harem

Y llegó la despedida. Fue la mañana del 26 de agosto y allí estaban para decirles adiós Simoneta y sus dos hijas, Pilaret y Lurdeta, y su marido, “El Tío Paloma”.

 

  • Simoneta, muchas gracias por todo, os habéis portado muy bien con nosotros.
  • ¡Ay, Don Juan, no diga esas cosas!, somos nosotros los que tenemos que darle las gracias, y no una sino mil.
  • Bueno, pero volveremos, ¡eh!

 

Eso sí, Simoneta le había metido en un saquito hojas de jengibre, ajenjo y una cajita de “polvos seguidores”... ¡y cómo no!, dos grandes bocadillos “por si les da a ustedes hambre en la carretera”.

 

Pero, a pesar de las ansias que ya tenían por llegar a Madrid, todavía se pararon en Valencia, la capital, porque Don Juan quería llevarles algunos regalos a María Fernanda, su mujer y a sus hijos, María Leonor y Juan.

 

Hacia el mediodía ya estaban en la carretera, una carretera en la que todavía de cuando en cuando se veían  “consecuencias” de la Guerra y muchos baches en el firme. Apenas si se veían coches, algún que otro Renault (el 4-4), algún “dos caballos”, algunos “minis” y algunos Land Rover y algunas camionetas destartaladas. Pero, pocos. Allí el Mercedes- Benz era el Rey.

 

En cuanto enfilaron la carretera Don Juan puso la radio y allí saltó de inmediato la voz de Celia Gámez. Cantaba una de sus canciones preferidas: “La española cuando besa...” y dejó, dedicada a “Mafe”, que la más famosa canción de aquellos años  sonara  entera:

 

“Es más noble, yo lo aseguro

y ha de causarle la mayor emoción

ese beso sincero y puro

que va envuelto en una ilusión.

 

La española cuando besa

es que besa de verdad.

 

Y a ninguna le interesaba

besar por frivolidad.

 

El beso, el beso,

el beso en España

se da si se quiere

con él no se engaña.

Bien puede usted besarla en la mano

o puede darle un beso de hermano

así la besará cuando quiera

pero un beso de amor

no se lo dan a cualquiera.

 

En España bendita tierra

donde puso su trono el amor

solo en ella el beso encierra

armonía, sentido y valor.

 

La española cuando besa

es que besa de verdad

y a ninguna le interesa

besar por frivolidad.

 

El beso, el beso,

el beso en España

se da si quiere

con él no se engaña.

 

Bien puede usted besarla en la mano

o puede darle un beso de hermano

así la besará cuando quiera

pero un beso de amor

no se lo dan a cualquiera”.

 

 

 

 

 

A pesar de la música y de la canción María Fenanda siguió callada.

 

  • ¿Qué te pasa, amor mío? ¿No has hablado desde que salimos de Valencia?
  • No me pasa nada, sólo recordaba.
  • ¿Y qué recordabas?
  • Los días que hemos pasado aquí, quiero que todo quede bien grabado en mi memoria... porque no me gustaría olvidar nada.
  • Todo, todo... ¿quieres recordarlo?
  • ¡Todo! Porque sé que no volveremos a pasar juntos los días que hemos pasado en el paraíso.
  • ¡Volveremos!... y si no volvemos trasladaremos el paraíso a Madrid o adonde estemos. Yo te quiero ya más que a mi vida.
  • Bueno, bueno, ya veremos lo que sucede cuando te enfrentes a tu realidad.
  • Yo lo tengo muy claro, para mí ya no existirá otra mujer.
  • Juan, mide bien tus palabras, porque estoy segura que algún día te las tendré que recordar –y María Fernanda volvió a su silencio.

 

Y Don Juan volvió a darle voz a Celia Gámez, que ya cantaba otra de las canciones que más le aplaudían en esos momentos.  Era aquella parodia que alguien le había escrito para mofarse del “¡no pasarán!”  de los comunistas y la Pasionaria durante la “Batalla de Madrid”. La letra decía:

 

“Era en aquel Madrid de hace dos años,

donde mandaban Prieto  y don Lenin.

Era en aquel Madrid de milicianos, de hoces y martillos, y soviet.

Era en aquel Madrid de puño en alto, donde gritaban

 ¡¡No pasarán!!

¡No pasarán! Decían los marxistas.

¡No pasarán! Gritaban por las calles.

¡No pasarán! Se oía a todas horas por plazas y plazuelas con voces miserables.

¡No pasarán!

 

¡Ya hemos pasao!... y estamos en las Cavas.

¡Ya hemos pasao! Con alma y corazón.

¡Ya hemos pasao! Y estamos esperando pá ver caer la porra de la Gobernación.

¡Ya hemos pasao!

 

Este Madrid es hoy de yugo y flechas;

es sonriente, alegre y juvenil.

Este Madrid es hoy brazos en alto, sin signos de flaqueza, cual nuevo Abril.

Este Madrid es hoy de la Falange, siempre garboso y lleno de cuplés.

A este Madrid que cree en la Paloma, muy de Delicias, y de Chamberí.

 

¡Ya hemos pasao!, decimos los facciosos.

¡Ya hemos pasao!, gritamos los rebeldes.

¡Ya hemos pasao! Y estamos en el Prado, mirando frente a frente a la señá Cibeles.

 

¡Ya hemos pasao!

¡No pasarán!, la burla cruel y el reto.

¡No pasarán! Pasquín en las paredes.

¡No pasarán! Gritaban por el micro, chillaban en la prensa y en todos los papeles.

¡No pasarán!

 

Ja, ja, ja, ja

¡Ya hemos pasao!”.

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bueno pues a las cinco de la tarde ya estaban en Madrid. Don Juan dejó a María Fernanda en su casa de Alberto Aguilera y con un beso suave se despidieron.

 

  • ¿Nos vemos esta noche?
  • No, Juan, esta noche prefiero descansar y reagrupar mis papeles y mis notas de la Tesis. Quiero empezar mañana mismo a escribir para recuperar el tiempo que hemos perdido en Valencia… y tú deberías hacer lo mismo.
  • Está bien, amor, lo haré. Pero, luego te llamo.

 

Y Don Juan se dirigió a su casa, aparcó el coche en la misma calle San Bernardo y subió con la maleta y las bolsas con los regalos que había comprado para su mujer y sus hijos.

 

  • Papá, papá –y María Leonor, la hija, que ya era una mujercita de 11 años, se abalanzó a su cuello con grandes muestras de cariño.
  • ¿Y tú, pequeñajo?, ¿no me dices nada? Soy tu padre.

 

Y el pequeño Juan también se acercó a Don Juan y lo abrazó.

 

María Antonia también le saludó, pero fría, sólo dijo un “Hola” de circunstancias.

 

Luego, los niños abrieron sus regalos y se volvieron locos.

 

  • Papá, es precioso –dijo María Leonor cuando tuvo en sus manos el vestido de fallera, blanco y bordado en oro–, pero es un vestido muy raro.
  • Bueno, es el vestido que se ponen las valencianas durante las fiestas de las Fallas.
  • ¿Las Fallas? ¿Y qué es eso?
  • Sí, Leonor, las Fallas son las fiestas más importantes de Valencia, esas en las que domina el fuego. El año que viene te llevaré a que las conozcas.
  • ¿Y tú, señorito, qué te parece el caballo que te he traído? Ven, que te voy a montar –le dijo al niño temeroso mientras lo cogía y en volandas lo plantaba encima del caballo balancín.

 

Naturalmente, el pequeño que ya tenía 4 años, cuando vio que el caballo se movía empezó a moverse él también y ya sí, reía mientras se balanceaba.

 

También María Antonia abrió su regalo, y aunque se asombró, era una pulsera de oro, sólo dijo “Gracias, pero es demasiado”. Pasados estos minutos de saludos y regalos Don Juan se fue a su cuarto para deshacer la maleta y colocar las cosas en su sitio. Luego, al volver, María Antonia, sin preámbulos, le dijo que quería hablar con él.

 

  • Juan, me ha escrito mi hermano Felipe para decirme que mi madre está muy mal y que debo ir a verla.
  • Vaya, yo también acabo de leer una nota que me ha enviado “Lupe” diciéndome lo mismo.

 

(Aunque esto no era del todo cierto, porque “Lupe” sólo le decía: “O vienes o voy yo a Madrid”).

 

  • ¿Qué hacemos?
  • ¿Qué vamos a hacer?, mañana mismo nos vamos para La Adrada, ahora tengo coche y podemos salir cuando queramos.
  • ¿Y los niños?
  • Los niños se vienen con nosotros y punto. Así que prepara las cosas y mañana a primera hora nos vamos. Ahora bajo al Laboratorio y arreglo yo mis cosas. Tengo que ver a los alemanes y tengo que hablar con Felipe.

 

Pero, Don Juan no tenía nada que hacer ni ver a Felipe, su compañero, y a los alemanes, lo que quería era hablar con María Fernanda. Así que en cuanto pudo la llamó por teléfono.

 

  • “Mafe”, tenemos que vernos –le dijo en cuanto la oyó al otro lado del teléfono.
  • ¿Esta noche? ¿Pasa algo?
  • Sí, “Mafe”, pasa algo, me tengo que ir mañana a La Adrada.
  • ¿Qué ha sucedido?
  • Luego te lo cuento, te espero en nuestra cafetería. Yo ya voy para allá.
  • Vaaaale, me arreglo y bajo.

 

Y no había pasado ni media hora cuando ya estaban sentados en la cafetería “Noviciado”.

 

  • Mira, lee esto –y le entregó la nota-carta de “Lupe”.
  • No me extraña, esa chica no se da por vencida.
  • No, “Mafe”, porque el hermano mayor le ha escrito a mi mujer diciéndole que debe ir porque su madre está muy mal.
  • Sí, eso puede ser cierto, pero el mensaje de “Lupe” da a entender otra cosa.
  • Está bien, lo que quiero decirte es que mañana me voy y que no sé los días que tendré que estar allí. Porque también he pensado que ya que voy quiero conocer y recorrer bien las tierras que he heredado. He sabido que el Valle del Tiétar es uno de los mayores productores de tabaco de España y eso me interesa mucho. Lo que había pensado hacer en Aranjuez tal vez pueda hacerlo en el Tiétar.
  • Juan, tú tranquilo, ahora para nosotros lo más importante es la Tesis Doctoral.
  • Es que este viaje me habría gustado hacerlo contigo.
  • Sí, y a mí también me hubiese gustado, pero ya te lo dije, en Madrid tú no eres sólo mío, tú tienes tus obligaciones familiares y… hasta las que no lo son.
  • Te voy a echar de menos, no han pasado ni horas y ya echo de menos el Saler.
  • Anda, no seas niño y atiende tus compromisos. Yo no me voy a escapar con el “otro”.

 

Y ambos salieron de la cafetería y Don Juan acompañó, una vez más, a María Fernanda hasta su casa.

 

 

***

 

“Y a La Adrada nos fuimos la mañana siguiente. La primera sorpresa me la llevé con María Antonia, pues cosa anormal en ella se había arreglado bien y hasta había ido a la peluquería. Eso sí, apenas si habló en todo el camino. Mis hijos, sin embargo, se lo pasaron bomba, ya que era la primera vez que se subían en un coche y que viajaban.

 

 

 

A las doce ya estábamos en “mi” pueblo y el cuadro que me encontré fue triste. Agustina, la madre de María Antonia y “Lupe”, francamente estaba mal, tan mal que no reconoció a su hija y curiosamente, sí debió reconocerme a mí por el apretón de manos que me dio.  El Alzheimer estaba  muy avanzado y a sus 85 años era ya una pavesita, ya que aquella mujer fuerte y robusta que yo tenía en la memoria se había encogido y no debía pesar más de 40 kilos.

 

“Lupe” tampoco estaba como en sus mejores tiempos. La encontré demacrada, muy delgada, a pesar de su abultada barriga, pues ya estaba de seis meses. Y además triste, con los ojos hundidos y con síntomas de haber llorado mucho. A mí no me recibió bien, me saludó fría y sólo me dijo casi al oído: “Tenemos que hablar”.

 

Al poco rato se presentó Felipe, el hermano mayor y encargado de las cosas y de los campos de mi familia. Era ya un hombre de más de 50 años, pero se mantenía fuerte, aunque con muchas arrugas.

 

  • Juan, me alegro que hayas venido, como ves mi madre está mal y “Lupe” está muy rara.
  • Sí, Felipe, pero como vengo dispuesto a conocer mejor la finca ahora mismo nos vamos en el coche y así podremos hablar con tranquilidad.

 

Y dicho y hecho.  Felipe y yo nos subimos al Mercedes y nos encaminamos por la carretera de “La Iglesuela” a “La Isabela”, que así  bautizó mi abuelo materno la finca, tal vez en recuerdo –me decía a mí de pequeño– de la Reina Isabel la Católica, la que, al parecer, pasó por estas tierras cuando se encaminaba a Guisando para ser nombrada Princesa de Castilla.

 

  • Juan, mi madre se muere, eso ya no tiene remedio, será hoy o será mañana, y la verdad es que sería lo mejor para ella, porque ya apenas si puede moverse y da mucha pena verla consumirse como se está consumiendo. ¡Ella que siempre fue una mujer fuerte! Pero, el problema es “Lupe”. Esta chica me tiene preocupado, está como ida, nunca quiere ver a nadie, no sale a la calle, no se relaciona con nadie... y eso que sólo tiene 19 años.
  • ¿Y eso por qué? ¿Le falta algo? Ya te dije que mientras yo viva y pueda no quiero que a tu familia, empezando por ti, os falte nada. Mira, Felipe, yo jamás podré olvidar lo que tu madre hizo por la mía, gracias a ella mi madre se escapó de ser fusilada cuando la Guerra.
  • Sí, Juan, y gracias a aquello, curiosamente, nuestras familias se fundieron en una sola. Ya sabes que tu madre y tú fuisteis para nosotros nuestra única familia, tras morir mi padre. Por eso no entiendo a “Lupe”, desde que vino de Madrid no ha sido la misma.
  • ¿No será por el embarazo?
  • Pues, no lo sé... Pero la cosa es que hay un muchacho en el pueblo al que le hace tilín “Lupe” y que ya incluso me pidió un día permiso para cortejarla. Es un buen chico y muy trabajador, aunque ahora esté en el paro, y a mí no me desagrada la idea de que se case algún día con “Lupe”. Eso resolvería el problema de mi hermana, pues no olvidemos que lo que lleva en el vientre va a nacer sin padre, y eso en un pueblo pequeño como éste no es bien visto.
  • ¿Y ese muchacho aceptaría casarse con ella a sabiendas de lo que acabas de decir?
  • Pues sí, he hablado con él de ese tema y su razonamiento es simple. A él, según dice, no le importa el pasado, le importa el presente y el futuro. Hombre, habría que ayudarles económicamente, porque “Sebas”, que Sebastián se llama, es de una familia muy humilde.
  • ¿Qué profesión tiene?
  • Es camarero, y un buen camarero, y muy serio en su trabajo, lo que pasa es que los bares del pueblo, ya sabes, son familiares y se apañan con los miembros de la familia.
  • Eso no sería problema, ya hablaremos de eso después, pero dime ¿has hablado con “Lupe”?, porque a mí me parece buena idea.
  • Sí, y ahí está el problema. “Lupe” se niega en redondo y no quiere ni oír hablar del tema, aunque, ya sabes, que una mujer joven puede cambiar de la noche a la mañana... y más con lo fogosa que fue siempre mi hermana.
  • Está bien, Felipe, hablaré yo con “Lupe” y trataré de convencerla. En cuanto al futuro, si los casamos, ya se me está ocurriendo algo, de los tres locales que tenemos en el pueblo míratelos tú mismo y puedes elegir el mejor para poner un bar. Si ese muchacho es un buen camarero podría salir adelante, y en cuanto a la vivienda mientras tu madre viva pueden seguir en la Casa Grande e incluso después, porque no sería bueno que la Casa Grande se quedará vacía.
  • Bueno, Juan, sabía que podía contar contigo, pero no tanto. Tal como has planteado la cosa creo que el “Sebas” no pondrá impedimento alguno.
  • Pues habla con él ya y yo hablaré con “Lupe” esta misma tarde o mañana.

 

Y en esto habíamos llegado a “La Isabela”, la casa solariega que se construyó mi abuelo para cuando se venía a La Adrada y a su finca. No era una casa de lujo, pero estaba bien acondicionada y en su conjunto resultaba atractiva. Pero además de la casa en su entorno había un verdadero parque zoológico, ya que había un gran gallinero, un gran palomar, una corraleta y una cuadra para los caballos. Casi a renglón seguido había una cerca bastante grande para el ganado vacuno, y un huerto... y no sé cuántas cosas más. ¡Era una casa de campo completa!

 

Luego, y hasta donde pudimos entrar con el coche pude ver lo que era la finca, 1000 hectáreas que  se extendían a lo largo de las dos orillas del Tiétar. Había zonas de secano con cientos o miles de encinas centenarias y zonas de regadío. Como me explicó Felipe allí se sembraba principalmente trigo, cebada y maíz. Pero, lo que más me llamó la atención fue lo del tabaco, porque yo no sabía (¡siempre estuve con mis estudios y en Madrid!) que mi abuelo había montado una plantación de tabaco e incluso un gran secadero.

 

  • Oye, Felipe explícame esto del tabaco. Yo creí que el clima de esta zona no era bueno para el tabaco.
  • Pues sí, Don Juan, por si no lo sabe se lo digo yo, aquí en estas tierras se produce un tabaco que las tabaqueras se lo rifan. Fíjese que hasta hay empresas americanas que compran a veces la cosecha entera.
  • Pues, eso me interesa mucho, porque yo venía hoy dispuesto a pedirte que plantaras tabaco, porque pensaba hacerlo en la finca de Aranjuez, pero si aquí se produce un buen tabaco y ya tenemos secadero tenemos mucho adelantado. Eso quiere decir que mañana vendremos más despacio para recorrer toda la finca y ver cómo podemos mejorarla.
  • Como tú mandes, Juan.
  • Como yo mande, no, Felipe. Quiero que seas tú quien más mande aquí, quiero que te encargues tú de hacer más grande lo que he heredado de la familia, así que estúdiate bien lo que necesitas incluyendo el personal que necesites y un día te vas a Madrid y lo estudiamos todo con el Administrador General. Felipe –y Don Juan detuvo el coche para hablar mejor-, tú sabes que yo no soy hombre de campo, que yo soy por encima de todo farmacéutico e investigador, como lo era y lo fue mi abuelo paterno, por tanto tendré que delegar en ti todo para que seas y actúes siempre como si fueses yo.

 

Y volvimos a la hora de comer. María Antonia ya había preparado los platos más típicos de La Adrada: el cochinillo asado troceado y el morcillo en su jugo. Y los niños estaban locos de contentos,  porque de no se sabe dónde habían surgido otros niños que ya jugaban con ellos.

 

Pero, nada más terminar la comida Don Juan se dirigió a Lupe y le dijo:

 

  • Lupe, tú arréglate, que te vienes conmigo a Piedralaves.
  • ¿Y eso? –preguntó Lupe, que apenas si había hablado durante la comida.
  • Anda, tú haz lo que yo te digo y pronto.

 

Y eso hizo Lupe, mientras él se salió con los niños al jardín. A los cinco minutos los dos se subieron al Mercedes y salieron a la carretera. Pero, a un kilómetro escaso Don Juan giró a la derecha y tomó un camino serpenteante que llegaba, subiendo siempre, hasta la calzada romana que unía Sotillos de La Adrada con Piedralaves por lo más alto de Gredos. Aunque poco antes detuvo el coche, lo aparcó y dijo:

 

  • Baja Lupe, nos paramos aquí.
  • Pero, por aquí vamos a “La Pileta”.
  • Sí, allí vamos. Era mi lugar preferido cuando yo era pequeño y me traía mi padre.

 

“La Pileta” era una especie de piscina natural que se había formado desde tiempos inmemoriales con las aguas que caían de un manantial que nacía algo más arriba por encima de aquellas piedras tan abundantes en la sierra. Todo lo de alrededor era un bosque de pinos y flores silvestres.

 

Llegados allí Don Juan se sentó y se acomodó sobre el césped salvaje que crecía sólo al olor del agua.

 

  • Ven, Lupe, siéntate a mi lado y dime qué te pasa.
  • ¡Eres un cabrón! ¿Y tú me lo preguntas? ¡Tú que me has abandonado y me estás matando! ¡Tú, que me has dejado preñada y ahora no quieres saber nada de mí!
  • Tranquila, Lupe, tranquila. Tú sabes que yo te quiero.
  • ¡Mentiroso! ¡Tú no me quieres!
  • No seas niña, Lupe, yo te quiero.
  • ¡No me ofendas, que yo seré una niña y una analfabeta, pero no soy tonta!
  • Bueno, dejémonos de palabras y vamos al grano. Me ha dicho tu hermano Felipe que hay un chico en el pueblo que quiere casarse contigo y que tú te opones, ¿por qué?
  • Pero, qué desgraciado eres, ¿cómo voy yo a casarme con el “Sebas” si yo no duermo pensando en ti, si llevo en mi vientre un hijo tuyo...? –y Lupe no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.
  • Lupe, no llores, la vida es la vida, y yo creo que no es mala idea. Vamos a ver, tú sabes muy bien que yo estoy casado con tu hermana, y que, por tanto, mientras ella viva yo no me podría casar contigo...
  • ¡Es que yo nunca te he pedido que te cases conmigo, yo me conformaba con estar a tu lado!
  • Pues, eso es lo que no puede ser, tú necesitas un marido y, según tu hermano, ese chico es buena persona y buen trabajador.
  • Pero, si es más pobre que las ratas...
  • Eso tiene arreglo.
  • Sí, eso ya lo sé, tú lo arreglas todo con dinero... Pero dilo claro, sé valiente, dime que yo te estorbaba y te estorbo porque te liaste con “Doña Cerebros”.
  • Lupe, ¡ni menciones a María Fernanda!... Ella no es nada más que una compañera que está trabajando conmigo y punto.
  • Eso se lo cuentas a la tonta de mi hermana, a mí no me la das ni con queso.
  • Está bien, no quiero discutir contigo, lo que te digo es que en tu situación y tu estado lo mejor que puedes hacer es casarte con ese muchacho.
  • Está bien ¡hijo de puta!, si eso es lo que tú quieres me casaré con él, pero ¡te juro que no verás jamás a tu hijo!

 

Y dicho esto “Lupe” se levantó y sin mediar palabra se quitó el vestido, y la ropa interior, y de un salto se lanzó al agua de “La Pileta”. Hacía una tarde espléndida y el sol picaba de lleno, lo cual no era de extrañar siendo como era a finales de Agosto.

 

¡Ay!, pero Don Juan no pudo resistir aquella visión y una vez más su cuerpo explotó y sin pensarlo dos veces también él se despojó de sus ropas y desnudo como ella se lanzó al agua... Y allí, bajo el agua que caía en cascada, hicieron el amor.

 

Después,  hartos y cansados se salieron del agua y se tumbaron sobre el césped.

 

  • ¡Dios, y tú quieres que yo me case con otro!
  • Lupe, ya ves, yo también te quiero... ¡Eres tan guapa!
  • ¿Guapa, sólo guapa? ¿No será mejor que sólo te gusta mi cuerpo?
  • Mira, Lupe, yo creo que lo mejor, ciertamente, es que te cases, y cuanto antes mejor, y te aseguro que yo de cuando en cuando vendré a verte.
  • O sea, que tú quieres que yo tenga dos hombres...
  • ¿Y no os he tenido yo a tu hermana y a ti al mismo tiempo? ¿Por qué un hombre puede tener al mismo tiempo dos mujeres y una mujer no puede tener dos hombres?

 

Pero, Lupe volvió a echarse sobre él y sacó a relucir toda su juventud y todas sus armas de mujer para volver a hacer el amor.

 

Luego, cuando ya el sol había abandonado “La Pileta”, aunque no el valle del Tiétar, se vistieron y andando por aquella senda estrecha volvieron al coche.

 

  • ¡Y tú quieres que yo folle con otro hombre! –dijo “Lupe” cuando ya se dirigían por la calzada romana en dirección a Piedralaves.
  • No digas tonterías, ya sabes que de noche todos los gatos son pardos.
  • Juan, no seas humilde, tú eres único.
  • Te equivocas, y el día que te cases con el tal “Sebas” lo comprobarás.
  • ¡Nadie me follará como tú, de eso estoy segura! Si me vuelves loca… ¿recuerdas aquel día en Leverkusen?
  • Sí, lo recuerdo, pero las cosas han cambiado.
  • Claro, ahora ya tienes a tu “Doña Cerebros”.
  • Olvídate ya de María Fernanda, déjala tranquila… yo te aseguro que si te casas con el “Sebas” serás feliz.
  • Ese no es nada más que un pobre y un patán.
  • Sí, pero de noche y con la luz apagada todos los hombres somos iguales. Algún día me lo dirás.
  • ¿Y si me metiera a monja?
  • Ja, ja, ja –y Don Juan no pudo evitar una carcajada- , ¿tú monja?, ¡pobre del cura que se acercara a ti!
  • ¡Eres un cabrón! También hay otra solución, que es la que a mí me gustaría ¿Por qué no puedes tú venirte a La Adrada y vivir aquí con mi hermana y sus niños y conmigo y el hijo que esperamos?, como en Madrid.
  • Déjate ya de sueños imposibles y acepta esa boda. Lo quiero dejar arreglado antes de volverme mañana.

 

 

Y aquella misma noche Don Juan y Felipe se sentaron en el bar “Gredos” con Sebastián, “Sebas”.

 

  • Hola, muchacho, ¿cómo estás? , me alegro de conocerte.
  • Para mí es un honor saludarle, Don Juan.
  • Bueno, Juan, ya he hablado ampliamente con Sebastián antes de que vinieses y está de acuerdo.
  • Un momento –dijo Sebastián-, hay una cosa que yo, Don Juan, quiero que quede claro. Yo no me caso con “Lupe” por lo que ustedes me están ofreciendo, si yo me caso con “Lupe” es porque la quiero, y que conste que no es de ahora, que ya incluso antes de irse a Madrid, siendo niños, a mí me hacía tilín “Lupe”.
  • Eso te honra y me satisface oírtelo decir –replicó Don Juan, incluso dándole palmaditas en su mano-, pero lo cortés no quita lo valiente, hombre. Verás, “Sebas”, me permites que te llame así, “Lupe”, como toda su familia, son mi familia y si yo puedo ayudarles les ayudo en todo. Felipe ya me ha hablado de tu situación y como a todos nos consta que eres un hombre trabajador y un hombre serio sólo hace falta ponerle gasolina para que el coche ande.
  • Está bien, Don Juan, pero como no quiero que en el pueblo, ya sabe usted lo mal pensados que somos en los pueblos, se diga que yo soy un mantenido, me gustaría que todo lo que usted pueda hacer figure como un préstamo a devolver.
  • Perfecto, lo acepto. Entonces ¿fijamos la boda?
  • Sí, pero no me han dicho ustedes todavía si “Lupe” acepta casarse conmigo.
  • Ya he hablado con ella y está dispuesta, porque también a ella no le caes mal.
  • Pues, si es así, Don Juan, cuando ustedes digan nos podemos casar. Naturalmente, yo hablaré ahora con mi familia.
  • Bueno, pues no se hable más, Felipe tú te encargas del papeleo. Habrá que hablar con Don Domingo, el cura, y si pone algún impedimento mañana hablaré yo con él.

 

 

Y ahí terminó la reunión con el “Sebas”. Don Juan se llevó buena impresión del muchacho.

 

 

Sin embargo, y a pesar de que todo parecía ir bien, Don Juan, no pudo dormir esa noche, porque hizo acto de presencia  “Mafe” y “Mafe” era mucha “Mafe”.