Manuel Espín es Doctor en Sociología (UNED) y licenciado en Derecho, Ciencias Políticas y Ciencias de la Información por la UCM. Ha impartido cursos y clases en universidades, y trabajado para medios de comunicación. Autor de más de 250 episodios para la pequeña pantalla como guionista-director, ha sido responsable de distintas series de programas para TVE, y Editor (1994-2002) y director (2002-2007) de La Aventura del Saber (TV Educativa). Además ha participado en más de una decena de largometrajes para cine —guion, argumento, música original…—, la mayoría presentados a festivales internacionales de primer nivel. Entre sus últimos trabajos audiovisuales figuran sus aportaciones para el guion de Hollywood rueda en España (2019) y La antorcha de los éxitos (2021). Como autor ha publicado más de una docena de libros, tanto de ficción como no ficción, entre los que figuran sus recientes Los años rebeldes. España, 1966-1969 (2018) y La España resignada. 1952-1960 (2020), de buena recepción en el mercado.

¿Por qué un libro sobre la vida cotidiana en la España de la posguerra y en qué medida era importante recordar a las vivencias de esa generación de la postguerra?

Se tienden a contar los grandes hechos históricos o las guerras como una sucesión de datos o un listado de nombres y apellidos de sus caras visibles o protagonistas, sin pensar en qué impacto han tenido sobre las vidas de las personas comunes, esas que rara vez se asoman a los libros de historia…Me preocupa la guerra de Ucrania y la condena a Putin por la invasión, pero no dejo de interesarme por lo qué ha sido de esas personas, parecidas a nosotros, que vivían en los edificios de Kiev destruidos por misiles. En este caso pensé que se podían contar los durísimos años entre 1939 y 1953 acercándonos a los temas históricos desde la perspectiva de quienes los vivieron o soportaron. Asuntos como saber cómo fueron aquellas primeras semanas tras el 1 de abril del 39, de qué manera se tuvo que vivir tras el horrible trauma de una guerra, cómo se percibía la influencia alemana en la calle, cuál era la situación de las mujeres que no podían trabajar por cuenta ajena, abrir una cuenta corriente o firmar un contrato sin permiso del marido ni denunciar si sufrían violencia de género, de qué manera se creó la División Azul y quiénes se alistaron, lo que pasó después de 1945 tras la victoria de los aliados, el boicot de la ONU al régimen, los secretos de la visita de Eva Perón…Todo ello junto a contenidos que no dejan indiferentes: las cosas que se comían, la dificultad para conseguir alimentos, los problemas del día a día, la vida de las familias, las calles…Tratando de poner al lector en la situación de la generación de nuestros padres, o de los abuelos para los más jóvenes, hubieran estado en un bando o en otro en la guerra civil.

Cada capítulo del libro y antes de analizar los hechos históricos está precedido por un perfil, relato, apunte o ‘sketch’ sobre personajes que entonces eran cotidianos, enmarcados en los grandes sucesos históricos.

Sin duda la década de los 40 fue la más dura con una España destruida por la guerra, las dificultades de abastecimiento, las cartillas de racionamiento… ¿Realmente se pasó hambre en España?

La autarquía significó un periodo de gran retraso para el país, basta pensar que el producto interior de 1935 no se alcanzó hasta 1953: fue una larguísima década perdida. Es evidente que la autarquía respondía a un hecho exterior: la guerra mundial y las dificultades para el comercio. Pero también a un planteamiento absolutamente ideológico influido por el ultranacionalismo y el fascismo, cuando se decía que “España podía autoabastecerse a sí misma, sin necesidad de comprar nada al extranjero”. Lo que dio lugar a precios fuertemente tasados, con una sucesión de controles por todos los lados, gran intervención estatal, un mecanismo de licencias y permisos permanentes donde anidaba la picaresca y la corrupción, y a la vez un mercado paralelo donde se podía adquirir casi todo a siete y ocho veces más precio que el oficial. En una época en la que faltaba casi todo y apenas se incentiva la producción ni la calidad, con unos precios tasados que forzaban a detraer productos hacia un enorme mercado negro. En 1940 la embajada alemana había transmitido a Berlín el riesgo de que se pudiera producir una revuelta popular a causa de la hambruna; lo que se repetiría en 1946 desde la embajada británica. La búsqueda de alimentos y otros productos indispensables se convirtió en una necesidad, especialmente en las ciudades, carentes de la capacidad de auto-abastecimiento del medio agrícola, dentro de lo que para muchos se convertía en una economía de subsistencia. El impacto de aquella situación repercutió en un aumento de enfermedades debidas a una mala dieta, por no hablar de una realidad social que hoy puede tocarnos muchas fibras sensibles. Por ejemplo, el aumento de la prostitución con aquellos enormes pisos en muchas ciudades y pueblos, que nos parece terrible…

Sin embargo, muchos españoles lograron sobrevivir y salieron más curtidos tras haber superado la guerra y la posguerra…

Puede que sea cierto, pero dejando muchas cicatrices…Esta es una actitud que se repite en muchas biografías de quienes vivieron esa época. Por una parte padecieron una dura realidad, pero a la vez en ese tiempo eran jóvenes, con lo que se produce una agridulce mezcla de sensaciones. Se puede preguntar a los más mayores de la familia y las respuestas serán en muchos casos parecidas: lo pasaron muy mal pero entonces estaban en sus años mozos…También se produjo otra actitud: tratar de evitar hablar de aquella época, o referirse solo a sus aspectos más idealizados o bajo el tamiz de un filtro deformado tratando de borrar las cosas malas… Aunque en el fondo, muchas personas han debido arrastrar en su subconsciente una pesada cruz…y esto es doloroso.

En esa década el mercado negro, el estraperlo era una realidad que cuesta entender a nuestros jóvenes acostumbrados a comprar lo que quieran en el supermercado…

Es difícil imaginar que en esa época se hicieran ‘tortillas’ sin huevo ni patata, o se utilizara la piel de las naranjas para freírlas como si fueran patatas, de la misma manera que me enterneció lo que contó un señor al que le habían echado los Reyes una naranja como regalo. Pero también hay que pensar en cosas que antes eran habituales, como la obligación antes de cocinarlas de ‘limpiar’ de piedras arroz, garbanzos, alubias, lentejas, cocer la leche antes de tomarla que además estaba adulterada a menudo, en una época en la que se compraba casi todo a granel y por unidades de cuarto y no por litros o kilos. El tiempo en el que los yogures se vendían solo en las farmacias, y la calidad de los productos era deficiente. Es difícil de entender hoy que los abrigos de los mayores acababan siendo adaptados a los hijos, o que de visillos y cortinas se podían hacer trajes de novia, que se recauchutaban las ruedas de los automóviles, o que hubiera mujeres que buscaban escoria o carbón quemado que podía servir para mantener la lumbre. Y todavía más dramático: que se tuviera que buscar penicilina en el mercado negro para salvar una vida a costa de pagar lo que fuera necesario.

También fue importante no haber entrado en la II Guerra Mundial pues tal y como estaba el país hubiese sido devastador…

El entusiasmo por las primeras victorias del III Reich en Europa provocó que en sectores como Falange se confiara en una incorporación a la guerra al lado de Alemania o Italia posición que se mantuvo hasta 1942 y 1943 cuando los aliados pusieron pie en el norte de África cambiando el curso de la guerra a su favor. Bajo la permanente presión o dádiva británica a altos militares para que no se entrara en un conflicto que habría sido todavía más devastador y destructivo. Para canalizar la olla hirviendo de Falange se dio vía libre a la División Azul, que meses después Franco tuvo que ordenar que regresara a España, con menos estruendo que cuando partió al frente, para evitar aparecer comprometidos ante los aliados. Tanto Reino Unido como Estados Unidos contemplaron seriamente la posibilidad de invadir los dos archipiélagos españoles, Baleares y Canarias, y presionaron contra las facilidades que en puertos españoles obtenían barcos alemanes. Habría sido todavía más devastador la incorporación a la guerra, como pedían sectores falangistas entusiasmados por los primeros triunfos de Hitler en los campos de batalla, a lo que se oponían altos militares, conscientes además de la debilidad española, no solo en armamento, sino en alimentos y petróleo, e influenciados con razones o con dinero por las presiones británicas.

Muy sonada fue la visita de Eva Perón así como lo serían las de presidentes norteamericanos en años posteriores…

Las dos visitas más importantes de la historia del franquismo fueron la de Eva Perón en 1947 y la de Eisenhower en 1959, que tienen muy poco en común. Eva no ejercía una representación oficial sino puramente simbólica; pero su larguísimo recorrido en días y lugares adquirió una trascendencia simbólica excepcional en un momento de aislamiento tras el boicot de Naciones Unidas al régimen. El famoso ‘trigo de Perón’ llegó a convertirse en mito en la memoria colectiva; sin embargo son muchas las cosas que no se han contado de aquel viaje y en el libro comentamos temas muy interesantes o curiosos, como que en pocos meses las cosas cambiaron tanto que se estuvo a punto de tener una ruptura con Argentina y se produjo un choque con España y El Pardo donde Franco llegó a decir que ella ‘se había auto-invitado’ a un viaje que costó mucho dinero a las menguadas arcas españolas. La de Eisenhower en diciembre de 1959 fue muy distinta: estuvo menos de un día en Madrid, era un presidente que se despedía de su cargo en un gira mundial, y servía de respaldo público al régimen; aunque en su entrevista con Franco surgió algún insospechado matiz de discrepancia, como la queja por las dificultades que para abrir iglesias y centros tenían entonces los protestantes.

¿Se puede decir que en la década de los 50 las cosas mejoraron hasta tal punto de dejar la precariedad?

Todavía en los 50 se mantenían las restricciones de electricidad e iluminación de calles y escaparates, y faltaban algunos productos, pero la disponibilidad mejoró; aunque con otro problema una elevadísima inflación y constante crecimiento de precios, con revisiones salariales lineales de la etapa de Girón como ministro de Trabajo, que al poco tiempo quedaban anuladas por las nuevas subidas de precios, mientras las divisas eran cada vez más escasas. Pero al menos en la mitad de los 50 ya se empezaban a fabricar antibióticos en España, aunque la vida seguía sin ser fácil pero al menos aparecía una perspectiva de cambio con respecto al comercio exterior. Con la llegada a los ministerios económicos de los llamados ‘tecnócratas’ vinculados al Opus Dei, que buscaban la vinculación de la economía española a los espectaculares crecimientos de PIB de los países del Mercado Común, venciendo las reticencias de Franco hacia el exterior, logrando sacar adelante el Plan de Estabilización que salvó a España de quedar aislada y a la deriva como una especie de Albania de Occidente.

Mucho más llamativo fue el desarrollo de los años 60 en adelante.

La intención inicial del régimen era la plena incorporación al Mercado Común; pero esto no era posible al tratarse de una dictadura, pero se lograron acuerdos de adhesión, y las remesas de emigrantes, junto al turismo fueron elementos que contribuyeron a la financiación de aquella economía. En los primeros 60 frente al retraso respecto a los estados europeos de la época mejoraba la capacidad de consumo, aunque con enormes diferencias territoriales y de renta, y graves déficits sociales. Pero por primera vez desde la guerra civil aparecía otra perspectiva más optimista y los complejos respecto al exterior tenían cada vez menos importancia. Nada tenía que ver la oferta de productos y servicios de los 60 con la de pocos años antes, y de una manera o de otra, se tuvieron que ir asumiendo estándares y condiciones de la Europa Occidental, aunque no sus libertades.

¿Cuál fue el proceso en el que los españoles tras las heridas de la guerra y posguerra fueron recuperando la normalidad con la cultura, el cine, los guateques…?

Para hablar de plena normalidad hay que esperar a la Transición y a la Constitución de 1978. Cuando planteé hacer este libro quise evitar estereotipos y aportar perspectivas que pudieran ser novedosas. En uno de los primeros capítulos hablo del inmenso dolor que debieron sentir los familiares de las víctimas de Paracuellos, pero también el de los de la matanza de Badajoz y el de quienes han tenido parientes en fosas comunes sin poder hablar de ello, obligados a un forzado silencio…Aquella época vista hoy ofrece una perspectiva de verdadero ‘valle de lágrimas’, con un sentimiento que para mí es doloroso, y cuesta trabajo imaginar lo que debieron sufrir quienes lo vivieron directamente. No podemos acercarnos a aquella época sin hablar de la cultura, tanto de la más elitista como de la popular; especialmente pensando en el papel que esta última pudo representar para enjugar muchas penas, frustraciones y ausencias, ya sea a través de las canciones como de los programas-espectáculo como ‘Cabalgata fin de semana’ de Bobby Deglané, los tebeos de posguerra o las películas, verdadero espacio de sublimación y huida de la dura cotidianeidad.

Cuando escribo pienso siempre en lectores de distintos signos políticos y perspectivas personales. Entre otras cosas por dos aspectos que me parecen fundamentales: a día de hoy buena parte de las familias españolas tienen antecesores, padres o abuelos, que pertenecieron a bandos distintos en la guerra civil, y por otro lado, creo y defiendo que sea posible, pese a los elevados decibelios de las broncas políticas en medios o en redes sociales, que se puedan tener amigos que no tienen por qué pensar lo mismo que nosotros y con los que pese a las diferencias mantengamos relaciones de cercanía, cordialidad y respeto. Echo precisamente en falta en los medios de comunicación que apenas se hable de representantes en las instituciones de siglas muy distintas e incluso enfrentadas, que en su trato y relación personal se tienen un gran respeto y son capaces de compartir espacios de convivencia. El pluralismo y las libertades deben ser logros irrenunciables que hay que seguir cuidando por mucho que suene el ruido extremo de las frases altisonantes; ejerciendo aquello que era imposible practicar en los años de dictadura.