversiva de principios y valores tradicionales que constituyeron el fundamento de las civilizaciones más poderosas de la historia son la base de la reconfiguración abrupta y obscena del mundo sin rostro y uniformado de la agenda globalista. Unos y otros, en ambos frentes lo venían anunciando, y en este momento histórico nos encontramos, sin duda, en un “fin de ciclo”, como también advirtió en su momento el noble romano de origen siciliano, maestro de la Tradición perenne.

Vivimos entre los restos de un mundo que hemos conocido y que ya no existe. El tiempo y lugar donde hemos nacido han sido destruidos. El mundo actual ya no es el nuestro y sentimos lógicamente que ya no nos pertenece ni nos reconocemos en él. Ante a la catástrofe y mirando de frente la desolación, nos asaltan las preguntas: ¿qué hacer? ¿es posible? ¿cómo hacerlo? ¿se está a tiempo? ¿hay interés en cambiar el rumbo? ¿es una cuestión política o espiritual? Y podrían seguir los interrogantes. Lo que sí está claro es que más allá de las respuestas o la búsqueda de un camino para salir de las brumas de la confusión actual, es tiempo de reaccionar de alguna manera, de reaccionar en el sentido positivo del término.

Julius Evola, en su breve trabajo conocido como “Orientaciones” de 1950, escribió: “Lo único que importa es esto: hoy nos encontramos en medio de un mundo en ruinas. Y lo que debemos preguntarnos es: ¿existen todavía hombres en pie en medio de estas ruinas? ¿Y qué cosa deben, qué pueden hacer aún? Reconocer esto significa también darse cuenta de que el primer problema, es de carácter interno: levantarse, resurgir interiormente, darse forma, crear en sí mismo un orden y una dirección. Nada aprendió de las lecciones del pasado reciente quien se ilusiona hoy acerca de la posibilidad de una lucha puramente política y busca el poder de una u otra fórmula o sistema, a la que no actúa como contraparte precisa una nueva cualidad humana”. El mal llamado “cattivo maestro” se refería no solo a la destrucción material sino espiritual como resultado del final de la II Guerra y del inicio de la Guerra Fría entre las potencias vencedoras democráticas, aliadas en su momento con el totalitarismo rojo. Por entonces el comunismo se había convertido en una amenaza también para ellas. Tal vez esa descripción y recomendación evoliana puedan servir aún hoy de guía para intentar salir de la oscuridad que nos rodea.

Adriano Romualdi fue un joven periodista e intelectual y el primero que en Italia habló competentemente acerca de la obra y el pensamiento del filósofo tradicionalista. Fallecido prematuramente en 1973, Romualdi, escribió en una reseña acerca de la obra de Julius EvolaLos hombres y las ruinas”, escrita en 1953, y de la idea de “reaccionar”: “Esta reacción será revolucionaria y conservadora al mismo tiempo. Revolucionaria, porque está decidida a barrer las estructuras democráticas podridas, y conservadora porque favorece una reanudación de la idea aristocrática y cualitativa en todos los dominios”. Esta observación acerca de una nueva síntesis “antitética” entre revolución y conservación tal vez sea otra clave para recuperar y custodiar esa noción y valor perdido del primado moderno de la calidad en detrimento de la cantidad.

Tanto Evola como Romualdi compartían la idea de que no hay nada más injusto que la igualdad. En la era de las “sociedades abiertas”, la tiranía del absurdo antinatural y el relativismo progresista del pensamiento único autorizado, pueden servir de guía para seguir al menos con dignidad en este mundo deconstruido que se impone día a día ante la pasividad generalizada de una civilización que otrora marcó el destino del mundo.

Quien aún crea en el honor, la fidelidad, el coraje, la disciplina y en la existencia de una dimensión superior de la vida más allá de lo material, del goce del bienestar egoísta del hedonismo, puede considerarse un hombre aún en pie en medio de los escombros de un mundo derrotado. Para quienes crean en la importancia de los principios y valores superiores, espirituales, y trascendentes, a pesar de la derrota exterior, quedará el refugio intangible interior e inexpugnable de quienes no se rinden entregando su alma a pesar de haber perdido y de saberlo. 

La ruina material y espiritual del mundo moderno, puede ser también el punto de referencia para la reconstrucción, en algún momento, del orden metafísico y natural que mantenga viva la llama para quienes nos sucedan. Quiénes, cómo o cuándo sucederá es una incógnita, pero es posible a pesar del poder de las sombras, de los tiranos y de sus siervos que carecen de la fuerza espiritual de los hombres “diferenciados” que levantaron imperios más allá de los límites temporales y materiales.

De ahí la importancia de mantenerse en pie entre las ruinas, de recuperar los orígenes, los lazos, la esencia de nuestros pueblos, las identidades, y la voluntad de religar y trascender. Eso significa Ser, y ello en necesario, hoy más que nunca.